domingo, 23 de noviembre de 2014

Felipe de Ureña en Durango: la Inmaculada Concepción Por Alberto Espinosa Orozco

Felipe de Ureña en Durango: la Inmaculada Concepción
Por Alberto Espinosa Orozco 



   La pequeña escultura de la imagen de la Inmaculada Concepción de María se preserva entre más de 200 joyas virreinales en el Museo Sacro de la Catedral de la Basílica Menor de Durango. La escultura estofada en caoba, encarnada y policromada, se debe a la talla del gran artista, arquitecto y ensamblador novohispano Felipe de Ureña, y fue labrada en 1749. La valiente fantasía de Ureña se manifiesta en esta preciosa escultura, siendo una muestra extraordinaria del estilo barroco churrigueresco.
   Hay que recordar que Ureña fue discípulo y trabajó con el arquitecto andaluz Jerónimo de Balbás, quien introdujo en México el estilo estípite, pues fue su alumno y aprendiz en la magna empresa donde labraron para la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México el Retablo Mayor, el  retablo del Perdón y el de los Reyes, entre 1718 y 1736.
   A decir de Francisco de la Maza antes que Lorenzo Rodríguez soñara en labrar en piedra El Sagrario Metropolitano, ya para el año de 1729 Felipe de Ureña se lanza a una interpretación personal del barroco estípite en la Sacristía de San Francisco, en su natal Toluca, tanto en el retablo mayor como en el guardacalis, emulando a su maestro andaluz Balbás y acaso superándolo por su valiente fantasía, con sus estatuas crecidas, sus cornisamentas de tanto vuelo, con sus molduras tan ricamente adornadas. Antonio Días del Castillo se expresó entusiasmado sobre los logros del artista toluqueño, de rara inventiva, pues los altares por él construidos surgieron con gran ostentación y singular majestuosidad, siendo la obra más primorosa de esa era.[1]  
   La obra extraordinaria realizada por Ureña en La Compañía de Jesús en la ciudad de Guanajuato, entre 1747 y 1749, se caracteriza por haber dotado a la iglesia tres portadas, como se hace con las catedrales para indicar sus tres naves, siendo la primera fachada churrigueresca de México, triunfo personal de Ureña, ya calificada por Francisco de la Maza  como una obra espléndida, confirmando la originalidad de su obra de gran lucimiento, debiéndose a sus manos la introducción del barroco estípite, tanto en el retablo como en la fachada en piedra.
   Por la originalidad de su trabajo el artista toluqueño resulta una figura fundamental del arte barroco del Siglo XVIII. Fue patrocinado por las grandes familias mineras vascas del norte de México, quienes controlaban la Casa de Moneda, al igual que por las órdenes religiosas de los franciscanos, los dominicos y los jesuitas -las dos potencias que sufragaron los gastos de las grandes obras arquitectónicas y de los grandes retablos en el Siglo XVIII.
   El arquitecto, ensamblador y escultor Felipe de Ureña nació en la ciudad de Toluca, y siendo un espíritu nómada y un gran viajero ayudó a difundir en México las nuevas formas artísticas traídas por su maestro Jerónimo Bálbas de España, denominadas como barroco estípite o churrigueresco mexicano, ejercitándolas al mismo tiempo que su maestro andaluz y antes que Lorenzo Rodríguez. Trabajó en toda la zona minera del norte de México, pasando por Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas, y Durango, llegando su obra a plasmarse imponente en la ciudad de Oaxaca. Hay que agregar que Ureña realizó en México más de 11 retablos –cambiando entre 1740 y 1747 todas las columnas del retablo mayor de La Encarnación por estípites, introduciendo por primera vez los estípites en piedra externos en La Santísima, entre 1770 y 1780.               
   El “maestro trashumante” dejo un increíble testimonio de su obra durante todo el Siglo XVIII, formando un taller artístico con sus hermanos, hijos y yerno, siendo uno de sus más ilustres continuadores su hijo Francisco Bruno de Ureña, quien ensambló y proyecto retablos hasta principios del Siglo XIX, abarcando ya las nuevas formas del neoclasicismo. [2]
   Por su parte, de manera anecdótica hay que decir que la hermosa escultura de la Virgen de la Inmaculada Concepción de María, patrona de Durango, fue dañada el 1970 por uno de tantos locos sueltos, armado con un objeto contundente, con el que dañó severamente la figura, la cual, aunque fue restaurada, lleva hasta hoy en día las huellas de aquel lamentable atentado, pues conserva el ojo izquierdo sumido en su propia cuenca. El odio iconoclasta ha causado la irreparable pérdida de muchas obras expresivas y elocuentes de nuestro gran pasado colonial: en 1968 un bazucaso destruyó la puerta de San Ildefonso, tallada por Felipe de Ureña, y un siglo antes, en 1863 la soldadesca liberal comandada por Juan José Baz arrancó los retablos de la Capilla de Tercer Orden, tallados por Urena y uno más realizado por Jerónimo Balbás, para luego destruirla completamennte. Igualmente fueron demolidas la Capilla del Señor de Burgos. la Capilla de Aranzaú, la Capilla Jesuita con los restos de la de San José de los Naturales, la Capilla del Calvario, la Capilla de la Purísma y la de la Santa Escuela, para mencionar tan sólo algunas de las más importantes (Guillermo Tovar de Teresa, La Ciudad, un Palimsesto, La Centena. ESN. 2004. Pág. 31).   


