domingo, 5 de enero de 2014

Los Muros del Conde del Valle de Súchil Por Alberto Espinosa Orozco

Los Muros del Conde del Valle de Súchil
Por Alberto Espinosa Orozco 
A Don Alejandro Rivadeneira




I
En la Ciudad de Durango se encuentran dos majestuosos palacios edificados en el siglo XVIII: el del Conde de Súchil y el del Capitán Juan Joseph de Zambrano. Se trata de dos magníficas residencias, de dos imponentes mansiones coloniales reflejo de la organización social, económica y cultural de su tiempo.
   La casa del Conde del Valle de Súchil destaca por su imponente extravagancia ornamental y máximo refinamiento.[1] Fue proyectada y construida por el arquitecto Pedro de Huertas –a quien se debe otra importante casona ubicada en la esquina de 20 de Noviembre y Zaragoza, pero también la gran casa, regularmente habitada por el Conde, en la Hacienda de San Amador del Mortero. El Conde de Súchil tenía otra casona en la ciudad de Durango, de mala habitación según se cuenta, llamada irónicamente “El Escorial”, la cual sin embargo contaba con un gran viñedo y una bodega no menor para el vino que ahí se elaboraba.[2]

   La robusta mansión de Durango, calificada por sus adornos y alardes técnicos interiores de extravagante, se construyó en terrenos heredados al Conde de Súchil por la familia Erauzo, y a media cuadra de la residencia de su cuñado, Pedro de Erauzo, entre la Calle Real (hoy 5 de Febrero) y la Calle de San Francisco (hoy Francisco I. Madero), teniendo su vista al Convento de San Francisco y a la Plaza de San Antonio de Padua. En 1763 su edificación estaba ya muy avanzada, sirviendo ya para 1778 como Caja Real de la Ciudad, al ser en ese tiempo el Conde del Valle de Súchil el encargado de administrarla. Se cuenta que al ver su magnificencia el gobernador José Carlos de Agüero la codició, sin ninguna consecuencia, deseando infructuosamente convertirla en Casa de los Gobernadores.





   El palacio, construido en sillera de cal y canto, comunica sobre todo el valor de la grandeza, asociada a la fama de su dueño, pero también los símbolos de la riqueza y el poder. En la monumental construcción puede leerse el carácter y el temple de su dueño: sus fantasías ornamentales constituyen así toda una lección de urbanidad, pero también de galanura; sus afamados alardes estructurales reflejan el temple arrojado de su propietario, pero también el de toda una civilización empeñada en colonizar las tierras norteñas y áridas del país; mientras sus caprichosas, aunque contenidas, fantasías, su carácter jovial y desenvuelto. Por un lado, se trata de uno de los primeros grandes palacios privados de la proyectada urbe, de una ciudad que empezaba a tomar con ello carácter, la cual se postulaba así como un verdadero centro de cultura, de expansión de la civilidad, de refinamiento de las costumbres y del cultivo de las cosas propiamente pertenecientes a la mente y al espíritu. Por el otro, el palacio representa, a través de la obra y empeños de un individuo, el espíritu edificador y aún católico, cristiano, de un individuo y de toda una civilización, era y mundo: la Novohispana del Siglo XVIII.


   La arquitectura de la gran casa, debida al maestro constructor Pedro de Huertas, calificada incluso de quimerária por algunos de sus alardes arquitectónicos, constituye toda una exhibición de ingenio e inventiva, por sus soluciones estructurales originales y atrevidas y por sus refinados adornos, siendo uno de sus mayores encantos el arco suspendido del patio central, no menos que el salón principal que cuenta con tres balcones y una fachada con chaflán que resultó de lo más novedosa.[3]
   Se trata, en efecto, de una excepcional casa de dos plantas y dos patios, el principal y el secundario, en donde se encontraba la cochera y la caballeriza, las bodegas y la cocina. El hermoso palacio contaba en su plata baja con estancias espaciosas y sitio para las oficinas administrativas, para el despacho, el archivo de la hacienda y las accesorias, cocina, bodega y talleres. En la planta noble, el salón de entrada, el oratorio, el salón del dosel, el salón de asistencia, los dormitorios, el comedor y la cocina. A pesar de que todos los muebles se perdieron, todo al interior del inmueble nos habla de una vida formal, la cual se enriquecía en la sociedad con la complejidad propia de la exhibición de las galas, de los modos refinados y de los coches –vida, por otra parte, proclive a caer en el formalismo del lucimiento y aún en el ritualismo de las costumbres. Aunque el decorado de sus muros se encuentra incompleto, destaca su pintura mural, la que hoy en día todavía puede apreciarse en el descanso de la escalera principal, siendo una pintura de roleos con motivos vegetales de color azul oscuro sobre fondo blanco, de fantasía y riqueza ornamental.[4]


