domingo, 19 de enero de 2014

Andrés Henestrosa: las Verdades Sencillas Segunda Parte: la Herencia del Mito Por Alberto Espinosa Orozco

Andrés Henestrosa: las Verdades Sencillas 
Segunda Parte: la Herencia del Mito
Por Alberto Espinosa Orozco 

IV
   La exposición de la cultura patria Andrés Henestrosa parte de una límpida concepción del origen de nuestra nación en la fusión de razas india y española que nos constituye como grupo étnico y humano, sin omitir la gota de negritud que no puede faltar, en ese fabuloso mestizaje de anhelos cósmicos, universales y metafísicos constitutivos de la mexicanidad, aglutinador de un barro permanente iridizado por todas las arenas, enriquecido por todos los caprichos de la tierra y fecundado por una igual por imparcial agua de vida. El trasplanto no produce frutos entecos y sin semilla, sino más frutos y más vigorosos –como recuerda el principio elemental de la arboricultura.
   Ser mexicano, pareciera querernos decir el maestro Henestrosa, es ser innegablemente heredero de la cultura indígena y, por extensión, ser indio también –pues no es menos profunda la influencia del colonizador por el colonizado. Es verdad, cada uno de nosotros hemos sido educados de disimbolas maneras por el pueblo indígena, de tal manera que hasta el blanco mexicano resulta indio blanco –lo cual se patentiza en el modo de hablar, vamos, hasta en la forma de caminar. Es verdad, no hay colonización que no experimente los efectos una especie de injertación botánica por parte del colonizado. Es el caso de Alejandro Magno, el cual se orientaliza quizá más de lo que heleniza a los egipcios. No es diferente el caso de los misioneros y colonizadores españoles en tierra mesoamericana que el del joven arraigado en tierra por la nana de la misteca.
   Muy lejos de la época en que se dudaba de su humanidad para reducirlos y degradarlos a bestias de carga, el proceso de indigenización de la conciencia nacional, siendo despacioso y paulatino, no ha hecho sino verse enriquecido por contribuciones tanto en el aspecto literario como en el conceptual o filosófico, expresando su influencia simbólica en libros que van de La tierra del faisán o del venado de Antonio Medís Bolio, pasando por Los hombres que dispersó la danza del propio Henestrosa e Indología de José Vasconcelos , o las Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias, a libros de inteligencia histórica como Los grandes momentos del indigenismo  de Luis Villoro –a los que ahora habría que agregar el grueso volumen La Rebelión Zapatista en Chiapas (Las insurrecciones de los pueblos indios en México) del maestro durangueño Víctor Campa.
   Sin embargo este mestizaje ha dejado de tomar lo mejor de cada parte, heredando la pereza del indio, que por pereza hiere, y la soberbia española, que por soberbia mata. Un caso más es la tradición paternalista y patrimonialista de la política mexicana, cuyo carácter “porfirista” es claramente antiespañol –en lo que se muestra su falta de espíritu de síntesis y su absoluta carencia de originalidad, su carácter “mandarín” y falsamente mexicano, de ahí sus invenciones y arbitrariedades domésticas, faltas de tolerancia y de universalidad.
V
   Cada nación que se levanta debe precisar su propia filosofía. La filosofía que ha reinado en nuestro país y en la que hemos sido educados está bajo la influencia humillante de una ideología ideada por nuestros enemigos, que exalta por tanto sus propios fines y anula los nuestros, creyendo en la inferioridad del mestizo, en la decadencia y falta de arrojo del oriental, en la condenación del negro y en la irredención del indio. Por el contrario Vasconcelos creyó en el mito de una quinta raza, fruto del mestizaje y la fraternidad que ha de crecer en América, a quien corresponde la misión de, siendo la patria de la gentilidad, de ofrecer gracia y hospitalidad a todos los hombres para cumplir con su destino de cristianizarse, hallando en la revelación de la verdadera religión -que siempre ha existido- no el folclor colorido de lo nacional sino las fuentes universales de libertad y de vida. Porque si el periodo de la humanidad señoreado por el positivismo (que va del hegelianismo a rajatabla al marxismo sovietizante) dijo que no era el amor la ley, sino el antagonismo, la lucha del adaptado y la filosofía del triunfo a cualquier costo, arrojándonos así a la tiranía de las regla, que frena el sentimiento y pone límites a la acción, el cristianismo y el personismo por lo contrario predica el amor como la base de las relaciones humanas.
