sábado, 24 de agosto de 2013

Margaritas Por Hazzel Yen

Margaritas

Por Hazzel Yen


La belleza es prófuga, las margaritas que llenan los campos, la mariposa azul que aletea sobre la canasta de picnic, los prados verde profundo, el lago que reposa calmo bajo el cielo abierto, la cabaña, el aire fresco olor a lavanda, la libélula azul que se posa sobre mi cana de pescar. En algunos días huirán, como intenta hacerlo el pescadito que muerde el anzuelo, su garganta se ha dañado, temo desgarrarla, el fin lo dejo ir, desparece entre las aguas. La pesca, me han dicho, es cuestión de paciencia y oportunidad, la vida también.


lunes, 19 de agosto de 2013

(Fragmenatrium) XII.- El Arte Narrativo de Patricia Aguirre Por Alberto Espinosa

(Fragmenatrium) XII.- El Arte Narrativo de Patricia Aguirre 


   Mirada crítica, es cierto, que en base a las virtudes de una estética colorista y a la rapidez de la ideación, busca el encuentro del centro místico de la persona, de su propia persona, en un esfuerzo de concentración de la imagen simbólica, para lograr así la sublimación de la materia, la transfiguración de los elementos y la superación de los instintos primordiales –encontrando a través de recuento de los orígenes la perfección ideal de los fines, adquiriendo así por transformación la naturalización espiritual. Purificación del símbolo también en lo que tiene de participación y solidaridad con todos los niveles cósmicos, potente por tanto de participar activamente en la vida de una cultura, de partir y de insertarse en el lenguaje vivo de una comunidad por virtud de su autenticidad y de su accesibilidad a cada uno de sus miembros al estar en contacto permanente con la actividad mítica y fantástica de cada uno de sus miembros –dando con ello la plenitud y razón de ser del símbolo: volver la vida, para aquellos que lo comprenden, más matizada, más rica, más íntima.
    Alegoría, metáfora continuada y concatenada por la diversidad de elementos que caben en ella, la obra de Patricia Aguirre, de un tono paradójicamente minimalista por expresar contenidos asequibles a la instrumentación orquestal de los murales, pero que se sirve de elementos muy antiguos, como los repertorios de los bestiarios medievales.[1] Salvación de la cultura por la cultura misma también, que ante sus intimidantes abismos de mecánica frialdad y agobiante tiniebla de nuestro tiempo reclama una restauración completa por la vida de un humanismo renovado. 
   Arte cuyo género narrativo, relata la angustia del ser humano en la época de la postmodernidad, preso en las redes simbólicas y en las técnicas de los manipuladores profesionales, y todo ello bajo una mirada, que sin dejar de ser  veras, agregue los componentes de la limpidez, donde reina la precisión del trazo y la calidad luminosa de cada pincelada –y todo ello subsumido en el dilatado espectro de una reflexión crítica sobre el valor moderno de lo simbólico. Así, su obra resulta una especie de lotería giratoria, la cual evoca también al juego de “serpientes y escaleras” o, mejor dicho, una tirada de cartas personal que, no obstante diseñado por una psicología como una especie de espejo y de reflejo de la intimidad individual la cual logra, simultáneamente a la revelación del autorretrato, detectar los impactos emocionales de una época y, de tal forma, revelar una potente radiografía del inconsciente colectivo.
   Así, lo que salta a la vista en tal exploración es el error que domina, no sin frivolidad, a las vanguardias, a las heterodoxias modernas y a las nuevas herejías: la confusión entre la valoración de la Vida, determinada por las normas y los ritmos cósmicos, y la sobrestimación de los impulsos vitales, que se mueven en el inmanentismo de lo puramente temporal, preparando un provenir sin contenido metafísico –siendo su signo y su estigma el de las aguas descendentes que bajan hasta el confín de los amorfos ríos infernales que no participan ni de la memoria ni de la Vida. También el propósito de restaurar las normas y el canon moral, de viajar teniendo en cuenta los límites de las formas puras y las distinciones precisas, donde el espíritu puede detenerse en la contemplación, permaneciendo así dentro de las fronteras del ese (sér), sin dejarse por tanto arrastrar más allá de las formas o de los sentidos, donde comienza la confusión de la eternidad y de la nada, el devenir evasivo de la subjetividad personal, las posesiones y las obsesiones, de la barbarie orgiástica de lo fantástico y de la indeterminación del porvenir o de la nada. Defenderse del no ser mediante el respeto de las normas, de los límites, de las formas, que es un acto a la vez de dominio de uno mismo para mantenerse en la corriente de la Vida. Acto de decisión por la libertad ascendente, por una libertad más grande y solemne, que sea responsable para con uno mismo, que responde a la propia vida con cada acto que realiza.





   El políptico de la artista  constituye, en efecto, un testimonio de los caracteres de la edad contemporánea que se interroga por los misterios de la condición humana, basada no en una construcción ficticia, sino en una experiencia concreta traducida con minucia en una descripción objetiva a partir de conceptos claros que buscan sin embargo lo que hay en ellos de símbolo e incluso de mito: la concentración arquetípica de una verdad que le permita llegar y ser sí misma. Su estilo fragmentario, lleno de sugerencias y matices, de distinciones nítidas, de riqueza y de respeto por el contemplador al no dar nada por definitivo o acabado, es también el desarrollo de una exclusiva humana más: la del proyección del sentido sobre el trasfondo de la existencia humana . Porque ser humano es vivir en ese trasfondo de sentido, de tiempo orientado por la cultura, que  tiene vasos de comunicación insospechados  en sus aristas, que nos precede y que no morirá con nosotros rebasándonos por todas partes.  
   La meditación de la Maestra Patricia Aguirre en la compleja composición de su políptico se interna en el laberinto de la modernidad, es cierto, pero va en dirección del camino del centro, para sí al recordar la verdad inmutable actualizarla. Camino que nos muestra la salida de la amnesia también al hacernos recordar como es que toda alma es esencialmente libre –aunque el hombre en estado natural, perdido entre las apariencias, ignore el valor y la situación de su alma. El ser humano, que ha olvidado la situación real de su alma, que ya no se acuerda de la verdad ni de su verdadero centro, es capas, sin embargo, de recordar la verdad que reside en el centro de su propio ser. Síntesis del agua purificadora de la verdad y del fuego del espíritu, búsqueda del carbunclo que como una perla luminosa protege de la abrasión de la materia, del incendio de las pasiones y que hay que robar a los dragones que la aprisionan en el fondo barroso de los abismos. Moral de artesano también, que en una labor de ascesis y expiación que explora el núcleo de la moral del oficio, donde radica el verdadero trabajo desinteresado del artista: purificar la ciencia de los caprichos de la voluntad para encontrar la morada de la verdad suprema y de la esencia oculta, la luz intelectual que vive y despierta en el fondo inmutable corazón de la persona. 
   Búsqueda de la perla escondida, de la esencia oculta que ni la marea del yo ni la concha del espacio-tiempo pueden contener, de la trasmutación de la materia oscura por medio de la espiritualización de los elementos, que por  razón del poder de la luz limpia el vinagre de la melancolía, la herrumbre del pecado y ahuyenta a los malos espíritus. Proceso de evolución del alma que en su viaje pasa de la confusión de la materia homogénea a la heterogeneidad de la diferenciación, a la distinción y discriminación de las formas, remontado con ello el temor a la vuelta de los sucesos superados. Pintura de verdad y de de gran extensión la de Patricia Aguirre, caracterizada por el gusto de los matices, por los oleos que se trasmutan en carne humana, por el deseo de pertenencia y de sentido, por la calidad de cada pincelada y las sutiles texturas, en un concepción de la técnica que va en la dirección de lo impecable, de cuya visión artística nace una traslúcida trasparencia, como nace del agua la sal y de la tierra los frutos -como nace también de Saturno la muerte del tiempo y de las rosas.

1-2-2013






[1] Hay que destacar la colaboración en el Mural “Paisaje Histórico Mexicano”, proyecto realizado por José Luis Ramírez, en la Biblioteca Pública del Calvario. También participó en el proyecto mural de la maestra Elizabeth Linden en la Escuela de Medicina de la UJED, “Historia dela Medicina” y “Medicina”, junto con Sergio Montiel, Otón Rivera y Jesús García. A tomado parte también en las decoraciones de intención mural de los bares “El Corzo” y “El Alebrije”.



viernes, 16 de agosto de 2013

Paty Aguirre (Fragmentarium) XI.- De la Mística y sus Albores Por Alberto Espinosa

