viernes, 12 de septiembre de 2014

Jessica Ríos Quiñones: Paralelos y Meridianos Por Alberto Espinosa Orozco

Jessica Ríos Quiñones: Paralelos y Meridianos[1]
Por Alberto Espinosa Orozco

"Lo que es imperfecto será perfecto. Lo que es curvo será recto.  Lo que está vacío será lleno.
Donde falta habrá abundancia. Donde hay plenitud habrá vacío.  
Porque siempre que algo desparece, algo nace.”
Tao Te King
El templo de Dios es santo y limpio,
Y Dios destruirá al que profane o corrompa a su templo,
Y ustedes son templo de Dios.
Corintios I, 3,17

I
   En la historia de los organismos sólo hay unos pocos hechos que son significativos, que tienen importancia, que alcanzar a tener una secuencia o un destino de suerte: la generación, la fecundación… la creación. En la historia de los pueblos sólo los actos creadores, sólo el surgimiento del símbolo tiene importancia, porque solo de ellos pueden los hombres aprender. El artista, así, nos ayuda a elegir, entre una multitud de hechos fortuitos, transitorios, sin importancia, lo esencial que se comunica en nosotros o alrededor de nosotros –sea esto el amor, esa locura única que nos reintegra al absoluto; o el símbolo, que deja pasar las cosas que se hunden en el devenir, en el caos amorfo del tiempo, para rescatar una figura que condensa, que comunica con una tradición, que totaliza.




   La tarea del artista es en mucho una lucha, un combate contra uno mismo y contra los elementos de la mente y el deseo, para darle a la vida una secuencia orgánica, para que se vuelva reconocible, fértil y creativa: para que engendre el símbolo. Es también una lucha contra la época, contra sus engaños y errores, contra sus confusiones y truismos, que surgen por todos lados, bajo aspectos cada vez más fascinantes y novedosos, mutando siempre como los virus o las herejías, para volverse irreconocibles por los organismos vivos y paralizarlos al mutilar o frustrar su esencia. Lucha, pues, de la persona por alcanzar una libertad más alta, más verdadera, ascendente y responsable, tanto con uno mismo como con todo aquello que se relaciona, combate contra las fuerzas disgregadoras de la vida para alcanzar el centro de la persona, de la energía creativa, donde radicada lo mejor de nosotros mismos y el alma de la vida, a la que pertenecemos, y donde nos relacionamos con el alma del mundo, llámese igual armonía que realidad absoluta o música de las esferas.


   Época sembrada de peligros es la nuestra, marcada con los signos del drama existencia: de la frustración y el fracaso, de la sed de intoxicación o de perdición, de incontrolables tendencias a la excentricidad y al extremismo; tiempo agijado también por los estigmas del convencionalismo huero, por los atavismos de la simulación y de la fachada que llevan a una retrogradación de lo humano, a la solidarizarían con automatismos caducos de la cultura que, al no participar de los niveles más altos de la vida, no pueden conocen de forma o de memoria. Mundo de crisis, siglo de confusión y de caducidad donde toda una etapa histórica pareciera tocar a su fin –llevando en su seno sin embargo, junto con los dolores de la gestación, el anuncian de una regeneración del espíritu y de un nuevo nacimiento.






   Es por ello que los esfuerzos de la artista Jessica Ríos navega por las encrespadas olas del mundo contemporáneo nuestro, abriéndose camino entre sus agrestes paisajes  -dando cuenta tanto de sus accidentes y abruptos corredores al marchar  entre sus estrechos pasadizos, como de las chispas de luz que salen a su encuentro para iluminar el sendero, mostrando con ello un horizonte que nos ayude a salir de la fría caverna del olvido.
   En ese panorama la tarea de Jessica Ríos es en mucho la de mostrar los síntomas de nuestra época, definida por un generalizado malestar en la cultura, recogiendo los cabos sueltos que arroja el mundo social en su carrera, como desflecados hilos o desarticuladas madejas, para al coordinarlos y rearticularlos en un orden estético, volviéndolos así  ases de sentido o frescas espigas luminosas con las que encender de nuevo el fuego del espíritu. Es por ello que en ambos casos los artistas manifiestan una preocupación menos estética que metafísica, al ser su trabajo el de una extenuante empresa de, a la vez  que recrear, purificar y sanear el huerto del espíritu, para asegurar con ello en lo personal la continuidad de toda una cultura.