   Así el nuevo periodo de la humanidad anunciado por el filósofo en La Raza Cósmica habrá de ser anunciado por el ejemplo y luego proseguido por la ley creadora del júbilo y el gusto, que es emoción de belleza y amor acendrado que se confunde con la revelación divina. Edad de Iberoamérica, pues, cuya gente encuentra en la belleza la razón mayor de cada cosa. Esteticismo cristiano, que sobre la misma fealdad pone el toque redentor de la piedad, encendiendo el halo de comprensión alrededor de todo lo creado. Porque la gente de la América hispánica, que ha aprendido el arte de la resistencia y que se encuentra desbaratada por el trabajo,  está  empero libre de espíritu y con el anhelo en tensión ante las grandes regiones inexploradas de su geografía y de su espíritu.
   Para José Vasconcelos, en efecto, se dejó inspirar por la esperanza del Quinto Sol y siendo Secretario de Educación Pública hizo labrar en un viejo edifico renacentista alegorías de México, España, Grecia y la India como emblema de las cuatro civilizaciones que más han de contribuir a la formación de América Latina -quedando pendiente la edificación de cuatro grandes estatuas en piedra de las cuatro razas cuyos tesoros sintetizados en el mestizaje han de constituir  la raza final: la raza cósmica. 
VI
    Tal vez sea verdad que se es más del lugar en que se vive conociéndolo, pues se adquiere la profundidad histórica cuya visión interesa décadas, siglos, hasta abarcar milenios, creando con ello un recinto de profundidad a la imaginación y al entendimiento, a partir del cual hacer una interpretación más rica y fundada de la realidad cotidiana, del aquí y ahora, a la luz de lo resiste en la tradición y que será mañana y siempre por su valía –cristalizando sus potencias al activar el ser de la nostalgia y el amor al ejemplo sublime, despertador del querer de la voluntad libre.
    Un ejemplo magnífico es la idea peculiar prehispánica, pero arraigada en la mentalidad mítica de todos los pueblos, del “doble” del ser humano individual: del nahual personal o del tótem familiar, que duplicando en otra esfera invisible del ser nuestra figura corporal, espacial, temporal y finita, llega a tener aun más realidad y patencia que el despliegue aparente de nuestros actos, dibujados apenas en la arena del espacio, bruma pasajera en la helada madrugada, carpa efímera que dan un salto y desaparece en el río del tiempo. En el relato legendario o fabuloso sobre el origen de la tortuga, el conejo, el venado, el colibrí o el coyote, el hombre ha penetrado en el secreto del mundo animal también para conocerse a sí mismo. Acaso porque el relato fabulador del animal espejea o refleja todo un costado genérico del ser humano, hermanándonos por esa semejanza a nuestra diferencia específica hasta esferas lindantes con lo metafísico. En el cuento del buitre y la tortuga, el impertinente reclamo de asco ante la fetidez del carroñero durante el viaje aéreo, cuesta a la tortuga caer desde lo alto, siéndole posteriormente dado por Dios el caparazón que permite reunir los fragmentos despedazados del paciente anfibio. Historia de milagro en cuya fábula queda latente algo que nos habla a todos y que nos convoca estéticamente en una unidad superior.
