viernes, 17 de octubre de 2014

Alberto Einstein: El Ideal Político Por Alberto Espinosa Orozco

Alberto Einstein: El Ideal Político   
Por Alberto Espinosa Orozco 
 

IX. El Ideal Político
   Si la respuesta moral de Einstein al problema de la mejora social tiene prima faquie una dirección pedagógica, en un segundo plano de mayor envergadura contempla una vía económico-política de carácter social-demócrata. 
  La fuente del desnivel u oscilación característico de nuestro tiempo, que se revela sobre todo como un “maleamiento social” de desequilibrio egoísta, tiene su causa, de acuerdo con Einstein en la anarquía económica de la sociedad capitalista, donde los productores, cumpliendo fielmente las reglas del mercado legalmente establecidas y estando en manos de unos cuantos la propiedad de los medios de producción, se encuentran en incesante lucha para arrebatar los frutos del trabajo colectivo, difundiendo consciente o inconscientemente el espíritu oscuro de la voracidad y la guerra.77
   El riesgo de las libertades y las dificultades del mercado laboral, han de resolverse cuando se resuelva en forma democrática el gran problema económico.78 Sin embargo hay que advertir que, frente a los éxitos extremadamente afortunados en el campo de la ciencia y de la técnica, el hombre ha sido ineficaz y ha fracasado en el desarrollo de formas de organización política y económica, de tal manera que incluso la coexistencia pacífica entre las naciones del mundo no tiene garantía alguna. Una primera solución democrática, puesta en marcha en EE. UU., es la exigencia por parte de la opinión pública de que el individuo al frente de los medios de producción ponga parte de sus riquezas e incluso de sus propias energías al servicio de la comunidad, formando de esta manera su conciencia social -jugando el gobierno un papel limitado.79 Aunque la influencia de la oligarquía económica sobre las ramas de la vida pública es muy poderosa, no debe sobrestimarse (como contraejemplo estaría el caso de F. D. Rohosvelt, que fue elegido y reelegido tres veces como presidente a pesar de la desesperada oposición de estos poderosos grupos).80




   En su aspecto económico, la filosofía de la “libre empresa” acusa una poderosísima debilidad: la inmensa capacidad productiva de los países desarrollados es incompatible en proporción con el poder adquisitivo del pueblo (consumidores). Esta pequeña situación es delicadísima, pues orilla a los países productivos a reforzar su comercio de exportación para tener en pleno uso su aparato productivo, evitando el peligro amenazador del paro a gran escala. Los países satélites o dependientes no pueden así pagar los artículos de exportación de las metrópolis productivas sino con importaciones que de nos ser materias primas no pueden ser abundantes, en razón de la protección al propio aparato productivo. El problema político entrañado en tal economía es que los países satélite tienen que financiar sus exportaciones con recursos propios, siendo esos prestamos y empréstitos, no solo impagables por definición, sino también peligrosos regalos obsequiados como armas en la arena de los poderes políticos.
   Sin embargo, la gran mentira del capitalismo sobre la que se basan sus leyes económicas es una inaceptable y errónea concepción del “trabajador”, definido meramente como aquel que no comparte la propiedad de los medios de producción. El propietario de los medios se encuentra en cambio en una situación angélica, donde compra la potencia de trabajo del trabajador, el que produce artículos que pasan a propiedad del capitalista, en un proceso donde la relación entre lo que produce y se le paga resulta profundamente alterada, pues lo que el trabajador percibe no está, incluso en teoría, determinado por el valor real de los artículos que produce, sino por el mínimum de necesidades vitales que ha de cubrir para su elemental sobrevivencia. Esta “fase predatoria” de la humanidad ha de superarse reconociendo que la ciencia económica en su estado actual, no sólo hace difícil el establecimiento de leyes generales (por estar los fenómenos económicos afectados por innúmeros factores difíciles de valorar por separado), sino también por arrojar poca luz sobre una sociedad organizada de otra manera.
   La evolución de la oligarquía del capital privado, acrecentada en su poder por el desarrollo tecnológico y la creciente división del trabajo, que alimenta la formación de amplias unidades de producción triturando a las pequeñas, no puede, empero, ser refrenada por una sociedad política de organización democrática. De acuerdo con Einstein, sólo existe un camino para evitar los grandes males de una economía de capital privado y anárquica: el establecimiento de una economía socialista, acompañado de un sistema educativo orientado hacia las metas sociales. Una economía socialista es aquella donde los medios de producción pertenecen a la propia sociedad y se utilizan con arreglo a un plan orientado no hacia el lucro, sino a la utilidad de toda la comunidad. Sin embargo, una economía planificada no es aun socialismo, pues puede ir acompañada de una completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere de la solución de éste y otros escollos políticos-sociales extremadamente difíciles de sortear.81





