martes, 9 de septiembre de 2014

El Pintor Barroco Juan Correa y San Jorge Matando al Dragón Por Alberto Espinosa Orozco

El Pintor Barroco Juan Correa y San Jorge Matando al Dragón
Por Alberto Espinosa Orozco




I
   La tradición pictórica en Durango remonta varios siglos atrás. Entre sus colecciones museográficas destacan sus lienzos novohispanos: un grupo de cuadros virreinales de Miguel Cabrera, nada desdeñable, en el Museo del Aguacate, y otro conjunto de lienzos de gran mérito en la Catedral Basílica Menor.
   Destacan en la Sacristía de la Catedral Basílica Menor de Durango una interesantísima serie de cuadros del afamando pintor novohispano Juan Correa Santoyo (1646-1716), de cuando el artista contaba con 30 años de edad y empezaba a descollar por la belleza y vitalidad de su colorido y a distinguirse por suntuosidad de sus composiciones y la perfección de sus pinceles. Se trata de un conjunto de al menos cuatro paños de gran formato ubicados en el primer salón de la Sacristía. Sólo uno de ellos está firmado por Juan Correa y fechado por su mano en el año de 1676: La Adoración de los Pastores al Niño Jesús. Correa rindió gran devoción en su arte a la Virgen María y fue también un ferviente guadalupano.
   Pintor mulato hijo de un cirujano de Cádiz y de una mujer morena libre de la Nueva España, muy celebrado por haber pintado muchas Vírgenes de Guadalupe -pues se dice que incluso poseía una imagen original de la tilma de Juan Diego. En su etapa madura introdujo en sus composiciones “angelitos negros” o de “color quebrado”, señalando con ello la igualdad de la condición humana más allá de las razas. 
    


Algunos de sus cuadros de mayor renombre se encuentran en los más importantes museos virreinales de México: La Conversión de Santa María Magdalena, en la Pinacoteca Virreinal; Adán y Eva Expulsados del Paraíso y Santa Catarina en el Museo Nacional del Virreinato de Tepozotlán; y en la Catedral Mayor de la Ciudad de México las obras El Apocalípsis; y en la Sacristía de la misma Catedral: La Ascensión de la Virgen María (1689) y La Entrada de Cristo en Jerusalén (1691) –con las que completó la serie de los “triunfos” dejada pendiente por su estricto contemporáneo Cristóbal de Villalpando (1649-1714), obra de éste último artista, el más afamado de toda la Nueva España, que se encuentra también en la Parroquia de la Profesa (La Huída a Egipto, Los Desposorios de la Virgen María), y en la misma pinacoteca La Inmaculada del Apocalipsis de Correa.[1] Otras obras famosas del autor son: La Muerte de San José; El Nacimiento de María; El Niño Jesús con Ángeles tocando instrumentos musicales; La Presentación del Niño Jesús al Templo. En el Templo de San Diego en Aguascalientes el San Francisco y las Apariciones del Niño Jesús, que es de sus obras más tempranas, de 1675, cercanas a la fecha en que pinto para la Catedral de Durango. Para el Templo de Oaxtepec, en Morelos, pintó un cuadro de Santa Rosalía. En el Ex Colegio Jesuita Antiguo seminario de San Martín de Tepozotlán pueden contemplarse dos cuadros del mismo maestro: Santa Catalina, Adán y Eva Arrojados del Paraíso, La Huída a Egipto, La Mujer del Apocalipsis, San Nicolás Obispo y San José. El lienzo La Conversión de María Magdalena en la Pinacoteca Virreinal.[2] En el Convento del Carmen de San Ángel su Santa Teresa; en la Catedral de Querétaro una Crucifixión; en el Templo de Analco, en Puebla: San Sebastián (1700), y; el Retrato del Príncipe Fernando (1710). El museo de Arte de Filadelfia en EU se conservan dos obras suyas: Los Arcángeles San Miguel y San Gabriel. Sus obras se exhiben también en el templo de Santo Domingo, en la Parroquia de la Profesa y en el Templo de San Lucas de la Ciudad de México. Su catálogo es, pues inmenso y se le considera, junto con Villalpando y Cabrera, el máximo exponente de pintura barroca mexicana.
    Juan Correa fue discípulo de Antonio Rodríguez y comenzó su oficio como dorador y ensamblador, participando en la hechura de diversos retablos, como el de San Pedro y San Pablo, el de la Santa Veracruz de la Ciudad de México, el retablo mayor de Tepozotlán y el retablo de Xocotitlán, siendo los maestros pintores de esas obras Baltasar de Echenave, Tomás Juárez, Juan Mortero y Manuel Nava, participando como ensambladores y doradores Juan Sánchez Salmerón y Alonso de Jerez.         
   Hay que recordar que Baltasar de Echenave comenzó a seguir la pintura del sevillano Esteban Murillo (1617-1682) y de Rembrandt Harmenszoon Rijn (1616-1669), a los que siguió también Juan Correa para fundar las bases de una escuela moderna, que se revelaría en plenitud en su discípulo José de Ibarra (1685-1765), Miguel Mateos Maldonado y Miguel Cabrera (1695-1768). La maestría pictórica de Juan Correa no es antagonista de su gran producción, señalada ya como notable, que va de finales de Siglo XVII a principios del Siglo XVIII.
   Muchas de sus obras de tema guadalupano fueron admiradas y adquiridas en España. En el año de 1669 fue llamado a Roma para pitar en la Capilla de los Santos Españoles del Vaticano el cuadro La Virgen de Guadalupe, donde destacan los recuadros con las cuatro apariciones y San Juan el Evangelista. Los temas de Correa fueron los sagrados, aunque dentro de su amplia producción también pintó un famoso biombo de cama de tema histórico humanista.
   En el salón de la Sacristía, junto al paño de La Adoración de los Pastores al Niño Jesús,  se encuentran tres cuadros más del pintor: el primero en el costado norte, junto al lienzo firmado por Correa, el lienzo La Adoración de los Reyes Magos al Niño Dios. El recinto alberga otros dos lienzos del mismo maestro, en el costado oeste: La Resurrección de Jesús y La Ascensión de Nuestro señor Jesucristo, formando con ello una imponente tetralogía. 
   La misma nave alberga otros dos cuadros de la época. En el costado sur, a la entrada de la misma Sacristía, un magnífico lienzo de Las Apariciones de la Virgen de Guadalupe, con los recuadros de las cuatro apariciones, probablemente del mismo Juan Correa, sin firma como los otros tres.  Compartiendo el recinto de la galería, junto con la tetralogía de Correa,  un notable cuadro de las mismas dimensiones de San Jorge Matando al Dragón, en el que un joven soldado montado en níveo corcel fustiga con su lanza al negro lagarto –cuadro a todas luces notable por su preciosismo, que debió ser mandado hacer ex profeso para Durango, pues en el suelo y bajo del blanco corcel pueden apreciarse una serie nutrida de arácnidos anómalos y de feroces alacranes y que siendo de creciente realismo y modernidad, seguramente de posterior factura, probablemente pertenece a los pinceles del taller de Miguel Cabrera o de José de Ibarra.


