jueves, 26 de junio de 2014

IX.- La Revuelta de las Ideologías: Religión o Modernas Herejías Por Alberto Espinosa Orozco

IX.- La Revuelta de las Ideologías: Religión o Modernas Herejías
Por Alberto Espinosa Orozco 


XXIV
   La dialéctica de la modernidad ha resultado un suelo fértil para el crecimiento de las herejías, de los errores, de las locuras cultivadas. Al estar fundada en la religión inmanentista del progreso material, de la novedad y el cambio, que inevitablemente ha llevado, en sus expresiones más radicales y violentas, a las disonancias de lo excéntrico y lo extremoso, abriendo incuso el paso, tan alegremente como estéticamente, a la transgresión de las normas. Su signo, así, es el de la confusión generalizada de los caminos, en una especie de insistencia en el errar y en el error, renovados y revitalizados por el tiempo, sin cesar, bajo la forma de truismos, lugares comunes, supersticiones consensadas o de encubiertas herejías.
   La figura del intelectual se ha vuelto de tal modo en nuestro tiempo mermada, como extemporánea, oculta o sumida bajo la aplastante publicidad y propaganda oficial, debido a su insoslayable tarea crítica de combatir y luchar contra las confusiones y herejías de la actualidad. Porque la verdad, como aquella estatua en el desierto de la que hablaba Albert Einstein, es olvidada rápidamente, cubierta por el viento abrasivo y la arena, por las confusiones y los errores que vienen de todos lados y reaparecen sin cesar, mutando, bajo formas cada vez más novedosas, más atractivas, más fascinantes –estatua que el esfuerzo humano por el saber debe limpiar constantemente, para asegurar la continuidad de la nobleza humana.
   El mayor peligro de la novedad es lo que puede haber en ella de ideología, de espejo deformante de la realidad, que sobre todo enturbia o anula en el hombre el conocimiento de sí, abriendo en cambio las puertas de la frivolidad, de la superficialidad, de la vanidad, de la ligereza, de la burla o del azar, oscureciendo o perturbando la interioridad espiritual del ser humano. Uno de sus efectos más notables es el subjetivismo rampante de nuestra edad, de extremismo sentimental, en el que cada uno juzga por la apariencia, con el rasero de la mediocridad, dentro de las estrechas fronteras que le permiten al hombre moderno sentirse cómodo dentro de sí, dentro de su pequeñez, volviendo aceptos sólo a aquellos que no les dan problemas, sin encanto y sin magia, presos en la red de convenciones del lugar común. Lo cual revela, sin embargo, la incapacidad del hombre moderno de juzgar impersonalmente, con un criterio objetivo, no personal, supraindividual –imposibilidad que a su vez lo imanta inversamente contra la tradición, contra la religión toda.  

   En materia de arte tales criterios impersonales han sido también adulterados: se apuesta, en cambio, al arte por el arte (esteticismo), al arte de la tendencia social (por el precio y la asignificación abstracta), por el valor de lo espontaneo, por el arte nacionalista, por el arte proletario, por el arte campesino, olvidando con ello que cada comunidad tiene sus formas propias de expresión que el artista individual no se puede suplantar: el folklore, el simbolismo popular, las artesanías tradicionales, los mitos y símbolos colectivos. Mientras que el artista se diferencia precisamente por ahondar, por profundizar en su experiencia personal y pulir su actuación individual.
   La religión inmanentista del progreso, del cambio, de la transformación y de la novedad, ha impuesto a escala social la ideología del inmoralismo, maquiavélico, donde no hay culpa, el pecado no existe y todo está permitido, en una especie de deificación del poder por el poder mismo. Incluso el mismo ideal de justicia social ha tenido que pagar el alto precio de socializar al hombre para realizarse, esclavizándolo a cambio en una estructura clientelar, de férula, de partido o de estado. Todo lo cual ha redundado en precipitarse el hombre moderno en las metafísicas inferiores, en el espritualismo cartomarciano, en la bestialidad, en la animalidad, en la embriaguez o en la bajeza, ya sea por ignorancia o por temor. Refugiarse en un absoluto de esencia tóxica, en la incoherencia, en las místicas perfumadas, en las certezas accesibles a todos o en la herejía, ante la amenaza física o moral, para perderse, para obnubilar el insoportable sentimiento de tristeza del individuo afligido, solitario y escindido.


