viernes, 10 de octubre de 2014

Alberto Einstein: Antropología Filosófica Negativa Por Alberto Espinosa Orozco

Alberto Einstein: Antropología Filosófica Negativa
Por Alberto Espinosa orozco


VI. Antropología Filosófica Negativa

   La teoría del hombre o antropología filosófica einsteniana, enmarcada en una Zeitcritik, debe abrirse con su antropología negativa, atendiendo al hecho más contundente y terrible del siglo que termina: la crisis y decadencia en la que se ha sumergido el hombre y la cultura occidental. Se trata de un extremo de una crisis constitutiva de la especie humana, cuya esencia misma es peligro: peligro de dejar de ser lo que es, en sus oscilaciones y desequilibrios, al entrar en un proceso regresivo de lo humano para ser de otra manera. Sin embargo, la misma crisis constitutiva del ser humano es también posibilidad: posibilidad de volver a ser, de esencializarse recuperando su propia naturaleza y estabilidad perdida.
   Los acontecimientos contemporáneos de los que se ocupó Alberto Einstein y que, distantes de nosotros por varias generaciones, alcanzan y se ahondan en nuestros días, caracterizando toda una época histórica, pueden describirse ante todo como un proceso de decadencia moral, de ninguna manera ajeno a la pérdida del sentido religioso profundo. En efecto, mientras que la religión prescribe amor fraterno en las relaciones entre individuos y grupos, el escenario actual parece más un campo de batalla que una orquesta. El principio rector que se ha establecido pareciera ser la pseudo-filosofía del éxito y del triunfo, concebidos como una lucha implacable a expensas del prójimo, como algo que nace de la ambición personal y del miedo al rechazo. Se trata de un punto de vista derrotista y pesimista, el cual pretende demostrar que esta situación es inherente a la naturaleza de los seres humanos, y sostiene indirectamente que las doctrinas religiosas son ideales utópicos no aptos para regir y orientar los asuntos humanos –ideas que la antropología científica ha desmentido plena y contundentemente en diversos estudios sobre el llamado hombre “primitivo”, desde Bronislaw Malinowski hasta Ruth Benedic. Sin embargo, el  predominio del espíritu de competencia, presente incluso en las escuelas y universidades, ha ido destruyendo todos los sentimientos de cooperación y fraternidad.
   En cuanto al anhelo de una estructuración ético-moral de la vida comunitaria no hay ciencia que pueda salvarnos –debiendo de haber una subordinación incondicional de la ciencia a la religión y a los ideales humanitarios.36 Otra de las causas más patentes de la decadencia moral, es el excesivo hincapié que la educación ha puesto en lo puramente intelectual dirigido sólo hacia la eficacia y lo práctico- utilitario. Este hábito de pensamiento “materialista” (muy mater of fact) se ha extendido de manera asfixiante y como una terrible helada en la consideración mutua entre los hombres. Sin embargo, la comprensión entre los hombres, incluso en el pensamiento y la investigación científica, sólo resulta fecunda cuando se sustenta en un sentimiento cordial y fraterno en la alegría y en la aflicción. Se trata de una “cultura ética”, cuya fuente de acción moral mana en las aguas puras de lo religioso (exenta de elementos supersticiosos), y que debe de recibir una consideración sistemática como parte importantísima de la función educativa.37
   Las antiguas universidades surgieron de las escuelas eclesiásticas sirviendo a un mismo propósito: el ennoblecimiento del individuo mediante la extensión de la moral y la cultura, y la renuncia del uso de la fuerza bruta. Todas las religiones, artes y ciencias no son sino ramas de un mismo tronco, tendientes a elevar al hombre de la esfera de su existencia meramente físico-biológica al guiarla hacia la esfera de la libertad. Sin embargo, la unidad esencial de las instituciones culturales eclesiásticas y seculares se perdió durante el siglo XIX, hasta llegar a una intensa hostilidad mutua, no por la santidad cultural de la meta, sino por la discusión sobre el método o camino a seguir. Así las cosas, el desarrollo de las ciencias de la naturaleza, con su gran influencia sobre el pensamiento y la vida práctica, siguió un camino independiente, debilitando el sentimiento religioso de los pueblos, pues el método causal y objetivo del pensamiento generalmente deja poco espacio para el ahondamiento en el sentimiento religioso profundo y, dados los vínculos tradicionales entre religión y moral, el sentimiento moral de los hombres occidentales se erosionó y debilitó seriamente. A los ojos de Einstein tales son las causas de la barbarie de las corrientes políticas de su tiempo –que en mucho sigue siendo el nuestro.38 También son las causas, podría agregarse, de otras barbaries contemporáneas que, junto con la anterior, forman un fabuloso y temible complejo socio-antropológico negativo. Estas son: la irrupción de las masas, la barbarie del especialista, la tecnocracia, la anarquía del mercado y el relativismo moral.





