lunes, 11 de noviembre de 2013

Horacio Rentería: el Él Útimo Pintor Novohispano y Pionero del Muralismo en Durango Por Alberto Espinosa Orozco

Horacio Rentería: el Último Pintor Novohispano 
y Pionero del Muralismo en Durango
Por Alberto Espinosa Orozco

A Don Guillermo Tovar de Teresa (+)



I
   Germán Horacio Rentería Rocha (1912-1972), miembro de una modesta familia, nació en el barrio de Analco de la ciudad de Durango, el 21 d octubre de 1912. De niño pintaba rústicos paisajes y burdos rostros de querubines en las paredes ajadas de su casa, con polvo de ladrillo y cal o con trozos de carbón quemado. Hizo sus estudios de primaria y secundaria y egresó como bachiller del Instituto Juárez, antecedente de la actual Universidad Juárez. Trabajó como profesor de escuela, siendo  catedrático de idiomas, de francés y español. En 1929, a la edad de 17 años, contrajo matrimonio con Socorro Blancarte, de 30 años, también oriunda de Durango, atormentado por su raquítico de sueldo de profesor de primaria, que apenas le alcanzaba para cubrir los gastos necesarios. Se dedicó al magisterio en las ciudades de Durango y Gómez Palacio de 1933 a 1944, dando clases de dibujo constructivo y matemáticas.





    Fue discípulo del maestro Guillermo de Lourdes desde 1934, cuando el pintor oriundo de Texcoco realizaba sus primeros murales en Durango, en la Escuela Superior Guadalupe Victoria. En 1935 fue su principal ayudante en algunos de los murales del Palacio de Gobierno de Durango, pitando junto con su maestro el grandioso mural del primer piso del Palacio de Zambrano, titulado “La Patria con los brazos abiertos cobijando al pueblo”. En el año de 1936 es comisionado para pintar, en el patio central del majestuoso edificio, sobre cada una de las columnas, los escudos de armas de algunos municipios pertenecientes al Estado de Durango, dejando entrever en esa obra su gusto por el simbolismo, no menos que una cierta inclinación por la dilatada fantasía. Por esas fechas Rentería pintó su primer mural, en la escuela kínder de Challito Pérez Gavilán, en su ciudad natal, ayudado por su fiel amigo Rodrigo Ávalos.[1]






   Al año siguiente, en 1937, es comisionado para pintar un mural en el Jardín de Niños 18 de Marzo, en la ciudad de Gómez Palacio, aplicando las enseñanzas recibidas por el pintor Guillermo de Lourdes, con quien había aprendió la técnica de preparar las telas y a usar los colores diluidos. Estando prestando sus servicios como maestro en esa misma institución, pinta varios murales en el Jardín de Niños, cuyos temas infantiles fueron precursores de lo que más tarde pintaría y lo haría tan famoso como buscada su obra, alcanzando en los Estados Unidos a cotizarse en miles de dólares. Se trata de unos frescos de gran belleza, un par de ellos con el tema legendario de Caperucita Roja, basado en el cuento de Charles Perrault, el otro con el tema de Don Quijote de la Mancha, del inmortal Miguel de Cervantes.[2]



    En 1940 le ofrecieron una beca del general Lázaro Cárdenas para estudiar en la Academia de San Carlos, la cual no aceptó debido a las obligaciones contraídas con su reciente familia. Sin embargo, para 1943 expone en la ciudad de Gómez Palacio, en la Galería de Arte Decoración y obtiene un tercer lugar en la Feria Anual de San Luis Potosí, con un paisaje al óleo. Rodrigo Ávalos, excelente dibujante y acuarelista durangueño, acompañaba a su amigo Horacio Rentería por aquella época a pintar al aire libre los paisajes de Durango, los atardeceres, los cerros, sus gentes y sus costumbres, las iglesias y sus cúpulas, quedando el aprendiz de dibujante impresionado por el extraordinario colorido que Rentería lograba imprimir en sus telas y por su concepción paisajística.
     Habiendo enviudado a los 31 años de edad y siguiendo su vocación de pintor, luego de renunciar al magisterio estatal, sosteniéndose no sin penurias materiales durante doce años siguientes, viaja en 1943 a la ciudad de México con su nueva esposa, Elisa Coronado, junto a quien procreó cinco hijos, Victoria, Elisa, Salvador, Melitón y Jesús, viviendo cerca de la Villa de Guadalupe. Sin embargo la carencia de medios materiales e ingresos económicos los obligan a regresar a la ciudad de Durango para buscar ayuda monetaria y moral. Después de un breve periodo en su tierra natal y en 1945, a los 33 años de edad, expone una serie de paisajes en la ciudad de Torreón, Coahuila. Se traslada a vivir nuevamente a la gran metrópoli para dedicarse exclusivamente a la pintura, empujado por la confianza en su arte.