   
El gran maestro alarife y ensamblador Felipe de Ureña introdujo el estilo estípite en Durango, también conocido como churrigueresco. Sabemos que estuvo radicado y trabajando en la región por un lapso de tres años, de 1749 a 1752, justamente el año en que Jospeh Ignacio del Campo Soberón y Larrea, el Primer Conde del Valle de Súchil, casó con Isabel Erauzo, iniciando así su meteórica carrera de ascenso social como prominente minero y terrateniente, administrando las dos principales haciendas de su suegro Esteban Erauzo y Leogarda Ruiz y Somosurco: San José de Avino y Nuestra Señora de Aranzazú de Gamón. 
   Fue llamado traer de Aguascalientes, donde el maravilloso ensamblador y arquitecto tenía su taller en compañía de sus hijos, con la expresa encomiendo de labrar el retablo o pirámide para el Altar Mayor de la Catedral Basílica Menor de la ciudad de Durango. Se acordó su hechura por medio de un contrato que el alarife fijó por un costo de 25 mil pesos, en base a un mapa previo, que luego se fue modificando en la realización de la obra. 
   En 1752, cerca de la finalisación de la obra, el fantástico demiurgo del estípite mexicano enfermó, convaleciendo en una rica hacienda de Pánuco de Coronado. Parcialmente restablecido de sus males se marcho de Durango con rumbo a Aguascalientes, dejando sin terminar la obra, por lo que se le persiguió por incumplimiento de contrato. Sin embargo, en 1753 su hijo dio seguimiento y terminó la magna labor, la cual comprendió, además de la pirámide del retablo mayor, la composición del Facistol del Coro y el Tenebrario, la Capilla de San Jorge y el adorno de todas la bóvedas y de las torres, a lo que hay que sumar la composición de Ciprés central del templo, semejante al de Santo Domingo, en la ciudad de Puebla. 
   Sabemos que Felipe de Ureña esculpió con sus propias manos algunas de las imágenes de fantástico retablo mayor, de tres cuerpos, que resultó una obra primorosa, toda dorada, de 15 1/2 varas de alto, poblado por gran multitud de imágenes de santos de cuerpo entero, estofadas. Originalmente el retabló contó con 78 estatuas, entre grandes y chicas, de las cuales 45 medían un metro de altura. Destacaban los serafines, los Ángeles, las Virtudes, y un número no menor de muchachos desnudos. En el primer cuerpo se representaba el Trono del Divinísimo Señor Sacramentado. El segundo cuerpo albergaba a la Purísima Concepción de Nuestra Señora María, rodeada por un círculo de estrellas. En el tercer cuerpo se encontraba un vasta programa iconográfico con las figuras de san Joseph, San Juan Bautista, San Esteban, San Lorenzo y  San Dionisio, escoltados por ocho ángeles junto con cuatro ángeles más portando palmas, a los que se sumaban San Juan de Dios. San Lucas, San Felipe Neri, San Bernabé y San Cosme. Los tres retablos estaban adornados con cornucopias, fruteros, festones y resplandores. En el Sagrario se encontraban las figuras estofadas de los cuatro evangelistas, de los cuatro doctores de la ley, seis medallones con escenas de la Virgen maría, las ocho Virtudes, más ocho ángeles de 70 centímetros de altura. Se contaban también 16 serafines en los estípites. La ornamentación en su conjunto constituía uno de los más altos alardes de fantasías barrocas en todo México, del cual, luego de la promulgación Leyes de Reforma de 1856 y su puesta en práctica en 1859, no quedaron, si acaso, sino un par de palillos: la Virgen de la Inmaculada Concepción de María, de la que nos hemos ocupado, y otra bellísima escultura más, que reposa en el centro del Ciprés central del tempo, correspondiente a la misma Concepción, pero ahora ataviada con celestes galas gloriosas, siendo una y la misma patrona de Durango.    La Ley Juárez había cobrado su presa, enriqueciendo, entre dentelladas, a muchos oportunistas y furibundos amantes del arte.  