(Fragmentarium) XI.- De la Mística y sus Albores


   Para cerrar con los emblemas zoológicos, aparece en el retablo el símbolo del gallo. Soñador intrépido, el gallo es imagen del orgullo y a la vez un símbolo solar benéfico que suma a su estampa toda una constelación de virtudes, tanto civiles como militares, las que corona con  la previsión, el valor, la bondad y la confianza. Animal que se quita el grano del pico para dar de comer a las gallinas, es el gallo también talismán contra las malas influencias de la noche, siendo sobre todas las cosas el símbolo por antonomasia de vigilancia y de la luz naciente –relacionándose por el ello con el Mesías, pues anuncia al día que sucede a la noche y, por tanto, la supremacía de lo espiritual. Así, el gallo se refiere a una fase del desarrollo espiritual, en donde encuentran unidad y armonioso equilibrio el espíritu y la materia. El secreto gallo, enemigo de los enemigos de Dios, es también un maestro de urbanidad -sin embargo, en su aspecto negativo, se relaciona con el puerco y la serpiente, representando entonces el apego, la cólera y los deseos desmesurados contrariados.
   Figura, pues, que preside la sección final del retablo, pues, y que nos habla de la larga noche de el espíritu y de los tiempos de prueba y purificación, de los tiempos finales de los que hablan los profetas. También de una nueva actitud frente a las fuerzas de la noche, la cual marcha en dirección de la maceración del la carne por la vía de la ascesis y de la purificación del cuerpo por el agua y el Espíritu. Aparece entonces la imagen del un rostro sufriente femenino, acaso en trance de beatitud, la cual representa ambiguamente, el éxtasis de la contemplación de la vía mística y de la ascesis. Vía cuya misión no es otra que la de disolver al hombre profano, aniquilando progresivamente las formas vulgares del equilibrio psíquico mediante la humillación de la condición humana, extinguiendo así la voluptuosidad, la concupiscencia y la bonanza  de los sentidos, agotando con ello el deseo de comodidad y la escoria depositada en el cuerpo por obra del pecado -para con ello restaurar la luz pura que hay en el principio de lo creativo. Su técnica: desvalorar la vida profana, someter al imperio del espíritu todos aquellos receptáculos donde se incube el chancro de la pequeñez  humana, todo aquello que triunfa en la apariencia, que se solaza en la vanidad, y que en su fondo es polvo, disolviendo con ello la oscuridad del ama inferior para concentrar con ello el fuego siempre vivo del espíritu –confiriéndole así al ser humano una dignidad que desde hace mucho ha perdido ante las filosofías modernas.




   El cristianismo ha sido en este campo también la guía para recuperar la salud espiritual de la humanidad pues, por virtud de sus creencias en un orden trascendente, canaliza las pulsiones humanas detonadas por la sed de infinitud y de absoluto en una dirección luminosa y creativa, al proporcionar un sentido a la vez concreto y central a la existencia en base a un concepción metafísica coherente, de la que mana un simbolismo no discordante,  potente incluso para amalgamar lo social en un orden superior.
    Las imágenes cristianas en el políptico nos hablan así de una sed de redención en la cultura contemporánea y del esfuerzo permanente por restituir las normas primordiales de la existencia, dando con ello continuidad a las verdades trascendentes y a las tradiciones milenarias suprahistóricas. Camino que lleva a la lucha por desolidarizarse de las esencias caducas, demoniacas e infernales de la sociedad, pero que en el fondo no es sino una eterna invitación al amor y una renuncia al egoísmo –porque sólo por el amor el hombre llega a ser verdaderamente libre, controlando la bestia y dominado al demonio que radican en el interior de la naturaleza humana inferior. Imágenes, pues, que apuntan en la dirección del establecimiento de una comunidad de amor en verdad libre,  que asegure la continuidad de la nobleza humana -en medio de una constante lucha contra las heterodoxias y soterradas herejías del mundo moderno, exasperado por la presión histórica del  temor, ya bimilenario, a la verdad del cristianismo, porque la verdadera tarea del cristianismo es la lucha constante contra las confusiones programáticas, contra los truismos de las modas y contra las herejías. Superioridad del  cristianismo, en efecto, que empero devalúa la imagen que el hombre tiene de sí mismo al homologarlo con niveles cósmicos inaccesibles al hombre profano y nunca antes vistos por el paganismo.
   Lucha espiritual es verdad, porque las verdades fácilmente se olvidan, mientras que los errores y las confusiones se adaptan por todas parte y reaparecen siempre bajo nuevas formas, cada vez más fascinantes, más modernizadas, más atractivas –pero en cuyo interior late la tendencia de hacer regresar al hombre a la animalidad o a la miseria física o moral, de tal modo que no pueda más y se refugie en la embriaguez, en la bajeza, en la bestialidad, en la inconsciencia o en la herejía. Dando todo ello cono triste corolario el hombre de la existencia, descreído no ya digamos de Dios sino hasta de las esencias, ayuno de orden moral y despersonalizado, carente de empatía, insensible ante el prójimo, que adopta las convenciones y reglas sociales sólo para evitarse inconvenientes o para obtener ventajas, y que reacciona con escándalo ante el cristianismo, por el temor inconfesado a que su metafísica destruya por completo la imagen que el hombre en estado natural se hace de sí mismo. Resistencia, pues, que no sólo se expresa como violencia por parte del paganismo, sino como una tensión angustiosa por parte de cada individuo, incluso por parte del converso, ante la dificultad de remover otras formas mentales y de renovar una imagen antropológica que restituya los componentes metafísicos –desconfianza y temor que inspiran igualmente las personalidades creativas, las cuales representan para el individuo una fuente de desasosiego e inquietud. Mundo moderno, pues, reacio esencialmente al cristianismo; mundo de sociedades urbanas donde se dan cita una profusa mezcla de imágenes antropológicas, siendo la lógica y los símbolos del hombre moderno aquellos que condenan la inocencia y donde se envidia al vicio, viendo sin embargo en el prójimo el tamaño del infierno y en el vecino a un demonio. 
  Intento, pues, por reconstruir todo un ideal de vida ligado a la sencillez de la vida, a la autenticidad, a la marca de origen, a la profundidad dogmática de las virtudes teologales, a la preeminencia de la trascendencia de la mística y de la metafísica, a la poesía y a la sinceridad cristiana, pero sobre todo tentativa por reivindicar una serie de principios, que al ser desdeñados  por las filosofías modernas, no han logrado fecundar el alma del hombre occidental y que son por ello la raíz cegada de su propia crisis: el valor del símbolo, de su autonomía y su eficacia espiritual. Porque el símbolo visto en lo que tiene de principio metafísico, contrariamente a lo que suele pensarse, expresa en el fondo es una profunda sed ontología de conocimiento de lo real. Su técnica de la real a la vez que evita los automatismos psicológicos y reacciona tanto contra los esquemas abstractos y formales como contra las ilusiones, es un intento por expresar lo concreto, lo dado, tal como se presenta. Actitud metafísica, pues, que adquiere todo su valor a la prueba o el documento que esta detrás de la experimentación empírica sino en la medida en que estos participan de lo real y se relacionan con la autenticidad de la persona –donde se toman en cuenta la evidencia de las experiencias irracionales, reconociendo con humildad la limitación humana, que es su finitud, sin por ello renunciar a la universalidad de la verdad y de los valores de la metafísica y el simbolismo, que son tradicionales en virtud de su profundización en los más altos niveles de la racionalidad, al sondear las profundidades del ser infinito, siendo por ello suprahistóricos o transhistóricos y por ello mismo justamente universales  





jueves, 15 de agosto de 2013

Paty Aguirre (Fragmentarium) X.- Metafísica de la Luz Por Alberto Espinosa

(Fragmentarium) X.- Metafísica de la Luz




   Los peces representan un complejo símbolo, pues por un lado, al sumergirse en las aguas inferiores y vivir en el mundo subterráneo, representa lo impuro y la confusión de los elementos, donde  queda identificada la cabeza con el cuerpo, siendo por lo demás la morfología cilíndrica del pez semejante al falo. Sin embargo, el pez es también símbolo de vida y fecundidad, de prosperidad y suerte, relacionándose en este sentido con  Cristo y sus apóstoles, que son pescadores, fuerza salvadora e instrumento de revelación, refiriéndose entonces el pez a la restauración cíclica del nuevo nacimiento y a la manifestación que se produce en la superficie de las aguas -apareciendo así el pez en el sacramento de la eucaristía al lado del pan y el vino. Los tres pescados pareciera así hablarnos del misterio de la eucaristía, pues si son el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo los que dan testimonio del cielo, en la tierra la unidad es conformada por el pan del Espíritu, por el pez del agua y por el vino de la sangre, pues los tres elementos conjugados posibilitan la comunicación  Dios si pedimos una cosa de acuerdo a su voluntad.
   Imagen reforzada por el símbolo del león, el cual si empezó por representar la imagen de la fuerza despótica e incontrolada, encuentra sin embargo en este contexto su contraparte iconográfica: es el león de la tribu de Judá, que salvará en los tiempos finales al pueblo elegido, siendo entonces emblema de Cristo como Doctor y como terrible Juez, que es portador de conocimiento, pero también de la justicia y la resurrección. Se trata entonces del aspecto solar del león, asociado al rejuvenecimiento de las energías cósmicas y biológicas periódicas, siendo en el plano iniciático guardián del castillo misterioso o de un umbral de difícil acceso.
   En contraste con la serie de imágenes que hacen alusión al psiquismo aquejado por debilidad o la soberbia, aparece ahora en la obra la figura central y redentora de Cristo, tocado ya con la corona de espinas en el momento de tomar la cruz. La imagen resalta de entre las demás por su claro colorido, por su belleza de trazo y evidente luminosidad y pureza, incorporando la figura una serie de emblemas que lo caracterizan en su pasión, poniendo la artista de manifiesto en la mirada del santo tanto la tristeza de Cristo como su pertenencia a un orden trascendente que nos rebaza por todas partes, al ser hijo del Altísimo. Tristeza por la gran desgracia humana, consistente en que el mundo y su propio pueblo no lo haya reconocido, que se hayan incluso escandalizado por su venida y por su doctrina, haciendo que la fe, y no del pecado, sea motivo de persecución. Que sea motivo, pues, de señalamiento la creencia de la pertenencia de Cristo a un orden trascendente, de que el hijo de Dios se haya hecho hombre, de que haya  encarnado en medio de la historia para llevar su mensaje de amor infinito y de misericordia a la humanidad; de que Dios se haya hecho hombre por amor, que haya sufrido, que haya sido pobre, insignificante y abandonado. Escándalo, es verdad, de que haya sido su misión el despertar al hombre, que cada uno se examinara a sí mismo, reconociendo que Dios que es el creador y que decide de todo lo existente, para que el hombre siguiera su camino apoyándose por virtud de la fe y  lucidamente en el poder que lo fundamenta queriendo ser uno mismo al atender al fenómeno central del cristianismo: el de la conversión del hombre a una vida espiritual.




