miércoles, 17 de septiembre de 2014

La Toma de Zacatecas: Nobles, Barrenderos y Oficiales Por Alberto Espinosa Orozco

La Toma de Zacatecas: Nobles, Barrenderos y Oficiales
Por Alberto Espinosa Orozco

Será mejor no regresar al pueblo,
al Edén subvertido que se calla
Bajo la mutilación de la metralla.”
Ramón López Velarde





I
      En la famosa Toma de Zacatecas por las fuerzas de la División del Centro y de la División del Norte de Pancho Villa se cometieron lamentables extralimitaciones y flagrantes injusticias al calor de los acontecimientos. Algunas de ellas han sido minuciosamente presentadas en el informe que el Licenciado León J. Canova envió en agosto del 1914 al Sr. Williams, del Departamento de Estado Washington, EU, y que mucho tiempo después, casi un siglo más tarde, se publicó en Zacatecas, México, por el Archivo Histórico del Estado de Zacatecas.[1]




   Uno de los principales actos de barbarie perpetrados por aquella victoria revolucionaria fue la que suscitó el jueves 25 de junio cuando por órdenes del caudillo revolucionario las fuerzas de Francisco Villa arrestaron a todos los sacerdotes de Zacatecas, fijando en 100 mil pesos el precio de su liberación, los cuales, a pesar de fueron pagados el día 30 de junio, no surtieron el efecto prometido, pues Pancho Villa ordenó que mandaran a Torreón a los 22 sacerdotes arrestados, de donde fueron luego expulsados del país y desterrados con destino a El Paso, Texas.[2]
   Otro incidente, trágico, se registró en el Colegio de San José de los Hermanos Cristianos, cuando el día 24 de junio de 1914 el General Chao ejecutó en el Cerro de la Bufa al Director del Colegio, Sr. Adrían Astuc, al Profesor Principal de la escuela Señor Adolfo Guillet, ambos de nacionalidad francesa, y al Capellán del Colegio, Pascual de la Vega, descubriéndose sus cadáveres hasta el día 28 y dándoles cristiana sepultura. El resto del profesorado, compuesto por 14 sacerdotes, fue arrestado y enviado junto con los restantes clérigos desterrados a El Paso, Texas. Muchos de ellos encontrarían luego acomodo en los Estados Unidos, trabajando en el Colegio de Santa Fe, Nuevo México, en el Colegio Sanit Michael’s de los Hermanos Cristianos.
   Uno de los responsables de la brutal persecución religiosa fue el Ingeniero Miguel Macedo, quien luego fuera nombrado por las fuerzas villistas Jefe del departamento de Agricultura del Estado de Zacatecas. Hombre violento quien alimentado por sus bajas pasiones después de saquear la casa de Benigno Soto, hijo de Don Manuel Soto, y de apuntarle con su pistola en el corazón de la sirvienta hasta en dos ocasiones, dirigió su ojo científico y su apetito agrícola, según narra Don León Canova en su Informe, a la casa del Padre Fray Ángel de los Dolores Tiscareño, llevándose todo lo que pudo de su casa sin reparar en lo pequeño o en lo grande.[3] También lo hace responsable de la orden por la cual los tres profesores del Colegio de los Hermanos Cristianos encontraron la muerte, pues al parecer actuó por rencor, ya que dos hermanos suyos había entrado al Colegio San José y habían sido expulsados sin remedio por resultar incorregibles –o bien, que los mandó matar por algún otro motivo extra, tal vez de inferioridad intelectual o por el hecho de haber aquellos acumulado bienes temporales para su disfrute.





   No contento con tales atrocidades el Sr. Macedo, conectado por lazos familiares con los Madero y por tanto con influencia sobre Pancho Villa, se apoderó de una bellísima finca con jardines italianos de un ciudadano francés, mandándole decir que le ofrecía una bagatela y que de no aceptar le sería confiscada por la revolución; luego se apoderó de varias haciendas de la región, tomando posesión de la Hacienda la Gruñidora de los hermanos Delgadillo, quienes habían contratado su cosecha de grayule para la Continental Mexican Rubber Company, al parecer es una empresa de los Madero, apoyándose para ello de un decreto expedido por Pánfilo Natera, hombre no muy malo pero de pocas luces,  quien ordenó intervenir todas las haciendas en nombre de la revolución y llegó a comprar o confiscar varias fincas en la localidad.