   En el año de 1948 conoce al comerciante judío Agapito Engels, conocido marchante de antigüedades de la calle de Isabel la Católica, quien ante la belleza de su obra compra todos sus trabajos, haciéndolos pasar en el extranjero como cuadros auténticos del siglo XIX mexicano, pagando al artista no más que 15 pesos diarios por su obra, bajo la costosa condición de mantener su firma en estricto anonimato. Los cuadros, vendidos luego a ochenta y cien pesos por el comerciante judío, atraen pronto la atención internacional volviéndose su obra, al cabo del tiempo, muy famosa, tanto en Paris como en Estados Unidos, siendo conocidas sus pinturas como los “Niños de Horacio”. Sus trabajos de caballete representan a hermosos niños criollos, espléndidamente vestidos, ataviados con vestimentas que más que corresponder a una época determinada, son productos líricos de la invención del artista, sacados de motivos idealizados, las cuales han llegado a cotizarse en decenas de miles de dólares. Se trata de una larga aserie de excepcionales obras de caballete, de pequeño formato (de entre 50 x 30 cts.), que hoy en día son muy buscadas y codiciadas en las galerías de arte.
   Agapito Engels, del mismo apellido que el afamado mecenas y colaborador de Carlos Marx, resultó sin embargo un anticuario y librero más bien cínico y sin escrúpulos, según cuenta en sus memorias el agente del ministerio público Don Héctor Palencia Alonso, pues siempre daba datos erróneos sobre la identidad verdadera del pintor, jactándose luego de haber sido maestro, inventor y finalmente creador de Horacio, cuando ya las galerías de arte pagaban hasta mil 500 dólares por sus trabajos.[3] Entre los asiduos buscadores de antigüedades, que de domingo a domingo frecuentaban el mercado de “pulgas” de la Lagunilla, apareció la señora Solane Simpson de O. Dwyer, ex esposa de William O. Dwyer, embajador norteamericano en México durante el gobierno de Miguel Alemán,  quien se entusiasmó con las obras de Horacio Rentería, haciéndolo muy popular en México y despertando el gusto por las obras de ese estilo y época, pero guardando su nombre en el anonimato.
   Rentería pintó en telas de magnífico colorido: niños pequeños, criollos y mestizos, de aspecto y de facciones hermosas y regulares, espléndidamente vestidos a la moda de un tiempo misceláneo, un poco inventado por Horacio, que se apegaban a la moda  decimonónica, plasmados en un ambiente colonial. Los famosos “Niños de Rentería”, ataviados de singulares atuendos, se encuentran generalmente rodeados de bellos objetos de la cultura nacional, tales como piñatas, juguetes mexicanos, barcos de papel, caballos de cartón, papalotes, alcancías de barro, panes de muerto –haciendo con ello eco del movimiento muralista que puso en alto el arte y la artesanía popular mexicana, como un potente muro de resistencia contra las influencias fabriles y consumistas del extranjero. También son frecuentes las mascotas que acompañan a los niños, especialmente los perros y gatos domésticos, exaltando su obra a los niños en sus momentos intimistas y de juego, desarrollando así el artista toda una idea del mestizaje, colocando en ocasiones a sus figuras en medio de enormes los paisajes de México, de Taxco, de los volcanes de valle de México o de la Catedral Metropolitana.
   Revistas como Time, Life y Visión se ocuparon de su figura debido al éxito internacional de su trabajo. Así, Rentería sorprendió a la crítica, levantando en torno suyo una serie de leyendas, polémicas e hipótesis sobre su verdadera identidad, pues el judío que lo explotaba había tenido buen cuidado en mantener su nombre en el anonimato, haciendo que se le considerara el “Bruno Traven de la Pintura Mexicana”. Fue entonces cuando una dama mexicana, de nombre María Luisa Alcázar del Fernández del Valle, introduce los cuadros de Horacio Rentería en las galerías de París y otras ciudades de Europa y los Estados Unidos, organizando incluso una exposición en la Ciudad Luz, titulada: las “Niñas Calzonudas” de Rentería, obras que fueron adquiridas con avidez por los coleccionistas afamados de Europa.











