miércoles, 29 de enero de 2014

El Basilisco Por Alberto Espinosa Orozco

El Basilisco

Por Alberto Espinosa Orozco 


                                                                                
   El Basilisco es considerado el rey mitológico de los reptiles. Su nombre deriva del griego basileus (rey) y basiliscos (reyezuelo). Animal fabuloso, híbrido de gallo, serpiente y sapo, a veces se lo llama Gallo Hembra. La Edad Media adivinó su oscuro origen: el monstruoso Basilisco nace de un huevo de un gallo viejo, de siete a catorce años, empollado por un sapo o una serpiente sobre el estiércol. Al igual que las Gorgonas de la mitología griega, el Basilisco tenía el poder de matar con la sola mirada, o el aliento, por lo que para destruirlo había que usar un espejo. Entonces la mirada letal o los vapores ponzoñosos que exhala, se vuelve contra él para matarlo.
   En general, puede decirse que el Basilisco representa los peligros mortales de la existencia que no se admiten a tiempo o que no son  previstos, y frente a los cuales la única salvaguarda son los ángeles divinos. En particular, simboliza para unos el poder real que fulmina a quien le falta al respeto, para otros a la mujer casquivana que corrompe a quien no la advierte o no puede evitarla. La Edad Media estimó que Cristo mató a los cuatro animales citados por el Salmista: al Basilisco, al Áspid, al León y al Dragón (Salmo 90, 12-13). En lenguaje alquímico significa el fuego devastador que antecede a  la transmutación de los metales.
   De confiar en las ficciones del mago ingles Newton Artemis Fido Scamander (1897-2001), el Basilisco fue criado por el tenebroso mago de Grecia Herpo (El Loco), siendo una serpiente de color verde brillante que puede alcanzar más de quince metros de largo y de novecientos años de longevidad, luciendo el macho una pluma en la cresta de la cabeza.




   Plinio el Viejo, en su Historia Natural, toma al basilisco como una criatura real de apenas 30 cts. de largo, oriunda del norte de África y conocida en esa latitud como la “reina de las serpientes”. El Basilisco es un dragón-serpiente que muchas mitologías visualizan como la encarnación del obstáculo que el héroe debe de vencer. De mirada mortífera y vulnerable al canto del gallo al amanecer, el Basilisco ataca con la cabeza erguida, a la manera de las cobras. En ese lugar de la imaginación, no sabemos plenamente si también de la existencia, su esencia se extiende, frecuentemente también se evapora. Suele representar la figura personificada del demonio, del anticristo o del horror mortal. Imagen, pues, de la muerte, pero también del inconsciente, temible para quien lo ignora, pues es capaz de destruir y matar la personalidad. El Basilisco, haciendo uso del arma inmaterial destilada por la vista inconsciente del envidioso, “clava” los ojos en alguien con sus poderes maléficos, proyectando formas de pensamiento maligno, para imponerle su voluntad o la fuerza de su naturaleza, causando daño con su hábil mirada nefasta o al echarle “ojerisa”.
   Así, el basilisco resulta una de las imágenes arquetípicas para representar a los seres híbridos en su conjunto, es decir: a los animales o vegetales engendrados por dos individuos de diferente especie, en los cuales se da un doble desequilibrio u oscilación que rompe el equilibrio psíquico de la persona. Se trata, pues, de una figura asociada a la unión desafortunada de dos tendencias inconscientes de diverso signo, dando un ser que pulula por las regiones oscuras, ocultas y desconocidas, dando como producto  una creación infernal del psiquismo humano. El basilisco resulta así, por su doble composición un ser desequilibrado que como el bostezo idiota del caos equivale al fuego cósmico destructor. Es legendario que esta criatura corresponde a los peligros mortales que corren aquellos que se encuentran en las regiones insólitas, por lo que se lo hace partícipe de los innumerables seres que custodian el tesoro. Por ello también se le relaciona frecuentemente con el mal de ojo a nivel suprahumano.




