domingo, 26 de octubre de 2014

Las Moscas Por Alberto Espinosa Orozco

Las Moscas
Por Alberto Espinosa Orozco




La Mosca

   A mosca heroica conocí el día de hoy mientras orinaba. Volando al lado de otra,, realizaba subidos divertimentos de pulida audacia aeronáutica, realizando dibujos tridimensionales en el aire –no igualables por el mejor espirógrafo, que ahora imagino en su transparencias como los poétalos de una flor fantástica. Movimientos que, por mi desconocimiento de la literatura científica sobre ese nimio reino apenas logro describir con vaguedad. De pronto la mosca realizó un movimiento sorprendente, dejándose caer desde lo alto en caída, con una línea sorprendente vertical, rayando el aire como si fuese un vidrio con punta de diamante. El vuelo más que temerario terminó suspendido en su caída libre en medio de burbujas de espuma de anilina, hasta dejarse enredar por la fuerza en estrógiro del remolino y la catarata fatal que se hundía en el recipiente  cónico y blanquísimo de la gran taza, hasta perderse finalmente en el turbio remolino por la oscuridad de la cloaca.
   Quedé por un momento suspenso y admirado luego de jalar de la cadena, y luego, reflexionando, interpreté aquel acto como de heroico suicidio, asombrado, al contemplar a una ínfima, a una nimia porsíncula de vida, nacida en medio de no sé qué deyecciones y frutas pútridas, cuyo único don es la suprema gracia de dos o tres días de increíbles vuelos por el aire, y la suerte contingente de inesperados reglaos culinarios, amotinarse de pronto contra su no pedida suerte ontológica, contra su abyecto ser de mosca. Como si a la luz de una intuición ignota, aptada por los sensores de alguna antena distraída hubiese mejor optado por el arcano de una posible nueva vida, más alta para la esfera de la conciencia, a la que tal vez después renacería.





Las Moscas
   Vivo en mi pequeña sweet durangueña regularmente acompañado por algunas mokas de hábitos insomnes. He optado por convivir en paz con ellas, movido sin duda a que los esfuerzos emprendidos en otro sentido no tuvieron más efecto que capotear inútilmente al aire.
   Vivo, mejor sería decir que me dejo vivir, sitiado consuetudinariamente por dos o tres de ellas. La convivencia, sin embargo, ha tiempo que dejó atrás las mutuas hostilidades, que antes francamente nos desvivían, para dar lugar a una especie de armonía tolerancia mutua, aunque no se pueda hablar de franca amistad sin por ello dejar de reconocer lo que tal sociedad ha traído de frutos venturosos.
    Por caso he de citar lo que apenas hace unos días me sucedió para rubricar nuestro protocolo de cese de hostilidades: era la tarde, me encontraba profundamente dormido, descansando a pierna suelta en la siesta vespertina, cuando uno de esos regordetes zancudos me afligió decididamente la nariz, hasta con insistentes mordiscos me hizo despertar de mi aletargado descanso, justo a tiempo para llegar a la cita que tenía concertada a esas horas con el optometrista.

   La anécdota, aunque trivial, pone de relieve el agradecimiento que les guardo, el cual aun siendo distante la profundidad, es sincero, manifestándose ahora en tenues sonrisas de simpatía -acaso observadas a la distancia, más bien con sorda indiferencia, por sus miradas de ojos verdi-negror y escarlatas. 





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