miércoles, 8 de enero de 2014

Los Centauros Por Alberto Espinosa Orozco

 Los Centauros 
Por Alberto Espinosa Orozco 


   Inmediatamente después, entre los parientes morfológicos del Unicornio, destacan sobre todo los Centauros, quienes merecen capítulo aparte. Los hipotonies (seres monstruosos mitad hombre mitad caballo) se dividen claramente en dos familias. Por un lado, los hijos de Cronos y de Filira, de los que el viejo Quirón reclama la mayor celebridad y sabiduría, representan la fuerza poderosa de la buena ley al servicio de los combates justos. Por el otro lado, los ixionidas biformes, hijos de la imagen engañadora de Hera metamorfoseada en nube y de Ixión (rey de Tesalia quien mató a su suegro para no entregarle los regalos que le había prometido por la boda), los cuales simbolizan la fuerza bruta, insensata y ciega. Porque en la salvaje sangre que corre por las venas de la potente bestia equina fluye, unida a la corriente de sabia divina, también la esencia humana – partida en dos desde el centro mismo de su raíz por las posibilidades antagónicas del bien y el mal.
   En efecto, por una parte los Centauros, seres de una raza primitiva y salvaje, representan la inversión del caballero andante o del jinete que doma y amaestra las fuerzas elementales: it est, la supremacía de lo inferior, el espíritu debilitado dominado por las fuerzas del instinto y del inconsciente, las cuales se adueñan de la persona y abolir la lucha espiritual interior -reduciendo su ser al desenfreno de las tendencias vulgares, del mero ser impulsivo o a la arrojadiza actividad de sus impulsos zoológicos. Amantes del vino, las mujeres y los placeres sensuales son emparentados por ello con los faunos, los silenos y el dios Pan griego. Simbolizan de tal suerte la bestialidad humana imantada por las bajas pasiones del adulterio, la venganza y la fuerza bruta, siendo propensos por ello al rapto, el robo y la violación. Se les solicita así, alegóricamente, como imágenes de herejes y concupiscentes. Demonios tempestuosos, los Centauros aparecen entonces como espíritus dominados por la carnalidad y sus brutales violencias que, sin la fuerza espiritual y su reino interior (intimidad), vuelven al hombre semejante a las bestias, apareciendo en rebaños, atados entre sí en el gregarismo a que conduce el hacer de su vientre una trampa. Acaso por ello su tramposo padre Ixión es representado castigado en el más allá atado a una rueda que gira por toda la eternidad.
   La fábula más popular en que hayan figurado los Centauros es el de su combate contra los Lapitas, quienes como huéspedes los invitan a una boda en que conocen el vino. Un Centauro borracho llamado Foló ultraja a la novia, hincando con ello la Centauromaquia –combate reproducido por Fidias o sus amanuenses en el Partenón y cantado por Ovidio en Libro XII de las Metamorfosis, pero también vislumbrado en la obra de Rubens. Se cuenta que, vencidos por los Lapitas, los Centauros huyeron de Tesalia y que Hércules a flechazos extermino su estirpe bárbara.
  Lucrecio en el Libro V de su De rerum natura muestra el desnivel de este engendro híbrido de la mitología o su imposibilidad con un argumento biológicamente impecable y del todo convincente. En efecto, la madurez equina lograda a los tres años haría convivir a un bebé balbuciente con un caballo plenamente adulto, cuyo cuerpo moriría cincuenta años antes que el del hombre. La imposible unidad somática de naturalezas tan alejadas en sus ciclos de madurez y en sus espectros totales de vida no son sino un ingrediente más a la reflexión sobre la naturaleza desequilibrada, entre infantiloide y violenta, del bruto monstruo equino. Por su parte Durante Aligieri los hace participar en el Canto XII del Infierno en su divina Comedia, que es el famoso capítulo conocido universalmente justamente con el nombre de “Canto de los Centauros”.
