lunes, 17 de febrero de 2014

VII.- Germán Valles Fernández: La Magia Negra Por Alberto Espinosa Orozco

Germán Valles Fernández: la Fascinación y los Fantasmas
VII.- La Magia Negra
Por Alberto Espinosa Orozco 
7a de 12 Partes



   Acaso lo más trágico de la condición humana es su regreso a las formas inferiores de la mística, que lo impulsan irresistiblemente a perderse en un absoluto de esencia tóxica: en el libertinaje sexual, en la orgía, en el alcohol, en el opio, en la cocaína o en la histeria colectiva. Porque el instinto a entregarse, a perderse, es tan poderoso como el instinto de conservación, de persistir en el propio ser, al instinto de salvación, que es parte del orden natural de las cosas, donde se encuentra el sentido central de la existencia, donde se forja un destino a la espera de un agua de vida que sacie nuestra común sed de redención. Paralelamente a él malamente convive, empero, el instinto de salir de sí, de fugarse a toda costa, donde encontrar ese medio por el cual el rito ayude al sujeto a olvidarse en un absoluto inmanente, que se agota en sí mismo. Nada mejor para ello que el “arte de la decadencia”, que las realidades demetéricas a que conducen las místicas inferiores, que la magia oscura, que la magia negra de los rituales orgiásticos.
   Porque en la orgía se da propiamente es el acto demoniaco de la descomposición de las formas, de la dislocación de las fronteras, el abuso de las comparaciones, las sustituciones y de la auto anulación. Más allá de tratarse de la mera sexualidad violenta y sangrante, lo que hay en juego en la orgía es la violación de las normas y de los principios, el sobrepaso de la propia personalidad, la desmesura fáustica, o el aglomeración de la multitud para dar paso a la anulación de la identidad. El “gesto” del cambio de la identidad, frecuente en la orgía, donde una mujer pertenece a todos, donde abundan los adulterios, donde cada cual toma el lugar de otro para reemplazarlo o torcer su identidad, no resulta así diferenciable de otras herejías, a la vez que consagra esa tendencia social a lo numérico exclusivo, que reduce al individuo a un mínimo común denominador y que por tanto pugna por suprimir la unicidad, la individualidad, la personalidad. Porque el mundo de la magia oscura no es el mundo de los ritmos cósmicos y las correspondencias; sino de las dislocaciones del sentido y el frenesí de los sentidos, en lucha abierta contra lo concreto; hasta llegar al acto demoniaco de la descomposición o de la auto-anulación, de la humillación, el servilismo y sometimiento psico-biológico. Se trata en el fondo de un rito, de una lucha cuerpo a cuerpo contra las normas, donde hay una efectiva trasgresión de la ley, pero que fácilmente degenera a su vez en mera representación monótona, mecánica, de los movimientos corporales y de idénticos tropismos psíquicos, que nada dicen, por lo que resulta mudos o emergidos del coque con el puro accidente, o ya presos en las formas muertas o vacías de la inacción, del desmayo o de la parálisis. En efecto, el argumento de lo orgiástico, que es su secreto, no consiste tanto el las transgresiones o vejaciones sexuales que comete, sino en su cascada de de comparaciones y transfiguraciones, que dan lugar a la maceración de la carne y a los automatismos, fragmentaciones, licuefacciones, vaporizaciones psicológicas y a la dislocación de los objetos, dando lugar en la tentación de la sustitución o de la posesión a la abierta incitación al pecado ya no digamos de la fornicación, sino incluso de la blasfemia y finalmente de la apostasía –donde encuentra su consumación la rebeldía de los ángeles caídos,  a quienes, en efecto, Dios no perdonó.