Padre Ignacio López Velarde

II
   Otra gran tragedia más se registró cuando el Presbítero de la Capilla del Colegio Teresiano, el Padre Ignacio López Velarde, tío paterno del laureado poeta Ramón López Velarde, fue sacado de la escuela el 24 de junio por la noche. Dice Canova que la causa fue que algún enemigo suyo o que Villa tenía rencor contra él. La historia, sin embargo, se remonta hasta Ojo Caliente, cuando “Don Chencho”, como le llamaba el pueblo cariñosamente al sacerdote y culto y caritativo que fuera un potente orador en el púlpito,  siendo sacerdote allá se negó a casar a un feroz rebelde y cabecilla de Villa con una bella joven de la localidad. Cuando Villa ocupó Zacatecas, el dicho cabecilla valiéndose del desorden aprovechó la oportunidad para asesinar a Don Ignacio López Velarde, quien se ocultaba en una casa humilde. Cuando Villa supo de tamaño atropello, sin embargo, mandó fusilar en el acto al feroz rebelde por los mismos revolucionarios de su partido.
   Mientras tanto, por otra parte, dos extranjeros a las órdenes de Villa saqueaban la rica residencia del Obispo de Zacatecas Miguel de la Mora; el capitán alemán Von der Gloz, a cargo de la artillería de Pancho Villa, y un norteamericano apodado Jim The Crack, un ex-convicto de los EU célebre por su pericia en abrir las cajas fuertes, luego de vaciar la casa con las fuerzas rebeldes, junto con todo el mobiliario y las pinturas, violaron la caja fuerte, haciendo luego lo mismo en la casa a de Luis Escobedo. Se dice que al día siguiente, haciendo gala de vileza, el capitán Von der Gloz vendía en la calle por nada las acciones de varias minas. Luego, al enredarse a causa de un entredicho, por el botín los filibusteros profesionales Von der Gloz y Jim The Crack se degollarían mutuamente.



    Relata Canova en su multicitado Informe que lo mismo sucedió en toda casa rica, en donde los propietarios se encontraban ausentes, dejando al frente sólo a la servidumbre. Saquearon también la casa de Manuel Soto, una de las mejores residencias de la región, y al grito iracundo y frenético de “Agandallen”, destrozaron escritorios y alacenas, llevándose toda la ropa de cama, la vajilla de plata, la loza de la cocina y una máquina de coser, mientras usaban la parte inferior de la finca como caballería, abriendo todo por la fuerza en busca de acciones y oro, dejando todo desbalagado, papeles tirados en el suelo en la mayor confusión y los cuadros desmotados de sus marcos que no se quisieron llevaros agujerados a balazos.   
   Robaron los rebeldes sin respetar cosa alguna de las casas ricas, llevándose pianos, mobiliario, máquinas de coser y muchas cosas más, como carruajes y automóviles. También saquearon los templos, todo artículo de valor fue sustraído, pinturas, imágenes y ornamentos religiosos. Todo aquello se despachó en un tren de carga hacia el norte del país, probablemente con destino a Chihuahua.







III
   El colmo de la vorágine llegó cuando aquellos burladores de la religión y de la propiedad privada se ensañaron contra los nobles y notables de la ciudad, obligándolos entre humillaciones y malos tratos a barrer las calles de la derruida capital. Luego que la canalla tomara posesión de sus casas los hombres armados se dieron a la tarea de la trasposición de las cosas, dando una escoba y obligando a limpiar las aceras a los abogados Manuel Zesati, Eusebio Carrillo y José Torres, al comerciante Manuel Rodarte y al propietario Carmelo Sucunza. Paralela suerte correría el prestigioso litógrafo de la Civilizadora del Norte, Nazario Espinosa, pues luego de que los rebeldes entraron a su taller ubicado en la Callejón del Cobre, robando y rompiendo todo lo que pudieron y usando la planta baja como caballería, tiraron los moldes tipográficos en la calle, obligando al editor y artista a barrer las sílabas truncas de aquel siniestro poema ilegible y desmadejado.
   No sabemos si su poca fortuna la incursión de Nazario Espinosa en política  o una supuesta vinculación a una cofradía de un grupo Mason, lo marcó de alguna manera, exponiéndolo en 1914 a las vendettas, insidias e iras revolucionarias. Enrique Espinosa Dávila, hijo primogénito de Don Nazario, atendía la librería y la papelería de su padre, local que se encontraba casi enfrente de lo que fue posteriormente el Cine Ilusión. Cuando el Coronel Bernal voló el edificio del gobierno, echó por los aires también la papelería, robándose luego las fuerzas villistas todas las cosas que habían quedado servibles.[4]  La imprenta de grandes cuartos y enormes ventanales localizada en el Callejón del Cobre sirvió en cambio como cuartel a los forajidos, que destruyeron todo lo que encontraron en su estancia, Ahí trabajaba un nieto de Don Nazario, el joven Antonio Espinosa González, quien vio con ojos asombrados como las fuerzas rebeldes iban robando todo lo que hallaban a su alcance, quedando en el taller apenas unas cuantas máquinas para el final de la refriega. Entre otras cosas en la papelería había tibores de porcelana, oriental, muy finos, que después de la revolución se llegaron a ver en algunas casas elegantes de Zacatecas,  donde presumiblemente los habían vendido los rebeldes villistas.



