jueves, 16 de octubre de 2014

Alberto Einstein: Los Valores y los Derechos Humanos Por Alberto Espinosa Orozco

Alberto Einstein: Los Valores y los Derechos Humanos
 Por Alberto Espinosa Orozco


VIII.- Los Valores y los Derechos Humanos

   Después de mostrar como la sociedad puede ser enriquecida, el proyecto de su mejora y reforma ha de resolverse, de acuerdo con Einstein, por medio de un segundo paso moral, el cual debe transitar igualmente por el terreno de la educación. Se trata del proceso de conscientización en los valores y derechos del hombre más acendrados (los cuales, evidentemente, están gravados con un destino histórico, tendiente a la plena realización de la especie -que es la lucha y batalla fundamental de la humanidad en tanto proceso de esencialisación o naturalización, pues el hombre no está dado, sino que es la tarea de convertirse, de llegar a ser  hombre).
   Más allá de la empresa de valorar nuestro tiempo (Zeitcritik), la labor fundamental del intelectual es la de cuidar el más alto y eterno de nuestros bienes, aquello que da a nuestra vida sentido y deseamos entregar a nuestros hijos más puro y más valioso de lo que nosotros lo recibimos de nuestros antepasados: la libertad del individuo. Lo que en esta fase de la cultura moderna está en juego es la libertad intelectual, sin la cual no hubiera existido ningún Schaquespeare o Gohete, ningún Newton o Paster... ningún Einstein o López Velarde. Para resistir con los poderes de los enemigos de la humanidad que, aún hoy mismo, amenazan suprimir la libertad intelectual, hay que tener presente que nuestros antepasados la ganaron para nosotros tras duras luchas, dándole con ello un sentido preciso a la voz “modernidad” y salvándonos con ello de una vida oscura de servidumbre semejante a la de las viejas tiranías asiáticas. También hay que recordar que sin los hombres libres, únicos que crean los inventos y las obras intelectuales, fuente de todo progreso y conocimiento,  y sin la libertad del individuo, de nada vale la vida para un hombre que se respete a sí mismo. En efecto, sin tal libertad no habría ni casas confortables, ni radio y TV., ni ferrocarriles, ni medicina contra las epidemias, ni libros baratos, ni cultura, ni máquinas que alivian el rudo trabajo, ni retos intelectuales y goces artísticos, ni filosofía y poesía para todos.60   
   En nuestros tiempos difíciles no queda sino (frente a las tentaciones del odio y la opresión, engendradores de descontento, más odio y violencia), mantenerse firmes en la defensa de la libertad individual, rechazando enérgicamente el pesimismo de quienes creen o aceptan que el desarrollo intelectual descansa sobre la base de una declarada o disimulada servidumbre. Vayamos, pues, a la zaga de Einstein, a rescatar los valores y derechos fundamentales del individuo, los cuales han de postularse como la fuente de todos los progresos del hombre. En principio hay que partir de los valores más altos del ideal humanitario de Europa, base de los triunfos más grandes de aquella civilización y cuyo complejo puede analizarse en las siguientes fases: i) libre determinación el individuo (restringida); ii) libertad de pensamiento, iii) libre expresión de opinión, iv) libertad de enseñanza; v) objetividad de pensamiento y deseo de alcanzar la verdad sin tener en cuenta la utilidad y el provecho individual, iv) fomento a las diferencias en el campo del espíritu y del gusto.61  
   Para lograr la primera fase axiológica de la libre determinación del individuo (i), es necesario que concurran diferentes factores. En primer lugar, para alcanzar este objetivo es necesario un primer género de libertad, que Einstein llama libertad exterior. Es indispensable que el individuo no tenga que trabajar tanto para cubrir sus necesidades vitales básicas, pues ello agota el tiempo y el vigor para las actividades de cuño personal. La satisfacción de las necesidades físicas es, sin duda, la condición previa sine qua non de una existencia feliz, pero no es suficiente por sí sola. Para cumplir plenamente con la satisfacción del hombre se debe atender a las actividades personales e íntimas que son, justamente, las que abren la posibilidad de desarrollar las capacidades intelectuales y artísticas acordes con las posibilidades y características, aptitudes y predisposiciones de carácter del individuo. Se trata de un objetivo que atañe en sus primeros pasos a la función educativa y en el que probablemente todos nosotros estaremos de acuerdo. Sin duda alguna, para el desarrollo espiritual de todos los individuos, hace falta éste género de libertad externa. En opinión de Einstein, el progreso tecnológico haría posible éste tipo de libertad si se lograse una división racional del trabajo.