   La solución del arco suspendido en el patio central constituye a la vez un alarde técnico y una espectacular fantasía decorativa. Los arcos y las columnas pendientes en el aire nos hablan así tanto del arrojo de una civilización cuanto de su afán de singularidad, estando marcado el barroco mexicano por un ideal que combina simultáneamente motivos locales con la exigencia clasicista de universalidad. El patio, emplazado en diagonal, con claves colgantes sin columnas, es único en su tipo. La originalidad del arco suspendido, gracia del arte antiguo, de difícil realización, se repite en el doble arco de la escalera, suspendido en el aire, adornado con un ensortijado motivo vegetal. 
   El palacio, de sabor afrancesado y volumen exterior robusto, guarda en todo un cuidadoso equilibrio, destacando su portada, de esmerado diseño mixtilíneo, y en la disposición cerrada del inmueble un franco esteticismo barroco. La portada principal tiene una fachada ochavada, también llamada fachada en chaflán (pancoupé) o en esquina,  la cual ostenta un tapiz mixtilíneo del más desarrollado estilo, saturado de adornos tipográficos, viñetas de cestas, medallones y hojas.


   En el marco de la puerta del balcón central destaca un nicho con la figura de San José, joven, de pie, posado sobre un globo terráqueo, el cual a su vez se asienta sobre una casa, quien sostiene los brazos al Niño Dios –santo que despertó una gran devoción en el México Novohispano del Siglo XVIII. En la parte inferior de la puerta hay asimismo un escudo con un busto de la diosa Ceres. En la decoración del recinto se encuentran como motivos recurrentes las hojas de acanto y las piñas, y también unas gárgolas. En la puerta de salón principal se encuentra una extraña españoleta, en forma de sirena, siendo su patio central uno de los más elegantes de todo el país.


II
   José Ignacio del Campo Soberón y Larrea (1726-1782) fue hijo de Gregorio del Campo Castaños y María Soberón y Larrea, todos ellos naturales de San Pedro de Galmadez, en la provincia de Vizcaya, España. Llegó siendo aún un niño a la Nueva España, en el año de 1750. La figura del Conde del Valle de Súchil es propiamente la de un personaje novelesco y aun legendario: portador de un título nobiliario, conquistador de tierras y de la dama socialmente más encumbrada, forjador de una acrecentada fortuna. Don Joseph del Campo Soberón y Larrea, oriundo del señorío de Vizcaya, participó destacadamente, por sus servicios valientes y desinteresados, en la campaña contra los indios cocoyomes, en el Real de Minas, de Santiago de Mapimí, en la región fronteriza del reino. Comandó las campañas de avance en la frontera del Reino, haciendo intermitentes incursiones en tierra adentro, llegando incluso a fundar la población de Nueva Bilbao y de Nuestra Señora de Begoña, con 50 familias españolas. Probablemente su actividad económica comenzó como proveedor de bastimentos, armas y municiones a la población.
   El acaudalado minero, empresario y latifundista, casó con Isabel Erauzo Ruiz, en la Capilla de la Hacienda de Real de Avino, el 15 de agosto de 1752. Isabel era la hija del acaudalado minero Esteban de Erauzo, quien a su vez era originario de Guipuzcóa y dueño de las ricas minas de Texamen, San José de Avino y de Nuestra Señora de Aranzazú de Gramón. Al morir, en el año de 1759, dejó como principal beneficiario de su herencia a Don José del Campo, quien se desempañaba en una sociedad dominada por figuras como la de Felipe de Ureña, el Obispo de Durango Pedro Anselmo Sánchez de Tagle (quien presidió la Iglesia de 1748-1758, para ser luego Inquisidor en la Nueva España) y el mismo gobernador de la región, José Carlos de Agüero. 
   Su actividad en las armas se caracterizó por su celo, siendo por ello reconocido por Juan Carlos de Agüero, gobernador del Reino de la Nueva Vizcaya, quien lo nombra Teniente del Gobernador y Capitán General del Reino. A partir de ahí Joseph del Campo Soberón comenzó a cumplir con un papel protagónico en la política del reino, llegando incluso a cubrir el puesto de gobernador, cuando el gobernador Agüero se ausentó, primero para atender las diversas comarcas, de 1762 a 1764, y luego de 1767 a 1768 cuando Don Carlos de Aguero fue a en defensa del Castillo de San Juan de Ulúa en Veracruz.
  Personaje distinguido de la sociedad y aun de la clase política, el Conde de Súchil dio lustre, realce y jerarquía cultural a la región, combinando su espíritu de empresa, nobleza y magnificencia con un carácter alegre y la personalidad de un visionario.  Ganó el título de Vizconde de Juan de las Barcas y posteriormente se le concedió el título de Cande del Valle de Súchil, debido tanto a sus méritos en el campo de batalla como a sus exploraciones de tierra adentro, otorgado por el Rey Carlos III, creado por real decreto el 1 de abril de 1775 y por real despacho el 11 de junio de 1776, a favor de José del Campo Soberón, a partir de cuya feche mereció el tratamiento propio a su rango nobiliario.[5]