   La papelería se encontraba apenas al lado del Hotel de la Plaza y de la asociación política Zacatecanos Unidos, cuyo órgano “La Unión Zacatecana” era dirigido por el Sr. Alberto Muños, los cuales habían volado, mientras los revolucionarios saqueaban el Almacén de Ropa y Abarrotes “La Caja”, la cual fue quemada por el revolucionario Galván. Algunas casas quedaron también destruidas en sus interiores. Una división villista asesinara a  Inocencio López Velarde, tío del gran bate jerezano. Aciagos acontecimientos que dejaron en la psicología colectiva zacatecana una profunda cicatriz, la cual quedo abierta y se ahondó al quedar la plaza prácticamente abandonada por más de cinco décadas, colapsándose la población a los 20 mil habitantes, estando la ciudad por mucho tiempo sumida en un limbo de amnesia, sin grandes personalidades, sin los necesarios documentos escritos y sin transformaciones económicas y sociales.[5] 













   Es posible que el rencor de algunos rebeldes contra Nazario Espinosa viniera de un año atrás, cuando fue obligado a diseñar e imprimir los billetes de cinco centavos mandados a hacer por Pánfilo Natera y que circularon por escasos meces por el norte el país.
   Los billtes de 5 centaos  del Gobierno provisional y transitorio de Zacatecas, fueron probablemente dibujados e impresos en los talleres litográficos de Nazario Espinosa. Apenas un mes antes de la Toma de Zacatecas, el 16 de mayo de 1914, fueron publicados tres decretos. El decreto 188 condonó, “por equidad”, contribuciones al empresario editorial Nazario Espinosa. El asunto del dinero para sostener la guerra no era exclusivo del gobierno asentado en la vetusta ciudad de Zacatecas. En Sombrerete, los constitucionalistas también padecían la falta de circulante. En esta situación, el 13 de mayo de 1914 Pánfilo Natera hizo circular una orden: “En uso de las facultades extraordinarias de que me hallo investido y de acuerdo con el decreto de fecha 12 de febrero del corriente año, expedido en la ciudad de Monclova, Coahuila, por el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, ordeno la circulación forzosa de billetes del Ejército Constitucionalista de la referida emisión en toda la zona del estado dominada por mis fuerzas, castigándose con multa de 100 a 500 pesos a aquellos que rehusaren los mencionados billetes”.[6]