   Para alcanzar las tres faces siguientes del ideal (la libertad de pensamiento (ii), la libertad de comunicación (iii) y la libertad de enseñanza (iv)), es necesario, empero, un segundo tipo de libertad exterior. Por libertad exterior entiende Einstein “condiciones sociales de tal género que el individuo que exponga opiniones y afirmaciones sobre cuestiones científicas e intelectuales, de carácter general y particular, no corra por ello peligros o riesgos graves”.62 Las leyes por sí solas no pueden asegurar la libertad exterior, pues es necesario que haya espíritu de tolerancia en toda la sociedad para que un hombre pueda expresar sus puntos de vista sin temor a sufrir castigo. Se trata de un ideal imposible de realizar en pureza, pero que debe perseguirse con denuedo si se quiere el avance del pensamiento científico, filosófico y creador en general. Una consideración importante prácticamente es que la libertad de comunicación (iii) y de enseñanza (iv) es indispensable para el desarrollo y crecimiento de los conocimientos científicos, pues el progreso de la ciencia (el conocimiento de las leyes físicas y los procesos sociales), exige la posibilidad de difundir sin restricciones opiniones y resultados, pues la tarea científica es un conjunto natural cuyas partes se apoyan mutuamente.63



   Sin embargo, es necesario para la evolución de la ciencia y el trabajo creador otro tipo de libertad: la libertad interna o libertad de espíritu, consistente en pensar con independencia (i) de las limitaciones de los prejuicios autoritarios y sociales, así como frente a la rutina antifilosófica y los hábitos embrutecedores en general (que van de la masificación promovida por la Afrodita Pandémica o vulgar, el convencionalismo malediciente y la conducta impulsiva y arbitraria, a las adicciones y el abuso del poder, etc., etc., etc.). La libertad interna es un raro don de la naturaleza y un objetivo digno para el individuo, que la comunidad puede estimular como mínimo no poniéndole trabas. Hay que reconocer, empero, que el desarrollo de este segundo género de libertad  ha sólido ser dificultado por escuelas y sistemas de enseñanza, ya con influencias autoritarias ilegítimas, ya con imposiciones y cargas espirituales excesivas a los jóvenes; aunque tales instituciones también han podido favorecer este tipo de liberar al fomentar el pensamiento independiente.64
   Libertad de opinión (iii) y libertad de enseñanza (iv) son ambas los cimientos de todo desenvolvimiento sano y natural de cualquier pueblo. Sin embargo, en los últimos capítulos de la historia  occidental estos valores han sido sistemáticamente amenazados por el abrumador dominio que ejerce la oligarquía del capital productivo (en manos de un número muy pequeño de ciudadanos), sobre las instituciones educativas y los medios de comunicación, ejerciendo también enormes influencias sobre el gobierno. Para Einstein es deber ineludible de los intelectuales poner en obra toda la influencia a su alcance para mantener a la opinión pública al tanto de este peligro real, así como de unirse con toda la fuerza de la que sean capaces para defender, custodiar y acrecentar estas libertades, único procedimiento para que el mayor daño de todos sea prevenido –peligro que no es otro que el de la servidumbre y mecanización desesencializadora y nihilificante de la persona humana por los receptáculos de las soberanías antisociales, que intentan corromper el espíritu y el bienestar hasta extremos de franco horror y desastre.65
   En cuanto a la libertad de enseñanza (iv) hay que tomar en cuenta varios factores. En primer lugar, el hecho de que los políticos reaccionarios, azuzando a las masas, han logrado que la juventud y el público sospeche de cualquier empresa intelectual, pasando incluso a limitar la libertad de enseñanza y oprimiendo y privando de sus puestos a los que no se muestran sumisos. Ante este peligro latente quizá hoy más que nunca, la única solución sistemática prevista por Einstein para la minoría de intelectuales es el método revolucionario de la no cooperación, individual o conjunta, en el sentido de Gandhi: esto es, estar dispuesto de buena gana a ir a la cárcel, a correr el riesgo de la ruina económica, sacrificando el bienestar personal en pro del bienestar cultural del país.66
   En efecto, la continuidad y la salud de la humanidad dependen de las instituciones de enseñanza y educación, las cuales han sido desde siempre el medio más importante de transmitir el tesoro de la tradición de una generación a otra, en la modernidad incluso en mayor grado que en otros tiempos, pues el desarrollo contemporáneo de la vida económica ha debilitado a la familia en cuanto portadora de la tradición y de la educación. El fin de la educación a de ser formar individuos para que piensen y obren con independencia y, simultáneamente, vean en el servicio a la comunidad su más alto ideal vital, desarrollando las cualidades y facultades individuales y sociales más valiosas para la república.