   





II
   El cuadro de San Jorge Matando al Dragón debió ser mandado hacer en 1749, cuando el 15avo Obispo de Durango, Pedro Anselmo Sánchez de Tagle, nombró a San Jorge como Patrono de la Ciudad instituyendo su fiesta el 23 de abril, existiendo en la capilla lateral un escudo tallado en cantera que conmemora el hecho –debido en que en ese mismo año la ciudad fue azotada por una plaga de alacranes que causo muc ho sufrimiento y cobro muchas vidas más.

   El alto índice de picaduras disminuyó en el acto, por lo que un rico minero, que atribuyó su salvación al santo, donó una preciosa escultura estofada, policromada y encarnada de un metro de alto de San Jorge Niño, enfundado en un yelmo de oro de muchos quilates, espuelas y lanza de plata, arremete contra el negro dragón. Es posible conjeturar que el lienzo sin firmar de San Jorge Matando al Dragón se deba al taller de Miguel Cabrera, tanto por la modernidad de su estilo, que es posterior al cultivado por Correa, como a excelencia de su factura y sobre todo a la belleza del rostro del joven santo. Hipótesis que se reforzaría por la amplia colección que por esos mismos años elaboró su taller para Durango, serie que se encuentra, como decía, el Museo del Aguacate. Se han barajado también otros nombres, como los de Juan Rodríguez Juárez y Antonio de Torres, ya que el Museo de la Galería Episcopal de la catedral Basílica Menor de Durango, entre sus más de 200 tesoros artísticos, cuenta con obra de esos importantes artistas.[3] Sin embargo, lo más verosímil es que se deba a los pinceles de José de Ibarra (Guadalajara, 1685 † México, 20 de noviembre de 1756) fue un pintor novohispano discípulo en sus primeros años del pintor mulato Juan Correa (1646-1716), José de Ibarra es al lado de Juan Rodríguez Juárez (1675-1728) una de las figuras más destacadas de la pintura de la primera mitad del siglo XVIII. 