   El aojador no es otro que el hombre cundido por el mal moral de la envidia, que intenta frustrar o arruinar el bien ajeno mediante la “magia de la mirada”, proyectando para ello una mezcla de negra desesperación, terror y angustia. En efecto el aojamiento o acción de aojar, especialmente poderosa en el contrahecho y en la vieja, puede manchar a un individuo o a una comunidad entera. En todas las culturas es sabido de sus influjos malignos cuando el aojeador u “ojete” mira un banquete sin posibilidad real de participar en él, siendo potente para echar a perder incluso la celebración de la comida compartida –gesto, pues, de mal agüero sólo comparable al acto de señalar a una persona con el dedo índice, el más penetrante e incisivo con que se pronuncia el alma humana, equivalente de picar, estigmatizar o, más modernamente, de denunciar a alguien para nihilificarlo o echarle baldón. El filósofo Santo Tomás de Aquino (1223-1274) era sensible a la creencia en la vulnerabilidad de los niños pequeños a ser atacados por el aojo de brujas y viejas.
   Las malas artes de los aojeadores, concentradas en el mal de ojo o “fascinación”, provienen de un pacto imaginario o real del aojeador con fuerzas demoníacas o sobrenaturales. Se trata de una pírrica fuerza que es más bien un negro fruto de las debilidades humanas condensadas, tales como la envidia, la frustración, los celos, la codicia, etc. Cuando un envidioso ve que un objeto tiene una cualidad o valor que le atrae o le gusta, desea usurparlo a su legítimo poseedor, antojándosele pues y sacando su poder de la ictericia y encono de la tristeza por el bien ajeno. El mal de ojo o “aojamiento” se basa en una creencia muy antigua cuyos orígenes se pierden en la oscuridad de los tiempos. En el Paleolítico Superior, en las culturas cluniacense y magdaleniense, el hombre de cromañón decoraba ya sus grutas con pinturas y grabados rupestres que representan en negativo la silueta de la mano abierta, presumiblemente con el fin de ahuyentar los malos deseos del “aojador”. Los fenicios conservaron esas creencias e hicieron de la mano abierta un talismán, el cual ha llegado hasta nuestros días por la cultura Palestina con el nombre de “mano de Fátima”. 
   Cuentan también que en la antigüedad, cuando Alejandro Magno incursionó por la India ordenó poner sobre los cascos de los soldados espejos con el fin de eliminarlos si se cruzaban por su camino al mirar su reflejo. Es creencia también de la antigua Grecia que pintar o labrar en la proa de las embarcaciones ojos azules para ver la línea a seguir a través del horizonte marino, cuya tradición se remontaría a los expeditos Argonautas.




