lunes, 4 de agosto de 2014

Jessica Ríos Quiñones: las Coordenadas de la Temporalidad Por Alberto Espinosa Orozco

Jessica Ríos Quiñones: las Coordenadas de la Temporalidad
Por Alberto Espinosa Orozco 

"Lo que es imperfecto será perfecto. Lo que es curvo será recto.  Lo que está vacío será lleno.
Donde falta habrá abundancia. Donde hay plenitud habrá vacío.  
Porque siempre que algo desparece, algo nace.”
Tao Te King



I
   En la historia de los organismos sólo hay unos pocos hechos que son significativos, que tienen importancia, que alcanzar a tener una secuencia o un destino de suerte: la generación, la fecundación… la creación. En la historia de los pueblos sólo los actos creadores, sólo el surgimiento del símbolo tiene importancia, porque solo de ellos pueden los hombres aprender. El artista, así, nos ayuda a elegir, entre una multitud de hechos fortuitos, transitorios, sin importancia, lo esencial que se comunica en nosotros o alrededor de nosotros –sea esto el amor, esa locura única que nos reintegra al absoluto; o el símbolo, que deja pasar las cosas que se hunden en el devenir, en el caos amorfo del tiempo, para rescatar una figura que condensa, que comunica con una tradición, que totaliza.
   La tarea del artista es en mucho una lucha, un combate contra sí mismo y contra los elementos de la mente y el deseo, para darle a la vida una secuencia orgánica, para que se vuelva reconocible, fértil y creativa: para que engendre el símbolo. Es también una lucha contra la época, contra sus engaños y errores, contra sus confusiones y truismos, que surgen por todos lados, bajo aspectos cada vez más fascinantes y novedosos, mutando siempre como los virus o las herejías, para volverse irreconocibles por los organismos vivos y paralizarlos al mutilar o frustrar su esencia. Lucha, pues, de la persona por alcanzar una libertad más alta, más verdadera, ascendente y responsable, tanto con uno mismo como con todo aquello que se relaciona, combate contra las fuerzas disgregadoras de la vida para alcanzar el centro de la persona, de la energía creativa, donde radicada lo mejor de nosotros mismos y el alma de la vida, a la que pertenecemos, y donde nos relacionamos con el alma del mundo, llámese igual armonía que realidad absoluta o música de las esferas.




II
   Época sembrada de peligros es la nuestra, marcada con los signos del drama existencia: de la frustración y el fracaso, de la sed de intoxicación o de perdición, de incontrolables tendencias a la excentricidad y al extremismo; tiempo agijado también por los estigmas del convencionalismo huero, por los atavismos de la simulación y de la fachada que llevan a una retrogradación de lo humano, a la solidarizarían con automatismos caducos de la cultura que, al no participar de los niveles más altos de la vida, no pueden conocen de forma o de memoria. Mundo de crisis, siglo de confusión y de caducidad donde toda una etapa histórica pareciera tocar a su fin –llevando en su seno sin embargo, junto con los dolores de la gestación, el anuncian de una regeneración del espíritu y de un nuevo nacimiento.
   Es por ello que los esfuerzos de la artista Jessica Ríos Quiñones navega por las encrespadas olas del mundo contemporáneo nuestro, abriéndose camino entre sus agrestes paisajes  -dando cuenta de sus accidentes y abruptos corredores, y que al marchar entre los estrechos pasadizos de la fría caverna del olvido tiene que mirar a los fantasmas que salen a su encuentro para que sean fantasmas, aprendiendo así a no temerles, impidiendo con ello que nos vuelvan ellos sus fantasmas. Lucha pues de fosforescencias, de incendios que encienden la mirada o que calcinan, en cuyo roce y frotamiento empero surgen chispas de luz, que en su combate con las sombras surgen sin embargo a nuestro encuentro para iluminar el sendero, mostrando con ello un horizonte para salir de la caverna.