   No fue sino hasta 1953 que Guillermo Mayne lo presentó a los críticos de arte de la ciudad de México, formando parte al poco tiempo su trabajo de renombradas colecciones privadas, siendo sus compradores personajes famosos y acaudalados coleccionistas. En 1960 se trasladó a vivir con su numerosa familia y su esposa Elisa a la ciudad de Taxco, Guerrero, donde vivió  por ocho años, captando la belleza del paisaje del lugar, iniciando una amistad con el artista norteamericano Lennart E. Phillipson, quien le serviría de ayudante y le prestaría soporte moral en los difíciles años de su retiro en aquella ciudad. En 1968 marchó a vivir a la ciudad de San Luís Potosí –en parte para ocultarse de los agentes de la FBI que lo buscaban, enterándose tiempo después que la infructuosa persecución obedecía más bien a que el presidente de Estados Unidos, Lindon B. Johnson, lo intentaba localizar, a petición de su Señora, para que hiciera un retrato de su nieto.
   El genial pintor Horacio Rentería Rocha sufrió desde 1962 graves problemas renales, y luego de superar su convalecencia, debido a su avanzada diabetes, redobló sus esfuerzos estéticos, dándose prisa por trabajar, teniendo en esos años un fecundo periodo creativo. Horaco Rentería murió sin riqueza material alguna, de un coma diabético, el 2 de marzo del año de 1972, a las 20, 30 horas, contando con 60 años de edad, prácticamente ciego, en la ciudad de México, en el Hospital 20 de Noviembre del ISSSTE, luego de ocho meses de penosa enfermedad.[4]

II
   Un capítulo o dimensión de su arte lo expresó Rentería en sus pinturas de paisajes, en las cuales puede sentirse la influencia de José María Velazco, del Gerardo Murillo el Dr. Atl, pero también, en algunos casos, de Javier Covarrubias y del costumbrismo español. De hecho Horacio Rentería había comenzado su carrera de pintor de caballete como paisajista. Su visión ante los grandes espacios es sorprendente tanto por su diafanidad como por una pureza que se antoja aérea, habiendo en sus pinceles algo de la grandiosidad que hay en la obra José María Velasco, y algo también de las perspectivas aéreas y curvilíneas desarrolladas por Gerardo Murillo, el Dr. Atl, resultando, en su singular estilo eclético, sorprendentemente fiel a la realidad y a la vez original.
   La obra de Horacio Rentería como paisajista es la de un artista enamorado de las formas, que a partir de los contrastes, e incluso del tenebrismo, se da a la tarea de buscar las atmósferas oxigenantes, la  luz y la transparencia. Pintor efectivamente aéreo cuya principal virtud es a la vez el sentimiento de la distancia bajo la potencia de la escucha: me refiero a esa virtud clásica consistente en “pararse en sitio”, en detenerse ante el curso y la corriente del devenir universal, frenando también las asociaciones desbocadas de lo psico-mental, para escuchar las normas eternas y verlas reflejadas en los ritmos cósmicos, respetando con ello los límites –todo lo cual le permite al artista, sin dejar de ser él mismo al identificarse con su propio ser personal, alcanzar una belleza a la vez clásica y profundamente nacional.