Además de la extravagante mansión de Don José del Campo en Durango, el Conde fue propietario de grandes extensiones de tierra en el sur de la provincia de Nueva Vizcaya: de la Hacienda de Muleros, y de la populosa Hacienda de San José de Avino, en San Juan del Río, donde se beneficiaba la plata extraída de la mina del Tajo de Avino y la cual contaba, a decir del Padre Morfi, con dos mil operarios, caballos, una profusa producción de trigo que abastecía a toda la región de Real de Sombrerete, y una capilla con capellán, habiendo realizado en ella costosas obras de acondicionamiento. 

   Se cuenta que las grandes extensiones de sus tierras se perdían en el horizonte. A sus posesiones hay que sumar siete haciendas contiguas que contaban con 103 sitios de ganado, habiendo sido dueño de la mayor parte del sur del actual estado de Durango, comprendiendo su extenso caudal  en 1771 la región de Poanas, el valle de Nombre de Dios y de Súchil. La Hacienda de Muleros (hoy Guadalupe Victoria) comprendía los ranchos de San Julián, Chinacates, San Antonio, Santa Teresa, San Rafael, Toboso del Norte y Toboso del Sur, Calera, San Ignacio, Mortero y San Juan, que topa con el Cerro del Escritorio y colinda con Sombrerete, Zacatecas.
    Destaca entre sus posesiones la gran casa en la Hacienda de San Amador del Mortero, donde vivía, y la cual fue construida por el mismo arquitecto Pedro de Huertas, la cual se encuentra a 8 km del actual poblado de Vicente Guerrero en el municipio de Súchil. El 19 de agosto de 1849 la hacienda fue rematada por los descendientes del Conde, por adeudos al fisco y al Señor Bastarrechea, pasando a propiedad del capitán Vicente Saldívar y, posteriormente, a manos de Juan Manuel Asúnsolo Alcalde, para finalmente ser adquirida por Gregorio de la Parra de sus descendientes, viviendo por temporadas en ella con su esposa, la famosa escritora de la revista Lágrimas, Risas y Amor, creadora de Memín Pinguin, y de numerosos dramas telenovelescos, Yolanda Vargas Dulché (1926-1999), heredándola a su hijo Iddar de la Parra Dulché, hermano del sico Mane de la Parra y de la directora de orquesta Alondra de la Parra. 




