domingo, 16 de febrero de 2014

VI.- Germán Valles Fernández: La Orgía: la Realidad Demetérica Por Alberto Espinosa Orozco


Germán Valles Fernández: la Fascinación y los Fantasmas
VI.- La Orgía: la Realidad Demetérica
Por Alberto Espinosa Orozco  
6a de 12 Partes




   La vitalidad y la energía decaen y degeneran junto con el universo (principio de entropía). Las cosas envejecen, los valores se olvidan, las tradiciones se pierden, la verdad deja de cultivarse y por lo tanto se oculta. En el mundo del cuerpo hay también una continua pérdida de espíritu y de conciencia, expresada en la conformidad con la vida, en la compulsión de la rutina, en buscar o perseguir objetos, en no mirar nunca hacia atrás, en no reflexionar ni observar nunca la mente. Sin embargo, cuando a las personas echadas a andar para adelante se les acaba la energía positiva y desaparece del todo, entran entonces en el mundo inferior,  embarcándose en los bajos caminos donde reina la sensación sin pensamiento que deseca al cuerpo, pues cuando el espíritu se ha agotado completamente el cuerpo no es más que un árbol desnudo o que cenizas muertas.
   El tema de Germán Valles Fernández es así el de la ficción, el de la irrealidad del mal. Porque el tema de lo fantástico en su registro expresionista, crítico, no es otro que el de los caminos del extravío -donde se han roto con desdén los lazos con la energía original, que da vida a los valores espirituales y a la moral.  Su experiencia estética es por ello frecuentemente la de lo circense o… la de lo siniestro donde emergen los decorados artificiosos y grotescos, la de los suburbios surrealistas y la de los laberintos de la conciencia, poblado por callejones sin salida o por círculos que se van cerrando, donde las formas se infectan de ambigüedad, al trastocar sus propios límites, vaciándose así progresivamente de contenido, para acabar siendo no más que la resistencia pura y no diferenciada de la materia en bruto derrumbada, erosionada y corroída por la corrupción. La irrealidad de lo caótico se presente entonces como indistinguible de la mera ilusión, en un juego de sombras que resiste a la iluminación, al no poder participar de lo dador de significación (que es lo creativo), ni mucho menos de la plenitud del sentido (que es el Misterio).



   Sí algunas de las obras de Germán Valles son fuertemente expresivas de la decadencia moral y aun física de los cuerpos, es cierto que algunas de ellas se subsumen también bajo la categoría estética de lo grotesco –por explorar las bóvedas más profundas y subterráneas del inconsciente, revelando de tal modo aquello que se encuentra oculto bajo la personalidad corriente en términos de afeites voluptuosos, de adornos caprichosos, pero también del gesto tosco o meramente imitativo, de la mueca, done las flores del mal conviven alegremente con el facundo que ostenta como un clavel  el gargajo embadurnado en la solapa -terminado sus sujetos por ser extravagantes y por tanto ridículos. Mundo inmediatamente a los pesados telones pórfidos y melíficos donde pulula lo grotesco e incluso lo invertido y donde el casos agresivo invita inevitablemente a la parodia de la objetividad, caracterizada por ser una imitación burlona de la realidad carente en absoluto de libertad. Reaparece así el motivo generacional recurrente de las personalidades indefinidas o inestables, cuyas figuras ejemplares son el payaso y el arlequín de la comedia del arte,  resueltos en términos del carnaval de los sentidos. Orbe en el cual los personajes pululan sin ideas, sin principios ni carácter, llevando la cara pintada o embadurnada de afeites femeninos, a la manera de una chirriante mascarada (James Ensor). Sus cuadros son entonces espejos de situaciones conflictivas irresueltas, que por lo tanto vuelven imposible la personificación del individuo ligado a la confusión de los deseos, quien tiende se cansa de tender pesados puentes en el aire que no salvan obstáculo alguno, al no saber distinguir lo que es mero proyecto de lo propiamente posible, sin tampoco poder poner en foco sus apetitos egoístas, los que lo van arrastrando a una misma miseria común. Rostros en cierto sentido enmascarados, sujetos a la presión y aún a la posesión por otras fuerzas, que en gesticulaciones de alegría pasan, como sin notarlo, de la comedia al corazón insípido del drama.