   En primer lugar, la economía planificada trae como consecuencia la formación de una burocracia administrativa poderosísima. Contra el peligro de su arrogancia todopoderosa no quedan sino dos recursos: 1) el contrapeso democrático que protege los derechos del individuo;  2) si en los países capitalistas los dueños de la riqueza no están obligados a rendir cuentas de sus acciones ante el público en general, en los países socialistas los empleados civiles, semejantes a los que ejercen el poder político, deben hacerlo, manteniendo la administración en un nivel adecuado; y 3) la economía planificada debe mantener una sana proporción entre la producción y el poder adquisitivo del pueblo.82
   Pero quizá el escollo más profundo que ha de salvar el socialismo es la creencia, maniquea e infantil, de que el capitalismo es la fuente de todos los males económicos y políticos, suponiendo que el socialismo podrá curar, como una panacea de ajos supranaturales, todas las enfermedades políticas y sociales de la humanidad –actitud mesiánica que invita no sólo a la erección de ídolos injustificados (sean absurdos héroes divinizados o Estados totalitarios), sino también a la intolerancia predatoria y fanática, que convierte a un posible método social en una iglesia con todo y papas, cardenales, obispos, fieles... y herejes tachados de traidores, canallas y malhechores por no pertenecer a la rebañiega gregarista o a la jerarquía del orden feudal. Creencia rígida que impide la comprensión elemental del otro y que ha sido la causa de indecible sufrimiento para la humanidad.83
   Por otra parte, acaso uno de los aspectos teóricos más débiles del marxismo es su falta de desarrollo de una teoría del hombre, apareciendo los factores psicológicos del ser humano (sus deseos y pensamientos) como sin importancia y secundarios, siendo el individuo fácilmente degradado en mero instrumento o “material humano”, punto de vista donde los fines normales de las aspiraciones humanas desaparecen.84
   No hay que subestimar el abismático escollo representado en nuestra época por ese ídolo moderno que es el Estado –a cuyo poder de sugestión pocos hombres pueden escapar. La función del Estado  no es otra que la de mantener relaciones pacíficas y ordenadas entre sus ciudadanos. Empero, en nuestros tiempos esa relación se ha vuelto más complicada y extensa a causa de la centralización del aparato industrial. De hecho, todo gobierno es un mal, en la medida en que lleva dentro de si el germen, la tendencia de convertirse en tiranía. Sin embargo, salvo los anarquistas, todo el mundo está convencido que una sociedad civilizada no puede existir sin un gobierno. El peligro de degeneración es más agudo cuando el gobierno posee la autoridad sobre todas las vías de educación, comunicación y la existencia económica de cada ciudadano. La estructuración socialista puede promover una solución social a esta inmensa amenaza mediante un contrapeso democrático, resolviendo una nación sana en el dinámico equilibrio entre la voluntad del pueblo y el gobierno –normas e instituciones democráticas frecuentemente poco apreciadas en los países donde se disfrutan.85 También es cierto que el socialismo ha de universalizarse a una escala planetaria, internacionalizándose hasta el extremo de formar un Gobierno Mundial, capaz de controlar el poderío militar, los derechos humanos y resolver los conflictos Oriente-Occidente.86

X. Conclusiones

   Por último  sólo me resta concluir estas líneas con tres consideraciones:
1)    recordar que para resolver los problemas de nuestra vida social no basta sólo la razón, aunque ésta pueda servir para resistir a los atávicos instintos y a las pasiones hace falta también la fuerza viril de la emoción inspirada por altos ideales de vida;
2)    que el hombre pocas veces encuentra una felicidad más grande que cuando se embarca y navega en una tarea colectiva de objetivos dignos y nobles para el beneficio de la humanidad;

3)    finalmente, no me queda sino un saludo y un reconocimiento a ese científico de todos los tiempos que fue Alberto Einstein como lo que también significó en realidad: un caudillo moral que, ajeno a toda agresión y resentimiento y sin conocer el miedo, pasó su vida entera al servicio del prójimo.



74  “¿Por qué Socialismo”, Op. cit., Pág. 69.
75  “Un mensaje a los intelectuales”, Op. cit., Pág. 47.
76  Op. cit., Pág. 49; “Mensaje a la posteridad”, Op. cit., Pág. 9; “Ciencia y Sociedad”, Op. cit., Pág. 40; “Mensaje en la cápsula del tiempo”, Op. cit., Pág. 24.
77 Supr., Op. cit., Pág. 40, “En una asamblea por la libertad de opinión”, Op. cit., Pág. 97.
78 Supr., Op. cit., Pág. 98.
79  “Mis primeras impresiones de los Estados Unidos”, Op. cit., Pág. 8.
80  “Respuesta a los científicos soviéticos”, Op. cit., Pág. 85.
81 “¿Por qué Socialismo?”, Op. cit., Págs. 64 a 72.
82  Op. cit., Pág. 72, “Respuesta a los científicos soviéticos”, Op. cit., Págs. 82 a 83.
83 Op. cit., pag. 83.
84  “La instrucción militar en la ciencia”, Op. cit. Pág. 126.
85  “Un mensaje a los intelectuales”, Op. cit, Págs. 48 a 49; “Respuesta a los científicos soviéticos”, Op. cit., Págs. 83 a 84.
86  “Guerra atómica o paz”, Págs. 104 y 114.




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