   La imagen se presenta en la obra entonces como un punto a la vez de inflexión y de equilibrio para la psique humana, pues el hombre esencialmente es una síntesis de cuerpo y alma dispuesta naturalmente para ser espíritu. Así, orillados al extremo de las preguntas últimas por el pentagrama convulso de nuestra época, el retablo apunta a una respuesta que no pude tener sino una dimensión espiritual: la promesa de Cristo de la salvación y la revelación de las verdades  arcanas del más allá, del camino que lleva al hombre a bienaventuranza de la eternidad en la gloria de Dios –todo lo cual constituye la real liberación humana. Porque el bien supremo para el alma humana no puede ser otro que el de relacionarse directamente con la verdad y desarrollar así, en la contemplación de su verticalidad o de sus bóvedas altísimas, su espíritu singular, para alcanzar con ello la dignidad espiritual que radica en cada uno de nosotros. Porque el espíritu, en efecto, es un grado ascensorial de la conciencia, cuyo concepto, propiamente ético-religioso, tiende a universalizar al yo por virtud de la aceptación de la verdad, ligando por tanto al hombre fraternalmente con los demás hombres cuando el alma se fundamenta transparentemente en Dios. La salida del laberinto estrecho de la angustia y de la desesperación existencial, sea causada por debilidad u obstinación, radica entonces esencialmente en relacionarse sin rebelión y humildemente con Dios, siguiendo el ejemplo de Cristo y obedeciendo los mandatos del Padre eterno, que es la salvación cuando el hombre mientras más conozca más se conozca a sí mismo –desarrollando así la comunión con la voluntad infinita, regresando a sí mismo con un vigor esclarecido en sus tareas y en la aceptación de su finitud. Verdad, sin embargo, que entraña un riesgo constitutivo, porque no es sólo índice de sí misma, sino también de lo falso (Veritas est index sui ot falsi).
    Luminosidad y transparencia de la imagen, porque Dios es luz y en Él no hay ningunas tinieblas, siendo posible tener comunión y andar con Él cuando habitamos en la luz y guardamos sus mandamientos, estando en el amor del Padre eterno, en el amor del bien, que es estar en la luz –alejados por tanto del amor al mundo y de las cosas que están en el mundo, de la concupiscencia de la carne o de los ojos, de la soberbia y de la iniquidad del pecado, de las tinieblas que ciegan los ojos y llevan a aborrecer al hermano.[1] Porque no hacer justicia, ni amar al hermano, no es de Dios, sino del maligno, del diablo que ha hecho pecado desde el principio y que con el mundo desconoce a Dios y aborrece a los hijos de Dios, viviendo así en la muerte, siendo del mundo y hablando del mundo, que es la instancia desesperada que oye  los desesperados. La esperanza, por lo contrario, está en Dios, en quien no hay pecado, por lo que quien cree en Él cree se purifica a sí mismo -mientras quien no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor.




    Así, el nombre santo del Señor, clemente, misericordiosos, raíz y origen del bien universal y de todo deseo honesto, que encierra también el atributo de la eternidad y capaz de superar todo obstáculo imposible al ser Todopoderoso, lleva la gracia donde abundó el pecado –dándonos así la posibilidad de la redención, a nosotros, viles pecadores, cautivos del mal y desviados de la antigua senda por el mundo o por los espíritus malignos. La verdad de Cristo, del verbo hecho carne, lleno de gracia y plenitud, no puede ser otra que la de enderezar el camino hacia le Señor –pues Dios, por quien fueron creadas todas las cosas, es la vida y la luz de los hombres.
     El retablo consagra  un nicho también para la imagen de la Virgen María en su pasión dolorosa. Porque si Dios es amor, y el amor es sufrido, paciente y no se vanagloria, la Madre de Cristo no puede sino estar movida por la piedad, siendo por ello elevada por la gracia de Dios por encima de los ángeles y de todos los hombres, amada por Dios más que todas las criaturas, -concediéndole por ello como grandioso misterio milagroso la asunción corporal en vida al cielo. La veneración mariana tiene su raíz teológica en ser ella intercesora y mediadora entre los hombres y la divina trinidad. Su alma, en efecto, fue engrandecida ante el Señor y se llenó de gozo porque miró a su sierva María eligiéndola como madre del Redentor, siendo su concepción inmaculada, exceptuada del pecado original, es decir, libre del pecado hereditario y por tanto de la presión generacional. La figura de María, quien sufrió por su hijo y a través de él por la humanidad entera, se yergue majestuosa por tener un papel trascendente en la labor de redención del ser humano. Modelo de mujer por la excelsitud de sus virtudes, por su pureza, sencillez y por su humildad, quien tiene un lugar privilegiado en la historia del arte y en las postales populares, que la eligen preferentemente como la Madre Doliente, es María el símbolo supremo del amor materno, siendo así la abogada y mediadora entre el hombre y lo divino.



   Sin embargo, su culto, estratificado en las oraciones marianas del Avemaría, la Magnífica (Lucas I, 46 a 55) y el Rosario, ha sido relegado en la modernidad, siendo absorbido por el estancamiento cultural, que hace decaer la vida espiritual en el ritualismo y el habito de la costumbre vaciada de fe viva y carente de toda significación profunda. La artista por ello agrega en el colorido de la imagen una especie de ácido fuego combustible a la imagen, que a la vez que la incendia la patina de un oro añejo, como subrayando con ello el fondo del fondo la crisis de la modernidad: el hecho que los valores tradicionales han dejado de ser efectivamente operantes en las conciencias, sin que se vislumbre un esfuerzo cultural conjunto ni por volver a ponerlos en actividad, ni por creer nuevos valores que puedan alcanzar a sustituir los anteriores.




[1] Amar a Dios se traduce así en términos existenciales en amar al hermano, al prójimo, como a uno mismo –doctrina opacada por la completa desorientación contemporánea y nuestra, que oculta aquello que más se precisa y que más importa. Idea de Dios, pues, que no exige ser comprendida, pues en su eternidad e infinitud escapa a la comprensión humana, sino creída con fe y esperanza: creer en Dios siguiendo el ejemplo de Cristo en las obras, en el amor al hermano que deja a tras al hombre viejo, endurecido de corazón, idólatra y curtido como un cuero por haber abandonado toda moralidad humana, para regresar al seno jubiloso del bien y la alegría. Esperanza, porque el Padre envió al mundo a su Hijo para ser la salvación del hombre, por lo que quien mora en el amor mora en Dios –amor en el que no hay temor, porqué el temor tiene castigo, por lo que quien teme no es perfecto en el amor. En cambio quien ama a Dios guarda sus mandamientos y ama también a su hermano –vence al mundo por la victoria de la fe, que es el espíritu e la verdad: que Dios nos ha dado vida eterna, y que esa vida está en su Hijo, por lo que quien tiene el espíritu del Hijo tiene la vida, mientras que el que no tiene en su espíritu al Hijo de Dios no tiene la vida, pues Jesucristo es el Dios verdadero y es la vida eterna. Primera Epístola de San Juan. 






jueves, 8 de agosto de 2013

Paty Aguirre (Fragmentarium) IX.- Oscurantismo y Tenebrismo; las Místicas Inferiores Por Alberto Espinosa