III
   El gran empeño del Conde del Valle de Súchil, Don José del Campo Soberón y Larrea fue, en aquellas tierras áridas del norte mexicano, la del injerto, asimilación y aun invención de  todo un estilo de vida, ligado a las ideas, costumbres y hábitos de alta cultura novohispana, de acuerdo al ideal de la época del refinamiento en las costumbres, la intrincada relación entre las clases y el espíritu de empresa y prosperidad material.
   Personaje que dio realce a la jerarquía social, debido a su temperamento, el cual combinaba a la valentía el arrojo y la audacia, el alarde de la riqueza entendida como muestra de las refinadas manifestaciones del gusto y del buen vivir, introduciendo como norma ideal en la Nueva Vizcaya las reglas más estrictas de la cortesía y de la generosidad, siendo no solo un celoso administrador de su casa sino también un reconocido anfitrión –todo lo cual dio carácter y rumbo a la idiosincrasia regional.
   Hombre de fuerte genio, temperamental y enérgico también, educado en la escuela de la nobleza y milicia de los señores, cuyas fuertes características eran afirmadas por las diversiones viriles de la época: la caza de lobos del monte y el juego de apuesta en la baraja. Su mansión es así la de una exhibición señorial donde, sin embargo, cabe la inclinación al refinamiento y al placer estético, siendo su ostentación la de un manantial de utilidad colectiva, que suavizaba la áspera rudeza y precariedad del medio, y a la vez un tributo colectivo a la dignidad de su capacidad personal y arrojo individual.



   Por las especiales circunstancias geográficas y económicas de la Nueva España, la ciudad de Durango había limitado su desarrollo, el cual sufrió de innúmeros contratiempos desde su fundación, al estar enclavada en los territorios áridos y llanos del norte mexicano, y abruptos y quebrados de la sierra, cundidos de alacranes ponzoñosos, distante de los centros de importancia y amenazada constantemente por las tribus salvajes, llevando desde siempre una vida aislada y un crecimiento vacilante, al grado que a finales  del siglo XVII la ciudad estuvo a punto de ser abandonada por completo, impidiendo el gobierno del virreinato su desaparición, por su importante posición defensiva y su estratégica localización geográfica.      
   A partir del descubrimiento de riquísimas vetas de minerales preciosos en la región, también cambió la suerte de la ciudad, retomando su primera razón de ser: la vocación de riqueza y prosperidad que, intermitentemente, han estado a punto de convertirse en un mero espejismo en el desierto. 
   Luego de la segunda mitad del siglo XVIII empiezan a construirse en Durango los grades palacios y a definir su imagen urbana, constituyendo hasta el día de hoy los emblemas arquitectónicos de su grandeza y encanto colonial: se completan las cúpulas de los templos que estaban inacabadas; se termina la construcción del templo de la Compañía de Jesús, en cuyo monasterio destaca la soberbia fachada de cantera ornamentada escultóricamente, habiendo sido la cúpula de la Iglesia a San Juanita de los Lagos la bóveda más grande en la región, desafortunadamente perdida; se reconstruye la Catedral Basílica Menor; se construyen los palacios del Conde del Valle de Súchil y de Juan Joseph de Zambrano, así como otras magníficas residencias; obra que se completó durante el porfiriato con la construcción del Palacio Municipal de Escárzaga, el Palacio del Poder Judicial, la Estación de Ferrocarril, el Arzobispado, El Hospital Nuevo (luego Internado de Primera Enseñanza #8), la Penitenciaria del Estado y el Teatro Principal (hoy Teatro Ricardo Castro).  A las que hay que sumar residencias privadas de gran magnificencia, como la Casona de los Gurza y el Edificio de las Rosas. 










   La magnífica mansión pasó en 1850 a manos de un ciudadano alemán de nombre Maximiliano Damm, quien se casó con una mujer española de nombre Perla del Palacio, cuya familia conservó el palacio de 1858 a 1928, usándolo como residencia y como tienda. El edificio fue comprado posteriormente por diversos hombres de negocios dándole diversos fines comerciales; entre otros usos fue el local del Gran "Número 11", tienda de abarrotes, luego "El Café de los Condes" donde se preparaban todo tipos de cafés y estaba siempre a reventar, hasta que en 1985 fue adquirido por el Banco Nacional de México. Local restaurado en 1988 por expertos, capitaneados por Don Alejandro Rivadeneira. Hoy en día forma parte de las Casas  de Cultura de Banamex y además de ser usado como oficinas y cajas bancarias cuenta con una sala de exposiciones temporales.[6]