II
      El arte de Jesica Ríos es el trabajo de la luz y el color en su perene lucha contra las sombras de la noche, siendo su virtud la de una atemperada seriedad, donde salvaje, ferozmente, combate por persistir el anhelo de la vida sobre los impulsos del olvido y de la muerte. Obra cuya perspectiva perfectamente individualizada opone al horror vacui de la modernidad en crisis un cierto barroquismo, decantado en los filtros del gusto por el detalle y en la maestría del cuidadoso miniaturista. Así, los retratos de la artista son también el relato de una travesía, de una aventura, poblada por el peligro de caer en las aguas deprimidas del estancamiento, de deslavarse por las cascadas distraídas de las horas, de perturbarse o rodar por los toboganes del inconsciente que llevan a la indiferencia y a la muerte del sentimiento Pintura que expresa el riesgo siempre latente de encallar en la parálisis, al topar contra los muros del silencio, o de estrellarse contra las puertas cerradas de la universal sordera. Viaje, pues, que equivale a una inmersión psicológica donde se da la subversión de las formas y la sublevación de los sentidos, en ocasiones penetrados por la  densidad, por la oscuridad y el abigarramiento de la atmósfera, sujeta a la contaminación de la inestabilidad psíquica y a la dualidad dubitativa que se debate en un mundo de disfraces, poblado por los de gestos de caretas, por las muecas de las simulaciones y los fantasmas de la enajenación.  





   Radiografía, pues, de un mundo a la vez sobrecargado de sensualidad y de saturaciones analógicas y, a la vez, desgastado por el subjetivismo de las culturas meramente históricas, no universales, cuya suspensión de la verdad y relativismo escéptico no puede sino desembocar en los estériles delirios de la fantasía o en las tortuosas quebradas del onirismo incontrolado (surrealismo) –de lo que se pierde entre las aguas descendentes del río revuelto del devenir, que en su desfile de fantasmas desatentos no conoce de normas ni de trascendencia metafísica. Así, la tarea de la artista se cifra en condesar las formas para darles realidad en sus imágenes para, y así al lograr revelar sus significaciones enterradas poder darles también un orden dentro de una secuencia orgánica. Punto intermedio, pues, donde los estallidos de la luz se encuentran suspendidos, amenazados de ser ahogados por las sombras. Experiencia de paso por la muerte, de pasmo, que al estar impregnada de melancolía  y de nostalgia amaga con hacer encallar el mundo entero en la parálisis, pero que la artista al tener el valor de enfrentar logra sortear sus escollos, no dejándose absorber por sus fantasmas para ser su presa, sino fijándolos precisamente en la reflexión al someterlos a la luz de la conciencia para así disolverlos al mostrar lo que en ellos hay de sombras vagarosas.






III
    Así, Jessica Ríos, a la vez que toma el pulso a una época, intenta controlar la energía tensa y opaca, suspendida  en el amor por lo transitorio, por lo efímero y episódico, al mostrar los puntos de inflexión y los nudos de las articulaciones donde se producen las escisiones y los desgarramientos de la conciencia, donde se rompe la unidad del mundo en un sin fin de lajas, esquirlas y fragmentos. Su preocupación por el estilo toma entonces el sentido de un ahondamiento consciente en la reflexividad de la imagen, donde la rebanada sincrónica del instante, detenido por el impulso del ojo fotográfico o por el gesto de la pincelada expresionista,  es transformada  en virtud de labrar sobre su delgada película sensible  los signos del tiempo debajo del horizonte de la crítica y de sus cloros corrosivos y purificadores.



   Ardua labor de composición estética, pues, donde se alían pintura y fotografía en el punto intermedio de la concepción artística, donde hay que saltar sobre el abismo en blanco de la nada y de la ausencia para aclarar el horizonte cierto del sentido y lograr la realización completa de la esencia, del desarrollo de la persona. La original de su obra radica así en esa labor que alían dos técnicas disímiles de la representación, marcando de tal modo las huellas de la perspectiva y de la experiencia personal sobre el verismo de la impresión sensible, haciendo a la vez en su pintura una parada en sitio reflexiva, que es a la vez un criterio de contemplación y un genuino esfuerzo por recuperar las formas simbólicas permanentes y restaurar la norma eterna. Proceso doble de inmersión y emersión, donde después de la zozobra se da la vuelta de los ritmos cósmicos y el radiante retorno de la verdadera magia de la vida: la vuelta desde la viva subjetividad a la objetividad de  lo concreto y a la secuencia orgánica presidida por el símbolo –y donde se da también naturalmente la recuperación del sentido.















[1] Exposición de Jessica Ríos Quiñones Titiriteando, Casa de la Cultura (ICED), del 11 de Septiembre de 2014 al 15 de Noviembre de 2014. 





















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