   Los cenizos odiadores profesionales o “gafes”, repudiados por el resto de la comunidad, fueron cruelmente castigados en la Edad Media  por sus malos deseos con el “rollo” o la picota.  En el mismo mundo se creía que el canto de un gallo era fatal para el basilisco, el cual moría de inmediato, al igual si se enfrentaba a su propia mirada, lo que le resultaba fatal. Acaso por ello su icono se encuentra con frecuencia en los capiteles góticos y románicos como símbolo de la maldad y de la fuerza oculta que con una sola mirada es capaz de matar.
   El medioevo desarrolló profusamente el sortilegio del ojo representado en un talismán o en un amuleto, sobre en el mundo asiático, para liberar el “nudo” de la impotencia que su mirada hechicera perpetra. Se trata de uno de los símbolos “oriaojos” que se derivan desde eras prehistóricas, tales como la figura del falo erecto o el roble sagrado, consagrándole esa función además las plantas del abedul, el ajo, el aliso blanco, angélica o cedro bendito, la haya, el laurel, el anís, la ruda, el trébol y el espigó. También la sombra de un olivo, la “figa” brasileña, o el curioso gesto en que e aprieta el puño con el pulgar entre el anular y el cordial, el cuerno curvo o corno, todo tipo de figuras fálicas y el empleo de máscaras de expresión maligna resulta beneficioso contra las malas artes de los aojadores. Por su parte, en el Gran Basar de Estambul es común encontrar hoy en día a manera de talismanes contra tan temido mal anillos, piedras preciosas, nudos y fórmulas secretas. En especial es apreciada la turquesa, piedra azul reproducida a manera de un ojo, pues es creencia que los ojos azules son especialmente potentes para causar el mal y que por trasmisión el hechizo se disuelve, pues las cosas similares se atraen o anulan mutuamente. Capitulo perteneciente, pues, a la magia simpática, estudiado profusamente a principios del siglo XX por Sir James George Frazer en su clásica obra La Rama Dorada (Magia y Religión). Los alquimistas incluso llegaron a triturar turquesas para el mismo efecto, tomándola como poción, además de considerar su utilidad contra la picadura del escorpión o como anticrotálico. La turquesa además, al tener el color del cielo, protegía contra otros accidentes o “caídas” Así mismo se creía que la piedra verde de la malaquita ahuyentaba o libraba igual el mal de ojo que los terrores nocturnos y desconocidos. Tales rocas tienen, a decir de esas creencias, poderes “apotropáticos” o de alejar demonios, lo mismo que la representación de un pez. El Islam por su parte confiaba en creencias similares usando el color verde y el azul sobre un fondo blanco.   
   Los estratos históricos de la palabra “aojar” u “ojeo” están todos en relación con la mirada tomada como arma inmaterial con que unos hombres intentan imponer sobre otros su voluntad o su naturaleza. La fuerza o el poder de la mirada pronto se asociaron con sus versiones negativas, con el mirar con malos ojos, con la mirada pesada y los ojos de pistola. Es decir, mirar a alguien con rencor o agarrándole “ojeriza”, actitud propia de los “ojetes”, no es sino ver algo con influencia nefasta o en el sentido negativo y disolvente de la mirada que desea el mal ajeno y, por tanto, con la mala voluntad –lo cual no excluye, por supuesto, que tales ojerosos sean además especialmente “ojialegres”. El “tallador de ojos” se asocia tímidamente también con la interjección “¡ox!”, o con la voz “¡oxte!” que usaban los ojeadores en su labor de ojeo para localizar la presa y ponerla a tiro de los cazadores  Lo mismo que la indicación de dedo índice sobre seres vivos tiene la función tal gesto o ademán de dominar con la mirada o de ojear a alguien para ponerlo a tiro.




   La idea de que ciertos individuos tienen el poder de lanzar hechizos malignos o de proyectar formas de pensamiento maligno con solo mirar a otra persona es prácticamente universal, existiendo en casi todos los idiomas un término para equivalente para designarlo: es el boster Blick alemán, el malocchio, el mauvais olei francés, o el español “aojear”. El latín tenía una palabra para la idea de atrapar mediante poderes o pactos diabólicos: es el fascinum, de donde se deriva la palabra castellana “fascinar”.
   Acaso la más terrorífica figura de la fascinación sea la de la mirada petrificadora de Medusa, una de las tres Gorgonas, quien en pleno uso de sus malas artes tenía el poder de petrificar a quien se atrevía a mirarla directamente, quitándole de este modo la vida -tal como sucede en el arte, especialmente cuando la poesía hereda el mito dogmáticamente, no en su función simbólica, sino en su función explicativa. La escena mítica más memorable de la fascinación es, efectivamente, cuando Medusa y Perseo se enfrentan. No podría decirse que tal figura escénica tenga como significado la fascinación, sencillamente porque la fascinación misma es una figura, una imagen, cosa que prohíbe enteramente interpretar a una y otra en la relación de significante-significado. No es tampoco, como recuerda Tomás Segovia, que uno de los términos sea el sentido directo del otro, como hacer una figura de una imagen, una imagen de una imagen, no es meta-connotación, pues el lenguaje figurado es de un solo grado y no admita la disección analítica posibilitada al lenguaje literal por los metalenguajes. Lo que se da más bien es una igualdad de naturalezas, que es justamente lo que posibilita la reversibilidad en los lenguajes simbólicos, por lo que no puede decirse que la figuras que forman la escena sean la descripción de la fascinación, porque el modo de confrontación es indecidible: realmente no sabemos, no podemos saber, en el sentido del saber enciclopédico, en que sentido la escena es una figura de la fascinación -porque, como veremos con detalle más adelante, el lenguaje constituido por la metáfora y la poesía se inscribe en una área de la cultura que no es saber verificable, no reductible al conocimiento positivo del lenguaje literal.














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