III
   La Parroquia de la Basílica Menor de la Inmaculada Concepción, cuya jurisdicción abarcaba desde Durango hasta Santa Fe, en Nuevo México, comenzó a erigirse en 1620, sobre las ruinas de la Parroquia de la Asunción, destruida por un incendio en ese año. La Nueva Catedral sufrió de contingencia, por lo que fue desmantelada en 1635. La tercera modificación de la catedral se llevó a cabo en 1695 y 1697 por el arquitecto Simón de los Santos y Mateo Núñez, concluyendo la obra en 1713. En 1750 el arquitecto Pedro de Huertas realizó las portadas laterales, siendo la Catedral terminada en definitiva hasta el año de 1844. A Pedro de Huerta,el fabuloso arquitecto del majestuoso palacio del Conde del Valle de Suchil, se debe por tanto la escultura de San Jorge Niño que se encuentra en la portada oeste del templo, en el segundo nivel del lado sur.  



   Hay que apuntar aquí que la Sillería del Coro de la Basílica Menor de Durango que se encuentra en el ábside del templo, realizada en caoba estufada y policromada en el Siglo XVIII, es la segunda en importancia de todo México, sólo detrás del Coro que se encuentra en la catedral metropolitana, contando con 25 sillas altas y 18 bajas, girando en torno al centro donde se encuentra un imponente facistol.   





IV
   En el Altar Mayor de la Catedral Basílica Menor de la Ciudad de Durango se encuentra una bellísima imagen de la Purísima Concepción, a quien está consagrado el templo. La catedral fue consagrada a la Inmaculada Concepción en 1844, con lo que su advocación cambio por ello de nombre. Su celebración es el 8 de diciembre, al igual que el de la catedral de Ciudad de México, consagrada así mismo a la Inmaculada Concepción.  La fiesta a la Inmaculada Concepción data desde el año de 1854. Desde 1623, cuando se erigió el Obispado en la Diócesis, la iglesia lleva el nombre de “Purísima” .recordando con ello a los fieles que su nombre se debe a que la Virgen María, por gracia de Dios, fue preservada de todo pecado, siendo por ello su advocación titular del Sagrario, de la catedral, de la Arquidiócesis y del Seminario.
   La imagen que se encuentra en la nave central del Altar Mayor fue traída de Guatemala en el año de 1787 por mandato del Obispo Don Esteban Lorenzo Tristán. Realizada en un estilo clásico de gran belleza y gracia, pues refleja el Lumen Gentium, que es el misterio de los dones del espíritu de la gracia plena –tipo de belleza que se ha comparado a la “pulcritud”, que es propiamente la hermosura no manchada por la mundanidad. 
   Otra bellísima imagen de la Inmaculada Concepción se preserva entre las 200 joyas del Museo Sacro de Durango: la escultura estofada en caoba, encarnada y policromada debida a la talla de Felipe de Ureña, de 1749. La valiente fantasía de Ureña se manifiesta en esta preciosa escultura, siendo una muestra del estilo barroco churrigueresco. Hay que recordar que Ureña fue discípulo y trabajó con el arquitecto andaluz Jerónimo de Balbás, quien introdujo en México el estilo estípite en la magna empresa donde labro para la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México el Retablo Mayor, el del Perdón y el de los Reyes de 1718 a 1736. Mientras Lorenzo Rodríguez labraba en piedra el Sagrario Metropolitano, Felipe de Ureña hacia lo propio en La Compañía, en la ciudad de Guanajuato, entre 1747 y 1749, dando a la iglesia tres portadas, como se hace con las catedrales para indicar sus tres naves, siendo la primera fachada churrigueresca de México, triunfo personal de Ureña calificado como una obra espléndida. El artista toluqueño es una figura fundamental del Siglo XVIII, quien fuera patrocinado por las grandes familias mineras vascas del norte de México quienes controlaban la Casa de Moneda, al igual que por las órdenes religiosas de los franciscanos, los dominicos y los jesuitas, quienes sufragaron los gastos de las grandes obras arquitectónicas y los grandes retablos del Siglo XVIII. El “maestro trashumante” dejo un increíble testimonio de su obra durante todo el Siglo XVIII, formando un taller artístico con sus hijos, como Francisco Bruno de Ureña, quien ensambló y proyecto retablos, abarcando ya las nuevas formas del neoclasicismo. Trabajó en toda la zona minera del norte de México, pasando por Guanajuato, Zacatecas, Durango y Aguascalientes, llegando su obra a plasmarse imponente en la ciudad de Oaxaca.               