III 
   Cabe agregar que dicha obra se suma a otras muchas en la Galería Episcopal de la ciudad de Durango, donde se resguarda celosamente gran parte el patrimonio cultural virreinal de la región. La casa anexa a la Catedral Basílica Menor de la Inmaculada Concepción de la ciudad de Durango, fue primero Casa de la Haceduría, luego Oficinas de la Mitra, para convertirse recientemente en Museo Sacro, contando con 5 salas en la parte superior que cuentan con una impecable museografía. Entre las obras más importantes de su colección destacan cuadros de Juan Correa, Antonio de Torres, José Juárez, entre otros; también el gran Tenebrario confeccionado con madera de ébano y hueso de 4 metros de altura, usando en la ceremonia del “Oficio de la Luz” en Semana Santa, y dos gigantescas Custodias en oro y pedrería.
   Un tenebrario es un candelabro de forma triangular con quince velas, dispuestas escalonadamente, que se iban apagando progresivamente durante el Oficio de tinieblas u Officium tenebrarum, en Semana Santa. En este oficio de tinieblas se cantaban los salmos y las Lamentaciones del profeta cristiano y judío Jeremías, y al término de cada uno se iban apagando las velas, normalmente amarillas, de este singular candelabro situado en el presbiterio, empezando por el ángulo inferior derecho, quedando encendida solamente la más alta, que en algunos sitios suele ser blanca.

   Como había nueve salmos en los maitines y cinco en las laudes, sólo se deja encendida la vela más alta del triángulo después de haber cantado todos los salmos. Simboliza el día de la muerte de Jesucristo en la Cruz. Las quince velas representan a los once apóstoles, las tres Marías y la Virgen María, es decir, aquellos que acompañaron a Jesús en el día simbolizado. El triángulo mismo simboliza la Santísima Trinidad; para algunos, la vela más alta representa a Cristo, mientras que otros afirman que es la Santísima Virgen, la única que creyó en la Resurrección, y la extinción gradual de las demás tiene que ver con la fe menguante de apóstoles y discípulos.













   El museo también alberga un tesoro musical invaluable, pues en el Archivo de la Capilla se resguardan más de 850 obras musicales completas de los siglos XVII y XVIII, y más 67 libros de coro,  80% de las cuales son obras originales dedicadas a la catedral de Durango, entre Conciertos, Motetes, Avemarías, Magníficats y Villancicos Navideños. Obras inéditas muchas de ellas, escritas a propósito por los Maestros de la Capilla de la Catedral , todos ellos músicos excelentes, pues Durango fue en esa época un importante centro musical, a la altura de los más importantes de México, como Guanajuato, Puebla, Morelia y Oaxaca. En el Acervo de la Capilla se encuentra también obra de un importantísimo músico italiano del siglo XVIII que trabajó y vivió en Durango, Santiago Biloni, cuya obra ha sido comparada con la de los maestros barrocos más importantes de todos los tiempos, como Locatelli, Corelli o Vivaldi.   Obra valiosísima que está siendo paleografiada, modernizada y repuesta por el Maestro Director del Coro de la capilla de la Catedral de Durango y músico extraordinario Don Humberto Robles, quien está llevando a cabo la titánica labor de montar de nuevo y reponer las grandes obras musicales barrocas y virreinales escritas originalmente para la Catedral Basílica Menor, pues era Durango en esa época un importante centro musical, no sólo en la Nueva España, sino en toda América.[3]


  Cabe destacar las pinturas que una sala del museo se encuentran los retratos de cuerpo entero de todos los obispos de Durango, desde el primero,  Mons. Gonzalo de Hermosillo y Rodríguez (12 de octubre de 1620 - 28 de enero de 1631), hasta el último, Mons. Héctor González Martínez (11 de febrero de 2003 - 26 de septiembre de 2014) –quedando aún por realizarse el cuadro del su más reciente arzobispo, Mons. José Antonio Fernández Hurtado (26 de septiembre de 2014), quien el día 21 de noviembre tomó posesión de su nueva investidura con un mensaje de solidaridad a los jóvenes y pobres de la región.[4]








[1] Antonio Días del Castillo, Mano religiosa de fray José Cillero. Del año de 1730, con grabados de Francisco Silverio. Ver Francisco de la Maza, “Un Arquitecto Barroco Mexicano” Revista de la Universidad de México. http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/ojs_rum/files/journals/1/articles/8557/public/8557-13955-1-PB.pdf.
[2] María Rosario Fatima Halcón Álvares Ossorio, Felipe de Ureña. La difusión del estípite en Nueva España “. Universidad de Sevilla. 2013. España. http://tv.us.es/presentacion-del-libro-felipe-de-urena-la-difusion-del-estipite-en-nueva-espana/
[3] En el año de 2010 se levó a cabo el 1er Festival de Música Virreinal de la Catedral de Durango, para lo que se rescató el gran órgano de la Catedral, que se tocó por primera vez luego de 100 años de silencio y olvido.
Mons. Manuel de Herrera, O.F.M. (4 de mayo de 1686 - 31 de enero de 1689) +
Mons. Benito Crespo y Monroy, O.S. (9 de octubre de 1722 - 20 de enero de 1734) +
Mons. José Vicente Díaz Bravo, O. Carm. (20 de noviembre de 1769 - 24 de abril de 1772) +
Mons. Lucio Torreblanca ( 1959 - 24 de agosto de 1961) +





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