(Fragmentarium) 
IX.- Oscurantismo y Tenebrismo; las Místicas Inferiores



   Para poner en foco y armonizar las imágenes brillantes del retablo, la artista pone algunas notas negras en su pentagrama colorístico, las cuales dan realce al conjunto al crear una especie de telón fondo donde descansa el conjunto entero la serie. Descanso no menos angustiante, sin embargo, por tratarse de un descenso axiológico hacia las zonas del derrumbamiento y de la caída en la decadencia explícita de la cultura, que si bien introducen las notas de la elegancia, el poder y lo misterioso, van con ellas acompasadas las del miedo, el dolor y la pena. Imágenes de la soledad, del aislamiento, del constreñimiento y de la vida interior que, sin  embargo, evocan la presencia de las fuerzas inferiores desatadas, mudas ante lo infinito, encargadas de impedir el crecimiento y el cambio.
   Presidiendo este apartado se encuentra el complejo símbolo del perro,  apareciendo en un par de ocasiones en el intrincado laberinto, ya bajo la forma del dobermann con bozal, ya en la efigie del chato y arrugado perillo chihuahueño, subrayando de tal manera la dualidad simbólica de su figura –como de todos los símbolos en general. Porque el perro es, por un lado, emblema de la nobleza, de la amistad y de la fidelidad, un mensajero intercesor que destruye a los enemigos de la luz cuyos poderes adivinatorios se derivan de sus ligas con lo invisible, siendo guía en la noche de las regiones bajas, donde imperan las tinieblas o  el infierno, conduciendo a los hombres a través de la noche y de la muerte.  Sin embargo, por otro lado, es símbolo de avidez desenfrenada y de la erecta cólera sexual, como también de los celos, de la vileza y del apego a las cosas efímeras del mundo, emparentándose por tal costado con los animales maléficos, como el lobo, o satánicos, como el chacal, siendo por ello portador de las enfermedades. El perro negro adopta entonces los atributos de la vileza, de la glotonería, de lo impuro y lo despreciable, siendo imagen de la traición y responsable en este sentido de la caída del hombre, al permitir al demonio profanar las imágenes de Dios, y por ello emblema del caos: es entonces el enorme perro negro que tiene nervios, pero no vive, ojos pero no ve, orejas pero no escucha -ominosa presencia que en la clave onírica se refiere a la presencia de enemigos encubiertos.
   Paisaje gris, nublado, cada vez más oscurecido, el cual nos habla del aumento constante de la entropía en los sistemas filosóficos y espirituales de nuestra era o mundo, detonada por la neutralización de la cristiandad y por el aumento geométrico de lo convencional numérico, pues mientras todos los hombres se dicen ser cristianos se incuba las entrañas de la comunidad el fariseísmo sordo, en cuyo fono lo que reina en realidad es un soterrado paganismo. Proceso de secularización del siglo, pues, que bajo el manto de la modernidad y sus hazañas técnicas cientificistas ha superpuesto al estrato espiritual de lo religioso del hombre medieval la pesada capa tectónica el del hombre de la técnica, del homo faber dominado por las neurosis de la voluntad de dominio, desgastado ya por sus movimientos obsesivos y mecánicos. Todo lo cual ha ido acuñando una imperfección humana más, condicionándola socialmente: la del vertiginoso movimiento dialéctico de aparejarse a aquello que anhela por medio de su contrario: así, el disoluto desarrolla un agudísimo sentido moral al cual degrada; el voluptuoso comprende lo más idílico sin poder participar realmente en ello;  y el escéptico desarrolla su sentido religioso solo para inmediatamente crear una metafísica inferior; para, finalmente, convertirse las tendencias compulsivas del hombre moderno hacia la mecanización y la automatización de las tareas no en una forma de la creación y la inventiva, sino de la compulsión desarticulada.



   Por esas vías vamos entonces penetrando a las galerías subterráneas del horror, al mundo donde magos viscosos, obtusos, posesos, alienígenas y fanáticos reclaman, para recuperar su bizarro equilibrio interno, experiencias cada vez más fuertes, densas y perturbadoras. Ámbito de lo irrealidad y de la esclavitud del mal, donde asistimos a la presentación de las hirientes fantasías empeñadas en falsificar la realidad, ya al amordazarla o humillarla, ya al mutilarla u ocultar su verdadero signo. Exhibición de la tragedia de la condición humana, que consiste no tanto en no tener, o tener, aquello que se desea, sino en el descenso a las formas inferiores de la mística. 
   Místicas inferiores, en efecto, que ponen en juego el miedo y la fascinación que lo oculto y lo desconocido ejercen sobre el alma humana. Jugueteo con el “misterio terríbilis”, presente en las manifestaciones de fuerza y poder en la naturaleza y en el hombre (kratofanías), en las que se mescla el éxtasis con la humillación de la condición humana y que son una fuente inagotable de supersticiones. Uno de los grandes esfuerzos del arte contemporáneo has sido el describir las realidades demetéricas y dionisiacas, para examinar su ritmo y los niveles de confusión en el alma humana. Penetrar en las profundidades de la inconsciencia, descifrar las místicas de las tinieblas con sus extremos de posesión y humillación, investigar los nocturnos abismos subterráneos del ser humano, para encontrar los ritmos y las normas del caos y de la neurosis. 
   Se trata entonces del retrato de la gente equivocada, de los mediocres y de los miserables, que soterrada o abiertamente y movidos por el error practican la magia negra, luchando contra las normas y contra lo concreto para irrealizar así la realidad –a precio de volverla cada vez más artificial y fantasmagórica. Asamblea de los horrores, pues, de los hombres succionados y empujados por el oscuro instinto cuya dirección es perderse, por la vía de degradarse y diluirse finalmente. Porque cuando ya no puede más o cuando ya no cree se detona en el ser humano el oscuro instinto a disiparse en la fuga, a huir fuera de si en la orgía, en los rituales o en el frenesí de los sentidos y de las imágenes: sed de olvidarse de todo, de perderse en un absoluto de esencia tóxica. Cuando se pierde a Dios, cuando ya no se puede vivir conforme con las normas del espíritu, entonces el hombre se pierde en el alcohol, en el opio, en la cocaína o en la histeria colectiva. Se trata de un instinto humano poderoso, que empuja a hombre a entregarse, a extraviarse, buscando su salvación en el gregarismo larvario o en la degradación de y extinción de la propia personalidad –pues su fin es el de anularse el sujeto como ente separado y afligido, sacrificándose así y en vano al entregarse de lleno al sin sentido, al olvido, o al abandonarse a una pasión esterilizante, no controlada ni creativa.
   La composición de la artista Patricia Aguirre retrata así los rostros y las indumentarias de los seres marcados por los actos demoniacos de la dislocación de las fronteras, de la disolución de las formas, de la autoanulación, de la humillación y de la descomposición social, todas ellas técnicas de lo irreal que usan a la vez para atacar con violencia al mundo de las normas y las leyes. Desfile de las existencias luciferinas, pues, que se oponen a Dios no en sí, sino indirectamente, al imitar vulgarmente su obra, para destejer con ello el minucioso tejido de la creación, siendo sin embargo sus estigmas la imitación y la fachada, mientras marchan a las aguas estancadas y en descomposición, yéndose a fondo, a pique, a morir.  Mediocridad espiritual y opacidad metafísica sobre cuyo fondo surgen las formas idiotizantes del desprecio a la vida y al prójimo, que en venganza y abierta rebeldía degradan al misterio por medio de metafísicas inferiores, de la pseudotranza o de la confesa vulgaridad profunda –reduciendo al hombre finalmente a un escenario donde a media luz se proyecta el carrusel de sus fantasmas.