   La crisis del mundo contemporáneo sobreviene así cuando los pilares de la existencia humana civilizada (ennoblecimiento de la vida del hombre, búsqueda desinteresada de la verdad objetiva y de la sabiduría moral),  pierden su firmeza. Por un lado la decadencia moral impactó inmediatamente al imperativo moral y sus principios constantes, desembocado la cultura occidental en una abismática teoría  “relativista” o “convencional” de la moralidad, según la cual las diversas religiones desnudadas de su mitos divergen fundamentalmente.39 Los defensores de esta doctrina, inconscientemente o no, abrieron con ello la caja de Pandora de las acciones humanas: tiranos que osaban afirmar abiertamente que “¡Sólo es justo lo que nos conviene!”, que usaron de la mentira como arma política y para intoxicar a la juventud, doblegaron a Naciones enteras fundándose en el vacío de actitudes intolerantes, dictando leyes arbitrarias, ejerciendo la opresión y la persecución de individuos y comunidades enteras por buscar la verdad por la verdad misma o por sus creencias. Para vergüenza de sus pueblos, generaciones enteras de esas Naciones aceptaron esas prácticas como justificadas e inevitables. En otros estados totalitarios los propios gobernantes se esforzaron por destruir el imperativo moral y su espíritu de humanidad. En los lugares menos radicalizados, el nacionalismo, la intolerancia a él anejo, y la opresión de los individuos por fuerzas económicas amenazan aún hoy con ahogar las más preciadas tradiciones.40 Las generaciones que recibieron de lleno el primer impacto de esa crisis inédita, carentes de fuerza y de vigor moral, aceptaron un compromiso funesto, pecando por omisión en su negativa a reaccionar contra la injusticia y en pro de la justicia –reacción que representa la única protección del hombre frente a un retroceso a la barbarie. 41
   Por otro lado se encuentra el fenómeno del asalto de las masas en la sociedad moderna, rebañega ciega que se mantiene torpe en el sentimiento y torpe en el pensamiento pero que, alentadas por los estados totalitarios y tiránicos, se imponen mediante la fuerza. Se trata en el fondo de un falso comunitarismo apelmazador de masas, forjado en la presión social y el prejuicio convencional (fuerzas que ensordecen los imperativos de la conciencia y el sentido de la responsabilidad individual, que disminuyen el espíritu independiente en política y menguan el sentido de la justicia del ciudadano), el cual estaría condicionado por la anárquica producción y distribución de bienes, que vuelve al trabajador dócil a fuerza de evitar el temor y la angustia de verse eliminado del ciclo económico.42
   Por lo que toca a la barbarie del especialista, hay que señalar la inutilidad moral de los conocimientos especializados si no se encuentran firmemente asentados en la capacidad general para el pensamiento, el juicio independiente y la actitud crítica.43 No basta, en efecto, enseñar a un hombre una capacidad (adiestramiento) convirtiéndolo en una especie de máquina útil, pues sin la comprensión y la afinidad hacia los valores fundamentales no alcanzará una personalidad armoniosamente desarrollada. El conocimiento especializado (ya sea en historia, filosofía o física), así como la especialización técnica basada en la utilidad inmediata, promovidas por el sistema competitivo, matan el espíritu de libertad de pensamiento crítico y cooperación en que se basa toda la vida cultural.44  En el terreno epistemológico, la especialización hace cada vez más difícil que podamos captar de modo general la ciencia en su conjunto, sin lo cual, a pesar de que aumente el progreso científico, el verdadero espíritu de investigación queda mermado sin remedio, construyéndose el edificio científico a la manera de la bíblica torre de Babel.45 El colofón práctico de esta barbarie del especialista es lo que hoy se llama “doctrinas tecnológicas”, las cuales se presentan con un venenoso carácter ambiguo: por un lado como desprovistas de cualquier aspecto moral o ideológico (neutralidad científica) y al mismo tiempo aptas para influir en las decisiones morales –postura que representa un verdadero peligro para la humanidad.46