   Don Nazario Espinosa quedó así atenazado cuando se retiraron las fuerzas de Natera en 1913 y volvió el gobierno federal a establecer el control, hallándose así al regreso de las fuerzas de Centro del Ejército Constitucionalista entre dos fuegos. La voladura el Palacio Federal afectó también la papelería del empresario litográfico, que se hallaba enfrente, cayendo luego su negocio en una crisis por la merma y la falta de trabajo de la que ya no hubo modo de recuperarse.
   Simultáneamente el general Domínguez atacaba la casa de Juan Zesati por rencor, ya que éste había reprendido a aquel cuando era vaquero de la Hacienda de El Cuidado, colindante con la suya, por pasar ganado de un lado a otro, por lo que cundido por la cólera del rencor arremetió contra sus propiedades. La revolución tomó así un sesgo equívoco, convirtiéndose en una gavilla de saqueadores. El general Rosalío Hernández saqueó la tienda de Jesús Soto, robando más de 200 mil pesos en metálico y en mercancía.
   Cuando las fuerzas villistas estaban ya en Torreón exigieron al apresado cura de Calera, de nombre Jesús Alba, la cantidad de 50 mil pesos para liberarlo, el cual intentó cristianizar con palabras dulces a sus captores, por lo que el mismo general Rosalío Hernández optó mejor por asesinarlo. Los catorce sobrevivientes del Colegio de los Hermanos Cristianos, liberados el día 27 de junio, fueron vueltos a apresar el día 29 y puestos en el techo de zinc de un vagón bajo las aguas de un diluvio torrencial, expuestos a morir de frío debido  las bajas temperaturas de Zacatecas, situado a 8 mil cien pies de altura, y cuya estación, además de la de ferrocarriles, era frecuentemente de helada. A la salida de Zacatecas el maquinista se apiadó de ellos y los bajó poniéndolos en un vagón junto a la carga. Cuando llegaron presos a Gómez Palacio dejaron libres a dos de ellos, quienes milagrosamente sin conocer a nadie pudieron reunir los 50 mil pesos para salvar sus vidas, aunque de cualquier manera fueron luego deportados a El Paso. Con ello la lucha de clases se convirtió de pronto en una lucha tan inmoral como vacía, en una cruenta guerra fratricida que no respetaba ningún principio, enteramente bárbara y sin clase.
      La expulsión de los religiosos se hizo contra los deseos del pueblo y en nombre de la revolución. Cerraron todas las iglesias de la ciudad y en escenas más que patéticas las mujeres de hinojos rezaban en la aceras frente a las iglesias. Un peregrinaje multitudinario subió de rodillas, entre peñascos y espinas, hasta el crestón de la Bufa, rezando por el perdón de sus faltas. La persecución religiosa duró por muchos años y hasta más allá de 1928 niños y grandes asistían clandestinamente, a escondidas, a los servicios  religiosos que se ofrecían en algunas casas de la apiñada ciudad minera, reinando en todo aquello un ambiente más bien de desolación. 
   El inmortal bate jerezano escribiría Ramón López Velarde, al helado calor de aquellos aciagos acontecimientos su poema “El Retorno Maléfico”, que reza:

El Retorno Maléfico

                                                         A D. Ignacio I. Gastélum

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.

Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de fronda.

Y la fusilería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha.

Cuando la tosca llave enmohecida
tuerza la chirriante cerradura,
en la añeja clausura
del zaguán, los dos púdicos
medallones de yeso,
entornando los párpados narcóticos,
se mirarán y se dirán: «¿Qué es eso?»

Y yo entraré con pies advenedizos
hasta el patio agorero
en que hay un brocal ensimismado,
con un cubo de cuero
goteando su gota categórica
como un estribillo plañidero.

Si el sol inexorable, alegre y tónico,
hace hervir a las fuentes catecúmenas
en que bañábase mi sueño crónico;
si se afana la hormiga;
si en los techos resuena y se fatiga
de los buches de tórtola el reclamo
que entre las telarañas zumba y zumba;
mi sed de amar será como una argolla
empotrada en la losa de una tumba.

Las golondrinas nuevas, renovando
con sus noveles picos alfareros
los nidos tempraneros;
bajo el ópalo insigne
de los atardeceres monacales,
el lloro de recientes recentales
por la ubérrima ubre prohibida
de la vaca, rumiante y faraónica,
que al párvulo intimida;
campanario de timbre novedoso;
remozados altares;
el amor amoroso
de las parejas pares;
noviazgos de muchachas
frescas y humildes, como humildes coles,
y que la mano dan por el postigo
a la luz de dramáticos faroles;
alguna señorita
que canta en algún piano
alguna vieja aria;
el gendarme que pita...
...Y una íntima tristeza reaccionaria.



Familia López Velarde Berumen
En el centro, sentados: José Guadalupe López Velarde y María Trinidad Berumen de López Velarde con Guillermo en su regazo. De pie, de izquierda a derecha: Ramón y Jesús. Sentados, en el mismo sentido, Pascual, Trinidad y Guadalupe

Billete que circuló en Zacatecas durante 1914. ( Excelsior )








