lunes, 10 de marzo de 2014

La Visión de Francisco Villa por Guillermo de Lourdes Por Alberto Espinosa Orozco

La Visión de Francisco Villa por Guillermo de Lourdes
(Museo Francisco Villa)
Por Alberto Espinosa Orozco 




I
   En el muro al lado este del edificio, dos tableros cierran el conjunto completo referente al movimiento revolucionario en el Norte de México pintados por el maestro Guillermo de Lourdes en el año de 1936. Si el tablero “La Lucha de Facciones” cierra cronológicamente en el tiempo en que el Guillermo de Lourdes estaba terminando el tablero con las figuras del flamante presidente Lázaro Cárdenas y el que sería su sucesor presidencial Manuel Ávila Camacho, en la parte central y arriba con la imagen de un parisino Diego Rivera tocado con una enorme americana, al doblar el muro en dirección oriente, como estando ya fuera del tiempo, el artista realiza dos composiciones más dedicadas a la memoria del movimiento revolucionario en Durango, ocupándose en ambas composiciones de los caudillos de la División del Norte.



    En un primer plano y de tamaño colosal sobresale en la totalidad de la obra la imagen idealizada de Doroteo Arango Arámbula, mejor conocido como “Pancho Villa”, a manera de espectacular homenaje a la figura del mítico héroe revolucionario.
   En efecto, la figura de Francisco Villa se yergue majestuosa en el primer tablero del costado este del recinto, como símbolo y emblema, como promesa de libertad, pues, del sufrido pueblo durangueño. Imagen a la vez histórica e idealizada del caudillo del Norte que lo muestra solitario y montando un imponente caballo con una estrella blanca en la frente, representando así al militar de genio, cuya abnegación y valor indomable acuñó en la memoria colectiva la imagen del mito: la del hombre que ante la adversidad de una sociedad inicua se levantara en armas para luchar por cimentar en la justicia el equitativo reparto de la riqueza. Su figura  se alza así como un símbolo, más allá de la historia y del polvo abrasivo del olvido para volver a vivir, impertérrito, eterno. Atrás de él un infante de overol extendiendo la mano hacia arriba le abre el paso triunfal en una extraordinaria y sobrecogedora atmósfera de velos y esfumatos.  Francisco Villa sonríe y mira de frente, mientras dirige el alazán con mano firme sentado sobre una singular silla que lleva labrado en hueso la máscara de un hombre, de su amigo Adolfo de la Huerta, con quien firmara un acuerdo de paz, dándole en 1920 el presidente interino la amnistía para retirarse a vivir, ya pacificado, en la hacienda de Canutillo, hasta el día en que lo sorprendió la muerte viajando junto con sus escoltas en un coche Dodge el 20 de julio de 1923. Al fondo de la imagen se aprecia un campo de guerra y más acá unos revolucionarios colgados de los postes de telégrafos: es el pueblo, que por seguir los ideales de libertad y de justicia propuestos por el caudillo fueron masacrados, ahorcados y finalmente expulsados del territorio durangueño por la feroz reacción de las fuerzas carrancistas y callistas que se empeñaron por llevar la revolución por otros derroteros, aliándose a una política internacional depravada y defendiendo subrepticiamente antiguos privilegios socio-económicos de clase. El resto del pueblo sobreviviente, en efecto, marcha detrás del caudillo, a la manera de una patética procesión, hacia el exilio. Expulsados de su propia tierra, en plena migración colectiva para buscar mejores condiciones de vida, el pueblo no nacido a la luz de la justicia, se dirigen así guiado tan sólo por una esperanza futura –aún sin actualizar-, cerrando la composición una idea que queda impregnando la atmósfera: la exaltación de los pobres, pues los pobres según el mundo son en cambio ricos en la fe –pues el rico pasará como la flor de hierba, secándose pronto al sol al marchitarse sus proyectos vanos, sabiendo que los hombres no tenemos aquí patria permanente, más buscando la por venir.



