miércoles, 6 de agosto de 2014

El Criterio Religioso del Bien y el Mal: la Lucha Espiritual (1ª Parte) Por Alberto Espinosa Orozco

XII.- La Revuelta de las Ideologías:
El Criterio Religioso del Bien y el Mal: la Lucha Espiritual
(1ª Parte)
 Por Alberto Espinosa Orozco

"La moral es esa voz sublime, que impone respeto, que nos amonesta invenciblemente aunque queramos callarla y tratemos de no escucharla".
Kant.


XXXIV
   La época actual de la post-modernidad y las ideologías globalizadas del pensamiento único han orillado a la reflexión filosófica contemporánea a concentrarse en un pequeño racimo de temas cardinales donde poder encontrar un respiradero a la presión histórica y generacional de nuestro tiempo, que pesan en la conciencia como si fueran verdaderas lozas de granito.
   La filosofía de la educación se presenta así como una reflexión sobre la formación de la naturaleza humana, y por tanto como una teoría de la esencia misma del ser humano, de los propios o exclusivas del ser humano derivadas de su esencia, planteando a la educación misma como la utopía necesaria sobre cuyo fondo realizar los ideales de paz, libertad y justicia social. Filosofía de la educación, pues, que constituye por sí misma el marco de una filosofía de la esperanza, que permita un desarrollo humano más armonioso -marco sobre el que articular sistemáticamente una serie de expresiones (del pensamiento no menos que de la palabra bella, sin excluir las expresiones artísticas y las mímicas del cuerpo humano), potentes para hacer retroceder a los flagelos actuales de la humanidad, que van de la competencia atroz a la pobreza, de la miseria y la marginación a las opresiones ideológicas, y de la exclusión y a la incomprensión generalizada y al espíritu de la discordia.
   Para avanzar sobre el salvaje río encrespado del oscurantismo contemporáneo no queda sino abrir la reflexión; primero, a la autocrítica de nuestra edad y de nosotros mismos, afrontando los peligros ínsitos en la reflexión solitaria, personal, en primera persona, para un atento examen y mejor cuidado de uno mismo, en el sentido de llevar a buen puerto una existencia justificada, en un diálogo del alma consigo misma y con la verdad personal en un proceso circular, cada vez más profundo, por círculos sucesivos de concentración, de formación de la propia conciencia –resistiendo en el camino los rigores de la soledad y de las diversas formas y presiones de la propaganda ideológica, así como los fenómenos de descomposición social y a la crisis familiar.
     Así, la misión de la filosofía se encuentra hoy más que nunca ante el único problema, frente al cual todos los demás parecieran palidecer bajo sus afeites: el del sentido mismo de la vida; ante el de la orientación de la vida humana y la formación de la conciencia en el sentido de ser una vida buena, de provecho y justificada, tanto social como metafísicamente o que no se agote en el mero fluir histórico de la inmanencia.