   Para lograr este valor en bienes efectivos de nada vale el culto palabrero a un ideal, meras intenciones que empiedran el camino del infierno. Menos aún la moralina. Solo vale el trabajo y la actividad. El método de educación siempre ha consistido en urgir al alumno o discípulo a la realización de una tarea concreta, cuya motivación se fortalece en el cumplimiento de la empresa. Pero la motivación no ha de tener su origen en el temor al castigo, la autoridad artificial, la coacción o la fuerza, el ambicioso deseo de distinción a toda costa o el entusiasmo egoísta,  pues tal procedimiento destruye los sanos sentimientos de sinceridad, confianza en sí mismo y cooperación con el prójimo, convirtiendo al alumno en súbdito sumiso y servil  –que es el peor de todos los males. Por el contrario, el método educativo ha de basarse en una amorosa afición por el objeto, en una ansia de verdad y comprensión, en la divina curiosidad que acompaña al hombre desde sus primeros pasos y en el deseo de placer y satisfacción naturales. Tal actitud, tanto en la administración de la escuela como en la posición de los maestros, ejercerá así una influencia positiva en la formación de la base psicológica de los alumnos, siendo la fuente de respeto las cualidades humanas e intelectuales de las autoridades.
   La escuela y el maestro deben estar en guardia contra el empleo del fácil método de estimular la ambición individual, la cual fomenta el espíritu de competencia. Tal espíritu psicológicamente se funda en el deseo desviado de ser reconocido como el mejor, como  más fuerte o  más inteligente que los demás, siendo su justificación psíquica excesivamente egoísta e injuriosa tanto para el individuo como para comunidad. El deseo de aprobación y reconocimiento por parte de los demás, es por sí mismo un sano estímulo, si se entiende como un importante poder cohesivo de la sociedad y de la cooperación humana, estando  firmemente arraigado en la naturaleza humana. Sin embargo, en tanto complejo sentimental, ha de purificarse de sus fuerzas destructoras (que radican en la ambición) y fomentar sus energías positivas (el deseo de pertenencia a una “tribu” , de ser “uno de nosotros”, siendo ese nosotros la sociedad humana humanizada). Se deben, pues, desarrollar las energías psicológicas  productivas en el alumno, tomando acaso como modelo la experiencia del juego, el deseo dialéctico reconocimiento-pertenencia (deseo del deseo del otro), pero también la orientación de los individuos hacia un terreno grato e interesante para la sociedad. Para que todo ello sea posible, el maestro no sólo debe de ser un artista en su clase, sino tener también amplia libertad para elegir la materia que ha de enseñar y los métodos de educación a emplear, no permitiendo que el placer en el trabajo sea aniquilado por la fuerza y la presión exterior.
   En tal espíritu debería ser educada la juventud, recordando que el fin de la escuela estriba en que el joven egrese con una personalidad armoniosa. No, pues, al pseudo ideal del especialista, sobrecargado de disciplinas que no le dejan tiempo para pensar realmente, adiestrado de tal suerte que se puede manejar como una herramienta inerte, semejante a un perro de circo o a una hormiga que batalla en un hormiguero por su vida. Por el contrario, formar al individuo autónomo y responsable, teniendo espontánea afinidad hacia los valores, un vigoroso sentimiento de lo bello y de lo moralmente bueno y una amplia comprensión de las motivaciones de los seres humanos, de sus ilusiones y sufrimientos, para poder alcanzar una adecuada relación con sus prójimos y con la comunidad.67
Es necesario también que los sacerdotes, monjes y monjas se conviertan en profesores y maestros de religión en activo (bajo las innumeras maneras que van del maestro universitario, al de primaria, con todas las variedades que permite el abanico de la tradición, tales como el ofrecimiento de suculentos desayunos infantiles donde se enseñe la oración de acción de gracias y  pláticas formales e informales de todo tipo, etc.), cumpliendo dignamente con la excelsa misión educativa encomendada por los grandes maestros, llevando a la verdadera religiosidad, que es ajena al miedo a la vida o a la muerte y a la parálisis de la fe ciega, estando por lo contrario ligada a doctrinas luminosas que junto con el ideal ético luchan en pro del conocimiento racional. Con esa actitud y acción se cerraría el paso a una conducta indigna y fatal para los representantes de la religión instituida: la del refugio en la reserva o en campos de tiniebla ajenos al conocimiento científico.