   Hay que recordar que la expresión “Caballo” en el sureste mexicano guarda en sus silabas un sustantivo monstruoso e innominado, perteneciente estéticamente y con propiedad a la categoría de lo maravilloso sombrío, pues el vocablo conserva la experiencia de los indios americanos precolombinos al ver, seguramente con horror sagrado, la llegada de los primeros conquistadores españoles cargados de arcos y flechas y montados en los equinos que ellos desconocían, fundiendo en la visión inocente al jinete con su cabalgadura.
   Para saber de la otra rama de los Centauros, la de los hipocentauros descendientes de Cronos (Saturno) y Filira, hay que ocuparse del más justo de los Centauros, de Quirón, pero también de sus hermanos. La leyenda lo hace maestro de Jasón, de Aquiles y de Esculapio, a quienes enseñó las artes de la guerra, de la medicina y de la cirugía, pero también de la música y la cinegética. Quirón, en efecto, fue iniciado en el arte médico por obra del divino Apolo (visión mítica de la medicina), haciéndolo así portaestandarte de la búsqueda primitiva de las causas orgánicas que liberan de las prácticas supersticiosas de la magia. Pero paradójicamente Quirón lleva una herida incurable en una de sus patas, inflingida por el arquero Heracles (Apolo en tanto símbolo solar). El crónida Quirón, hijo del tiempo y por tanto inmortal, renace a través de los siglos oponiendo su medicina a Zeus, padre de Apolo, pues su arte se obstina en sólo curar el cuerpo, pero revelando en su herida una incurable enfermedad del alma o, al menos, un desequilibro u oscilación o desnivel entre las fuerzas del cuerpo y de la vida psíquica, cuya armonía era buscada por la originaria medicina apolínea.
   Como inigualable fuente modernista sobre esta noble rama de la misteriosa estirpe híbrida hay que acercarse a Rubén Darío (1867-1916), quien abiertamente penetró en la memoria para encontrar en sus voces uno de los coloquios más sabios que de ellos se tenga alguna noticia. Me refiero, claro está, al Coloquio de los Centauros, que fuera publicado en su libro Prosas Profanas (1896).
   Preside Quirón, el arquero luminoso dibujado en el Zodiaco (Sagitario), el cual según cuenta la leyenda es herido por Hércules en un combate, mostrando todavía “la roja herida por do no pudo salir la esencia de la vida”, legando posteriormente su inmortalidad a Prometeo. Su discurso destila, además de serenidad y encanto, sabiduría profunda. Junto con Rubén Darío, Quirón va a exponer a sus huestes el delicado y complejo concepto de la “unidad de la vida”, intentando resolver el problema planteado por el pitagorismo y la filosofía posterior: que el uno en apariencia es muchos –la esencia, pues, de la “apariencia” o del fenómeno. En efecto, la “unidad de la vida” se da bajo aparente discordia –pero en el fondo la mujer es hermana del hombre, el intelecto padre del cuerpo y la muerte es hija de la vida. Empero, en lo profundo, el orden armónico del universo está controlado por el “ritmo”. Se trata, es verdad, del galope rítmico de los Centauros, de las huestes de Quirón, que cubren la llanura de la Isla de Oro –la isla del inmortal Ensueño en que detiene su esquife el Argonauta Orfeo, en que el Tritón elige su caracol sonoro y la Sirena Blanca va a ver el sol.
   Quirón aparece entonces como el portador del manjar salvaje: la fuente sana de la verdad que busca la triste raza humana –de la que bebieron Esculapio, Aquiles y el mismo Heracles. Crónida al fin, el Centauro empieza por advertir que la ciencia es flor del tiempo. Después de recordarle a Orneo que: “Ni es la torcaz benigna ni es el cuervo protervo:/ son formas del Enigma la paloma y el cuervo.”, va a contar algunos secretos de la verdadera historia de Afrodita Uránica: es Venus, la Anadiomena, la lírica sirena cuyo nombre es sonoro como un verso, y cuyo fuerte poder esta en hacer de la Amargura un vaso de mirra y miel: es la Hermosura. Es la señora de los besos y de los corazones, de las sabias y las atracciones, la princesa de los gérmenes y de las matrices que hace gemir a la tierra de amor, es la Sirena Blanca y es también la virgen pura.



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