   Su obra del paisajista se presenta entonces como una lucha contra el caos, contra las olas altas y las arenas amorfas del devenir, como una lucha  en contra de las fuerzas irracionales evasivas, que no conocen ni de forma ni de memoria, que se manifiestan también como el mero flujo vital y colectivo que arrastra a los hombres a una vida subpersonal, sombría e insignificante. Paisajismo, pues, que se imponen como un acto de dominio sobre el tiempo y sobre sí mismo -y que empieza quemando las naves de la temporalidad vacía de todo contenido metafísico, meramente inmanente, incendiando la torre fugaz del ahora, donde se pierde el sentido. Entonces, lo que se abre a la visión es un espacio ingrávido donde se posan las formas para dejarnos ver en ellas los símbolos eternos, marcados por los signos de los tiempos –donde se revela una de las paradojas del misterio: que lo eterno teniendo todo el tiempo forma, siedno siempre símbolo transhistórico, lleva a vez el signo de su tiempo, siendo a la vez historia.
   La obra de Horacio Rentería en los espacios abiertos nos habla de una tarea de búsqueda de la identidad, no del lugar que nos pertenece, sino más bien al cual pertenecemos y donde se vierte entera el alma de una nación. Mirada que así arraiga en el paisaje, adoptando como suya su modulación, desarrollando así ese sentimiento de pertenencia, que se presenta simultáneamente como una labor de recuperación y de reconocimiento de nosotros mismos. Búsqueda y descubrimiento, pues,  de una grandeza mexicana perdida en el tráfago y baraúnda del tiempo, que por el imperativo mismo de su empresa tiene que volver a contemplar las formas para renovarlas, actualizando con ello a la vez las normas eternas. Doble trabajo, en efecto, que tiene a la vez que recuperar las normas y los límites, desempolvando las vestigios dejados por memoria, recolectando las semillas que encierran la vida de lo que pudo ser, para vivificar su sentido bajo la óptica de un estilo a la vez nacional y universal.






   Visiones del campo y los colosos de roca, en cuya   óptica única se citan las energías uránicas del sol y del agua vaporosa de las nubes, volviéndose potentes  para fecundar la tierra. Emoción ante la inmensidad del paisaje, que el pintor contempla en su enorme profundidad de campo, condensando el artista en una sola mirada la visión completa de un largo camino recorrido, y donde el horizonte se desdobla una y otra vez, reduplicadamente, alcanzando así a tocar los campos labrantíos, el monte y luego, ya desde las alturas, la amplia extensión del valle coronado, allá a lo lejos, por las montañas níveas. Pintura sedienta de más allá y a la vez colmada de aire; donde la norma y el límite se dan en conformidad con la distancia –por estar tendida su observación más allá de lo inmediato, hacia los confines de un horizonte y de una verdad trascendente. Pintura que sabe aliar entonces a lo presente la hondura del espacio y la cima del tiempo –relacionándose así con un tiempo fijo, inmortal, que trascurre impoluto todo el tiempo (in ello tempore), coronado su obra con un halo de eternidad.
   La obra como paisajista de Horacio Rentería aparece también como trasfondo en múltiples de sus composiciones de figuras humanas, y corresponden a lugares determinados: a los volcanes del valle de México, a las serranías de la Huasteca Potosina, de Guerrero, o de Michoacán, abundando también en el paisaje urbano; en la Catedral de la Ciudad de México, rodeada de árboles como era en el Siglo XVIII, en las calles de Taxco, ciudad donde el pintor vivió en los últimos años de su vida. Con su viejo amigo Rodrigo Ávalos salían de jóvenes juntos a pintar los cerros y los atardeceres, las iglesias y cúpulas del cascado y bello Durango, captando sus imágenes también el alma de sus gentes y de sus costumbres -e impulsando con ello un sano provincialismo bajo la solfa de un mundo espiritual que, como recuerda el maestro Héctor Palencia Alonso,  da unidad esencial a la patria chica al estar construido por las comunes imágenes, valores, tradiciones, costumbres, usos sociales y formas de vida con las que el ser humano se desenvuelve desde la infancia.


   Contemplación de México, esa tierra de pintores y de volcanes, modulada por la mano creadora del artista luego de ser purificada por un baño de luz, desde la perspectiva de sus más grandiosos estallidos atmosféricos y bajo la forma de bellísimas composiciones, donde aparecen las montañas dormidas, los volcanes del valle de México, los montes y las serranías, como protegiendo más allá de sus faldas, los poblados y los campos labrantíos –obra a las que habría que sumar sus trabajos de acuarelista. Tierra de encanto y maravilla, es verdad, representada por el pintor bajo un estilo fiel y veraz es sus cumbres detenidas, posadas con sin igual gracia en el verde espacio de sus valles.