  Confesión desviada y secrecía mal entendida ligada al poder oscuro también, porque si el pecado es una cosa grave, de no confiesa se convierte en algo terrible, debido a que entones las fuerzas mágicas negativas aumentan, por el poder del secreto, llegando incluso a amenazar a la comunidad entera, incluso llegando a desestabilizar a las fuerzas y ritmos de la naturaleza en inundaciones o sequías. Es por ello que, cuando una comunidad de estructura tradicional es amenazada por la derrota o por la sequía, sus miembros se reúnen apresurándose a contarse sus pecados. En las sociedades agrarias las mujeres descubren entre ellas sus faltas también cuando es puesto en riesgo el esfuerzo de los hombres. Esfuerzo del cristianismo primitivo fue  también la abolición de los secretos particulares, para que así los hombres fueran trasparentes, única base firme para establecerse como iglesia ecuménica y hermandad universal.
   Sin embargo, la mentalidad de las sociedades modernas invierte tal esquema, al estar fundadas en la opacidad de la libertad contractual individual, que resulta no más que un permiso de libre circulación, una libertad exterior y automática, que no compromete al sujeto ni moral ni socialmente: libertad de los derechos que siendo otorgados por otro no comprometen la propia vida. Libertad absoluta y contradictoria que es la mayor matriz que hay engendrado civilización alguna de hombres fracasados, no creativos, ni fértiles, ni responsables, irresponsables ante sus propias vidas. Liberad contractual, superficial, consistente en exclusiva en la posibilidad de cumplir con actos que no pueden ser sancionados –lo que bien visto, no puede significar ser libre al terminar por reducir al individuo a un mero átomo, autónomo, es cierto, pero desgarrado en su conciencia al estar ontológicamente  separado y desligado esencialmente de la comunidad. Así, cada uno de los eventos personales, las aventuras y desventuras del sujeto y sus pecados, es cuidadosamente ocultado, silenciado, estableciéndose como virtudes efímeras la discreción y la reserva.
   Porque si en las sociedades tradicionales el secreto propiamente se refiere sólo a las realidades trascendentes (secreto es dogmático, pues se refiere a las realidades sagradas cuyos misterios sólo unos cuantos iniciados son capaces de comprender), en la sociedad moderna el secreto es tan individual como profano, en cierto sentido intocable, precipitándose por ello con frecuencia en as zonas amorfas del morbo, del fetichismo o de la idolatría, al atribuir a lo profano un valor simbólico que propiamente pertenece sólo a lo sagrado –forma de sacrilegio paralélela al tratar de manera profana las realidades sagradas (heterodoxias modernas y herejías consistentes en la profanación de lo santo, pues, al poner todo dogma y todo misterio expuesto a la vista pública y donde el propio cuerpo deja de ser templo de Dios).
   Para el hombre moderno, en efecto, los secretos personales resultan a la vez particulares, sus episodios y sus pecados, que pertenecen a la vida profana del individuo, no son hechos públicos mediante la confesión, quedando confinados en celoso secreto, al precio de dejar al individuo solo debatido en la incomprensión social e individual más absoluta. En una de sus perores derivaciones, la continua pérdida de espíritu y de conciencia que ello significa, lleva a la conformidad de las convenciones sociales del statu quo, o a la mera ambición de perseguir objetos –llegando el sujeto, al agotar la energía positiva, a vivir en los sótanos del mundo inferior, animado sólo por la emoción pura de la caída que se desbarranca por los bajos caminos, donde gobierna en realidad la opacidad y la negatividad pura. Espíritus distraídos por una presencias que se apega (nostalgia, melancolía), que son llevados de aquí para allá en una búsqueda incontinente de signos mágicos o abstractos, o que son roídos por la negligencia cuando el alma inferior y biológica a asumido todo el control, no pudiendo sino vivir así en los niveles más profanos de la existencia, carentes de valor metafísico, siendo paulatinamente engullidos por la nada del devenir universal.
   Filosofías negativas que, en sus variadas deformaciones psicológicas, sólo alcanzan a ver la bienaventuranza a través del cristal de aumento del pecado –sumando con ello a su pecado un pecado más: el de la envidia infinita de la murmuración. Los sociópatas, que expresan sus instintos reprimidos como una imperiosa necesidad de satisfacer sus propias necesidades, convirtiéndose en proyecciones de una imagen, que es “la sombra” de la inconsciencia, ven así lo secreto, más no como aquello que resulta innombrable debido a la altura  insondable de su infinitud, sino como aquello que tiene un nombre prohibido. Luz negra, que es más luz que la luz del mediodía por revelar la parte escondida, la sombra del alma que conduce al antro de fieras inmundo  en que consiste el inconsciente.
   Metamorfosis humana, precipitada por el imperio de la novedad a solidarse con los movimientos y los eventos históricos, los cuales se consuman como algo amorfo, irracional o debido al azar, que ha llegado a la confusión generalizada acerca de la idea que nos hacemos de la naturaleza auténtica del hombre mismo y del tipo humano que damos por aceptable, quedado el ser humano, como antes de su intrépida aventura histórica, funesto y sin esperanza. Hombres con el corazón gangrenado y la mente entenebrecida que al perder los principios metafísicos han adoptado mansamente y en manada los sistemas de consolación que apelan al misterio como clave para explicar la realidad en su totalidad, reduciéndose a formulas inexpugnables adoptadas por cualquiera, sea ésta la raza, la pseudotranza, el Lingam, la cabra de Amaltea, la Diosa Madre, el culto a la serpiente, la lucha de clases o la Atlántida. 



   Ante tal espectáculo no queda más que, renunciando en cierto modo al mundo, hacerse un criterio de contemplación seguro, quedándose exclusivamente con las significaciones morales y los símbolos vivos de nuestro tiempo, en que la metafísica y la mística ascendente han sido atacadas, han triunfado el espiritismo y la mistagogía, el mesmerismo y la francmasonería. Apenas empezamos a salir de tales supersticiones, productos indirectos del positivismo y los sistemas de comunicación masiva, al atender a la autonomía y eficacia espiritual del símbolo (Mircea Eliade, Karl Gustav Jung, Jean Chevalier, Tomás Segovia), descubriendo en la sed de dogmas, de signos y de alegorías lo que el simbolismo y la metafísica tienen, no sólo de sentido tradicional,  sino incluso de profundidad racional.
     Cierra este ciclo la imagen del sacerdote, el cual se presenta enfundando en una cofia negra que es una especie de cripta, dejando asomar en su barbilla hendida al ideal propio de la belleza clásica, que es el de la mera proporción de las partes, el de la armonía apariencia física de la exterioridad  -ignorante por tanto de la verdadera belleza romántica, que es toda ella belleza de interioridad espiritual infinita (Cristo). Hombre enlutado, desindividualizado por la convención social de un burocratismo ritualista, aparece el prelado entones como un mero maniquí sin rostro, encerrado en la tumba del cuerpo, amortajado en su sotana, y en cuya fe sin vida se presienten las notas dominantes del existencialismo ateo: el ser sólo de hecho y sin razón de ser. Reverberan empero también en la imagen las asociaciones monacales imantadas por la historia: el moho de las abadías tenebrosas, el sadismo de sus normas, la maldad de los frailes abusando de vírgenes inocentes, las sombras de las catedrales, los escenarios de horror y de torpeza que a través de los siglos emiten signos y siguen resonando con ecos lúgubres  las notas patéticas de una época oscura ligada férreamente a las monarquías.
   La tradición metafísica misma se ve entonces opacada y nimbada de grisura, para ser luego almidonada por la parálisis de su propia esterilidad –para luego ser manchada por las excrecencias de la terca desobediencia, de la andrajosa mentira, de la superstición fantasmal o de la espejeante hipocresía. Su resultado no puede sino conducir a la chusca bancarrota del pecador vulgar, cuya patética manifestación se pronuncia en arengas de púlpito sin pasión, sin alegría y sin vida, absorbidas por completo por un burocratismo de salón, sin participación ninguna con lo numinoso en lo que tiene de fascinante misterio. Decadencia de la vida religiosa y sacerdotal, pues, cuya institución reniega incluso del Dios lejano, sustituyendo la plenitud del ser y de su presencia por un hueco mordaz en la conciencia.  Porque reducir el cristianismo hasta hacerlo susceptible de ser adoptado en masa y por cualquiera, al convertir indulgentemente sus normas de vida y sus misterios en un fácil convencionalismo, no puede tener como resultado sino la vaciedad de la vida interior –roída en el fondo por una secreta desesperación por lo infinito o ante la idea de lo eterno.
   Los pastores, en parte responsables de extraviar al rebaño al anclarlos a la cómoda acidia muelle del confort o en la mecánica inconsciente y repetitiva de traer de aquí para allá el “Jesús en la boca”, presiden así a la cristiandad contemporánea, que en bloque deja propiamente y estrictamente de serlo. Maniquís de papel de roca que tiemblan con temor por dentro, erizados de espanto por aquello en lo que en realidad se ha convertido: paganos que no marchan en la dirección del espíritu, reducidos al menos a un mínimo común denominador, consagrando con ello una de las tendencias más opacas de la sociedad humana, consistente en suplantar al individuo y a la verdad subjetiva por una cifra numérica y una convención arbitraria. Sin embargo, más allá del confort contemporáneo, en realidad sólo hay una forma de ser cristiano: esa forma es difícil –porque el camino que lleva la vida es angosto y son pocos los que lo encuentran. Tradición, pues, que por la vía institucionalizada muestra, junto con sus ensombrecidos lastres característicos, la imposibilidad de renovarse, de hacer latir los signos de la herencia cultural, como de lograr hacer nacer al hombre nuevo. Porque cuando la cultura deja de estar viva en el decaer de la interioridad espiritual, paulatinamente endurece sus formas hasta convertirse en rígido dermatoesqueleto y en sombrío ritualismo. Dermatoesqueleto de la religión, muerta, sin vida, cuya influencia social ha quedado segmentada en sectas, reducidas a su vez a la fidelidad convencional entre sus miembros. Tal declinación espiritual afecta directamente a la Iglesia, la cual se petrifica en la liturgia del dogma religioso o en el almidonado traje de la ruindad y sus rutinas.  Falsos pastores, que al ir desorientados dejaron que el rebaño se dispersara, dejando que cada oveja tome su propio camino y perdiéndose todas.
   Es el pecado, esa corrupción y herrumbre de la voluntad, que tiene su punto más álgido en la obstinación de no querer arrepentirse: nuevo pecado que rechaza todo lo procede de la fe a la vez que incorpora el vértigo de todos los pecados anteriores, aumentando con ello la velocidad de la caída –siendo todo ello, más allá del error, propiamente el pecado que se afianza, por decirlo así, en el mal, apegándose  a una consecuencia dentro de sí mismo y engendrando así una mayor fuerza descendente.  Negadores de Dios que sólo se alejan para luchar más cerca del yo negativo que quisiera, por decirlo así, tragarse  a Dios. Ofensiva contra Dios, guerra declarada entre el hombre y Dios, el pecado profundizado al grado de intentar pero medio de un dogma portentoso: el parentesco entre Dios y el hombre, que intenta acercarse a Dios sólo para derribarlo –sin reconocer que la separación entre ambos s infinita y de una naturaleza infinitamente cualitativa, siendo por ello en realidad naturalezas separadas. Sociedad  moderna donde se ha eliminado la moral y no se oye hablar ni una palabra de ética, ni del deber, ni de la relación con Dios.
Se trata en efecto de un retrato del mundo de la aceleración de la historia, donde el imperio de la técnica y sus procedimientos acaba con la diversidad de las culturas, uniformándolas sin unirlas, empobreciendo los estilos y aplanando las diferencias; mundo de la condensación de las formas y de condenación de las ideas, donde las figuras estéticas dejan de ser realidades espirituales, intelectuales y sensibles, para consagrar el objeto único que niega el sentido, el cual a su vez es negado por una abstracción, por un concepto -que resulta vacío. Retrato del mundo contemporáneo, absorbido y degradado por los vacuos rituales de la vida pública y por la publicidad. Mundo eviscerado y sin distinción ninguna, donde para volverse acepto hay que adoptar todo un sistema de convenciones arbitrarias, de imposturas y de lugares comunes asociados, recayendo de tal modo en el gregarismo de la irracionalidad humana. Mundo de artefactos y de producción en serie también, cuya estética de la utilidad y el rendimiento arroja al arte a la esfera de la entropía histórica y de la aldea global, cuyo muladar de signos  resulta infectado por el chancro estético de las vanguardias que carcome sus detritus, arrojando a la palestra, confundida con sus convulsiones, la imagen cada vez más desarticulada de la belleza. Pintura, pues, que pone ante los ojos los símbolos una vida condenada a la instantaneidad fugaz de las imágenes, que dejan sólo un vacio succionador donde se ha retirado el espíritu de la humanidad y junto con él  el alma del mundo, en un remolino que no deja huella de su paso al filtrar su polvareda  entre las piedras erosionadas del olvido, dejando así a la belleza inerme y a su desnudez envilecida.