   Llaman la atención, tanto por la conformidad entre la visión y la realización material, como por la perfección de su expresión emocional, los cuadros “Las Vírgenes”, “Carne de Cañón”, “Magdalena”  e “Inspiración”,  pero sobre todo el extraordinario lienzo de intención mural titulado “Las Bellas Artes”, donde se resume y condensa toda una idea de los extremos en que puede caer la desorganización social: imagen prístina, pues, de la decadencia moral que, por más que se quisiera eleve a forma de vida, no constituye de hecho sino la misma prueba existencial que corona grotescamente al inmanentismo moderno, roído desde dentro por un oscuro y ofensivo paganismo (secularización desviada). Así, puede decirse que el tema del artista es el de la fascinación del mal: el de su hechizo no menos que el de su monotonía y parálisis.
   Aparecen así, por un lado, la particularidad y el subjetivismo extremo del mal, su falta de universalidad, su capricho; por el otro, el ritmo que le imprime a la escena su anomia moral, su patética lucha contra las normas eternas, contra la ley que nos hace hombres, en un inútil y estéril esfuerzo por hacer que nos pertenezca aquello por lo cual pertenecernos. Así, la gruta del desencanto se abre como un espacio que en conjunto se cierra, envolventemente, al participar del mundo de las sombras,  llamando a una serie de lugares comunes asociados, imantándolos, atrayéndolos, pues lo semejante imanta a lo que es a su  lo semejanza. Estancias donde la media luz comulga malamente con la bajeza. Escenarios de gruta donde los pesados cortinajes pórfidos y meláfidos crean una atmósfera insalubre y densa: Jardín de Epicuro situado en medio del valle de las tinieblas convertido en la casa del llanto donde se albergan las aberraciones del comportamiento social para exaltar la realidad del cuerpo. Porque el cuerpo, si bien se mira, es el órgano de socialización por excelencia, es la instancia que nos relaciona inmediatamente con los otros, sacándonos de nuestro encierro solipsista, de nuestra ipseidad monadológica, para comunicarnos, e incluso para fundir el cuerpo a otro(s), por medio de la identificación psicológica, bajo el clima propicio de las altas temperaturas provocadas por la fruición y por la frotación de la carne –hiperestecia encendida a su vez por  la influencia del alcohol o los enervantes.



   Abandono del espíritu a favor de las pulsiones imperantes de los instintos que desemboca en la sensualidad réproba de la libertad descendente: en la degeneración y decadencia que inmediatamente es imantada por la negatividad de la nada muerta o por el vacío de lo indefinido (“Atrapados”, “Carne de Cañón”).  Porque de lo que trata el artista Valles Fernández es entonces del alma sórdida, baja, emergida de las tinieblas de la noche, carcomida por las metáforas delirantes y la concatenación de similitudes; es el alma enviciada, brutalizada, en donde cada uno ha caído en la trampa de hacer de su vientre una trampa, hasta terminar por tocar ese extraño extremo de lo humano que es la enajenación en la mera existencia, donde el hombre degenera en ser de naturaleza dada, que es el “ser arrojado ahí”, que es el ser para la muerte (Dasein).  



   Visión de lo que en la orgía hay de baile siniestro, pues, tras cuyos grotescos cortinajes se oculta la amenaza de la trasformación de los símbolos y sus sentimientos asociados en meras sensaciones cada vez más primitas, más primarias y táctiles, hasta quedar reducidas  a meros síntomas de la corporalidad, fijados en los fluidos y las sensaciones y secreciones internas, que pasan por las partes más blandas y dolorosas del cuerpo, y que al pasar por las entrañas alcanzan el ambiguo estatuto de “sentimientos entrañables”, que no son otra cosa que los laboratorios del deseo mezclándose con el inconsciente. La orgía se revela entonces como el otro costado de la libertad moderna, puramente contractual, como ese derecho de paso que ha dado como producto una serie de hombres frustrados: de autómatas, de facundos e irresponsables. Costado otro, pues, que termina por apresar a los hombres en el reino de las formas y el deseo, hasta hacerlos  caer en el mundo del conformismo o de las sombras, estableciéndose en la nada muerta, en el vacío de lo indefinido o en la indiferencia, donde se apagan los sentimientos, perdiéndose en ilusiones mentales o psicológicas, en los caprichos de los deseos o en las zonas oscuras del inconsciente, en una clara involución que marcha contra el mundo de la energía creativa y de la conciencia.