   Tal es el reino de lo vivo genérico, pero que se individua analógicamente en cada uno de nosotros, dándonos un nombre secreto o haciéndonos semejantes a los personajes del mito o la leyenda, y en este sentido haciendo participar a la vida de un orden, propiamente hablando de linaje fabuloso. El hombre es un animal fabuloso, pues es el ser que “fabla” y que al hablar fábula –también el ente que por hablar inventa y que por ello puede mentir, deformando la apariencia del mundo guiado por sus intereses y pasiones, yendo cada vez más lejos, perdiéndose en el cuento de la palabra... sin esperanzas de volver.  Empero, como estricto ser fabulador el hombre no imita la realidad para torcerla, o para decir mentiras con el lenguaje de plata, sino para romper la cáscara convencional del interés subjetivo y del prejuicio para que aparezca la figura de un orden que está como por debajo y más acá de la verdadera esencia, o más allá, pero que en cualquier caso resulta trascendente, para señalar la verdad de oro.
     Se trata del valor de la vida -no menos insondable y misterioso que el valor de la muerte. Porque la vida, pareciera querernos decir Henestrosa, es efímera, dura sólo un momento, es finitud, pues somos apenas un velo, una imagen que aparece, desaparece y reaparece para esfumarse cual la bruma -mientras que la muerte es eterna. El viaje del hombre contrasta así con la permanencia de la piedra: el hombre es pasajero en tierra, es el ser que va y que vuelve, que viaja por el mundo, que se aventura… y no retorna; la piedra en cambio queda, permanece y es eterna.  El hombre empieza a morir desde que nace. Es un ser finito: un ser para la muerte, como diría Quevedo y a su zaga Heidegger. La única verdad es que la muerte esta en el futuro como seguro límite a nuestra vida, de cada uno de nosotros. La vida esta determinada, más que por el efímero presente de la realidad concreta, por el futuro de la muerte –que da a la vida su carácter irrevocable y absoluto.
   El padre Tiempo reclama para si lo que es en él, devorando de este modo a sus hijos. Por ello en cierto sentido el pasado es un fue con el presente, que ya pasó, que a dejar de ser…  que propiamente ya no es. En contraposición, el futuro esta siendo ahora, por lo que es pasado, por lo que tampoco es, que ya no es. Crecemos del pasado al futuro lo mismo que caemos del futuro al pasado. Velo de carácter aparentemente existencialista, pero que acaso no sea sino el velo mítico de Maya, de las apariencias, y que desde el inconsciente colectivo tiñe la visión del mexicano escéptico ante la existencia y la gloria de la mundanidad, dando con ello un tono triste, crepuscular y melancólico al alma nacional.
VII
   El maestro Henestrosa, hijo predilecto de la filosofía vasconcelista, pero también seguidor del cristiano ateneísta Alfonso Caso, llamó la atención a otro de nuestros rasgos culturales, señalando como del mexicano por tradición y carácter: el ser a fondo o en la mera existencia ocasional y contingente un ser idólatra. Mejor sería decir un ente inclinado afectivamente a la adoración o veneración de las imágenes y a la admiración de los símbolos: un ser, pues, anti-abstraccionista. O, para decirlo a la manera bizantina: un iconista. En efecto, la idiosincrasia nacional gusta del mito, entendido como esa manera de ver las ideas como si fueran seres concretos (que es lo contrario de la inteligencia abstracta). La facultad o inteligencia mítica es propiamente poética, pues nada puede pensar sino a través de imágenes, que en el ateísmo un murciélago que lo expresa, o en el buitre la encarnación del paganismo o n el águila la sustanciación concreta de la Ley. La diferencia entre el pensamiento simbólico y el mítico estriba en que mientras que el primero representa por una imagen la cosa, el otro vislumbra en la imagen la cosa, sin sustitución, sino que la motivación del signo poético lo lleva hasta la absorción de la cosa por la imagen. Procedimiento que es todo lo contrario a la “mistificación”, pensamiento por deseo cuyo propósito suele ser destruir las imágenes (iconoclastía) para sí abolir la medida que los empequeñece. Destruir la verdad del mito es empero imposible y como lo reprimido retorna peligrosamente para sustituirlo simbólicamente por una “mística inferior” –para lo cual se recurre al chantaje, a la indiferencia o a la calumnia, inventando como contra remate un nivel por arriba del nivel, un código por arriba del significado. Filosofía de oportunistas y fetichización de lo real cuyo propósito, vuelvo a insistir, es hacer valer lo que no vale.