   Sendas imágenes nos hablan así del oscurantismo de nuestro tiempo, del declinar de la educación espiritual que bajo el disfraz del sacerdote o de ese otro sacerdote de la modernidad, el artista de vanguardia, orquestan en realidad, ya en la petrificación que adelgaza la liturgia, ya en la frivolidad de la moda y de la novedad, la instrumentación del caos. Imágenes que nos advierten de los peligros engañosos de una cultura que, revestida de ropajes llamativos, seduce y fascina con imágenes inconscientes deformadoras de la realidad, las cuales empero en realidad no conducen sino a la muerte. El gran error de la modernidad ha sido doble: por un lado, pretender que es posible para el hombre vivir ausente del espíritu; por el otro, intentar poner el acento de lo infinito de lo eterno en potencias que marchan en dirección contrarias al espíritu, como si hubiésemos nacido antes del bautismo –precipitándose el hombre por las ajadas vías del cinismo, del epicureísmo o de la voluntad de poderío. En ambos casos los resultados han sido desastrosos, reflejándose en una serie de síntomas de crisis, insatisfacción y excentricidad en la humanidad que la han ido empujando, poco a poco, al borde de los enrarecidos abismos psíquicos y culturales de nuestro tiempo.[1]
   Experimento plástico, pues, que nos habla de la experiencia cardinal del hombre contemporáneo, quien lejos de contentarse con las ideas edificantes o el hábito de la religiosidad instituida, ciertamente en declive, ha querido probar por cuenta propia y riesgo las tensiones y contorsiones del alma escindida y desgarrada de la modernidad para, ya al borde de la desesperación y de la estridente psicodelia inane o de la irrealidad, verse acorralado al planteamiento de las preguntas últimas, filosóficas, religiosas y metafísicas, para encontrar como único refugio y última salida el recalar de nuevo en las poderosas tradiciones que han dado continuidad a la cultura y a la nobleza del ser humano a lo largo de las edades.
    Una antigua leyenda mexicana cuenta que el perro robó el fuego a la rata para dárselo a los hombres, apareciendo así el perro amarillo como un héroe ancestral ligado al ciclo agrario el cual, a pesar de ser considerado libidinoso por haber robado a la serpiente el fuego civilizador mediante el acto sexual, es el guardián de los lugares sagrados, el compañero que guía al sol en su carrera subterránea en el país de los hielos y las tinieblas, encargado también de destruir a los enemigos de la luz quien, familiarizado con lo invisible, protege contra las hechicerías al aportar el antídoto, anunciando así la guerra contra el búho demoniaco, siendo por ello efigie de la iniciación espiritual y la renovación periódica. El perro entonces, incoherente, juguetón, seductor y desbordante de vitalidad, asocia los principios tierra-agua-luna, siendo su significación oculta más bien la de los poderes de la hembra, del alma sexual y vegetativa, pero también adivinatoria, el cual se deja devorar finalmente por el lobo (el oro consumido por el antimonio), o se sacrifica para purificarse al devorarse a sí mismo.
   Dando paso más lejos, el abigarrado retablo insinúa, en la vertiginosa permutación de sus combinatorias giratorias, otra interpretación: la idea del profético galgo futurista, del lebrel que entrevió proféticamente Dante en su Comedia, que no se alimenta de tierra (poder) o de peltre (dinero), sino de amor, sabiduría y de virtud. Si el lebrel es en la heráldica emblema del fiel vasallo del señor, caracterizado por su ardor y coraje en los peligros, símbolos de la bizarría de espíritu y de la veracidad, Virgilio, el inmortal poeta, le explicará su significado profético: el lebrel que aparece luego de la visión de las tres bestias que circundan la entrada a los infiernos se refiere a una figura que vendrá en el futuro y hará morir a la escuálida loba demacrada, cuya avidez, codicia, envidia y acciones fraudulentas empuja a muchos a la selva del pecado, haciéndolos vivir miserablemente. Símbolo efectivamente enigmático, el lebrel que no duerme representa una figura mesiánica enviada por Dios para arruinar al dragón colosal (el enemigo exterior), ya que al alimentarse sólo de espíritu resulta inmune al poder de la codicia y el materialismo que amenaza a la humanidad. Situación paradójica también la de éste símbolo, pues al ver el lebrel cerrados todos los caminos temporales descubre en la vía contemplativa y la renuncia al mundo una solución trascendente a los problemas humanos, radicados en la salvación del alma inmortal, poniendo con ello fin a la mundana avidez temporal, persiguiendo y cazando a la loba cargada de deseos por su instinto cruel y insaciable, hasta hacerla morir entre dolores y encerrarla finalmente en el infierno, creando con ello un reinado de justicia y de paz fundado en valores reales y universales. El lebrel entonces iría amordazado con un bozal de represión -por ser la verdad indicio de sí misma -y de lo falso.[2]




[1] Para Pablo (Epístola a los Romanos 1. 18 a 32) tal crisis desembocará en la ira de Dios –escrito bíblico que, entre otros, suma una presión más, esta bimilenaria,  a nuestra tiempo. Porque la ira de Dios se manifiesta desde el cielo, dice el escrito, contra toda impiedad que detiene la verdad con injustica –porque las cosas que de Dios se pueden conocer Dios se los ha manifestado y son entendidas desde la creación del mundo y se ven claramente, que son su eterno poder y dignidad; por lo que no tienen excusa los que han conocido a Dios al no glorificarle y darle gracias, antes desvaneciéndose en sus discursos que no tienen a Dios en su entendimiento, siendo por ello entenebrecido su corazón, trocando así la gloria de Dios incorruptible y mudando la verdad en mentira, al honrar y servir a la creatura antes que al Creador, idolatrando imágenes del hombre corruptible, de aves, de animales de cuatro pies y de reptiles, por lo cual Dios lo entregó a un perverso entendimiento, a la inmundicia y a sus afectos vergonzosos, según las concupiscencias de sus corazones, para que haciendo lo que no conviene deshonrasen sus cuerpos entre sí, cometiendo torpezas contra natura los unos con los otros.  
[2] Alighieri Dante, La Divina Comedia. Capítulo I. Ver también Jeremías… y Apocalipsis 18, 3-6. 








martes, 6 de agosto de 2013

Paty Aguirre (Fragmentarium) VIII.- Lo Angustia por lo Temporal Por Alberto Espinosa

(Fragmentarium)
VIII.- Lo Angustia por lo Temporal



   En un segundo grupo se encuentran los retratos de una serie de seres humanos sujetos a la estrechez y limitación, no tanto material o de la necesidad, cuanto ética o moral, por tratarse de la esfera donde el hombre se concibe exclusivamente confinado en su finitud: ya meramente como carne para el goce de los sentidos, ya para el despliegue de sus fuerzas instintivas o para desarrollo de su voluntad de poder –siendo su visión del mundo, por consecuencia lógica, la de un ser arrojado ahí (Dassein), la de un ser sin esencia propia, determinado por su sola historicidad y el juego social, siendo su angustia radical al ser constitutiva, por ser sin posible trascendencia metafísica, por ser para la muerte.
   Su cifra, en efecto, es la vida vivida desde angustia radical que se desvía de su objeto propio, el interior de la persona, para concentrarse en el confinamiento de lo temporal y proyectarse así como una incontrolada sed por alcanzar los estados de conciencia que brinda la comodidad, también por un ansia de posesión de las cosas temporales y finitas. Hombre sumidos pues en la barbarie, por falta de civilidad, por ajenos a la tradición y a la razón, que propiamente son incapaces de hablar la verdadera lengua, anclados a un folklorismo a medias ficticio a medias vernáculo, que en la urbe o en el salón solo atina en su expresión a dar con el vocabulario propio de las pasiones, o con el elemental de la vida biológica y de las emociones. 
   Aparecen entonces representados en la obra, a manera de emblema para tal sector, el conjunto hacinado de los ratones, en cuyo pequeño grupo va inscrita la idea del parasitismo, de la miseria moral que comunica la peste o que contagia y propaga las enfermedades. Se trata también del lugar emblemático reservado en la gran composición al símbolo zoomorfo de las actividades nocturnas y clandestinas, relacionadas con la avidez, el robo y la apropiación ilícita de las riquezas, o bien con la nerviosa avaricia, al estar los pequeños robadores fascinados con el poder y el brillo –razón por la cual, ligados al horror por frotarse sus pequeñas y delgadas manecillas en actitud que evoca la ambición y las atrocidades inmundas y despreciables de lo oculto, han sido asociados con la guerra, la muerte y la pestilencia.