  


III
   Sin embargo, el estilo que daría fama a la firma de Horacio  Rentería es el de un muy cuidado miniaturismo, no exento de preciosismo, vertido a la vez en una pintura esencialmente decorativa y costumbrista, a la vez ostentosa e idílica. Obra que en cierto modo tiene como tema la inocencia, la ignorancia del mal, siendo así, a su manera, ingenua, donde se da también continuidad a un estilo nacional que se formó a finales del siglo XVIII en México y que, por tanto, tiene también algo del arte antiguo novohispano y del arte del copista.
   Su pintura, que se dio a conocer internacionalmente en la década de los 50´s –tiempo en el que se destruía el baluarte de tesoros barrocos dispersos en la ciudad de México-, es así el intento por restituir los símbolos más caros de la identidad nacional, arraigados tanto en su mirada a los enormes paisajes, junto con los que nos hacemos familiares del mundo, como en su visión de la vida íntima, de las costumbres hogareñas, donde se preserva una buena parte de lo mejor de nuestra tradiciones y de nuestra identidad colectiva. Se trata, en efecto, de cierta concepción del gusto, en cierto modo barroco, determinado por el lujo –a condición de entender éste no sólo como riqueza, sino como la abundancia generosa de la vida.
   Su paisajismo, a medio camino del clasicismo bucólico e José María Velazco y de las atmósferas curvilíneas del Dr. Atl, se complementa así con las escenas del mundo infantil, poblado de juegos y de costumbres, que refleja también las más acendradas virtudes de la vida privada, cuando esta es alta, rica y profunda.





   Por un lado, el costumbrismo mexicano, en particular el que siguió a la escuela española de Ignacio Zuloaga que aprendió de su maestro Guillermo de Lourdes. Espíritu de escuela, es verdad, entendido en el mejor sentido, que no resta espontaneidad ni libertad creadora, adaptándose a la personalidad del artista, quien no busca la originalidad per se, como es moda en la actualidad, sino la originariedad: el ir derecho y sin artificios a las raíces mismas de la tradición como fundamento de toda una cultura, y que por ello se expresa y se encuentra como contenido refractariamente en sí mismo. Por otra parte, es notaria la absorción de un estilo, más que decimonónico, novohispano y barroco, en cierto modo de corte popular y muy tradicional, donde se da el rescate de algo muy íntimo, que nos ha pasado de noche en estos tiempos revueltos: la importancia de la dignidad de la persona y del lujo de la vida; quiero decir, de la esencia de la vida personal y de su íntima alegría.
   Margarita Nelken ha dicho que su estilo puede considerarse como “neoprimitivo”, probablemente por haber sido el pintor durangueño más o menos autodidacta, reconociendo sin embargo en su labor una gran calidad en la representación de las carnes, en los detalles de la indumentaria y en los paisajes, cualidades todas propias de los pintores antiguos. No es verdad, porque su estilo es notable más que nada por el realismo profundo alcanzado tanto en la inmensidad de sus paisajes como en su laboriosa representación de los infantes –destacando, ciertamente, los detalles urdidos en la indumentaria de sus figuras, que llega incluso al preciosismo, a la manera propia de los pintores antiguos que seguían una técnica miniaturista logrando, en virtud de su oficio y su maestría, finísimas transparencias en las orlas de las gasas y en los sutiles encajes de los vestidos, dando con ello una concepción poética de la cultura patria y en su conjunto una regia visión simbólica y espiritual de México.
   Se ha dicho que su arte de los niños frisa el límite de lo cursi. Puede ser, sin embargo, sin caer nunca en el mal gusto de lo acartonado ni en los empalagosos almíbares de lo chabacano, gracias a una ternura casi mística y a una especie de velo alado que deposita o con las que toca a sus figuras, producto todo ello la impresión de una inocencia casi virginal, una distancia angélica, debido también en parte al alejamiento respecto de las oprimentes condiciones de la existencia, por haber en su obra dos componentes, prácticamente olvidados en la actualidad, que solicitan la mirada del espectador: el lujo y la alegría. Por un lado su obra, en efecto, es la expresión del lujo, primero en lo que éste tiene de actitud o de sentimiento del mundo con respecto a la riqueza; es decir, de despilfarro. Porque el lujo es efectivamente esa actitud por medio de la cual la riqueza se lava de sus herrumbres de avaricia, que introducen la escases y la dominación en el mundo, para valorar lo económico más allá de sí mismo, más allá de su lógica de mera acumulación o consumo egoísta. Por otro, porque en ese lujo de la vida anidan valores sociales más amplios como son, más allá de la belleza o de la abundancia, la cultura y la tradición, ennobleciendo con ello y valorizando la riqueza misma.