    Para cerrar el círculo de la antropología negativa hay que tocar, por brevemente que sea, la definición  dada por Einstein a la crisis contemporánea. La esencia de la crisis de nuestro tiempo tiene su núcleo en un desajuste profundo y extremo de la relación del individuo con la sociedad que, aunque explicable en último término por la anarquía del mercado de la sociedad capitalista, se manifiesta en primer lugar en un desequilibrio de la naturaleza moral del hombre, desbalanceada hacia un predominio de los impulsos egoístas sobre los impulsos sociales, de por sí más débiles y en un proceso de creciente deterioro. La posición del individuo respecto de la sociedad ha contraído en la modernidad mayores ingredientes de dependencia, empero, esta dependencia no se experimenta como un haber positivo, como un lazo orgánico y una fuerza protectora, sino como una amenaza a sus derechos naturales e incluso a su existencia económica, sumiendo en el miedo, angustia e inquietud de perder el trabajo y “maleando” la conciencia social, lo cual lleva al hombre a ser un prisionero inconsciente de su propio egoísmo, haciéndolo sentir inseguro, aislado y privado del ingenuo y sencillo goce de la vida. La competencia entre los capitalistas unido al motivo del lucro, es la causa de ese “maleamiento” de la conciencia social, el cual se resuelve volviendo al individuo indiferente e incluso hostil hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenece, injertando en él un descontento que alimenta el sentimiento de odio y aniquilación generalizada, que lo va desligando cada vez más de la vida y lo hace abrazar las respuestas de la provocación y el chantaje, pasando al uso de la fuerza bruta y a la guerra. O, dicho junto la filosofía madrileña: al desterrarse la concepción de Dios como ente de bondad y amor  infinitos, se abre el paso franco a la concepción de la aniquilación infinita o de la Nada.
   Así, la fuente de todo mal es para Einstein la anarquía económica de la sociedad capitalista tal y como hoy existe. La comunidad de productores, en la incesante lucha por arrebatarse los frutos del trabajo colectivo, forman la oligarquía del capital privado, financiando e influyendo ampliamente a los paridos políticos, los cuales eligen a los cuerpos legislativos separándolos del electorado, de tal manera que los representantes del pueblo no protegen los intereses de las capas menos privilegiadas de la población. Los capitalistas también guían, directa o indirectamente, las principales fuentes de información, desde la prensa y la radio, hasta la educación, haciendo imposible que el ciudadano llegue a conclusiones objetivas y haga uso inteligente de sus derechos políticos. El “maleamiento” de los individuos se revela entonces sobre todo en el sistema educativo, en donde se inculca al estudiante una falsa filosofía del éxito, del triunfo, la eficacia competitiva y la glorificación del poder, avalando esa postura con la teoría darwiniana de la lucha por la existencia , la selección natural y el pesimismo de la servidumbre.47
   Todo ello no es sino la expresión de los factores causantes de un desequilibrio onto-axiológico que, por un lado, niega la verdadera naturaleza social y cooperativa del hombre, arrojado por otro lado al capricho,  labilidad y accidentalidad historicista de la existencia, aprisionando al hombre en la jaula de la soledad y el aislamiento estéril, con frecuentes recaídas compensatorias en extremos gregarios (de masificación, de sexualidad equívoca y vergonzante, de francachela estridente, impulsiva y vertiginosa, etc.), lo cual pone en peligro la realización y dignificación misma de la humanidad como cumbre y conciencia de la Naturaleza entera.               