   Así, los ratoncillos son un emblema de la sólita ignorancia cultivada de nuestro tiempo, que a fuerza de perderse en lo exterior da la espalda a la inteligencia, contrayendo el mayor de todos los peligros: el que circunscribe el espacio de las singularidades a una nota común: la codicia por los bienes materiales y la ambición vulgar por  el dinero. Lejos de ellos la reflexión de que si no trajimos con nosotros nada al mundo, nada podremos llevarnos de él con nuestra partida; permaneciendo así tan hinchados de orgullo distantes de la humildad, que se conforma y contenta en el trabajo, con la comida y el vestido. Así, el retablo no deja de insinuar cómo es que el afán por la comodidad, la seguridad y el dinero resulta la raíz de todos los males, pues los que quieren enriquecerse caen en la tentación de muchas codicias insensatas y perniciosas, siendo así lazados por el diablo que los hunde en la ruina y la perdición. Porque muchos que se dejan llevar por el afán del oro se atraviesan a sí mismos con muchos sufrimientos y dolores.[1] Porque el  riesgo mayor de la avidez por la riqueza es la perdida de la infinitud ética, y el peligro de hundirse con ello, cada vez más y más, en la limitación y estrechez moral, bajo las cuales el hombre se modifica a sí mismo hasta volverse en realidad completamente finito -convertirlo finalmente en una repetición, en una cacofonía o en un número, que terminan por disolver al hombre o extraviarlo, al no ser sino uno copia, un cualquiera, tan sólo uno más de tantos y tantos. También regresión del hombre a las formas de la animalidad, pues, que luego de llevarlo a ser una cabeza de ganado, amenaza con solidarizarlo con niveles más bajos de la creación.
   Desesperarse por lo temporal, la angustia derivada de matar el tiempo y dejar las cosas simplemente correr, encubre sin embargo un ansia más interior, brumosa e inconfesada, cuyo trasfondo no es sino la desesperación por lo eterno. Si el yo se vuelve irreal en la existencia posible de lo infinito abstracto, por el contrario cuando sólo obedece y se somete a la necesidad de las fronteras interiores se trasforma en mole o tiritante gelatina, donde todo se ha convertido en necesario y en meramente espacial, ya por en la pura trivialidad de lo cotidiano, ya por las cuestiones de hecho de las rutinas burocráticas (matter of facts) –donde sin embargo sopla como un viento fatigado la fría helada del espíritu. Mundo sin metáfora ni fantasía, pues, en el cual la pura ambición materialista del egoísmo ciego abstractamente deposita lo absoluta en una forma disminuida de lo infinito o la vacía en un molde enfermizo de lo eterno: alcancía de las ambiciones donde todo se va convirtiendo en el despilfarro de las pulsiones urgentes de lo necesario. Así, al volverse  su dios la necesidad, al no tener ningún Dios, la religión del hombre se traslada a la sumisión mundana, bajo cuyo yugo  sobreviene la asfixia, proveniente del alejamiento del espíritu, de la perdida del espíritu en el hombre,  que estando incapacitada para la plegaría termina por no poder respirar a todo pulmón y oxigenarse.



    La necesidad se presenta entonces como pura pedantería falta de espíritu o como pura trivialidad carente de toda realidad y posibilidad efectiva, moviéndose entones el hombre en la atmosfera vaporosa del cálculo: de lo que es posible dentro de la probabilidad. El ranchero y el burgués entran así en una curiosa asimilación negativa: el no tener ninguno de ambos imaginación, transcurriendo sus vidas en una insulsa sumatoria de  experiencias banales donde prevalece lo sensible sobre lo intelectual. Hombres dominados por lo onírico, pues, donde lo sensible se mueven solo en el estrecho espectro estético de lo agradable-desagrabable, que en  aprensión casi táctil del mundo ruedan angustiados simulando gran seguridad, falsa en el fondo por vacía de espíritu, hasta que finalmente cesan las ilusiones de los sentidos. En todo caso ocultamiento y simulación de la verdadera realidad: la secreta desesperación que roe el interior de la persona cuando se es simplemente de hecho,  inconsciente de ser espíritu, y donde el amor sobre el trasfondo del mundo es visto sólo como forma voraz y feroz del egoísmo, es decir, como un recurso más para el desesperado. Placeres refinados, ennoblecidos, elevados, embellecidos, que sin embargo no son más que virtudes paganas: vicios espléndidos y rigurosa negación moderna del espíritu.
   Mundo de vanidades y de infatuados, pues, que le dicen alegremente adiós a la verdad, sacando acaso un pañuelo blanco en la estación para despedir al tren de la trascendencia,  para inmediatamente después marcharse a vivir en los sótanos del inconsciente y sumirse en las cloacas de la molicie del cuerpo, en un constante y angustioso dejarse ir tras los engaños de lo  aparente, siendo así fácilmente succionados por las valoraciones de lo que es indiferente.  Hombres naturales, inconsciente del espíritu, cuya autenticidad alanza el radio de los objetos a la mano, que gastan sus días en la eterna monotonía de despojarse de su originalidad característica y retornar a la primitiva barbarie.
   La mundanidad es la suma de los hombres adscritos al mundo, de los hombres castrados espiritualmente, despojados de su originalidad primitiva, quienes pierden su singularidad más esencial renunciando a ser sí mismos por miedo a los hombres, resultándoles fácil y cómodo ser como los demás, perdiendo la fe en sí mismos en favor del éxito mundano, de la vida cómoda y placentera, de la facilidad y seguridad que otorga ser como los demás -pero que están despojados de su propio yo por el cual arriesgarlo todo, callándose prudentemente para verse más bonitos entre la muchedumbre, siendo sin embargo como una moneda acuñada en serie, como una canica pulida y sin bordes, como un mono de imitación o un número perdido en la multitud que sin tener un yo propio, sin ser propiamente personas, resultan, empero, terriblemente egoístas.



   Por parte del paciente puede decirse que sobre sufrir un estado de ansiedad suele presentar un cuadro de rebeldía e inconformidad, baja autoestima, depresión e intermitentes ataques de ira, a los que hay que sumar una vaga distracción ligada a una retrogradación hacia la animalidad en la que funcionan exclusivamente los instintos elementales, en una reducción de la persona que, de ser del sexo femenino, es sometida por rufianes y proxenetas a base de maltratos, golpizas, sin faltar el abuso físico y la violación, compensando tales vejaciones con dosis indiscriminadas de estimulantes, somníferos, excesos alcohólicos, verbales y de comportamiento –a todo lo cual hay que sumar los sentimientos de vergüenza y culpabilidad que acompañan como una sombra a la víctima, determinada por poderosos instintos biológicos. Animal humillado, vegetal dormido, que en la bonanza de la carne, en la voluptuosidad o en la concupiscencia, encuentra una forma vulgar de equilibrio –estando sin embargo reducido, disuelto en un plasma amorfo dentro del cual abrazadas se debaten la desesperación y la nada. Proceso de animalización del ser humano también, que al solicitar solo las exigencias de la nutrición, que al anhelar solo los beneficios materialistas y la bonanza de la carne, termina no sólo por no relacionarse con Dios, sino tampoco consigo mismo, llegando así a una completa disociación de la propia personalidad.
   Caída en la mundanidad, pues, definida como esa instancia que atribuye un valor infinito a lo que en realidad es indiferente, construyendo para ello ídolos de barro; instancia también que se apresura a remarcar las diferencias entre el hombre y sus hermanos para con ello hinchan compensatoriamente el ego -siendo en realidad el yo la cosa sobre la que el mundo menos quisiera saber, y la cosa por tanto más peligrosa en el mundo, donde resulta de lo más riesgoso hacer notar que se tiene un yo, que se ha labrado una personalidad propia o que se es original, pues en tales casos se ha abierto el insondable poso de la memoria y del alma humana. Por lo contrario, perder el yo pasa en el mundo como una cosa sin importancia, como una nadería, aunque sea justamente en ello que el mundo trabaja infatigablemente y pone todo su interés. Su resultado suele ser que el hombre reducido a una cifra y devorado por el mundo no sea más que un puesto, un lugar en el sistema, un número al que le precede uno y le sucede otro -y que al carecer de una relación con la infinitud se vuelve perfectamente finito debido a sus estrecheces y limitaciones ética, siendo como todo el mundo, una repetición monótona troquelada en serie. Vida definida, pues, por su exterioridad, que en esencia no nos hace distinguibles de los animales, donde el simbolismo mismo queda confinado a las capas más exteriores de la apariencia finita, vana, sujeta a corrupción y al polvo, o de la ropa, de las joyas, de los versos o las aparatosas posesiones temporales.



