jueves, 27 de febrero de 2014

Sobre las Figuras de la Muerte y sus Moradas Por Alberto Espinosa Orozco

Sobre las Figuras de la Muerte y sus Moradas
Por Alberto Espinosa Orozco 

   La imagen de la muerte es la de Dionisos, que es Plutón o es Hades, es Jano o es el Tiempo -opuesto por su propia esencia al Logos, a la palabra y al verbo salvador, en una guerra soterrada que culmina en colosal gigantomaquia. Dionisos espejea el orbe de multifacéticas presiones y del saber del mundo que acaban por dominar al hombre en base a sus pulsiones orgánicas poderosas para llevar al individuo a perderse, a entregarse al reino de las sombras al apresarlo en las murallas interiores del instinto. Mundo de arrepentidos cobardes y de tercos pecadores que van en búsqueda de la casa de las lágrimas con sus grotescos decorados de ajada gruta, anticipando con ello la voluntad de las místicas inferiores de perderse en un reino de siniestras imantaciones, donde lo semejante a la sombra busca a lo semejante: lo amorfo, lo indefinido o lo inconsciente. Mundo de la tentación, pues, significadas por los obstáculos, que incita al hombre, cuando la salvación no puede llegar por el amor, cuando no se cree o no se puede creer en un orden trascendente, a entregarse a las confusiones de Dionisos, a esa sed de olvidarse de sí, a esa maldición dionisiaca que hace resbalar al hombre moderno por el tobogán vertiginoso del nihilismo,  que va cada vez más hacia abajo, para caer sin fondo, hacia la nada.  Sed de aniquilarse, pues, que se descubre como una fe en una oscura mística, en la cual enajenarse, por la cual sacrificarse y perderse –y que por lo mismo se opone al orden natural de las cosas, a la sed de salvación, al impulso por valorar la vida y encontrar un sentido central a la existencia.
   O es Plutón, la deidad del rechazo, de la frustración afectiva y de la exasperación, cuya melancolía erudita no es otra que la de la envidia, de la codicia, de la acumulación de la avaricia que engendra y devora a sus propias creaciones por la misma excitación de su deseo, que quisiera saciar sus pasiones insaciables, pero agotando con ello las fuentes de la vida. Ser de la destrucción que, sin embargo, resulta por su duro convencionalismo incapaz de adaptarse a la evolución de la sociedad y de la vida, quedando encadenado al aspirar a una perfección estancada, sin futuro y por tanto sin sucesión posible, en una clara regresión hacia la disolución, la división y el desorden tanto a escala psíquica, como moral y metafísica.
   Propiamente es Hades, el rey del submundo, de la morada invisible de la muerte y de los lugares infernales, donde el hijo de del Tiempo reina insensible y despiadado, inexorable y colérico, tocado con la capa del lobo azul y el casco de piel de perro, marcado su rostro por la dureza del gesto y por las huellas del azufre, vigilado por el monstruo Cancerbero y presidido por sus cuatro caballos de opaco ébano. Es Plutón, es Hades o es el Orco que reina entre las lúgubres sombras miserables resueltas por el humo, por las cenizas y la nada. Lugar donde la sombra y la neblina dan cuenta del oscuro reino, donde los ríos del olvido, del fuego y la congoja conducen el inconcebible pozo de los odios. Lugar invisible e ilusorio, en cierto modo irreal, donde las almas vagan abatidas entre tétricas legiones de espíritus menores; laberinto sin forma ni salida, perdido en la tiniebla y en el frío, poblado por monstruos y demonios, donde los condenados habitan entre las abigarradas cavernas, como fuentes sin agua, como nubes trastornadas por el viento en torbellinos, fijados cual fantasmas en la pena y endurecimiento en su pecado cual estatuas. Pozo de la sensualidad en llamas, ahogado por la abolición de la dispensa y donde se sufre la privación radical de la luz, de la presencia de Dios, que es la vida.

   O es Saturno, que al igual que el adversario, que el espíritu orgulloso y soberbio se pasea recorriendo la tierra, representa el espíritu de la involución que cae irrefrenablemente en la materia –siendo su engañosa la luz la desviación de la luz primordial que se oculta en la materia, reflejada en el desorden de la conciencia humana, en la mente nublada que, confundida, sobreexcitada, turbada, entra en la oscuridad al adoptar una falsa jerarquía de valores, entrañada en sus malas sugestiones e incitaciones, y causando con sus relaciones sociales invertidas y con el cobre vergonzoso de su función separadora infinidad de penas y sufrimientos, de desapegos, de abandonos, de renuncias, de sacrificios (“Melancolía”). Parodia de Dios, cuyas torcidas tentaciones no dudan en emplear medios ilícitos, pues están encaminadas a arrancar al hombre de su relación con el espíritu, deseando así romper las alas a todo lo creador y cuyas fuerzas perversas desintegradoras quisieran someter al hombre a la tiranía de su propio dominio –siendo por ello la fuente de la mala suerte, de la impotencia y la parálisis, del centro subterráneo que late en el fondo de la noche donde no hay ni luz ni gozo de la existencia y que, sin embargo, nos insta a exaltarnos en las tribulaciones, como una palanca de la vida moral, intelectual y espiritual, pues al enfrentarlas ellas obran la paciencia de los largos esfuerzos reflexivos, también el esfuerzo sostenido por liberarnos de la prisión del cuerpo, de su animalidad, de la vida instintiva y de las pasiones –engendrando así la paciencia a la esperanza en la gloria de Dios, quien de tal suerte derrama su gracia en nuestros corazones.



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