   Para ello es necesario, sin embargo, dejarse de cuentos e ilusiones, romper las apariencias en una palabra y apegarse a un criterio moral firme;  acogerse, pues, y ampararse en la verdad inconmovible propuesta por la tradición y arraigada en nuestra cultura, que pone  en juego a la vez a la razón demeterica, que es la razón de la sin razón, esto es: el reconocimiento  de la falta, la confesión de la culpa moral quiero decir, la cual no puede sino mover a el arrepentimiento, expiación del error y enmienda en la conducta; complementada con una razón de esperanza, de redención, que no puede ser sino una razón de cuño religioso, apoyada en una verdad universal y trascendente. Camino de redención y reconciliación con lo eterno, pues, que es el camino de la liberación interior, de la apertura y el verdadero diálogo también, que rompe los grilletes del confinamiento e ilumina en las sombras para lograr salir de la caverna, que es el error, donde los hombres van dormidos o se encuentran sitiados como presos.
   Apegarse, así, a la verdad religiosa de la reconciliación con Dios y el espíritu de verdad, que nos hará libres, como dice Juan, reconociendo primero como es que el pecado encadena, para romper sus grillos y liberarnos del yugo del mal. Reconciliación con Dios y la salida de la muerte o del infierno también, que conduce pero se al espíritu de unidad, fundando un firme  criterio del bien y del mal morales.
  Porque el a priori o lo que constituye más a fondo la naturaleza humana es la dualidad de los espíritus que inspiran nuestra conducta práctica: el del bien y el del mal, los cuales pueden verse como dos manantiales metafísicos en perpetua oposición. Como prueba de su existencia basta la experiencia personal de la intuición moral –que negativamente se experimenta como estado de rebeldía, de guerra, sublevación o desobediencia ante la norma, pero también como temor y temblor en la desobediencia y en la caída.
   Su concepto ético propio es el de pecado, prestigioso ante el mundo más también peligroso, por entrañar inextricablemente el sentimiento del remordimiento de conciencia, de culpa y de temor, porque en sí mismo conlleva castigo, un prurito o ardor interno que consume, causado radicalmente al separarnos del Padre, al que con la mala acción desobedecemos, desoímos o damos la espalda. Escisión no sólo de Dios, sino que a la vez desarmoniza y enfrenta al hombre desequilibrado consigo mismo, contra si mismo, autohiriéndose por decirlo así,  perturbando profundamente también sus relaciones con la comunidad, disolviendo los lazos de hermandad o de  familia, teniendo como pírrico paliativo el trabar relaciones cómplices (herejías) o de carácter inmanente (gregarismo), al ser movido el hinchado sujeto de la culpa en realidad por mezquinos intereses o meramente egoístas (la crápula).
   Retroceso del humanismo y caída en la barbarie, pues, ante lo cual no queda sino ampararse en un criterio seguro, en una doctrina absolutamente confiable –armándose con ellos ante las nuevas amenazas de las ideologías contemporáneas, erigidas en portentosas religiones de la modernidad, ya sean de facciones, de partido o de estado, de tendencia totalitaria, que bajo la máscara de los privilegios materiales amenazan despóticamente con corromper y desfondar por completo los fundamentos mismos de la nobleza humana.