                                         
V
   Vale la pena recordar la doctrina de la durangueñeidad, a 10 años del fallecimiento de su insigne fundador, el cultismo abogado y bienhechor de la cultura Don Héctor Palencia Alonso, de conciliar el pasado con el presente para poder así poner el vino nuevo en odres nuevos. Tesis no económica, ni política, como quisieran algunas manos estrábicas y oídos miopes, prosélitos del determinismo materialista, hoy en día tan en boga; por lo contrario, se trata de una tesis propiamente cultural, que atañe a la cosas del espíritu, a la comunidad y a la intimidad de la persona, consistente esencialmente en una defensa del pasado que, al preservar y restaurar nuestra memoria colectiva, nos permita poner en foco lo que somos y el acento del corazón en el alma misma de nuestro pueblo, de nuestra raza, signada con un destino histórico de independencia frente a las potencias hegemónicas internacionales, aportando con ello una nota sin par por su colorido al concierto mundial de las naciones.
   Tesis de conciencia histórica es la de la durangueñeidad, pues, que se enmarca dentro de del amplio movimiento de la filosofía del mexicano propuesto por José Gaos y a su zaga por Octavio Paz, que nos hace ver lo que tiene nuestra circunstancia moderna de ser nuestras vidas plurales y superpuestas a otras capas tectónicas del tiempo, por lo que resultan nuestras vidas, vidas  hermenéuticas también, cuya modernidad radica justamente en el esfuerzo de ser contemporáneos de todas las edades, de ver nuestra actividad de hoy sobre un transfundo del sentido, contrarrestado las inercias del hombre viejo y pagano, bárbaro e inmoral, o excéntrico y extremista por el que se desfonda toda modernidad, con las linfas del hombre nuevo y sus inconsútiles destellos de luz y velos de belleza. Contra el desprecio de esos soñadores de quimeras, de esos habitantes del futuro inexistente, que sacrifican por el mezquino progreso personal la memoria colectiva que nos hace pertenecer a un  horizonte espiritual colectivo, la tesis de nuestro querido mentor Don Héctor Palencia nos hace despertar a un valor enraizando íntimamente a nuestra tradición, a nuestra memoria colectiva, que al preservar en la evocación y en el recuerdo los tesoros de nuestros artistas más insignes nos permite poner el punto sobre las íes, la tilde en lo que es realmente importante y valioso, por su sentido trascendente incluso, para participar con ello y formar parte del alma sencilla, humilde, colorida y cantariana, de un pueblo señalado por el dedo de Dios.


Obras de Juan Correa (1649-1719)



 







El Famoso Cuadro de Juan Correa Santoyo (1646-1716)
La Asunción de la Virgen María
En la Sacristía de la Catedral de la Asunción de la Virgen María 
de la Ciudad de México















[1] Obas memorables de Cristóbal de Villalpando son: La Apoteosis de San Miguel; Los Desposorios de la Virgen; La Huida a Egipto y; en el Templo de Santa Prisca, en Taxco, La Asunción de la Virgen. Otros importantes artistas de ese periodo del siglo XVII y principios del siglo XVIII fueron: Sebastián López de Arteaga, Luis Juárez y su hijo José Juárez (1617-1670), Baltasar de Echenave Ibía y su hijo Baltasar Echenave Rioja, Rodrigo de la Piedra, Antonio de Santander, Bernardino Polo, Juan de Villalobos, Juan Salguero y Juan de Herrera; luego el discípulo de Correa, Juan de Ibarra, Juan Mora, Francisco Martínez, los hijos de Juan Juárez, Nicolás y Juan Rodríguez Juárez, Andrés López, Nicolás Enríquez y Miguel Cabrera. Todos ellos influidos por las obras de los pintores europeos Rubens, Caravagio, Murillo y Zurbarán. Época donada en las letras por la presencia de los sabios: Carlos de Sigüenza (1645-1700) y Góngora y Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695).
[2] La Magdalena es nombrada tres veces en los evangelios con este nombre, aunque no es un nombre propio. La primera cuando se arrepiente de sus pecados públicos. La segunda cuando permanece al pie de la cruz junto a María Santísima, a pesar de la huída de casi todos. La tercera cuando acude al sepulcro y Jesús resucitado se le aparece.
[3] Antonio de Torres es un artista interesantísimo para la Ruta del camino real de Tierra Adentro, pues su obra está depositada en el extraordinario Museo Virreinal de Guadalupe, en Zacatecas. Figura de primer nivel ligada la familia de los Rodríguez Juárez, quien destaca por sus esmeradas obras sobre la Virgen María en delicadísimos tonos aéreos, destacando los cuadros La Asunción, El Bautizo de la Virgen María y Natividad con San Gabriel y san Miguel Niños. Una gran exposición de Antonio de Torres, cuya obra salió por primera vez de Zacatecas, se acaba de exhibir en el Museo Regional de Michoacán (INAH), titulada “Apoteosis del Barroco” (Julio-Agosto de 2014).  








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