jueves, 9 de enero de 2014

Las Sirenas Por Alberto Espinosa Orozco

Las Sirenas
Por Alberto Espinosa Orozco 



  En la antigua metáfora que ve en la vida la estructura y contenido del viaje, las sirenas figuran en el episodio reservado a los peligros, las emboscadas que asechan en todo camino, en toda aventura o navegación. Las sirenas en particular recuerdan específicamente los peligros que se derivan de los deseos sensuales, para aquellos que muerden el anzuelo del deseo bajo la forma del sexo o que convierten su vientre en una trampa. Las sirenas son monstruos marinos con cabeza, pecho y brazos de mujer y el resto del cuerpo de pez –según tradiciones más antiguas de pájaro, como las Arpías, y son tan dañinas como ellas o como las Erinias. Es de sobra conocido que las sirenas tienen como tarea seducir a los navegantes viajeros con la meliflua melodía de sus sonoros cantos o por medio de la belleza de su rostro, hechizándolos en la florida pradera en que están sentadas para arrastrarlos a la muerte y devorarlos, sumándolos al montón de huesos y pellejos de hombres putrefactos que rodea su fétido jardín -siendo así una especie húmeda del vampiro.
   Las sirenas, que gustan también de refugiarse en los acantilados, y que arrancan a los hombres sedientos de sangre de la vida para llevarlos al Hades, simbolizan así mismo el destino errado del viajero extraviado, de quien pierde las orientaciones en la vida, siendo pasto o transformándose el mismo en vampiro devorador. Se trata de tal guisa de genios perversos o divinidades infernales que simbolizan la seducción perversa, esclavizante y mortal. Tales genios o divinidades infernales (cacodemonios) simbolizan las emboscadas mortales de los deseos irrefrenados o indiferenciados. En efecto, las sirenas son la imagen misma de aquellos deseos y pasiones insitas a la región animal de la especie que resultan inconscientes e incontrolados, que seducen impulsivamente pues, pero que al quedar sin control de la voluntad succionan.
   El deseo se pervierte, es cierto, cuando permanece indiferenciado, como en un estado larvario en que no se fijan metas ni objetivos, en que no se fija y por tanto en que no se modela el objeto del deseo. La indiferenciación del aire y la presión y densidad e indeterminación del agua (el  canto y el espejismo unidos) se revelan como el caldo de cultivo en que surgen las creaciones del inconsciente más temibles, a la manera de los sueños fascinantes y terroríficos donde brotan y se barruntan las pulsiones oscuras y primitivas del hombre. Se trata de los sueños insensatos de la imaginación pervertida, en la que al dividirse sectores enteros del hombre contra de sí mismo el deseo se autodestruye, transformándose no tanto en su cascarón muerto, petrificado y sin vida, sino más bien licuándose para bañarse y retorcerse en si, quedando presa de sí mismo, en un solipsismo carcelario vuelto contra la propia vida,  sin objeto real ni acción realizable. Ilusión de una vida más vida donde se permuta la divina emoción por el frenesí de las excitaciones, donde se renuncia al cultivo de la imagen idolatrada en que “tener ilusiones” fundadas, por el mero “hacerse ilusiones” alegremente, de manera femenina y desmallada, onírica y  novelesca, irresponsable e insensata.
   Esta pasión por su carácter ilusorio se revela muchas veces en nuestra edad histórica bajo la forma de una regresión a edades cargadas de frenesí juvenil sexual y sensual, materialista, o rayanas de plano en el infantilismo onanista y narciso. Como quiera que sea, manifiestan los deseos y tentaciones que frenan u obstaculizan la evolución espiritual. Es natural en una época roída por los pestilentes chancros de la hibris, de la desmesura fáustica de los tiempos modernos en que el bochorno y la vergüenza seden su amargo puesto a la glorificación enmascarada de lo híbrido e incluso al carnaval de lo inconsciente, degenerado y animalesco.
   El cuerpo de la sirena, que podía ser el de un ave, se asocia así al de los seres difuntos que mueren ahogados o desgarrados y devorados por ellas. Hay que recordar que para el Coran las aves son una alegoría del destino, y que para el Arte Cristiano Medieval de la vanidad y de la ligereza. La cultura egipcia vio en la sirena alada el alma de los difuntos.
   La imagen femenina o de lo femenino sin más se asocia inconscientemente así a la belleza y al canto, a la inmaterialidad del alma humana, pero también a la sangre estéril y en algunos casos a lo parasitario y a la muerte, transformándose su icono de genio perverso o divinidad infernal en vampiro devorador. Si el fantasma atormenta y encadena al hombre por el miedo, el vampiro lo mata succionando sus sustancias, subsistiendo larvariamente por la sangre de su víctima –motivo entre decadente y espectacular de la dialéctica animal presa-predador, perseguidor-perseguido, engullidor-engullido. Es el frenesí de la autodestrucción irresponsable, el alegre vuelo de la caída desmayada y hacia atrás, del sueño regresivo que tiene como destino atormentarse y devorarse a sí mismo al evadir asumir el margen de voluntad en las culpas y fracasos, proyectando en el “otro” la culpa y rechazando el sentido mortal que la travesía humana implica. El oscuro cultivo de la sirena-vampiro tiene como raquítico fruto el de una psique roída y devorada que se convierte en un tormento para sí misma y para los demás, pues la sirena simboliza aquí la inversión de las fuerzas psíquicas contra de la propia persona.