   Por otra parte, hay que indicar, se trata de la primera imagen pictórica en un muro oficial del caudillo del Norte, pues  durante el periodo de larga influencia de Plutarco Elías Calles, conocido como “El Maximato”, se había intentado disminuir la figura del gran revolucionario durangueño, no habiendo sido previamente pintado ni por Rivera, ni por Orozco, ni por ningún otro muralista.
   Explica el Ingeniero Agrónomo Pastor Rioaux la situación pre-revolucionaria en el estado de Durango: “En todos los estados del Norte predominó el régimen latifundista en su más ruda pesadez. Habitados aquellos territorios por tribus nómadas y salvajes, los conquistadores encontraron la tierra libre, sin que tuvieran arraigo en ella las razas aborígenes, pues no habían fundado pueblos estables y carecían de cultivos que les dieran apego y amor a la tierra. No siendo los indígenas fácilmente domables, los conquistadores tuvieron que repartir el territorio en fracciones enormes para utilizaras en criaderos de ganados, pues faltaba el peonaje humilde del Centro y del Sur para implantar cultivos agrícolas.” El estado de Durango cuenta con una superficie de 12 millones de hectáreas, pero la mitad de las son ocupadas por la cordillera de la Sierra Madre Occidental, de una geografía abrupta y fría. De la otra mitad sólo un millón era susceptible d cultivos agrícolas, al estar cruzada de espinazos montañosos y extenderse en la faja oriental las áridas estepas del Bolón de Mapimí, hasta llegar a los límites de Zacateas. La población colonial se concentró para cultivar sólo en las vegas de los escasos ríos que tienen caudal permanente, dividiendo sus terrones en parcelas relativamente pequeñas. Pero excluyendo estas fajas todo el demás terreno se repartió en territorios de tal magnitud que a principios del siglo XX treinta personas eran dueñas de más de tres millones de hectáreas, superficie semejante al estado completo de Puebla. Otros 360 propietarios poseían una extensión de 6 millones 390 mil hectáreas, equivalente al territorio ocupado por los estados de Guerrero y Michoacán juntos, Una sola hacienda, que fuera en la colonia feudo de los Condes del San Pedro del Álamo, contaba con 440 mil hectáreas, siendo un poco menor en extensión al estado de Morelos. Bajo la mole abrumadora de las haciendas sólo había 3 mil 267 pequeños propietarios, cuyo patrimonio apenas alcanzaba las 50 mil hectáreas, contándose en ellas las tierras de 92 pueblos, siendo viveros de peonaje par fincas cercanas. Existían además  los pequeños ranchos, apenas 434, que forma la clase media rural, con una superficie en conjunto de 220 mil hectáreas, que iban siendo comprados por los dueños de las haciendas cercanas. Una aristocracia de 600 familias, constituida por 390 latifundistas, industriales, comerciantes de grandes negocios, mineros afortunados y los altos políticos del Porfirismo, una oligarquía plutocrática apoyada en el ejército y el clero, formaba el grupo privilegiado sobre la pirámide de 480 mil personas, sosteniendo así la cúpula el absolutismo del latifundio, los fueros del capital y los privilegios de los amos. De los 483 mil habitantes del estado de  Durango en 1910, eran jornaleros 108 mil, que con sus familias sumarían 380 mil habitantes; 100 mil pobladores más eran humildes obreros, mineros, arrieros y artesanos; en las villas populosas y en la ciudades se contaba apenas con 24 mil profesionistas, empleados, comerciantes y rentistas, apenas el 5% de la población total.[1]




II
   La última frase narrativa de la extensa composición de Manuel Guillermo de Lourdes “La Lucha de Facciones” concluye con un homenaje a los revolucionarios regionales, representado así a las figuras de los valientes durangueños que descollaron por su valor durante la revuelta armada: Doroteo Arango Arámbula “Pancho Villa”, y a su mano izquierda luego de Rosalío Hernández se encuentran Domingo Arrieta y sus hermanos los empresarios Arturo, José, Jesús y Francisco, junto a Severino Ceniceros y Calixto Contreras, además de Tomás Urbina.