   El error fundamental de la estreches moral es a fin de cuentas el del prevalecimiento de lo sensible sobre lo intelectual, donde los hombres al ser dominados por lo anímico-sensual no pueden sino ver a las sensaciones como su dicha, consecuentemente despidiéndose del espíritu y de la verdad. Empero, cuando las ilusiones de los sentidos cesan en la total falta de espíritu, cuando pasa el goce efímero y el éxtasis toca sus límites extremos para extinguirse, la seguridad vacía de espíritu se esfuma también y sobreviene entonces la terrible angustia y el tambalearse de la existencia. Entonces los hombres dedicados a la innoble tarea de engordar y crecer como bueyes haciendo alarde de ser no más que vientres, enfrentan el peligro mayor, que devora a naciones en masa: la superioridad vacía de espíritu, que  no es en el fondo sino secreta desesperación, cuya sobrada irresponsabilidad consiste en no ser consciente de sí en cuanto espíritu ni de querer serlo, fomentando así el estado larvario de confusión y de tiniebla interior, ya sea entregándose desaforadamente a la inmediatez, ya sea viviendo en esta misma inmediatez como alguien quebrantado por haber perdió su posición en lo temporal. Pérdida del espíritu, pues, que conlleva perder la posibilidad de reconocimiento de uno mismo e incuso toda intimidad, ya en el extravío de la farsa de las aventuras de la inmediatez, ya al estar sometido pasivamente a las presiones de lo externo. Vida que al tener poca conciencia de existir el hombre en tanto espíritu, queda relegada a la inmediatez, ya arrojándose a una especie de ingenuidad infantil y encantadora que lo que busca en realidad es la suprema astucia salirse siempre con la suya, ya dándose alternativamente a la frivolidad de la irreflexión, a la chismosería y a la maledicencia de la hipocresía disimulada, ya a la ingeniosidad sofisticada en que consiste el vano activismo de los sueños.
   Comprensión completamente trivial y materialista de la existencia que, queriendo desentenderse de sí misma y desesperándose por lo temporal, no hace en realidad sino encubrir la angustia por la pérdida de lo eterno, troquelándose así un yo  terco e inferior, que se arroja a la inconsciencia, por debilidad y fragilidad o por soberbia, hundiéndose  más bajo cada vez al someter y emparejar el espíritu del hombre al ser del animal. Retrato, pues, de las escenas anodinas del hombre natural, incapaz de comprender y someterse a lo extraordinario que anida en el espíritu. Estrechez de corazón también, que lucha contra lo eterno que hay en el hombre, tratando de emparejarse a los hechos meramente externos de la existencia, hasta el grado de desear aniquilarlo todo hundiéndolo en el barro.  



   Por un lado, debilidades de la carne humana, extirpada del logos, de la razón y del verbo que también la constituye,  la cual no puede sino dar por resultado una caterva de seres brutalizados o enviciados, que aplauden a la mentira que a la vez los esclaviza. Porque el pecado, empezando por ser consciente de sí, luego se sustrae a la clara conciencia de lo que se hace, oscureciendo así el conocimiento; ya sea al hilar el hilo de la ley, de manera farisaica, pero sin expresarla en sus vidas, volviéndose así farsantes que se amoldan a la mediocridad del mundo entorno, donde no hay fuerza de elevación ni vida en el espíritu; ya oscureciendo el conocimiento ético-religioso al dejar, como los antiguos paganos, que la naturaleza inferior acreciente su victoria al no comprender lo que es justo ni querer comprenderlo. Por el otro, complacencia y complicidad con el “derecho natural” propuesto por el mercado a depredar y a deglutir, para sí libar sin asomo de culpa las requete buscadas sustancias. Intento también de legitimar con ello una “jerarquía natural”, no basada en la fuerza bruta como la de los animales, sino en la fuerza de la habilidad, de la astucia y de la inteligencia práctica, la cual no deja a los descalificados sino la lucha a ciegas para intentar sobrevivir  –imponiendo con ello el orden de la impunidad, la mentira y la injusticia.



   Retrato efectivamente de nuestra época, asaltada por una variante especialmente frívola del diletantismo y de la simulación, donde la experiencia humana individual se ha reducido al ámbito de lo meramente profano, permaneciendo el alma individual distraída y del lado de los objetos meramente exteriores apechugando sólo la mera superficie de los símbolos caducos, cuyos signos en rotación, por virtud del mercado, la publicidad inhumana y el consumismo, producen a la larga una inextirpable sensación de vértigo e intoxicación colectiva, el cual arroja a la arena de la luz pública una serie concatenada de imágenes que no penetran la vida interior, ni la comprometen, ni la embellecen. Símbolos, pues, que ni pertenecen a la actividad propia de la fantasía colectiva, ni a una experiencia social auténtica; emblemas en cierto sentido vacuos que, al parejo del falso folklorismo trascendental, están ligados artificialmente a su institución, al ser solo el reflejo de la agobiante y monótona vida moderna, acomodada inconscientemente a la represión del deseo de no querer o no poder entender, constitutivamente incapacitada para comprender ninguna analogía, ninguna alegoría o imagen sobre la verdadera naturaleza del alma humana.
   Liviandad de lo externo y crudeza de la realidad, pues, que conduce en sus zonas limítrofes y extremas a la barbarie moderna de dislocación de las formas y de la disolución de las fronteras, donde se desarrolla una estética inconsciente de lo trágico y de la bizarra promiscuidad y en la que conviven sin distinción alguna la estilización de las formas y la fealdad, mezclando de alguna forma la ambición por altura y el regodeo en la bajeza, produciendo así indefectiblemente una realidad alarmante o desgarrada, donde el alma humana sufre los embates cosarios del irrespetuoso igualitarismo o la indistinción de la violencia. Así, una de las cosas que nos enseña la artista Patricia Aguirre al pasar revista a tales figuras es que de la humanidad no se puede escapar pero no por ser ella hereditaria, sino por ser una tarea y un ámbito en el que se entra por medio de a educación y de la cultura, en esencia por la anamnesis, donde el valor de la humanidad es propiamente otorgado y conferido. El hombre en estado natural resulta, por lo contrario, de lo más deprimente, al hacer cosas que resultan ridículas o divertidas, es verdad, pero también terribles y repugnantes. Porque de lo humano no se puede huir, ni hay escapatoria espacial ni vuelta atrás en lo temporal, pues en materia del espíritu no existen los cangrejos cronológicos pretendidos por el neo-paganismo postmoderno y contemporáneo nuestro que quisiera ser como antes del bautismo. Se trata en el fondo de n muestrario que retrata a la sociedad postideológica nuestra, desinteresada por completo de la mentira y el pecado, de la violencia incoherente, de la droga, de la contaminación del planeta y del mercado que dicta el consumo. Sociedad irresponsable ante el futuro también, cuyos objetos últimos son el consumo y la especulación financiera: paraíso inocente y cínico de ciudadanos que viven para consumir como los cerdos que viven para engordar, en beneficio de quienes los engordan, y todos ellos en una existencia cuyo verdadero fin que se les escapa. 



   Es así que la secuencia puede cerrarse con aparición del símbolo del sapo, el cual representa el aspecto acuático del ratón. El sapo, en efecto, es el emblema  que anuncia o que es portador de las lluvias; sin embargo, las metamorfosis del anfibio hacen pensar, más allá de sus asociaciones con la fertilidad, en las modificaciones y mutaciones del ser, cuya imagen se resuelve  en la del príncipe convertido en sapo –estando la imagen relacionada así con los hechizos demoniacos, con la estupidez y con la magia negra. Símbolo de la materia oscura, de la tierra fecundada por las lluvias y de la sexualidad femenina, la imagen remite también a los pensamientos fragmentarios y dispersos, a la enseñanza aburrida y rutinaria, y a las preocupaciones materiales de la existencia. Porque el símbolo del sapo, que  hace referencia a la transición entre el agua y la tierra, siendo por ello una imagen ambigua de la evolución: la del paso de lo heterogéneo a lo homogéneo que, sin embargo puede involucionar, simbolizando por  tanto la vuelta de los sucesos ya superados y la torpeza humana –pues el sapo,  por vivir en un pozo o en una charca, es símbolo de lo viejo, de la lentitud y de la lujuria.
   Las imágenes de ratones y ranas remiten a determinadas formas de la descomposición y de la disolución, de la suciedad y de la podredumbre: a las colonias de larvas y gusanos que crecen con una vitalidad monstruosa en los cadáveres, como las ranas y ratones que crecen y se reproducen incontroladamente que a su vez producen un sentimiento biológico de nausea y asco. Sentimiento de temor que penetra directamente en lo biológico, por ser cosas que atentan directamente en contra de la vida; ansiedad también por la correspondencia que tales imágenes pueden tener con el humano revolverse de la masa viviente de la gente, ante el temor de quedar aniquilado el individuo bajo una categoría múltiple. Sentimiento de repugnancia, pues, por el hormigueo y el pulular de los parásitos, asociados a los harapos de los muñecos mugrosos, a los terrenos mugrientos y a las enfermedades asquerosas. Visiones todas ellas que conducen a una especie de ascesis laica, a la contemplación de cómo es que todo se descompone en este mundo evanescente de ilusiones y transido por los dolores. Imágenes de la pesadumbre del mundo que, sin embargo, conducen a la indiferencia de la contemplación y a la ecuanimidad de la conciencia, que ya sin las perturbaciones de la voluptuosidad o del apetito puede contemplar igual una pierna de ternera que la de una mujer.  





[1] (1ª Carta a Timoteo, 6; 9  a 10)