   La sirena, empero, como todo en el mundo de las hierofanías, es una especie doble: se transforma en divinidad del más allá cuando la mujer usa su seducción para guiar al hombre con la pura armonía de su voz y la música de su gesto y su mirada, conduciendo así a los bienaventurados en el camino correcto que va hacia las Islas Afortunadas. Baste como ejemplo positivo la Armónica Sirena escuchada por aquí y por allá en Rubén  Darío.
   La dualidad de la sirena es dibujada por el mismo Darío en el “Canto de los Centauros”, figurando las dos facetas o rostros del mismo principio seductor femenino: por un lado en la Hipodamia de Odites, por el otro, en la mujer fatal cantada por el centauro Hipea. Para Hipea la mujer es un vampiro devorador, una sirena infame, un monstruo pandemónico. El rostro oscuro del deseo toma entonces el aspecto de lo femenino negativo, en donde “Venus anima artera sus máquinas fatales,/ tras los radiantes ojos ríen traidores males,/ de su floral perfume se exhala sutil daño;/ su cráneo oscuro alberga fatalidad y engaño.” Sus formas puras de ánfora y su risa de agua no son así sino la máscara de su ponzoña mortal, la cual la rebaja por detrás de la leona, el águila o la yegua. A Odites, por lo contrario, la mujer se le revela en su aspecto sagrado positivo de Afrodita Uránica: la miel celeste en su lengua fina y su piel de flor aún húmeda de agua marina. Tal es la imagen del deseo. Porque los motivos del querer pueden ser inclinaciones meramente subjetivas, causados por estímulos sensoriales, o por el contrario pueden estar causados por creencias fundadas en razones (Luis Villoro).
   Ante una realidad que se impone y resiste, la percepción de valores evade los obstáculos y por medio de la imaginación, la fantasía o el recuerdo, logra determinar y fijar su objeto. Así, la seducción se presenta a la vez como lo interesante y lo interesado, como lo que simultáneamente se deja conducir y modelar, lo maleable, y como la energía que produce, que hace salir o expresa (educere), como lo que cría, que transporta y conduce juntamente. Pero no es sólo lo que aduce, también puede ser lo que al traducir y transportar el impulso vital lo reduce o lo saca fuera para succionar la sustancia en su aspecto disolvente o de vampírica sirena.
   Como recuerda Tomás Segovia, el episodio acaso más significativo de la leyenda de Orfeo es quizá el pasaje cuando los simbólicos viajeros de los Argonautas, fascinados por las sirenas engañosas, sólo se salvan gracias al canto del poeta. Si las sirenas representan lo que nos distrae del mundo, el poeta  nos muestra en su misión que su encomienda es otra: no el hechizo, sino aquello precisamente que rompe el hechizo y vuelve a ponernos en el mundo, del que el poeta no se ha dejado distraer un solo instante, siendo quien entre los compañeros enajenados empuña tranquilamente la lira y entona el eterno canto a la Memoria, madre de las Musas. Tematizado por los neoplatónicos:, se trata del choque eterno entre la belleza perfumada engañadora de las sirenas, contra la belleza simple, diáfana y segura, angelical de la memoria, de lo digno de recuerdo y memoria no por denso, grueso o estruendoso, sino justamente por puro y alto, acaso las dos notas propias de la belleza simple, de la real belleza femenina, de la hermosura.
   Es de todos conocido el Capítulo XII de La Odisea, en el que Homero al cifrar de nuevo el viaje heroico bajo el comando de Odiseo lo hace aconsejar por Circe de Eea, la diosa maga venerable, no sólo sobre el peligro entrañado en lo irresistible del llamado de deseo, en los peligros ambiguos de la seducción (seducere), sino también el anuncio que hay en su canto de dos peligros por delate de ellas que se ciernen en su camino: por un lado las inmensas olas de la ojizarca Anfitrite, llamada Errática por los bienaventurados dioses (rocas que sólo pudo doblar Argos por la ayuda que Hera dispensó a la nave de Jasón cuando regresaba del país de Eetes), y; el estrecho obstaculizado por dos escollos: por un lado, el escollo liso y pulimentado que alcanza al anchuroso cielo, debajo del cual mora y vive Ercila en un antro sombrío que mira al ocaso (hacia el Erebo), aullando terriblemente como una perra recién parida, el monstruo perverso que nadie se alegra de ver, y; por el otro lado, el escollo más bajo, en el que la divina Caribdis al pie de un cabrahígo grande y frondoso sorbe la turbia y salobre agua del mar, echándola fuera tres veces y sorbiéndola otras tantas de un  modo horrible.
   Ercila es un monstruo de doce pies, todos ellos deformes, seis cuellos larguísimos rematados en sendas cabezas en cuyas bocas hay tres hileras de afilados y apretados dientes llenos de negra muerte, sumida hasta la mitad del cuerpo en la honda gruta. La divina Caribdis más que una forma es una acción y un gesto: es el monstruo que sorbe de horrible manera la salobre agua del mar agitándose interiormente con espantoso ruido, vomitándola con sordo murmullos y revolviéndose toda como una caldera sobre el fuego, descubriendo en la hondo a la tierra mezclada con la cerúlea arena, y que deja caer la espuma de sus iras sobre la cumbre de ambos escollos.
   Entre otras aves fabulosas habría que recordar, además de las temibles Harpías que personifican la venganza divina, a las Aves Rojas de Stainfal (el demonio de la fiebre) contra quienes alguna vez luchó el héroe Heracles.





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