    Movimientos todos ellos de fuga del centro espiritual de la persona, que hallarían la salida de las aguas pútridas o revueltas de la modernidad en movimientos de escucha, de “parada en sitio” y de contemplación, para así poder resistir al sufrimiento y aceptar el dolor y sus profundos misterios, para alcanzar un estado de paz, de serenidad, de quietud –por medio de gestos de atención y movimientos voluntarios del ánimo, como cerrar los ojos, ritmar la respiración, taparse los oídos o llevarse las manos a la cabeza, de meditar o de mirar hacia lo alto. En una palabra, por medio de la ascesis: de dominar los instintos humanos, demasiado humanos, como el impulso sexual o la envidia, desprendiéndose de esas capas inferiores de la animación humana, de oponerse a la naturaleza humana para estar más cerca de lo divino y, sobre todo, para recuperar el sentido de la salud y del bienestar espiritual.
   Repetición de lo mismo en el fondo: del circular drama humano, porque debido a una extraña amnesia, surgido de la humedad y el barro del mundo, el hombre no recuerda, ni reconoce y se olvida del centro de su alma, que es el centro de su ser. La herrumbre del pecado original, las presiones generacionales e históricas de un tiempo en ruinas, extremoso y excéntrico, la mancha de nuestro de origen  y de las propias faltas, que oscurecen el conocimiento de la piedra de que fuimos desprendidos, la altura de la cual hemos caído. La ascesis, así, al devalorar el mundo, la vida más vida y todo lo humano demasiado humano, tiene como función estrecharnos, angustiosamente, contra nosotros mismos, por medio de la aflicción, para así individualizarnos, enfrentarnos con nosotros mismos, con nuestra nada individual, para purificarnos y poder retomar el camino del centro.


XXV
   Las ideologías políticas y las doctrinas de la rebeldía contemporánea, que sirven al poder opresor de un grupo sobre la comunidad, es un cristal deformante de la realidad que se cierra como una pinza sobre el hombre de hoy en día: modificando, por un lado, las notas esenciales que definirían los sectores de la cultura (reduciendo, por ejemplo, la filosofía a una mera analítica de conceptos, sin orden sistemático, dejando por tanto la filosofía de ser lo que es; paralelamente, un arte no representativo, puramente abstracto, que deja de ser arte para convertirse en un objeto, que dice lo que sea, cualquier cosa o una misma cosa:        que es muda, que no dice nada); por el otro, llevando a cabo una completa trasmutación de todos los valores, como anunció Nietzsche en su momento.
   La trasmutación de los valores no intenta así la renovación de un valor olvidado (reivindicación), sino que vindica como valor lo que no tiene trascendencia o espiritualidad alguna: el ahora, la inmanencia, regidos por el principio del azar y de la contingencia –pero que sólo valen por estar presentes, por su mera existencia, es decir, por su apariencia, que es lo que el tiempo se lleva al sumergirlo en las aguas amorfas y sin memoria del devenir.  Cosas, por otra parte, reveladoras del desprecio que el hombre moderno siente por las esencias… en razón directa del inmoderado amor por las nudas existencias, concretas, individuales. Nueva divinidad la del progreso moderno, cuyos ídolos de barro son propulsados por el motivo hedónico del erotismo estéril o por el motivo crático de la expansión de la propia voluntad –detrás de cuyas fronteras se ocultan las fuerzas oscuras y centrífugas del materialismo: los apetitos de la carne y del pensamiento, desde el consumismo a la vanidad, pasando por la avaricia, la mentira, la lujuria. Pasiones subjetivas, qué duda cabe, pero a la vez aceptadas de forma convencional por los muchos, masificando al hombre o y haciéndolo mero ser gregario sin verdadera intimidad ni verdadera individualidad (enajenación).


