martes, 11 de febrero de 2014

III.- Germán Valles Fernández: Las Presiones Por Alberto Espinosa Orozco

Germán Valles Fernández: la Fascinación y los Fantasmas
III.- Las Presiones
Por Alberto Espinosa Orozco 
3a de 12 Partes




    Lo primero que hay que resaltar en las atmósferas logradas por el artista es, junto con las tensione internas sufridas por los cuerpos, las enormes presiones atmosféricas en las que habitan o a las que se ven sometidos. Presiones constantes, pertinaces, exasperantes, que llegan en ocasiones al delirio, y que parecieran apabullar a los cuerpos dolientes al ejercer toda su densidad y su peso sobre sus almas. Me refiero a las diversas cargas, tanto cultuales como físicas y emocionales, con que se grava el destino histórico de la humanidad. Así, sus retratos del cuerpo humano no los son menos de un mundo donde el hombre se ve, por decirlo así, constreñido, obstruido, atenazado y oprimido por todas partes – tanto por arriba como por abajo y por sus cuatro costados, como si se tratara de la figura geométrica de un cubo fantasmal que quisiera apresarnos, para ser finalmente sometidos y arrojados al cilíndrico pozo estéril del confinamiento.
   Por un lado, destacan inmediatamente las presiones de lo alto: cifradas en los terrores bimilenarios de llevar una vida en ausencia de Dios, reforzados por el hombre de la modernidad cuyas creencias religiosas son sostenidas no más que por costumbre o por mero hábito, pero ya vacías de la fe viva. Se trata de las presiones propiamente metafísicas, ejercidas por las creencias culturales en la existencia y esencia de Dios, en la otra vida, en la nueva creación del otro mundo, en la inmortalidad del alma y su posible salvación y bienaventuranza por la intermediación de la gracia divina –por más que estas presiones culturales se ejerzan con igual o mayor peso sobre el alma de los réprobos, de los agnósticos, de los apóstatas, de los herejes, puesto lo que está de por medio es justamente su posible muerte o su condenación. Angustia por la salvación y liberación de los seres o insoportable presión histórica para el hombre que ha hecho la experiencia histórica del inmanentismo y materialismo moderno, conforme con vivir en esta vida en ausencia de Dios y de la metafísica, regido por la lógica de la ambición de riqueza y el ansia de consumo, enmarcado todo ello en una libertad descendente, reducida a anomia moral, concebida a su vez  como un mero derecho de paso, done se expresa con todo su peso una misma frustración tanto social como del individuo y un estado permanente de impunidad, de simulación y de miserea común.
   Ansia de ser y a la vez agobiante presión por el intento de llevar una existencia  como antes del bautismo, ya como si se fuese uno de los semi-dioses, ya postrándose inconscientemente ante los ídolos paganos –posición tan fabulosa como falsa que si por un lado olvida la lenta marcha de la humanidad en la lucha por el logro de los derechos y el reconocimiento de los principios fundamentales de la persona, por el otro oculta una verdad histórica: que no hay cangrejos cronológicos ni puede echarse atrás el río del tiempo -postulado entonces otra marcha, la de los réprobos, hacia la condenación, que es el infierno. Se trata, en efecto, de los hombres por engañados o por el peso de sus yerros se encuentran prisioneros de sus cuerpos o esclavizados por las pasiones de la carne, precipitados por las pasiones egoístas generalizadas a vivir sin promesa… pero también sin esperanza, presionados  por un mundo inmanente y sin horizonte, achatado,  arrojados simplemente ahí como una cosa (Dasein), sin poder ser más que el ser para la muerte –pues todo lo que para la carne vive ha de morir también junto con la carne.