   El hombre, en efecto es el animal que construye o labra estatuas, figuras, imágenes de culto, de adoración, dejando que le soliciten la mirada, que lo lleven a un contenido indeterminado y abierto territorio de la libertad del mito para que lo arroben o lo seduzcan, casi sin solución de continuidad al objeto idolatrado, llevándonos a nosotros allá, a lo no sabido, poniéndonos en presencia del misterio cual si se tratara del dios, del numen mismo.
   El guadalupanismo del mexicano es amor por la imagen de la belleza patria que, conjuntado a una geografía por virtud de una lengua común que va de oreja a oreja en el caldo de una cultura disímbola, nos pertenece a todos como símbolo venerable de una identidad nacional de estratos religiosos, cristianos es cierto, pero también sincretistas.
   Todo ello se debe a que al ser humano, deseoso de ver y saber, también se le puede caracterizar como el animal que gusta de la grandeza de los hombres, que necesita de ella para construir un relato a partir del cual tener identidad e historia.
   Complejo de veneración, creencias, reverencia y superstición que tiene en el mexicano una nota singular: su absoluto rigorismo moral e intelectual. Me explico. Mientras que en otros pueblos se reverencia, no sin solemnidad acartonada, hasta las personalidades notables ínfimas, en nuestra cultura se prueba, y frecuentemente se reprueba, hasta las más grandes figuras. Si es verdad que esta actitud se llega a confundir con formas desviadas de relacionarse socialmente e incluso con el nihilismo pasivo, tales como la descalificación, el ninguneo delirante, el franco sarcasmo o la befa pueril, cuya intención es hacer a todos gatos pardos y cuya tarea no puede ser sino obra de la noche, por el otro lado de la medalla también puede verse en esta actitud una chispa solar: una prueba de fuego o control de calidad radical, de la más ruda exigencia, que no se conforma sino con la pureza más alta y que además pide, reclama que sea expresada en las formas artísticas más bellas –y en cuyo examen nuestro pueblo pareciera anhelar, incluso reclamar, la presencia de la divinidad misma… o, al menos, la erección de un faro de luz inconfundible para guiarnos en la escabrosa y muchas veces trágica historia de nuestra zaga cultural. De ahí el culto mariano, estrellado y sin tacha, de nuestro guadalupanismo,
   Tal exigencia no es sino la regionalización situacional de otra exclusiva humana más: el deseo humano de expresar cosas hermosas y bellas con absoluta concisión espiritual, el cual es también el anhelo por saciar la necesidad, la sed de comunicarnos nuestras respectivas individualidades, pero sobre todo nuestras intimidades más profundas, y donde toca manifestarse el esplendor luminoso del espíritu. Tal función la cumple en nosotros el homo estéticus, pero también la esencia que nos habita bajo la forma del homo religiosus, esa región encabalgada de lo humano regida por las categorías excluyentes de belleza y fealdad, y de maldad, bondad moral y trascendencia metafísica. Como Sócrates, el sabio maestro mexicano Andrés Henestrosa reconoció así la urgente necesidad de considerar a nuestras fábulas y refranes populares como parte medular y radial de nuestra literatura nacional, pero también la importancia del ejemplo vivo de los grandes hombres, condición de posibilidad o suelo fértil en que se asienta la moralidad misma -reivindicando con ello valores ciertos, hoy más que nunca en peligro de desatención y vilipendio, cuando no del vituperio vulgar por los desposeídos de tradición y de religión, en ambos casos en riesgo de  extinción.



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