    Calixto Contreras Espinosa (1862-1916) nació en la comunidad indígena de San Pedro de Ocuila, municipio de Cuencamé, Durango. Fue campesino, minero y correo. Se reveló en el año de 1905 en contra del hacendado Laureano López Negrete, quien ayudado por las compañías deslindadoras tan caras al porfiriato decidió ampliar su hacienda de Sombreretillos, despojando de sus tierras a los pueblos indígenas de Santiago y San Pedro de Ocuila. Es apoyado por Severino Ceniceros, secretario del juzgado en Cuencamé, quien es enviado a la cárcel, mientras que Contreras es acusado de motín y sedición y lo entregan a la leva como castigo. Escapa y se encuentra con Francisco I. Madero en San Luis Potosí. Adelanta dos meses el estallido de la Revolución, la cual inaugura con un levantamiento el 16 de septiembre de 1910, contando con pocos seguidores, por lo que tiene que refugiarse en la serranía. El 20 de noviembre, ya mejor organizado, vuelve a la carga y toma la hacienda de Sombreretillos y, a continuación, el mineral de Velardeña, para luego incursionar sobre San Juan de Guadalupe, donde muere su hermano Antonio. Luego de tomar el mineral de Avino, en Indé, se une a las fuerzas de José Agustín Castro y Orestes Pereyra. Después del asesinato de Francisco I. Madero se levanta en armas junto con Francisco Villa  para participar como cabecilla en la División del Norte encabezando el Batallón “Benito Juárez” distinguiéndose en la lucha contra el orozquismo. Participa en la toma de Torreón, Gómez Palacio, Lerdo y Durango, donde son rechazados en una primera escaramuza por las fuerzas de “Cheche” Campos. Luego participa con méritos sobresalientes en la toma de Zacatecas y en la ocupación de Guadalajara, mandando acuñar la famosa moneda “Muera Victoriano Huerta”. Muere en una artera emboscada urdida por el carrancista  Fortunato Maycotte en la estación ferroviaria de “El Chorro”, entre Durango y Torreón, el 22 de junio de 1916, siendo enterrado por sus solados en la hacienda de “El Ojo”. Sus restos mortales descansan hoy en día en la Rotonda de los Hombres Ilustres de Durango.
   Severino Ceniceros Bocanegra (Cuencamé, 1880-Cd. de México 1937), oriundo de San Pedro de Alcántara del Rincón de Ocuila se distinguió por su sencillez, por su serenidad y por su honradez acrisolada, gozando por tales razones de la confianza de Francisco Villa. Estudio hasta tercero de primaria y fue juzgado local, emprendiendo un litigio contra Laureano López Negrete quien, junto con los hacendados de Fresnillo, Zacatecas, en complicidad con las autoridades federales, querían despojar a los indios de Ocuila de sus tierras para extenderse, matando a seis de sus jefes. Ceniceros defendió a los débiles del despojo en 1905 y se levantó en armas con otro jefe de ellos, Calixto Contreras, con quien combatió por lealtad al antirreleccionismo de 1910 a 1912. De 1913 a 1915 combatió en la División del Norte, primero combatiendo a Victoriano Huerta, pero pronto se pasó al lado de Francisco Villa, participando el 29 de septiembre de 1913 en la reunión celebrada en la Hacienda de la Loma, donde se unificaron los bandos al nombrar a Pancho Villa Jefe Supremo de la División, luego participa en la Convención de Aguascalientes. Con Calixto Contreras participó en la toma de Durango, Torreón y Zacatecas. Durante el gobierno del Ing. Pastor Rouaix fue el Comandante Militar en Durango y luego le sucedió como gobernador de la entidad en un interinato que duró del 28 de septiembre al 13 de octubre de 1914. Se retiró a la vida privada, pero volvió a la política siendo senador de Durango de 1930 a 1936, año en el que fue nombrado gobernador interino de Durango por haber sido desconocido de sus funciones Carlos Real, ocupando el cargo de enero a agosto, puesto al que renunció por enfermedad poco antes de morir.