[1]"Súchil" es el nombre del pueblo, antiguo señorío del primer Conde del Valle de Súchil, en los límites del Estado de Durango con el de Zacatecas. "Súchil" proviene del náhuatl que quiere decir "Flor". El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define el vocablo, como un pequeño árbol de las amílias, de las apocináceas, de ramas tortuosas, hojas lustrosas con largos peciolos lechosos y flores de cinco pétalos blancos con listas encarnadas. Su madera es usada para las construcciones. Acerca de la misma palabra, "Súchil", el Diccionario de Aztequismos, de Luis Cabrera, dice que es el nombre por antonomasia que se le da al "Yoloxóchitl" y considera dos especies: el arbusto ornamental de las malváceas y el arbusto lechoso también ornamental de las apocináceas. Aparte del significado botánico, "Súchil" se denomina en algunos lugares, el final de una fiesta nocturna que termina al amanecer. En el Diccionario de México, su autor Juan Palomar, afirma que en Oaxaca, "Súchil" designa a una serpiente de cascabel.
[2] Ver Fray Juan Agustín de Morfi, Viaje de Indias y Diario de Nuevo México, donde  reseña la visita que hizo al Conde en compañía del Caballero de Croix.
[3] Hay en México solamente otros cuatro palacios que cuentan con la original solución de la fachada con chaflán: el Palacio de la Inquisición en la Ciudad de México (construido entre 1733 y 1737siendo su arquitecto Pedro de Arrieta); la Real Caja de San Luis Potosí (1760-1770, por Felipe de Cleere); la “Casa Chata” de Tlalpan, de finales del siglo XVIII, y; el Colegio de San Nicolás de Hidalgo en Pátzcuaro, de finales del XVIII.
[4] María Angélica Martínez Rodríguez, “Un Palacio en el norte de México: el Palacio del Conde del Valle de Súchil”, Rizoma (Revista de Cultura Urbana), No. 6. Nuevo León. Octubre –Diciembre de 2007. De la misma autora el libro: Momento del Durango Barroco. Arquitectura y Sociedad en la segunda mitad del Siglo XVIII; y, con Joaquín Lorda Iñarra: La Catedral de Durango.
[5] Con ello se creó prácticamente el condado y estado de Súchil, junto con el vizcondado previo de San Juan de las Barcas, en el sur de lo que hoy es el estado de Durango. El 2º Conde del Valle de Súchil lo ostentó su hijo José María del Campo Erauzo, quien había casado con Isabel Roig de Cevallos Villegas, no habiendo tenido con ella descendencia. A la muerte de ésta contrajo nuevas nupcias con Guadalupe Bravo, con quien tuvo ocho hijos (Esteban, Luisa, Isabel, Manuel, Juan, María del Carmen, Dominga y María Salomé del Campo Bravo). Sin embargo, el título cayó en desuso a partir del fallecimiento del 2º Conde, en 1823, ya que ninguno de sus ocho hijos reclamó la sucesión del título. Fue rehabilitado poca antes de un siglo más tarde por Alfonso XIII, quien lo otorgó  en 1919 a José María de Garay y Rowart. El 3er Conde, quien en 1923 fuera alcalde de Madrid, casó con María de Garay y Corrodi, dejando al morir en 1940 el título de 4to Conde a su hijo Eduardo Garay y Garay, quien casó con María de la Concepción Despujol y Rocha, obteniendo el título en 1954, que pasó a su hijo Ramón de Gary y Despujol,  5to Conde del Valle de Súchil, el cual casó en primeras nupcias con Belén Aguilar Baselga y en segundas nupcias con María de las Cuevas Purón, reclamando el título de 1986 y ostentándolo hasta  la fecha, sin tener ambos títulos relación entre sí.
[6] La cede de Fomento Cultural de Banamex se encuentra en el Palacio de Cultura Banamex, mejor conocido como Palacio de Iturbide, antes Palacio de Moncada, soberbio edificio de arquitectura civil barroca del Siglo XVIII novohispano, construido por el arquitecto Francisco Guerrero y Torres entre 1770 y 1785. Cuenta además con tres casas señoriales en la provincia: en Mérida con la Casa Montejo, edificada entre 1542 y 1549 por instrucciones de Francisco de Montejo, siendo la única casa civil de estilo renacentista en México; en San Miguel de Allende, con la Casa del Mayorazgo de la Canal, del siglo XVIII, siendo su estilo barroco sanmiguelense, y; en Durango, con la Casa del Conde del Valle de Súchil, de estilo barroco miguelangelesco.  








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