III
   Así, la tarea de Jessica Ríos es en mucho la de mostrar los síntomas de nuestra época, definida por un generalizado malestar en la cultura, recogiendo los cabos sueltos que arroja el mundo social en su carrera, como desflecados hilos o desarticuladas madejas, para al coordinarlos y rearticularlos en un orden estético, volviéndolos espigas luminosas de sentido con los que encender de nuevo el fuego del espíritu. Es por ello que en ambos casos los artistas manifiestan una preocupación menos estética que metafísica, al ser su trabajo el de una extenuante empresa de, a la vez  que recrear, purificar y sanear el huerto del espíritu, para así asegurar la continuidad de toda una
      El arte de Jesica Ríos es el trabajo de la luz y el color en su perene lucha contra las sombras de la noche, siendo su virtud la de una atemperada seriedad, donde salvaje, ferozmente, combate por persistir el anhelo de la vida sobre los impulsos del olvido y de la muerte. Obra cuya perspectiva perfectamente individualizada opone al horror vacui de la modernidad en crisis un cierto barroquismo, decantado en los filtros del gusto por el detalle y en la maestría del cuidadoso miniaturista.
   Sus retratos son el relato de una travesía, de una aventura poblada por el peligro de caer en las aguas deprimidas del estancamiento, de deslavarse por las cascadas distraídas de las horas, de perturbarse por los toboganes del inconsciente que lleva a la indiferencia y a la muerte del sentimiento, en riesgo de encallar en la parálisis del tiempo, de topar contra los muros del silencio o estrellarse contra las puertas cerradas de la sordera. Viaje, pues, que equivale a una inmersión psicológica, donde se da la subversión de las formas y la sublevación de los sentidos, penetrados por la  densidad, por la oscuridad y el abigarramiento de la atmósfera, sujeta a la contaminación de la inestabilidad psíquica, a la dualidad dubitativas y a la presión histórica, que se debate en un mundo de disfraces, de gestos, de caretas, de rebeldes simulaciones o de enajenaciones persistentes. 
   Radiografía, pues, de un mundo a la vez sobrecargado de sensualidad y de saturaciones analógicas, que a la vez se muestra terriblemente erosionado por el crudo subjetivismo de las culturas meramente históricas, cuyo relativismo escéptico no puede sino desembocar en los estériles delirios de la fantasía o en las tortuosas quebradas del onirismo incontrolado (surrealismo) –de lo que se pierde entre las aguas descendentes del río revuelto del devenir o del porvenir amorfo, que en su temible desfile de fantasmas no conoce de trascendencia metafísica.
   Tarea de condesar las imágenes, pues, para al revelar sus significaciones enterradas, poder darles también un orden dentro de una secuencia orgánica.  Punto intermedio donde los estallidos de la luz se encuentran suspendidos, amenazados de ser ahogada por las sombras. Experiencia del paso por la muerte, de pasmo, que al estar impregnada de melancolía  y de nostalgia amenaza con vaciar el mundo entero entre sus pavorosas brumas, ya imantados por los muñecos que se aferran al psiquismo para desgarrarlo usando lo que tienen aquellos de seres no del todo desarrollados, en estado de crecimiento, y por tanto necesitados de protección, para larvar impunemente el al inconsciente. Expresiones visuales en las que hay algo de ternura y de conmiseración, pero en muchos casos remiten a la acción de agarrar, -de la cual se deriva la expresión verbal "agresión". Como si se tratara de una mano que sale de la oscuridad, que violenta al invadir inopinadamente, súbitamente, la esfera vital, y que produce terror, siendo la figura misma del ataque furtivo, y por tanto de aquello a la que más tememos.




IV
   Expresión visual al que hay que agregar un componente más, que resulta, sobre lírico, específicamente metafísico: el ingrediente de íntima piedad, de esperanza escatológica también, cuyo horizonte final es el de la final redención, reencarnación y transfiguración final de las almas por el Espíritu, que luego del incendio dará a cada quien según sus obras, quitando la prisión que solaza al gusano, para abrir un respiradero de luz en la caverna y deslizar en el aire  el vuelo de los ángeles.
   Porque estamos hablando de una obra de creación. La creación, es sobre todo equilibrio, orden, armonía, fertilidad; también es lucha: lucha entre el color de la luz, por hallar la superficie, el justo matiz y en su tonada en su ardiente lucha con las sombras somnolientas de la noche mortecina – y el breve idilio con todas las cosas, con las hermosas cosas pasajeras, para reflejarlas y ver por siempre en ellas a luz que da la vida fértil, y que solo por la luz de la mirada permite que al mirarla se enciendan en su luz y nos revelen la pertenencia a un orden de alegría y armonía entremezcladas, a la elegancia siempre bien equilibrada del estilo, que en la dulzura del gusto manifiesta es el don propio del verdadero renacimiento del espíritu. 


V
    Así, Jessica Ríos, a la vez que toma el pulso a una época, intenta controlar la energía tensa y opaca, suspendida  en el amor por lo transitorio, por lo efímero y episódico, al mostrar los puntos de inflexión y los nudos de las articulaciones donde se producen las escisiones y los desgarramientos de la conciencia, donde se rompe la unidad del mundo en un sin fin de lajas, esquirlas y fragmentos. Su preocupación por el estilo toma entonces el sentido es el de un ahondamiento consciente en la reflexividad de la imagen, donde la rebanada sincrónica del instante, detenido por el impulso del ojo fotográfico, es transformada  en virtud de labrar sobre su delgada película sensible  los signos del tiempo debajo del horizonte de la crítica.
   Ardua labor de composición estética también, donde se alían pintura y fotografía en el punto intermedio de la concepción artística, donde hay que saltar sobre el abismo en blanco de la nada para alcanzar la realización completa. La original de su obra radica así en esa labor que alían dos técnicas disímiles de representación, marcando de tal modo las huellas de la perspectiva y de la experiencia personal sobre el verismo de la impresión sensible haciendo una parada en sitio reflexiva, que es a la vez un criterio de contemplación y un genuino esfuerzo por recuperar las formas simbólicas permanentes y restaurar la norma eterna. Proceso de emersión, pues, donde se da la vuelta de los ritmos cósmicos y el radiante retorno de la verdadera magia de la vida: la vuelta a la objetividad de  lo concreto y a la secuencia orgánica presidida por el símbolo, donde se da también naturalmente la recuperación del sentido, ya cauterizadas las heridas, para abrirse en la mirada por fin a la luz del sol que es a la vez consuelo y alegría.


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