   Trascendencia pues de la misma riqueza y de la avaricia por virtud de la generosa prodigalidad que, en efecto, se expresa en un estilo barroco, interesado fuertemente en las apariencias, pero que no por ello oscurece el fondo ni eclipsa el sentido trascendente de la vida, sino que, por lo contrario, se sirve de la representación de la abundancia más bien para revelarlo –dejando constancia así, por más que sea sólo de manera meramente formal, de la adhesión a ese sentido metafísico de la vida que late por debajo de las apariencias sensibles. Postura más ética que estética, pues, y más metafísica que moral, de no ocultar las riquezas, sino de ponerlas al servicio de la revelación de la belleza interior –y que por tanto implica una crítica de la forma a favor del contenido, donde se manifiesta la riqueza y la prosperidad en lo que tienen de prolijidad y de abundancia compartida y, en este sentido, de superación del principio económico fundado en la explotación del trabajo y en la escasez. Así, el lujo funciona más bien entonces como un emblema de la riqueza: como la expresión de su nobleza, como aquello que la hace arraigar en la tierra para ser como ella, como la exuberante naturaleza y la tierra pródiga, restituyendo a la cultura el sentido natural de la tierra y de la naturaleza en lo que tienen de abundancia y de fruto compartido.
   La pintura de Horacio es también, por sí misma, un objeto de lujo, tanto por su laboriosidad, por acumular en un pequeño espacio una gran cantidad de trabajo, y cuyo principio es primordialmente artesanal, teniendo como valor agregado su relativa escasez como producto –que, a la postre, es lo que le dará su carestía, su precio a la obra. El objeto lujoso presenta así y representa esos dos sentidos compartidos: el de la belleza laboriosa y el del precio. Sion embargo en sus obras no hay un paso de lo artesanal al artificio, ni del oficio a la técnica o de la maestría a la profesión, por quedarse el artista arraigado a los valores puramente originarios de la artesanía: una maestría barroca en el detalle, un dominio cada vez más logrado del oficio e incluso una veta culterana, un arte de clerecía, que no por nada encontró pronto su precio –aunque no para él, porque lo que el artista buscaba no era tanto el preciosismo del símbolo, del camafeo, que se convierte en mero objeto lujoso y que por tanto puede convertirse o trocarse por un precio, que es lo propio del arte burgués (que a fuerza del interés por el precio despoja a la obra de arte incluso de significación). porque lo que buscaba el artista es otra clase de preciosura, más escondida y más íntima, más hundida en la naturaleza de la tradición y de la tierra fértil del sentido: los tesoros espirituales del alma de un pueblo, la raíz de su encanto, de su gracia y de su alegría. Porque, así como los tesoros escondidos que guarda la tierra son revelados por el trabajo del hombre, que son los tesoros naturales sepultados que el hombre desentierra con sus manos, Horacio Rentería descubrió con sus manos en la historia misma de la tradición colonial mexicana uno de sus grandes tesoros escondidos: el valor de nuestras más validas  costumbres, donde arraiga la vida íntima y la alegría de la inocencia.