[1] Lic. León Juan Canova, “Una Hermosa Victoria Prostituida”, El Pregonero de la Muy Noble y Leal Ciudad de Zacatecas, Archivo Histórico del Estado de Zacatecas. Año #4, #s 24, 25 y 26. Marzo, Abril y Mayo de 2007. El informe fue enviado el 15 de agosto de 1914 y respondido por el Sr. Bryan como muy satisfactorio –a pesar de las opiniones, de los juicios de valor, que juzgo no pertinentes. El testo también puede verse en: Terranova (Revista de Cultura, Crítica y Curiosidades) viernes, 4 de julio de 2014. Una espléndida victoria prostituida Por León Canovahttp://terranoca.blogspot.mx/2014/07/una-esplendida-victoria-prostituida-por.html
[2] De aquella razia difícilmente escapó el querido padre Ángel Tiscareño, quien ya viejo fue escondido celosamente por sus amigos en algunas casas de Zacatecas. Los nombres de los sacerdotes apresados y luego expulsados del país es el siguiente: José María Vela, Cenobio Vásquez, José Antonio Ramos, Vicente Taso, Manuel Romo, Juan Ignacio Richart, Francisco Sánchez, Emérico Martínez, Benjamín Rodarte, J. Escalante, J. Cumplido, J. Remigio, Juan Martínez, José Quintero, J. Peña, J. Muños, J. Serrano, José Cuevas, Juan Raigosa Reyes, Ramiro Velazco.
[3] El Padre Fray Ángel. Tiscareño es el autor, entre otras obras, del volumen: Nuestra Señora del Refugio, patrona de las misiones del Colegio Apostólico de Nuestra Señora de Guadalupe de Zacatecas. 1901. Talleres de Nazario Espinosa. Zacatecas.
[4] En la actual Avenida Hidalgo, antes llamada Calle Real y luego Calle de la Merced Nueva, se encontraba las Antiguas Casas Consistoriales o Casas Reales de los Intendentes, que es donde se encuentra hoy en día el Hotel Santa Lucía. En ese edificio estuvieron por dos semanas, del 20 de Agosto a 5 de septiembre de 1811, las cabezas decapitadas del Cura Hidalgo , Allende, Aldama y Jiménez, en tránsito para la Alóndiga de Granaditas, Guanajuato, en donde para escarmiento del pueblo fueron las cabezas colgadas cada una de una esquina, donde permanecieron hasta 1821, hasta que finalmente fueron sepultadas en la Columna del Monumento a la Independencia conocida popularmente como “EL Ángel”.
[5] Nazario Espinosa. Litógrafo Zacatecano. Alberto Nazario Espinosa Orozco, “Nazario Espinosa: la Litografía en Zacatecas”. Ed. La Herrata Feliz y Antecamara Ediciones. México, 2014.Pág. 55.
[6]   La historia, como quiera que fuera, estuvo salpicada de profundas ambigüedades.  Escribe Marco Antonio Flores Zavala que Natera signó el texto junto con su secretario, Antonio Acuña Navarro, y hace notar que “las fuerzas inmersas en la guerra civil, más allá de cuánto y dónde gobernaban, para tener dinero debieron establecer mecanismos impositivos para conseguir los recursos económicos para la guerra”. Panfilo Natera tal vez usó en 1913, en la primera toma de Zacateacas, las prensas de Nazario para editar sus inservibles bilinbiques, y luego sobre eso, en la toma definitiva las fuerzas de Villa saquearon por ello su negocio. Continúa Flores Zavala diciendo que: “El sábado 16 de mayo de 1914 fueron publicados tres decretos aprobados por el Congreso del Estado y promulgados por el gobernador de Zacatecas. La importancia de la publicación radica en que su circulación pública implicó “el debido cumplimiento” por parte de “todos”. En el trabajo de 45 días del Congreso local, en su último período de sesiones ordinarias, la representación de la soberanía popular aprobó cinco decretos que dan cuenta de cómo el gobierno enfrentaba la guerra civil. El decreto 185 reformó el presupuesto estatal en el ramo de guerra. Se hizo para fortalecer pecuniariamente el cuerpo de seguridad pública del estado. El decreto 186 prorrogó el pago de contribuciones rústicas y urbanas. El aplazamiento implicó no cobrar multas ni recargos. El presupuesto de esta contribución implicaba todo el estado e incluía las comunidades dominadas por las fuerzas constitucionalistas. El 16 de mayo de 1914 fueron publicados tres decretos. El decreto 188 condonó, “por equidad”, contribuciones al empresario editorial Nazario Espinosa. Los decretos 187 y 189 impusieron una contribución adicional extraordinaria y la suspensión de una obligación de la ley fiscal vigente. Estos decretos dan cuenta que el gobierno estatal, al no contar con las contribuciones de las comunidades dominadas por las fuerzas constitucionalistas, debió imponer otro cobro “adicional extraordinario” a los propietarios y comerciantes de las comunidades donde gobernaba. El asunto del dinero para sostener la guerra no era exclusivo del gobierno asentado en la vetusta ciudad de Zacatecas. En Sombrerete, los constitucionalistas también padecían la falta de circulante”. Marco Antonio Flores Zavala,Mayo 16 de 1914”. Periodico Imagen de Zacatecas, Miércoles 15 de mayo de 2014.http://www.imagenzac.com.mx/nota/mayo-16-de-1914-22-10-08-l2








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