XXXV
   Como quiera que esos factores contribuyen a la profunda decadencia del humanismo, lo cierto es que estamos ante el espectáculo del hombre postmoderno, el cual se presenta más que perplejo o dubitativo en la escena contemporánea, como decididamente descarriado, resuelto decididamente en emprender un camino falso, errado, movido en su locura por una especie de insaciable sed de perderse, de extraviarse.
   Experiencia generacional, pues, de depresión crónica ante la crisis postmoderna, que da la sólita imagen de seres contristados, conturbados, oprimidos del ánimo y dolidos del corazón, presas del temor y de la inquietud existencial -por encontrarse en trance de perdición y descarrío dado el abandono cultural de la antigua fe y la adopción de otra… o de ninguna. Experiencia de la discontinuidad de las creencias religiosas básicas, pues, que no sólo abren el paso a una moral más atrevida, más audaz, sino a una grave relatividad de los valores, agudizando con ello el carácter accidental de la existencia –que refuerzan la adopción meramente impulsiva de creencias irracionales o de falsas doctrinas (ideologías). En otros casos, vivencia aguda de la contradicción existencial entre los vestigios de una fe vivida, entre las reliquias de una metafísica querida, y las superposiciones históricas de una vida cifrada en valores meramente inmanentes, encontrándose estos hombres indecisos, dubitativos, en un cruce de caminos y sin saber qué dirección seguir, inseguros del camino a tomar, o que van fluctuantes de un camino a otro e irresolutos, que serían propiamente los perplejos.
   Panorámica, pues, de un terrible opción moral, que va de la aceptación de la muerte del alma cristiana en el seno mismo de la intimidad de la persona (que equivale sin más a la muerte del alma), a una nueva conciliación de la conciencia moderna con la antigua ley y los profetas. Por un lado, pues, la presión del mundo, que insta a una escisión del hombre con los vestigios de su antigua fe perdida y con la comunidad de fe -en una vuelta a una especie de crudo paganismo; por el otro, los vestigios de esa misma fe, que se expresa no más que por hábito pero sin voz viva, de una forma mortecina o meramente ritual, cuando a la manera de simuladores de la justicia que, como rebeldes amaestrados se resuelven en actores a sueldo, en fingidores de valores, en gesticuladores de toda laya o que llanamente se declaran cínicos, en crueles naturalistas hedónicos y desalmados. Los más, siguiendo una de tantas rutinas mecánicas que levan a la enajenación o al autoengaño, guidados por los vagos ídolos de la fortuna o del beneficio material, que estando despiertos los hace llevar una vida de dormidos, como si estuviesen hechizados viviendo una existencia en la inconsciencia. Por el otro, experiencia del despertar de la conciencia, a la que sucede la experiencia estética, desagradable, del horror, por darse cuenta de la ceguera moral que nos habita y de la sorda desobediencia a los antiguos preceptos –y que, al chocar contra el límite, nos hace con espanto retroceder, a levantarnos de el sepulcro del cuerpo, como si hubiésemos estado muertos, para intentar, de ser posible, una reconciliación con Dios, una desenajenación de Dios y una restitución de la alianza eterna. Experiencia pues de l caída, que lleva como reacción a una restitución de los viejos valores, y que racionalmente toma la forma de una vuelta al idealismo, al espiritualismo y a la metafísica, aceptados como la verdadera filosofía –la que se presenta, por un cabo, como una crítica de la razón, en particular a las severas extralimitaciones de las ideologías y las filosofías modernas e incluso de las falsas filosofías, que da por ciertos una serie de argumentos meramente probables; por el otro como una vuelta a la formación de la conciencia moral a partir de la revelación del bien y del mal que se instruye en las Sagradas Escrituras y por medio de la fe, en una entrega a la doctrina fundamental del Hacedor, de Dios como creador del mundo, como no creado o causa de sí mismo, o como Dios único y eterno. Creencias todas ellas articuladoras de una comunidad duradera fundada en la alianza con Dios y a la voz de los profetas, aceptados como personajes vivos.
   Tesis espiritualista que repugna al burdo materialismo de nuestro tiempo, incapaz de concebir lo incorpóreo como tal, pero donde el espiritualismo lleva a cabo la gracia de realizar la obra de conciliación de la razón con la fe –en una filosofía que prueba su eficacia al conducir a la verdadera libertad de la buena conciencia, de la conciencia recta, justa, articuladora de una comunidad de fe trascendente y trascendente ella misma –en lucha directa contra las falsas filosofías, que llevan a la ceguera de la propia conciencia, a la esclavitud del pecado, o a las ideologías de la enajenación, de la cólera, de la doblez y de la inconsciencia.
   Porque para el espiritualismo las fuentes del conocimiento moral, en última instancia del conocimiento del bien y del mal, no son otras que las aportadas por la fe y por la revelación de sentido oculto de las escrituras –que ve a la vez los límites de la razón y el saber que la rebasa, y todo ello como un racionalismo interno a la fe. Porque la fe viene entonces a ser aquello en que la razón se sustenta, o que toma a la razón como instrumento de la fe, teniendo pues tal filosofía un carácter conciliador (con la antigua fe) y hermenéutico, dado el sentido equívoco, analógico, alegórico de las Sagradas Escrituras o de las verdades de la fe en general.  