   Lo que ponen de relieve entonces sus retratos es el lujo de las formas, entendidas estás bajo el matiz de las costumbres: de la cultura castellana rayada de azteca, caracterizada con las notas  de la amabilidad, de la cortesía, de la caballerosidad y de la educación, virtudes que apuntan todas ellas a la reintegración (o a la nostalgia) de una cultura modelo a todas luces superior. El fondo de esos contenidos aparece entonces no como algo oscuro u ocultado, sino como una transparencia que nada oculta, sino que es radiante; como un misterio también, sin duda, pero cuyo contenido de fe trascendente es el mismo que el misterio radiante de la vida, el de la animación de los cuerpos orgánicos, de las formaciones sociales y de la cultura misma –de lo que sólo se manifiesta, que es algo, dado, imposible de explicar o demostrar, por resultar ya del todo inanalizable.
   Pintor sui generis de extraordinaria fantasía creativa, Rentería desarrollo, en su serie más exitosa el tema de los “Niños Virreinales”: niños y niñas espléndidamente vestidos a la usanza colonial, posando en espacios típicos mexicanos o ensoñados y portando todo tipo de objetos. Uno de sus elementos predilectos es así el del juego –en todo lo que tiene a la vez de seriedad y de inocencia. Porque el universo del juego, por el que también se ha definido al hombre (homo ludens), tiene un elemento sine qua non de profunda gravedad, por ser el juego la arena sobre la cual se proyecta toda la fantasía del mundo futuro, como valores latentes y electivos a realizar en el transcurso de la temporalidad. Porque el mundo de los juegos infantiles es algo más que el de un mero esparcimiento o una ejercitación de las facultades para su desarrollo: es también la semilla de la fantasía  y del relato, donde el niño prueba en el presente las virtudes del mito proyectándolas a la vez en el ahora intemporal y presintiendo así las construcciones de la vida adulta –pues, a fin de cuentas, el niño es la reliquia del hombre.
   Así, desfilan por su obra toda suerte de juguetes, de mascotas, de adornos y de implementos: cacharros de cocina, piñatas, alcancías de barro, papalotes, caballitos de cartón, barcos de papel, polluelos, patos, pericos, perritos falderos y gatos, pelotas, soldados de plomo, calaveras, flores, tambores, trompetas, muñecas, sonajas, caballos, cuervos, pañuelos, santos, carriolas, paraguas… haciendo con ello una especie de inventario de los bellos objetos de la cultura artesanal mexicana que, en su diversidad, dan una idea de la totalidad y en cierto modo también de lo infinito. No faltan entre aquellos objetos las galas, que si bien sujetas a las modas europeas de la etiqueta y del buen vestir, añaden a las costumbres nacionales elementos autóctonos, adaptándolas así a las propias circunstancias bajo el orden de un estilo ecléctico, a la vez de rica fantasía y de contenida sobriedad.



   Representaciones, sin embargo, no carentes en ocasiones de dramatismo, en donde los espacios se sumergen en laberintos compositivos que tienen la estructura del damero, del juego de damas o del ajedrez –cuyas figuras geométricas cuadradas y colores alternados de negro y blanco sirven para simbolizar la reunión de fuerzas contrarias y opuestas, encuadrando con ello las situaciones conflictivas de la existencia: la lucha de la razón contra el instinto, del orden contra el azar, de las combinaciones y contradicciones de la fuerzas, tanto materiales como espirituales, que simbolizan las diversas potencialidades del destino y el lugar más íntimo de las oposiciones y los combates, expresando por ello el mismo drama cósmico de la existencia -un poco a la manera de Remedios Varo o de Benjamín Domínguez. 
   Pintura a la vez didáctica y nacionalista; esfuerzo de síntesis también, donde refractariamente se conservan los símbolos más caros de la identidad nacional, que han quedado latentes en nuestras costumbres a la vez como emblema y semilla de nosotros mismos: como una promesa de  participación compartida, de pertenencia y de futuro cumplimiento –que a la vez nos enseña, por contraste, la proletarización creciente de la burguesía actual, en pago o sanción histórica creciente por no haber cumplido su misión de educar y elevar a la plebe. Microcosmos de gran miniaturista que contienen, por decirlo de algún modo, al mundo entero en una nuez. Pintura fuertemente costumbrista e intimista no exenta de romanticismo, pues, que incluye en sus composiciones desde el paisaje natural hasta el urbano, pasando por las vivas naturaleza muertas, constituyendo el otro polo, opuesto, complementario y necesario, de los grandes tableros muralistas.
   Pintura ricamente nacional, en la que es evidente una tendencia conservadora, que lucha por preservar la tradición y que, en casos, es incluso monárquica, al hablarnos no sólo de la dignidad humana, sino incluso de la nobleza y de la majestad de la persona –derivándose de todo ello un tono inglés y un sabor afrancesado que buscan, junto con los elementos autóctonos, una síntesis universal. Aristocracia del espíritu, efectivamente, no corroída por los vicios, cuya relación con la riqueza se orienta decididamente en el sentido de la cooperación de las clases tanto en la educación como en el trabajo, y donde se corona el ideal nacional del mestizaje.