   Por un lado, lo que la magia hace creer al hombre es que  puede hacer su mundo mientras hace su pensamiento, penando como el idealismo lo hace que todo está dado desde el interior, sugiriendo entonces al hombre que puede, al controlar la circulación de las energías espirituales, domar o controlar el mundo de lo invisible, que puede adquirir una fuerza sobrenatural para hacer o ser cualquier cosa –y cuya expresión degradada  se encuentra bajo la máscara de la autenticidad, presente en el hombre que descubre por experiencia que si bien no puede hacer o deshacer el mundo según su voluntad, puede al menos resignarse con vivir lo más auténticamente posible una parte de ese mundo, siendo llanamente tal cual es. Mundo efectivamente poblado por hombres de ojos ciegos, que no saben a donde van  -porque no creyeron en la luz, ni la entienden, ni los salva (por más que haya venido la luz en carne viva a salvar al mundo de sus tinieblas), porque pertenecen ya al mundo tenebroso poseído por la energía opaca de la demente indiferencia, de la vida plana y sin relieves, donde el tiempo estancado y paralítico irremediablemente se va a pique –por ser el tiempo evasivo de lo que se dice en secreto, de lo que se hace en la sombra, el tiempo mejor olvidable y por tanto indigno de memoria.
    Por el otro, hay que notar que la fuerza negativa de la magia negra, asociada a las sociedades cerradas cohesionadas por el secreto, es terrible, pues llega a amenazar a toda una comunidad. En la esfera de la vida profana la magia sustituye la confesión pública oral, donde se purifican los asuntos de este mundo, llevando a cabo una trasmutación completa de los valores al tratar lo sagrado de una manera profana y dar a lo profano un valor sagrado. Tal cambio de valores equivale a un sacrilegio que afecta también la ontología, perturbando la unidad de la armonía cósmica –pues el universo es solidario del hombre y el desorden de los ritmos cósmicos no puede sino expresarse en la sequías, en las inundaciones, en la escases. El hombre moderno desquicia así también a la naturaleza, al invertir los valores tradicionales (tradición de la ruptura), donde los grandes secretos son religiosos o metafísicos, confiriendo la secrecía a la vida profana, donde los eventos episódicos quedan cuidadosamente ocultados y se vuelve un sacrilegio la confesión de un adulterio. Así, el auge de lo nuevo (la tradición de la ruptura) arroja sobre las verdades tradicionales un manto de desdén, enterrando su cristalina fuente por el simún de la arenas,  porque las viejas verdades se olvidan pronto; mientras tanto crecen los errores y se multiplican por todas partes, adaptándose como los virus a las nuevas circunstancias, reapareciendo siempre bajo nuevas formas, más atractivas, más fascinantes, más modernizadas. Así, bajo el implacable imperio de la moda, de la novedad, del cambio, puede resurgir de vez en vez lo más arcaico, el antiguo camino; pero también resurgen las supersticiones las y las herejías bajo el signo de la novedad. Maldición del hombre moderno, condenado a caer, a resbalar siempre hacia más abajo, para saciar su sed existencial del extravío de las esencias, de experimentar en cabeza propia las nudas existencias, para finalmente perderse del todo bajo las formas de las místicas inferiores.
  Así, el artista que es Valles Fernández nos lleva al interior de los pasajes luzbelicos de las tinieblas, donde se da la aparición y desaparición de los objetos llamados o expresados por otra cosa, donde cruzamos el espantoso río de los cuerpos en que todo se pierde entre las evocaciones, las alegorías y las metáforas en una libertad alucinante que cae al infinito cuando se ofrece a las cosas rebasarse a sí mismos y salir de sus fronteras, corriendo por todos lados en busca de un signo o de un significado que los exprese, pero que al ser meros disfraces de las correspondencias mágicas quedan varados en la oscura libertad de sus imágenes no creativas, sin sorpresa ni originalidad. Paseo dantesco, pues, por los reinos luzbélicos de la desolación, cuyo combate contra Dios no consiste en luchar contra Él abiertamente, sino en esencia en imitar vulgarmente su creación. Son por ello  estigmas que tipifican al luciferismo la sustitución, la imitación y la fachada. También la tentación de emprender contra la religión para inmediatamente hacerse una inferior (místicas inferiores). Perversión, pues, de la sed natural de redención, que lleva al individuo que no cree en la religión ni en las realidades trascendentes, no a librarlo de esa sed, sino a vulgarizarla, para ser entonces presa de las metafísicas inferiores, haciendo entonces que su sacrificio se cifra entonces en el poder que tiene el hombre de aniquilarse como ser separado y afligido, aceptando un absoluto tóxico que lo lleva a la nada, llena de infinito… vacío, para perderse así en la orgía, en la fornicación, en el alcoholismo o en el opio, tomados como tristes sustitutos del orden magnífico, donde se vuelven vulgarmente incapaces de distinguir la experiencia del non esse, de la fuerza del vacío absoluto, del ese, de la realidad absoluta.



