martes, 25 de febrero de 2014

X.- El Camino del Centro Por Alberto Espinosa Orozco


X.- El Camino del Centro
Germán Valles Fernández: la Fascinación y los Fantasmas
Por Alberto Espinosa Orozco 
10a de 12 Partes



   El camino de la metafísica no es otro que el guiado por la certeza de la autonomía absoluta del alma humana –para lo cual hay que poner toda la atención en la verdadera libertad del espíritu. El desastre, el sufrimiento, el drama de la condición humana estriba en el olvido de que su alma es libre –pero el hombre no se da cuenta, por descuido,  por ignorancia, por una absurda amnesia que lo hace desconocer el valor y la situación real de de su alma, apresada entre las redes del barro y del olvido. Cuando se está en un estado de conciencia o de apertura, sin embargo, se revela prístinamente esa verdad: que el alma es libre, y que es el centro  de la propia persona. La tarea de la mística, pero también del arte verdadero, es mostrarnos, es hacernos descubrir a nosotros mismos quien somos,  a través de concentración, de la contemplación o de la belleza; es hacernos descubrir el centro del hombre.
   Empero, la condena de la condición humana es no acordarse de esa verdad fundamental, es ignorar el propio centro, es no reconocer la propia alma –no me refiero al alma entendida en un sentido moderno, como la psique o la vida meramente psico-mental (a la manera de una sutil manifestación de la materia reductible a su vez a la mera sensibilidad), sino a lo que en realidad es: una entidad ontológica relaciona con el espíritu y, por consecuencia, autónoma respecto a todo lo demás. De ahí la capacidad que hay en todo hombre de acordarse de la verdad, de recocer su propia alma (puesta de manifiesto tanto en la técnica socrática de la mayéutica, como en los ejercicios de respiración en el taoísmo). Porque la verdad reside en el hombre, forma parte integral, central, de su ser, al ser esencial a su naturaleza. El centro del hombre es su alma, ligada a su vez esencialmente a la realidad absoluta del espíritu. Es por ello que todos los caminos de la sabiduría confluyen en una misma fuente: ser caminos de la libertad, que al llegar al centro del propio ser pueden desarrollar la conciencia y la cultivar esencia, pudiéndose relacionar así con el todo (que es lo sagrado, la realidad originaria).