  Porque en los rituales orgiásticos, la sensualidad violenta lucha contra las leyes y las normas, dándose al abismamiento para  aniquilar en la multitud el sobrepeso, la gravedad espiritual y también la carga de lo personal. Porque la orgía, por más que sea considerada como “biológicamente” necesaria para la vida colectiva, por más que aparezca siempre aparecen entre los periodos del trabajo ciego, de esfuerzo continuo e ininterrumpido, como una cadencia que dirige al hombre en la vida colectiva. Lo que en realidad pide al hombre es devolverlo  al estado larvario, que entonces lo solidariza a los niveles más bajos de la creación. La orgía representa así un estado patológico que daña el tejido social, ya muerto y sin vida, simbolizado ya por esa aglomeración desdeñosa y a la vez devorada por las pulsiones que son las larvas, ya cayendo por el curso de las agua descendentes, que se deslizan hacia los lagos del infierno, no participando propiamente del contenido de la vida al no reconocer ya ni forma ni memoria. En efecto, la humillación, la anulación de la identidad, el asumir otra personalidad para fingir ser algún otro u otra cosa en el delirio analógico, no puede sino crear el rio revuelto, espantoso, de las evocaciones y las sustituciones. Libertad alarmante que al intentar salir de si, de las fronteras propias, que al desbocarse para fugarse,  queda finalmente encallada a otros cuerpos, que son llevados por el espantoso rio del tiempo para disolver moralmente al individuo –con todo lo que ello conlleva también de acto de disolución social. Escapada fantástica, pues, que, empero, con sacar al hombre fuera de sí mismo termina en su correlato: el la adaptación del individuo a la mecánica social, confinado en su interioridad culpable y a la vez en actitud de conformismo con la vida, atrapado así en la densidad de las presencias que se apegan, viviendo pues entre sombras y las proyecciones de un mundo de fantasmas.
  El esfuerzo de Valles Fernández así no es otro que el de la parada en sitio, la de detenerse delante del no-ser y, al mismo tiempo, respetar las normas, los límites, las formas –como un acto de escucha, como un acto de dominio sobre sí mismo para mantenerse así en el porvenir, en la atmósfera cargada de sentido que nos da a la vez un horizonte, pudiendo por tanto cruzar sin merma de la luz el valle pesaroso del río de los cuerpos. El signo de la escucha se presenta entonces como aquello que distingue la comprensión, que diferencia al ser del no ser, que también es potente para identificarnos con nosotros mismos, sin ser succionados o arrebatado por el río, vital y colectivo, del devenir. Pues todo acto de escucha es también un acto de dominio sobre sí, y de “parada sobre el sitio” del río de lo subpersonal y amorfo. Que impone límites y distinciones entre las coas. Detenerse, pues, para en ver en los signos las formas de la personalidad antropológica, para a la vez que se miran sus límites poder respetarlas y normalizarlas, salvándose así de la triste libertad orgiástica y delirante de la obsesión, de la posesión o de la oscura inspiración de los automatismos que, como en los pueblos orientales, no puede distinguir el ser del no-ser, o el ser de la nada.   



   La orgía, el impulso vital a perderse, así como la realidad de la vida psico-mental evasiva y amorfa, son limitadas por el signo, por la forma pura, por la norma que establece el artista por medio de la luz potente, para logar la expresión de los límites perfectos -señalando a la vez, en su otro polo, lo que constituye la peor de las confusiones de la heterodoxia moderna: la confusión entre la vida y el impulso vital.  Porque función creativa de la vida se cifra en las normas, en los ciclos, en los ritmos cósmicos, y por tanto en la vuelta de los tiempos --mientras que el impulso vital se refiere sólo a la duración psico-metal, cuyo porvenir biológico no puede ser sino oscuro, por vacío de todo contenido metafísico.
   Al entrar en los abismos subterráneos del ser humano el artista se postula, pues, como un guía para atravesar con la mirada esa ceguera, para cruzar los niveles confusos de la existencia, del caos, de lo demoniaco y de la neurosis, donde en su extremo los cuerpos aparecen ahítos de placer y semen, en el espectáculo de la carne femenina desnuda, ya flácida por el agotamiento, por la fatiga de un gozo que ya no se desea sino  para desear un nuevo placer  que ya no goza y se da la parálisis de los sentimientos y del cuerpo mismo,. Porque la fascinación por lo prohibido y frenesí de los sentidos no pueden sino concluir en la enajenación de la voluntad, en la esclavitud de la voluptuosidad o en el pandemónium del colectivismo orgiástico determinado por los impulsos egoístas del inconsciente o por la incontinencia de la concupiscencia. La estrategia del pintor es entonces la de atravesar esa opacidad con las herramientas de la luz; utilizando colores puros, luminosos, deteniéndose cuidadosamente para hacer una parada en sitio: para distinguir las formas y los límites. Porque la pintura de Valles Fernández es a la vez una máquina del tiempo que hace girar luz y simultáneamente la detiene -primero tomando distancia al interponerla ante el espectador como un escudo y utilizando el color en sus pinceles como una espada para atravesar las esferas de la noche mediante la recuperación de las formas y las normas, siempre en lucha con las impulsos más tensos y los más amenazantes poderes turbulentos de las sombras.









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