   Alberto Einstein fue, es cierto, un teórico revolucionario no menos en el campo de la física que en el de la moralidad, pues consideró que la actual situación de la humanidad, no percatada por los gobiernos, exige medidas inéditas en nuestro modo de pensar, en nuestras acciones, entre los trabajadores intelectuales y en las relaciones entre las naciones del mundo. Con respecto a los trabajadores intelectuales, golpeados por el aparato en sus directivas sobre la educación de la juventud, es urgente que protejan sus intereses (que son los de la libertad de expresión, de enseñanza, académica y sus ingresos económicos) mediante la organización, puesto que la carencia de ella ha sido su fallo tradicional, encontrándose más que ninguna otra clase desprotegidos  frente a arbitrariedades y explotación. Así, lo primero que deberían hacer es: a) organizarse evitando el debilitamiento por disensiones internas y desavenencias entre los grupos constituyentes; b)  censurar la división entre los intelectuales, pues los derechos innatos de esos grupos son las dotes especiales y la experiencia, asegurando en esta esfera que los acontecimientos se determinen por el conocimiento profesional y el juicio basado en el conocimiento objetivo, rompiendo con ello la amarga tradición que los ha determinado por el mezquino deseo de provecho y la ambición política; c) asegurar la posición económica del grupo en tanto comunidad de fines, d) crear una Organización de Trabajadores Intelectuales (OTI) para defender estos derechos y establecer una futura política supranacional contra la agresión de nuevas guerras a escala planetaria.
   Con respecto al valor de la objetividad del pensamiento y el deseo de alcanzar la verdad por sí misma y sin miras utilitarias (v), sólo cabe recordar que se trata de una actitud enmarcada y articulada orgánicamente en la ciencia como vocación de establecer normas o leyes de la naturaleza que exijen una validez absolutamente general... no probada. Se trata, en efecto, de un programa y una fe en la posibilidad de su cumplimiento, que sólo se basa en principio en éxitos parciales. Sin embargo, la actuación de la ciencia sobre la mente humana tiene un carácter educativo, al vencer la inseguridad del hombre ante sí mismo y ante la naturaleza, pues si la ley natural se aceptara sólo de manera fragmentaria (tal y como lo hacía un observador primitivo) se fomentan todo tipo de creencias irracionales sobre fuerzas arbitrarias, mágicas o sobrenaturales que intervendrían el destino del hombre. Por el contrario, la confianza de que  la ley natural  es universal y el pensamiento humano es veraz, puede ofrecernos otra experiencia, que purifica al mismo sentimiento religioso. El atisbo de que la estructura total del mundo, natural y humano, es una sola y está regida por una Razón universal que determina la marcha del cosmos en su completud como una unidad armónica, cuya regularidad ordenada no da margen a causas de otra naturaleza.68
   Por su parte, el valor humanístico del fomento de las diferencias en el campo del espíritu y el gusto (vi), no es sino el objetivo mismo del “liberalismo cultural”,  el cual se debe fomentar desde la misma enseñanza de la historia y la geografía con una nutrida y simpática compresión por las características de los diferentes pueblos del mundo, especialmente por aquellos que han sido llamados “primitivos”. De tal forma, ha de educarse en las escuelas en un pacifismo racional internacional, combatiendo el chauvinismo  nacionalista como una dañosa fauna que corroe el progreso cultural.69
   Este valor de “tolerancia generalizada” permite una actitud crítica frente a instituciones y tradiciones, dando acceso a la ponderación de cuales de ellas son útiles y proporcionan una mayor felicidad a los seres humanos y cuales perniciosas al producir una mayor aflicción, esforzándose por adoptar los que mejor nos parezcan, sin importar si las vemos plasmadas en nuestro país o en otro distinto.70
   Los derechos humanos no son sino ideales sobre el comportamiento mutuo de los seres humanos y la estructura más deseable de la comunidad. Sin embargo, su existencia y validez no está escrita en las estrellas, sino que son producto de la concepción y enseñanza de individuos ilustres a lo largo de la historia. La necesidad de la lucha en pro de los derechos humanos, aceptados inmediatamente por la gente en teoría, se deriva del hecho de que son pisoteados por esa misma gente bajo la presión de los instintos o las coerciones sociales. Es parte central de la lucha eterna de la humanidad por preservar y mejorar su ser, sin posibilidad de victoria definitiva, pero cuya claudicación sería la ruina de la sociedad. Tales derechos básicos apuntados por Einstein no son sino:
1)    la protección del individuo contra la usurpación arbitraria de sus derechos por parte de otros, o por el gobierno;
2)    el derecho a trabajar y a recibir un ingreso adecuado y equitativo por el trabajo;
3)    la libertad de diálogo, debate, discusión, enseñanza e investigación;
4)    la participación adecuada del individuo en la formación de su gobierno;
5)    el derecho y deber que tiene el individuo de no cooperar en actividades que considere erróneas o perniciosas.71
   Los avances de la tecnología podrían también servir para allanar el camino a dos valores fundamentales, en transe de constituirse en derechos humanos, a tomar en cuenta por la ley y la sociedad en general. En efecto, el progreso tecnológico y el desarrollo de su alto nivel,  puede conducir a la plenitud de la libertad externa (si se toma en cuenta una división realmente equitativa y un adecuado abastecimiento para todos). Sin embargo, para ello es necesario tomar en cuenta los siguientes objetivos éticos que, al menos formalmente, serán admitidos por la gran mayoría:
6)    los bienes instrumentales que ayudan a mantener la vida y la salud de todos los seres humanos, deben ser producidos con el menor esfuerzo posible de todos, de tal manera que;
7)    los hombres tengan la posibilidad de desarrollar sus facultades, características y capacidades personales, valor o derecho que tiene como correlato el deber personal de impedir que se enmohezcan y oxiden los propios talentos y dones con que la naturaleza dotó al individuo, siendo él responsable de su custodia y desarrollo.72 
   Un último derecho que hay que consignar en este parágrafo tiene un carácter político, y podría bautizarse provisionalmente como “principio Einstein-Platón”, por ser éste último quien, en boca de Protágoras, lo expresa por primera vez nítidamente, y por ser el primero quien lo limita y le da una formulación moderna, y que puede recogerse en la siguiente fórmula:
8)    es inadmisible que sólo sean los peritos o especialistas (sociales, económicos o políticos) los únicos con derecho a opinar sobre cuestiones que afectan a la organización de la sociedad, no debiendo de sobrestimarse la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; siendo lo justo oír a todos cuando se trata de asuntos políticos.73
   En política  no sólo hacen falta los dirigentes, sino también el espíritu independiente y el sentido de la justicia del ciudadano –actitudes en decadencia debido al “maleamiento” social y al socavamiento del régimen democrático parlamentario. En efecto, las dictaduras sólo pueden ser toleradas donde el sentido de la dignidad de la persona y los derechos humanos hayan sido debilitados sistemáticamente.







60  “Ciencia y civilización”, Op. cit., Págs. 43 a 44.
61  “¿Ha sido Europa un éxito?”, Op. cit., Pág. 89 , “Fascismo y Ciencia”, Op. cit., Pág. 43.
62  “Sobre la libertad”, Op. cit., Pág. 45.
63 Op. cit., pags. 44 a 45, “¿ha sido Europa un éxito?”, Op. cit., Pág. 89.
64  Op. cit., pag. 46.
65  “En una asamblea por la libertad de opinión”, Op. cit., Págs. 97 a 98.
66  “Métodos inquisitoriales modernos”, Op. cit., Págs. 45 a 46. Este método fue aplicado con buen éxito por el durangueño José Revueltas, quien gustosamente se dejaba “becar”  de vez en cuando por el poder político para poder proseguir sus estudios intelectuales y humanísticos en la cárcel.
67 “Sobre educación”, Op. cit., Págs. 86 a 91; “Educación y pensamiento independiente”, Op. cit., Pág. 94. Einstein creía con toda sinceridad que el mejor servicio que uno puede prestarle al prójimo es el de proporcionarle un trabajo que le estimule positivamente y le eleve indirectamente –caso que habría que aplicar especialmente a los artistas y científicos.  A la mente creadora sobre todo le estimula la monotonía de la vida tranquila y solitaria, por lo cual el famoso científico recomendaba, a manera de ejemplo,  emplear a los jóvenes con vocación matemática y filosófica en las torres de faros, donde no hay grandes exigencias físicas ni intelectuales, lo que daría el tiempo para meditar, sin atropellarse en sacar conclusiones definitivas prematuramente. “Bien y Mal”, Op. Cit., Pág. 17; “Ciencia y Civilización”, Op. cit., Págs. 44 a 45.
68 “Ciencia y Sociedad”, Op. cit., Págs. 41 a 42, “Religión y Ciencia”, Op. cit., Pág. 67.
69 “Las escuelas y el problema de la paz”, Op. cit., Pág. 124.
70  “Para asegurar el futuro de la humanidad”, Op. cit., Pág. 93.
71 “Derechos humanos”, Op. cit., Págs. 49 a 50.
72  “Sobre la libertad”, Op. cit., Págs. 44 a 45.
73 “¿Por qué Socialismo?”, Op. cit., Pág. 65, Platón, “Protägoras o de los sofistas”, Diálogos, ED. Porrúa, Sepan Cuantos, núm. 13, Pág. 115.





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