   Por su parte el general Tomás Urbina Reyes (Las Nieves, Municipio de Villa de Ocampo, 1870-Las Nieves, Durango, 1915) fue un mestizo tarahumara que se dicaba a hacer ladrillos, formando parte distinguida posteriormente de Los Plateados de Villa. Desde 1903, a los 33 años de edad, conoce a Francisco Villa y se dedica con él al abigeato, haciendo sociedad con Eleuterio Soto y Sabas Baca. Se adelantó a tomar las  armas por la causa maderista operando entre Durango y Chihuahua. En 1912 retomó las armas para pelear contra el movimiento orozquista, integrándose con 400 a las filas irregulares de Francisco Villa, uniéndose después a las fuerzas federales de la División del Norte comandadas por Victoriano Huerta. . En 1913 se levantó en armas contra el usurpador Huerta y en defensa del constitucionalismo y en el mando supremo de las tropas tomó la ciudad de Durango el 18 de junio de ese mismo año, saqueando la Catedral y tomando las reservas de los bancos y de las casas comerciales, nombrando a Pastor Rouaix gobernador y a Domingo Arrieta jefe de armas. Tomó Gómez Palacio y Lerdo y fue derrotado en Torreón. Se unió a Francisco Villa en y participó en la toma de Mapimí y de Torreón. Asistió a la Convención de Aguascalientes y apoyó a Villa en su ruptura con Carranza integrándose al ejército de la Convención. Fue nombrado jefe de operaciones en Tampico, pero sufrió derrota en la batalla de El Ébano, retirándose a su pueblo natal. Francisco Villa permitió que Rodolfo Fierro lo asesinara por causa de traición en Las Nieves, a mediados de 1915.
   El papel del revolucionario Domingo Arrieta León (Canelas, Durango 1874-Durango, Dgo., 1962) ha resultado al cabo del tiempo, cuando menos, ambiguo. Fue minero y arriero de pequeño. Se levantó junto con sus hermanos en 1910, lanzándose a la lucha el 20 de noviembre. Junto con los grupos rebeldes de su localidad, comandados por Conrrado Antuna y Ramón Iturbe,  tomaron Santiago Papasquiaro, tomando la ciudad de Durango en mayo al celebrarse los Tratados de Ciudad Juárez. Se le encargó guarecer la ciudad n de Durango con su Brigada “Guadalupe Victoria”. En 1913 se levantó en armas contra Victoriano Huerta adhiriéndose al Plan de Guadalupe, dirigiendo las operaciones con Calixto Contreras, Orestes Pereyra y su hermano Mariano, tomando la ciudad con ayuda de Tomás Urbina el 18 de junio de 1913, cuando el gobierno provisional nombro como gobernador a Pastor Rioaux, pactando muy pronto con Venustiano Carranza, en agosto de ese mismo año, siendo nombrado Comandante Militar en el estado, participando en la toma de Culiacán. Rompe con Villa abril de 1914 al no apoyarlo en la batalla de Torreón, decidiéndose definitivamente por el bando de Carranza en septiembre, desconociendo a Francisco Villa como Jefe de la División del Norte y emprendiendo una activa campaña contra el villismo, desalojándolos por completo del estado de Durango. A pesar de ser completamente analfabeta, en agosto de 1917 fue designado gobernador de Durango, cargó que desempeñó hasta mayo de 1920, adelantándose al reparto de tierra propuesto por la reforma agraria mediante las leyes que había expedido desde 1914, oponiéndose a sí mismo a las tiendas de raya. Desconoció el gobierno de Adolfo de la Huerta y se levantó en armas, siendo amnistiado por Álvaro Obregón. Murió en la Ciudad de Durango el 18 de noviembre de 1962 a los 88 años de edad, después de haber sido senador de la República