  Las ideologías de dominación, que tan abiertamente invitan al lucro, al consumo, a la dispersión y el entretenimiento, a la idolatría del placer, del poder o del dinero, mantienen así al hombre moderno como hechizado o dormido, impidiéndole ver sus profundas heridas interiores, que aquejan su alma en una serie de fenómenos de desequilibrio, perturbación e insatisfacción –que la vanidad como un rígido escudo esconde, y que la dura voluntad del orgullo expande para petrificar el corazón y enfriarlo, rompiendo de tal forma los lazos de participación, comunicación y hermandad con al prójimo.
XXVI
   La crisis del hombre contemporáneo se ha resuelto como una falla generalizada del mundo en torno –una de cuyas fuentes es la pulverización de los sistemas filosóficos en la analítica de los conceptos aislados, siendo paulatinamente remplazados por ideologías tecnológicas, por doctrinas políticas o por falsos ideales instantaneistas de la fortuna, la novedad, el cambio o el ahora, alterando por tanto profundamente la esencia o naturaleza de la filosofía misma e incluso de la ética, arrojada en la autonomía de su zozobra a los estrechos criterios subjetivos de la propia prudencia individual.
   La falla del mundo en torno fuerza así al pensamiento a volver al principio de la razón: al pensamiento de las esencias, de las formas puras: estables, firmes, inmóviles, eternas –por una necesidad existencial, angustiosa, de seguridad trascendente, a fin de de cuentas religiosa. Necesidad del pensamiento, pues, de volver  al principio de todas las cosas, que son las esencias –singularmente la divina. Necesidad de volver a Dios, de religarse con Dios, que es todo, para poder participar de su existencia y alejarse así de todo errar o error, y para que todos los seres lleguen a ser como son y como han sido. Pensamiento de la eternidad, del ser que es en sí y por sí, prefiriendo sobre las cosas mundanas y pedestres mirar nuevamente hacia lo alto, en una vuelta de amor al Dios del cielo y a las cosas celestiales y trascendentes –pues el hombre es como un árbol invertido, cuyas raíces van de la mente hacia lo alto para volver cargadas de luz hacia él.
   Centro o núcleo de la filosofía es concebir los objetos, en sucesivos grados de abstracción o generalidad, para determinar su lugar en el todo (la realidad absoluta), siendo así posible filosofar sobre cualquier objeto. Incumbencia esencial de la filosofía es pensar el puesto del hombre en el cosmos (tanto específica como individualmente). Pero no solo tomando al todo como una estructura abstracta o todo universal (totum, hollon), sino en sentido de una acción recreadora o en un esfuerzo consciente de reconstrucción, urgente y ab integrum, del ser humano (panurgía, pantología).


   Es cierto que las filosofías son esfuerzos por concebir la realidad en su totalidad; no lo es menos que en el fondo han sido desde sus orígenes esfuerzos de instrumentalizar conceptualmente la religión. Es por ello que los grandes sistemas filosóficos clásicos del pasado han culminado como sistemas metafísicos del universo, que a su vez descansan en la religión de fe trascendente. Porque religión, ética y moralidad tratan en el fondo del mismo objeto, el más importante de todos: la felicidad y salud moral del hombre, ligadas o en relación con Dios.
   Desde el punto de vista metafísico, si algo da razón del hombre, de su naturaleza o esencia, es la inmortalidad de su alma (diferencia específica) y no su animalidad (género próximo) –de la que a su vez sólo puede razón la eternidad Divina. El alma entendida no como la cadena de eventos psicomentales, sino como entidad ontológica, que es el centro de su ser y en cuyo seno o intimidad tiene el hombre su relación con Dios. Así, frente al extremismo y excentricidad a que inducen al hombre moderno las ideologías contemporáneas, que extravían el centro del alma humana, queda como  opción volver al camino del centro, mediante una ética que vuelva su mirada hacia Dios, por la vía natural de la moralidad.




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