   Se trata así de dos tentaciones luzbélicas, diabólicas, paralelas: por un lado la tendencia de la sensualidad, de la acidia, de la negación de la vida hacia atrás, que en el desmayo niega la vida al sumirse en ella, cayendo en las aguas estancadas de lo indeterminado (apeiron), destejiendo de tal modo el tejido de la creación. Tendencia regresiva de la degradación materialista, degeneradora, disgregadora, que hay en todo lo vivo, en todo lo organizado, de volver al estado en bruto, en reposo, de la materia muerta, para caer en el caldo de las aguas que fluyen hacia debajo de la descomposición –escapando de la vida, de la norma, de la ley, de la luz, para sumirse en el fango vital, para hundirse en el devenir, en una retrogradación que, al dejar vacante al logos a favor de la existencia, participa de los niveles ínfimos de la creación  -yéndose finalmente a fondo, a pique, para morir. Por el otro, la tendencia complementaria de negar la vida hacia adelante, de borrar totalmente la creación al salir totalmente de la vida, escapando fantásticamente, soberbiamente de ella, por medio de la fantasía, de la ficción, del auto-endiosamiento de la soberbia, que es propiamente el pecado imaginario del espíritu desencarnado. Fuerzas oscuras que corroen el cuerpo vivo de la humanidad; que bajo la bandera colorida del fervor de los sentidos o de las abstracciones del espíritu se olvida de lo inmediato de lo próximo, de lo concreto. 
   El pintor nos presenta así una serie orgánica de imágenes del reino de Pandemonium, dominado por la figura femenina de la Afrodita Terrestre o Pandemica, del eros femenino concupiscente -que causó la caída del hombre. Reino de Pandora también, que teniendo todos los dones y siendo la creadora, al abrir imprudentemente su cofre dejó escapar el vicio, la enfermedad y la vejes para atormentar de tal modo a los mortales y hacerlos desgraciados. Porque al contrario de la gracia que viene de arriba, que es como por añadidura, que desciende, que es un lugar donde se entra o donde se está, cada quien se busca su propia desgracia, pues se es desgraciado –es decir, arrojado al mundo de la imperfección, de lo sujeto a corrupción, de la profano, sin lugar sagrado en que refugiarse, siendo por ello víctimas del vicio, de la enfermedad, de la pérdida de energía, que literalmente nos poseen.  Retrato pues del sufrimiento del alma inferior, del alma egoísta, inferior, tensa y opaca del hedonismo -que por buscar ante todo la propia satisfacción desequilibra la naturaleza humana en la hybris fáustica, que es la desmesura, siendo a la postre conducida también al reino de lo grotesco, de la iniquidad o de la impiedad (“Las Tres Gracias”).
   Porque placer y dolor están unidos por la raíz como una muela, pues son como dos hermanos gemelos, siendo que entre más aumenta el placer de los sentidos más es la insaciabilidad, la sed de gozo, el tormento de no alcanzar nunca la satisfacción entrevista, y por tanto mayor también el dolor psíquico a padecer. Así, los placeres perjudiciales de las adicciones, de los excesos del vientre se revelan en el fondo como una  la lucha contra las normas, donde sobreviene la confusión del paso del esse al non esse o del ser a la nada. –en un salto mortal donde en el lugar de la eternidad se abre más bien el abismo.  
   El espíritu sereno, pero exigente y nada conformista de Valles Fernández explora de tal forma las zonas oscuras de la existencia, ilustrándola por  la mística de las tinieblas, en toda la gama de sus fenómenos más radicales, de humillación, de posesión y de inconsciencia, para encontrar si no las normas que lo rigen, al menos si los ritmos de la vida subterránea y de la noche prenatal. Realidad puesta de espaldas, es verdad, puesta patas para arriba, que efectivamente da idea de un mundo de cabeza, al que corresponde prácticamente una efectiva inversión de los valores, donde la oscuridad no se presenta sólo como una mera ausencia de luz, sino como una entidad, emparentada con la Madre Noche custodiada por demonios, que igual es el seductor que el veneno de Dios. Confrontación, pues, con esos niveles de la condición humana, cuyo valor estriba en descubrir lo que para el hombre significan esas nuevas zonas demetéricas de la existencia humana de aparente confusión, que más allá del caos o de la neurosis, preparan desde fondo el limo, el humus de la regeneración y de un nuevo nacimiento.







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