de 1936 a 1939. En noviembre de 1958 se devela un monumento en su honor en el atrio de la iglesia de San Agustín, un busto debido a la mano de Benigno Montoya, y en 1979 otro monumento a los hermanos Arrieta en la calle Dolores del Rio cerca de 5 de Febrero y Nazas –los cuales serían retirados por el gobernador Ismael Hernández Deras en el año de 2008, desapareciendo el primero. Hay que agregar que el Museo Domingo Arrieta, que se encontraba en las instalaciones del ICED (hoy en día Centro Cultural de Convenciones Bicentenario), fue desmontado en su totalidad en el año de 2010 para dar paso a la decoración del Museo Francisco Villa.
   El mural, pintado apenas una década después de la muerte del centauro del norte, incluye a algunos otros generales villistas, destacándose en la composición muy especialmente la figura de “El Bizco”, general Eugenio Aguirre Benavidez. El aguerrido General José Aguirre Benavidez (1884-1915), de Parras de la Fuente, Coahuila, militó en el Antirreleccionismo y luego en la División del Norte junto con sus hermanos Adrián y Luis. Luchó con las fuerzas maderistas contra la sublevación de Pascual Orozco y en 1913 contra la usurpación de la presidencia por Victorino Huerta. En la hacienda de la Loma de Chihuahua fue uno de los jefes revolucionarios que designaron a Francisco Villa general en jefe de todas las fuerzas revolucionarias en septiembre de ese mismo año. Fue comandante de la Brigada Zaragoza participando con honores en la toma de Zacatecas y antes en la de Tlahualilo, Sacramento y Torreón, donde combatió al lado de Maclovio Herrera y José Isabel Robles. Ante la escisión revolucionaria urdida por Venustiano Carranza permanecieron fiel a Francisco Villa y fue delegado en la Convención de Aguascalientes votando por el retiro del Varón de Cuatro Ciénegas como primer jefe revolucionario, conferenciando con él. Durante el gobierno de Eulalio Gutiérrez Ortiz ocupó el cargo de Secretario de Guerra y Marina a quien acompaño en su peregrinación al norte. Participó en la famosa batalla de “El Ébano” y fue hecho prisionero a mediados de 1915 y fusilado en Los Aldamas, Nuevo León, por las fuerzas carrancistas de Teódulo Ramírez a los 32 años de edad.
 Arriba puede apreciarse también la imagen del general Rosalío Hernández, jefe de la brigada Leales de Camargo, quien siendo derrotado en Nuevo Laredo se pasó a las fuerzas del carrancismo en 1916 y murió fusilado en 1929. Debajo de Villa puede apreciarse la efigie de Severino Ceniceros, de Orestes Pereyra y de Felipe Ángeles. 
   Entre los muchos militares que pertenecieron al villismo destacaron los generales Toribio Ortega, jefe de la brigada González Ortega, Tomás Urbina, Maclovio Herrera, jefe de la brigada Benito Juárez, Martiniano Servin, José Rodríguez, jefe de la brigada Villa, Rodolfo Fierro, Trinidad Rodríguez, Manuel Chao, jefe de la brigada Chao, Manuel Madero, quien fuera gobernador de Coahuila y Nuevo León, Juan N. Medina, presidente municipal de Ciudad Juárez y de Torreón, Manuel Mendinabeytia, Pedro T. Bracamonte, el del famoso corrido “Siete Leguas”, Nicolás Fernández, Pablo López y Martin López, quienes descollaron en la batalla de Columbus, Felipe Ángeles, Manuel Chao, José Isabel Robles, jefe de la brigada Robles, Severino Ceniceros, senador y gobernador de Durango quien murió en 1937, Orestes Pereyra y Calixto Contreras, jefe de la brigada Juárez de Durango.





[1] Patror Rouaix, Matías Pazuengo y Ignacio Morelos Zaragoza, Compilación de la Revolución en Durango. Ed. UJED. 208. Durango. Dgo. Págs. 230 a 235.









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