36 “Religión y Ciencia:¿Irreconciliables?”, Op. cit., Págs. 72 a 73.
37 “La necesidad de una cultura ética”, Op. cit., Págs. 74 a 75.
38 “Decadencia moral”, Op. cit., Pág. 19, y “la moral y las emociones”, Op. cit., Pág. 16.
39 “Religión y Ciencia: ¿Irreconciliables?”, Op. cit., Pág. 71.
40 “Decadencia moral”, Op. cit., Págs. 19 a 20; y  “Ciencia y Religión”, Op. cit., Págs. 23 a 24.
41 “Sobre la libertad”, Op. cit., Pág. 11.; y “El mundo tal y como yo lo veo”, Op. cit., Pág. 15.
42 “Cursos Universitarios de Davos”, Op. cit. Pág. 79, y “Mensaje de la cápsula del tiempo”, Op. cit., Pág. 24.
43 “Sobre la educación”, Op. cit. Pág. 91.
44 “Educación y pensamiento independiente”, Op. cit, Pág. 94.
45 “En el sesenta aniversario del nacimiento de Arnold Berliner”, Op. cit. Pág. 101.
46  “La filosofía moral de Einstein” de Fernando Salmerón, Op. cit., Pág. 314. Nota. En la primavera de 1924, unas semanas antes de la visita de Albert Einstein a Madrid, José Ortega y Gasset suspendió su curso de doctorado para darse a todo pasto al estudio y exposición de la teoría de la relatividad, cuyos resultados se condensaron en el apéndice agregado a El tema de nuestro tiempo (1923). Sin embargo, no fue sino hasta el libro La rebelión de las masas (1930), en el capítulo “La barbarie del espacialismo”, donde se deja sentir la fecunda colaboración entre los dos sabios respecto del tema. Para Ortega el hombre de ciencia especializado es el prototipo del hombre-masa, ese primitivo, ese nuevo animal de la modernidad, carente de una visión integral del mundo. La paradoja de esa configuración humana defectuosa es la del sabio-ignorante: hombre que conoce bien su mínimo rincón, su porciúncula del universo, y que trabaja con la firmeza y exactitud de los métodos científicos como una máquina ejecutable por cualquiera (incluso por gente de inteligencia menor), obteniendo abundantes resultados, pero sin conocer ni interesarse por el sentido profundo de la ciencia y su función enciclopédica. Así, en su cuestión especial es un sabio, de donde deriva la energía y suficiencia de la personalidad crática para juzgar sobre materias que en realidad ignora, tales como los usos sociales y las artes. Lo que lo caracteriza es su adopción de posiciones satisfechas y primitivas marcadas de primitivismo, no dejándose someter por instancias superiores calificadas –en cuya sordera y rebeldía se manifiesta el hombre masa. Tal barbarie y primitivismo propio del positivismo constituye, a decir de Ortega, la causa inmediata de la desmoralización europea –y, hoy puede añadirse, occidental y mundial. La crisis de las ciencias naturales requiere urgentemente, concluye Ortega, una “nueva enciclopedia” más sistemática que la primera. 
47 “¿Por qué Socialismo?”, Op. cit., Pág. 65 a 72.








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