   Si para la religión y la vida religiosa el acto central es salir de una zona profana para entrar a una zona sagrada, salir del devenir, de lo transitorio, de lo temporal, de la historia, para entrar en un templo, en un altar (centro del mundo); para la mística de la luz como para la metafísica, pero también para el arte, el acto fundamental es reconocer que el hombre tiene en su cuerpo un templo vivo, y en el centro del templo un alma, un altar – recordando así que nuestra propia alma no nos pertenece, sino que somos más bien nosotros los que le pertenecemos, por ser un lugar en el que entramos, que es también sagrado. El hombre tiene que reconocer lo sagrado fuera de sí, que es lo opuesto a lo profano, al devenir (non esse); pero simultáneamente tiene que descubrir y reconocer lo sagrado dentro de sí mismo: su alma, ligada esencialmente a un principio que nos precede y nos trasciende, al que podemos todavía volver a pertenecer, con el que podemos reconciliarnos para ser acogidos, que es donde radica el espíritu y la realidad absoluta (esse).
   La solidaridad en el error, en la confusión, la adopción de místicas inferiores se debe  a esa incapacidad del hombre de recordar la verdad, a la ceguera de que tal verdad forma parte del mismo centro espiritual de la persona. El camino de la libertad, por lo contrario, no puede estar sino en llegar al centro del propio ser –aunque el precio para ello sea salir del devenir, alejarse de la historia y del mundo, comprendiendo que no todo lo que sucede en la historia es significativo, que lo que se consuma es casi siempre amorfo, irracional o debido al azar, adquiriendo la conciencia de que la historia no implica el progreso, desolidarizándose por consecuencia de los eventos y despreciando en cierto modo al mundo, para poder concentrarse en las significaciones morales y en los símbolos de nuestro tiempo, forjando de tal modo un criterio seguro de contemplación  -para poder buscar así también el templo de Dios, el Espíritu de Dios que mora en nosotros y que es santo -mientras que las obras de cada cual serán probadas a su tiempo por el fuego, y por el fuego será destruido por Dios quien viole su templo,  cuando llegue el tiempo de que Él saque a la luz las obras ocultas por las tinieblas (I Co: 3: 15 a17).
   Porque ante la corrupción de los cuerpos roídos por la decadencia y la decrepitud, erosionados por la degeneración y la inflamación, ante la vitalidad misma del universo y la organización original de la creación primera que degeneran con el tiempo (entropía), no queda sino asirse al espíritu original primero, que es lo infinito, de donde procede la misma producción del universo, para vivir así de forma trascendente y ver la esencia (el rostro original), poniendo en orden al gobierno interno del alma superior y controlando las fuerzas violentas del alma inferior de lo oscuro. Recordar ese misterio es también la entrada que nos permite recorrer la vieja senda, el camino que lleva al centro de la persona, liberándonos con ello de la bestia y del demonio que hostilizan desde fuera, pero que también nos habitan desde dentro. Tarea de quemar la escoria, pues, para recuperar la sed del agua viva, la sed de comunión, de salud, la sed orgánica de contemplación y de participación en el todo, en el cosmos como un orden jerárquicamente armonizado, por medio del amor a la vida y al prójimo;   para reconciliarnos también con Dios, y ser otra vez familiares suyos y hermanos de sus hijos. Así, la visión a que nos conducen las pinturas del artista Germán Valles Fernández no es otra que a la de la historia, el devenir y la sabiduría misma del mundo como pertenecientes al non esse, opuesto a la realidad absoluta del esse -pues lo sagrado está fuera de la historia como principio ontológico y no es creado por el hombre, sino que le precede y lo trasciende.
   La obra del maestro Germán Valles nos enfrenta desde el primer momento con almas que son desgraciadas, poseídas por el vicio o por la enfermedad, pues la desgracia está  asociada a nuestras acciones, a nuestros pecados. Porque aunque el pecado está premiado y aún es prestigioso, el que peca profana una cosa sagrada y así al exilarse del todo y asociarse con la nada escoge el castigo –no porque el pecado sea penado, sino porque quien lo escoge está simultáneamente escogiendo el castigo, porque el pecado es especialmente, en sí mismo, castigo. Despreciar la luz, la serenidad, la paz, el amor, como hacemos hoy en día de manera prácticamente inconsciente, tiene como su fondo la adoración de ídolo: el conflicto y el mal, que llevan inevitablemente a la desgracia, a ser desgraciado, a ser abandonados de la gracia, soltados de la mano de Dios. Así, por contraste, su obra clama todo el tiempo, de una forma a la vez serena y luminosa, sin desesperación, por lo contrario: por la recuperación de la gracia, por la restauración de  un centro más estable de la persona que le devuelva la salud, el equilibrio. Porque a diferencia de la desgracia, que nos tiene como su presa, el hombre puede elegir libremente por la gracia, que no se posee ni nos posee, sino que es un lugar al que se entra, en el que se está: y que al entrar en él se revela como un lugar sagrado, que no puede pertenecernos, sino al que más bien sólo podemos pertenecer cuando nos abrimos y nos abandonamos, que es también un confiar y un depender, es decir una fe (con-fidnes). Porque el alma es también un lugar prometido y a la vez sagrado que nos insta a coincidir con ella, para recuperarnos a nosotros  mismos, para que así encarne en la vida, aunque  sin poder nunca identificarse o definirse por ella. Porque el alma es como un templum, algo sagrado a donde entramos para revelar en su firmeza lo mejor de nosotros mismos.
   En el plano teológico el don del libre albedrío se relaciona directamente con la gracia divina: Dios elige a los suyos, para darles la vida, la salvación y la eternidad, teniendo sobre los seres humanos poder de decisión desde toda la eternidad. Sin embargo, al don del libre albedrío en el hombre corresponde la gracia cuando se ha optado por el bien. Porque el hombre, en efecto, puede escoger libremente la suerte que desea para su alma, al decidir  entre dos opciones: la vida eterna o la muerte. Lo sorprendente, en efecto, no es tanto la voluntad divina de escoger a los suyos, ni la libertad del hombre, en los estrechos límites de la condición humana; lo sorprendente es que pudiendo escoger la vida eterna algunos escojan más bien la nada, la muerte, la condenación –ya sean los empecinados contumaces o los engañados por el mundo.





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