XXXVI
   Pero volvamos así al a priori moral del hombre, que es lo que constituye propiamente la naturaleza humana y debe estar a la cabeza de toda analítica existencial. El hombre tiene su impulso (de la voluntad) en dos cualidades, y ambas están en él: el bien y el mal. El manantial del mal es una fuerza colérica, infernal, sedienta, infernal, la cual da malos frutos, pues conduce a la herejía, al error, a burlarse de la verdad, al pecado y a la muerte. Es la fuerza colérica que hay en la naturaleza y que hace al demonio furioso y frenético. Por su parte, el manantial del bien es una fuerza santa, amable y celestial, cuyo fruto son los hombres santos, sabios e inteligentes que constituyen la cabeza de la Iglesia y que son la luz del mundo.
   La fuerza de Dios es la fuerza santa, quien da a los hombres el mandato del bien, quien exhorta incansablemente al bien, a ser santos como Dios es santo, a ser santos en todo proceder, a ser obedientes, mansos, a ser siervos de la verdad, a ser amigables y misericordiosos, a refrenar la lengua de hablar mal y de engañar, a no devolver mal por mal, ni maldición por maldición, sino a bendecir, en hacer el bien, a huir del mal, a amar la vida y buscar la paz, a imitar lo bueno y a ser justos teniendo buena conciencia (2ª Cata de Pedro 3. 9-13), pues no quiere Dios la rebeldía ni el mal, dando en cambio el Espíritu Santo a quienes se lo piden (Lc. 11.13).
   De acuerdo a lo que muestra Jacobo Boheme hay una riña violenta en la naturaleza entre las cualidades del bien y del mal, entre las cualidades buena y mala, imagen de la riña y choque entre el reino infernal y el reino celestial que mana para formar seres angélicos. El drama de tal riña se escenifica en el hombre como en ninguna otra criatura –salvo el caso de los ángeles rebeldes, quienes con su revuelta obtuvieron junto con Lucifer como premio la expulsión del cielo y la caída, que sería el origen del mal en el mundo y de que la cualidad colérica se haya mesclado en toda la naturaleza terrestre. La caída de Adán y Eva se debería a que se arrojaron a lo colérico, a los deseos de la carne (el pecado original), de tal manera que se le pega el mal al hombre –aunque éste es capaz de vencer a la mala cualidad en la naturaleza, por su buena cualidad que es y viene de Dios y en ella es soberano el Espíritu Santo, pues el hombre es hijo de Dios, quien lo hiso del mejor meollo de la naturaleza para que domine el bien y venza al mal.
     Pero el hombre es libre y tiene su impulso en ambas cualidades, pudiendo echar mano de cualquiera de ambas cualidad, pues en este mundo vive entre las dos, estando el bien y el mal en él. Y así, aunque el mal se le pegue al bien, al igual que sucede en la naturaleza,  la cualidad buena del hombre puede vencer al mal, pues si levanta su espíritu a Dios mana en la buena cualidad de su naturaleza y el Espíritu Santo lo asiste para ayudarlo a vencer. En el alma malvada, en cambio, vence la cualidad colérica, pues es el demonio poderoso en lo colérico y su príncipe eterno. Cuando el hombre se hunde en los deseos de este mundo, mana y domina, en efecto, la cualidad colérica de la sabia infernal y se corrompe, pues deja que domine en él el demonio con su veneno.[1]
   Por la debilidad de la carne el hombre se ´presta a ser siervo del pecado, entregándose con sus miembros a hacer la maldad y a la impureza. Así, la rebeldía propiamente religiosa consiste en ser el hombre libre relativamente a la justicia, por ser en cambio esclavo del pecado, y cuya vida vergonzosa no tiene otro fin que el de la muerte, que es la paga del pecado -pues la carne es como yerba y su gloria como la flor de yerba, que crecen un día, pero al día siguiente se seca la yerba y la flor cae (1ª Cata de Pedro 1.24).  
   Por lo contrario, el hombre puede optar por liberarse del pecado para ser reo de Dios, siervo y esclavo del Espíritu, aceptando su yugo, que es suave, teniendo como buenos frutos las obras de la santidad y como fin, como paga y recompensa, la vida eterna como miembro del cuerpo de Cristo Jesús (Romanos 6. 19-23). Opción de la libertad es, en efecto, huir de la corrupción que está en el mundo por obra de la concupiscencia y de la cólera, liberándose de la esclavitud de las pasiones. El hombre es llamado por la virtud de la fe a ser virtuoso -y a mostrar en la virtud ciencia, y en la ciencia templanza, y en la templanza paciencia y en la paciencia temor de Dios, y en el temor de Dios fraternidad, y en el amor sin fingimiento de hermanos el corazón puro de la caridad, para participar así de la naturaleza divina (2ª Cata de Pedro 1. 4-7).
   El hombre, en efecto, es llamado a la libertad, pero no para cubrir con ella su malicia o para utilizarla como pretexto para servir a la carne, como los hombres ciegos, que no pudiendo ver de lejos se olvidan de la purgación de sus pecados, de purificar sus almas por la obediencia de la verdad por medio del Espíritu (1ª Cata de Pedro 1. 22: 4. 10); o como hacen los desobedientes, los embusteros y engañadores con las almas débiles, a quienes hablan de libertad siendo ellos mismos siervos de esclavitud (2ª Cata de Pedro).