   Por otro lado, se encuentran las presiones de la libertad descendente que tiran hacia abajo –por más que se disfracen con las galas y los amanerados afeites de la ligereza o la liviandad. Tensiones, pues, que van de intentar tomar el cielo por asalto o crecer como la montaña que se codea con las nubes, a aquellas otras derivadas de la rebelión del mundo de  abajo, en las que el infierno pareciera subir a la tierra sin que el cielo en cambio baje. Presiones propiamente de la experiencia de la caída del hombre que ha emprendido la ancha ruta de la libertad descendente y que, preso de las tentaciones y sumido por la culpa, se ve obligado a caer como el plomo, como el peso muerto, en el mundo de las sombras, del lodo y el olvido. A ellas hay que sumar las presiones laterales, por los costados, de izquierda y derecha, y las presiones  que empujan de atrás o jalonan hacia adelante.
   Se trata así de las presiones más concretas, económicas, políticas, que se presentan como instancias inmediatas de lo social, en el espacio laboral o en el trabajo diario, que corren en el espectro polar del gregarismo irresponsable al individualismo atroz –posiciones cada una de ellas ligada a un sistema de lugares comunes asociados y que aprietan, por decirlo, así por los costados. Una de las expresiones más notables de esa doble presión generalizada son las cargas impuestas al sujeto por el predominio de la vida pública sobre la privada e íntima, en detrimento de una vida privada cada vez más rica y profunda, trasmutada en una existencia cada vez más especializada y tecnificada, es verdad, pero también más automatizada y, lo que es peor, más proletarizada espiritualmente y sentimentalmente superficial, conjugado todo ello con el temor de la persona de no poder ser plenamente un individuo –que tan pronto arroja al hombre a la locura de las convenciones y del statu quo que a los impulsos mórbidos de las masas.
   Por último, se encontrarían las tensiones producidas por las presiones de la pecaminosidad  –que es doble, histórica y generacional. Por un lado, la carga de pecaminosidad acumulada en el trascurso del tiempo, que afecta al mundo hasta el grado de secularizarlo y laicizarlo del todo, en un proceso sin embargo que ha resultado desviado al debilitar los sentimientos morales en las personas, dando lugar por tanto a la perdida, tanto neumática como psico-somática, de la libertad. Se trata de la carga propiamente heredada, de los hábitos, deseos inconscientes y costumbres desviadas de los mayores, trasmitidos por medio del ejemplo y la comunicación verbal, algunos de ellos preñados con la semilla agria de la falta moral, que destempla por tanto la voluntad de sus relevos en el tiempo, empujando de atrás a la comodidad de la acidia muelle de las tentaciones, en una especie de caída hacia adelante que obliga a morder el polvo, como las fichas de dominó tiradas en hilera, donde la persona se deja llevar hasta ser pisoteada como el polvo, sin poder hacerse responsable de sí misma o al dejarse arrastrar por la corriente de la mundanidad.
   Finalmente la presión generacional sería aquella referida a la extensión de las faltas en un tiempo concreto, en parte establecidas y determinadas por los medios de comunicación masiva, por las modas, por las ideologías, los gustos e íconos, por confusiones y errores particulares  de una generación y que, por así decirlo, enfrentan al individuo, jalándolo hacia atrás e hinchándolo en toda su superficie, hasta hacerlo caer de espaldas, vencido por el orden y la luz, más cierta y refulgente, del día. Su falta más común ha sido la asebia, esa rebeldía consistente en el rechazo y la ignorancia consciente respecto de las cosas del espíritu, el horror por las grandes metáforas, el temor a la invención y la creatividad, el dejarse atrapar por las doctrinas violentas e insustantes del existencialismo astroso, que al ser de hecho y sin razón de ser dejan colar todas las falsificaciones y falsías imaginables, abriendo la puerta de tal suerte lo mismo al permisivismo moral que al libertinaje sexual que a su denuncia.
  Doble presión de la pecaminosidad, pues, o doble carga también, en lo que ella tiene de extensión y de intensidad a lo lago y ancho de un tiempo determinado, de una era, siglo o mundo, que se expresa cada vez con mayor beligerancia bajo las formas estéticas de la densidad, de los volúmenes y masas materiales, cada vez más gruesas, pesadas y tectónicas, o de los contrarritmos y de las disonancias sonoras, en un espacio a su vez cada vez más comunicado, saturado de información banal y globalizado –donde paradójicamente reina también cada día más la efectiva incomunicación de la intimidad entre las personas.
   Orbe, pues, de altas atmósferas de presión y, por tanto, de escenarios cerrados y envolventes, que igual parecieran invitar a la esclavitud que a la asfixia, causando en la persona una sensación epidérmica de constante acoso o de ansiedad, revelándose así como presiones propiamente corporales, no sólo ápticas o epiteliales, sino que se hunden en las vísceras, en los órganos internos, que circulan por los fluidos de la corporalidad por entre las mareas vegetativas del alma inferior, o como sensaciones propiamente entrañables, pues, que llegan a opacar a los sentimientos del corazón, más complejos y elaborados por la conciencia.
   El estudio de la figura del cuerpo humano llevado a cabo por Valles Fernández se abre camino por esa jungla de signos, de los síntomas y presiones para revelar, en las poses hieráticas o contorsionadas de sus figuras, las terribles apreturas ejercidas sobre la forma humana, sujeta a fuerzas invisibles que lo atenazan, oprimen y angustian, estrechándolo, por tanto, al llenar de temores y escollos, y de abrojos y cardos, su camino.



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