XXXVII
   Desde la perspectiva de la filosofía de la naturaleza puede decirse, de acuerdo con Jacobo Boheme, que la naturaleza misma tiene dos cualidades que manan con gran aplicación: una amable, de sabia de vida, celestial, santa, en la que domina el deseo del bien o el Espíritu Santo y cuya fuerza santa da buenos frutos; otra colérica, huraña, sedienta, infernal, en que domina el espíritu del mundo o la fuerza infernal con su veneno, que da malos frutos, corrompidos, agusanados –dualidad de cualidades cuya distinción conocieron Adán Y Eva en el Paraíso y que originó su caída, porque así como hay bien y mal en la naturaleza, hay bien y mal en el hombre.
   Sin embargo, Dios hizo al hombre para que domine en él el bien y venza al mal –cuando levanta su mirada al cielo, pues el espíritu santo lo ayuda a vencer. Porque al igual que en la naturaleza el mal se le pega al bien, también en el hombre, pudiendo su buena cualidad vencer a la mala por venir aquella de Dios y dominar en ella el Espíritu Santo. En cambio, la cualidad colérica vence en el alma malvada, pues el demonio es soberano en lo colérico y sui príncipe eterno. Es la obediencia nocturna, la rebeldía del pecado, que al decir que se le pega al bien ya indica un principio de parasitismo, al que llamamos modernamente enajenación. La obediencia al mal es así debilidad ante lo colérico, que toma por decirlo así todo el control y que otros identifican con el alma inferior. Es la cólera de la naturaleza, pues, que arruina a tanta conciencia noble por el impulso colérico, furioso, frenético y vano, pues el demonio tienta y seduce al hombre con su fuerza mundana, con los placeres carnales, con el orgullo, con el deseo de riquezas y de poder, creciendo por tano en él la herejía y cayendo en el gran error al guasear y burlarse de la verdad y despreciar a Dios –no pudiendo así captar la verdad del Espíritu Santo, que predica penitencia, sino viviendo como vulgares paganos, a la manera de las bestias en medio del arte y la exuberancia mundana. El impulso de bien, por el contrario, se asocia a la aspiración de las cosas elevadas y por tanto al espíritu, dando por consecuencia frutos suaves, dulces, elevados y válidos, dando por consecuencia hombres santos, sabios, inteligentes, que conocen a la naturaleza y respetan a su Creador, siendo por ello la luz del mundo.
   El impulso del hombre esta así entre el mal y el bien, pues vive entre ambos y ambas cualidades están en él, pudiendo echar mano de ambas, sirviendo al pecado para la muerte, u obedeciendo a Dios para justificar –asistido por el Espíritu Santo, que es dado por el Padre a quien se lo pide (Lc. 11-13). Porque a pesar de haber mal en la naturaleza y de pegarse el impulso colérico al hombre, Dios dio al hombre el mandato del bien y la prohibición del mal, porque no quiere Dios el mal, sino que venga su reino y se haga su voluntad en esta tierra, a la manera celeste –haciendo que a diario se le exhorte al hombre al bien.





[1] Jacobo Boheme, Aurora. Ediciones Alfaguara. 1979. Madrid, España. Prólogo. 



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