   Más allá de las bizarras morfologías de la melancolía o de las tumefacciones de la nostalgia, los cuadros de Rentería nos presentan también al hombre que juega a volver, con no menor seriedad, no tanto a ser niño cuanto a ser inocente –no inocente como los animales del cinismo, sino con la segunda inocencia que  nos daría la pureza de espíritu, del hombre que ha vuelto al camino del centro para reconocerse a sí mismo y lavar las herrumbres de su alma (no de sus procesos mentales, sino de la misma esencia de su ser como entidad ontológica).
   Sus obras de arte resultan de tal manera auténticas, porque su significación, su contenido, alcanza el ser. Precisamente porque son significativas como una persona, no como un objeto, no como una cosa que no quiere decir o dice cualquier cosa, sino como una mirada que mirando al pasado también nos mira en el presente y en nuestra proyección futura: como esas miradas verdaderas, que desbordan interiormente y nos quieren decir algo: que las aceptemos y que les respondamos. Su arte, así, es también un esfuerzo por dejar constancia de lo que somos y de los que nos ocupa, dando a la vez con humildad a las costumbres su lugar de prioridad en la vida, y simultáneamente celebrando con orgullo el misterio radiante de esa misma vida cuando se logra armonizar con las normas y principios éticos universales en una sociedad.
   Arte claramente decorativo, pero que además está vivo, que no manifiesta una vida enfriada, vaciada o en una mera forma, sino que expresa en el gusto por las apariencias externas el interés por la cultura, que remite a contenidos espirituales internos; donde no hay, pues, propiamente ni dentro ni fuera, por ser su realismo profundo minuciosamente íntimo y ponerlo en relación con la exuberancia de la vida -manifestado todo ello en esa calidad del oficio, que se relaciona con un amor artesanal con la materia y que se traduce en la calidad terrenal, a la vez casi celeste, de sus paisajes, pero también en la calidad de la encarnación de sus figuras. Arte, pues, que sin dejar en ningún momento de ser una artesanía, encuentra en la moral del oficio una autoridad y una maestría, convirtiendo así cada una de sus representaciones en una meditación y en una vía de sabiduría. Arte que abre las puertas y nos comunica directamente con nuestra alma interior, donde no ha muerto el tiempo histórico, ni la solidaridad con los espacios cósmicos y aéreos, pero tampoco ese núcleo sagrado que constituye la integridad de la persona.
   Pintura que se inscribe así y de lleno en la escuela mexicana, por buscar el meollo de la identidad nacional, obedeciendo entonces a las tradiciones de la vida íntima y popular no estancadas del todo en un pasado irrecuperable o perdido, sino vivas en sus semillas, y que están manando todavía de la fuente de nuestra cultura occidental, criolla y mestiza, donde supersiste algo del sueño estético y latinoamericano de una futura “raza cósmica” caracterizada por su nobleza de espíritu, por su sencillez,  y por el refinamiento de sus formas y de su gusto estético.



   Inspección también al alma colectiva que, aunque distorsionada por quienes se empeñan en mentir su destino, quisiera seguir siendo fiel a ese su espejo diario, para encontrar en ella la medida de su fuerza y de su felicidad futura. Pintura, pues, preñada de más allá, de futuro vislumbrado; también de pasado y de presente, pues constituye su arte una reflexión, latente como una semilla, ligada al Siglo del Esplendor en México (el Siglo XVIII), de una cultura que se soñó independiente, autónoma, a su manera también central, no tanto por imperial o monárquica, sino por el anhelo de unidad y de una vida más plena, incluso lujosa, que coincidiera en su camino con la senda que lleva al centro de alma de la persona.
   Necesidad urgente, pues, de definir un estilo y de sazonar un gusto nacional auténtico –para resistir también a las oscuras asechanzas, siempre presentes, del enemigo oculto. Un estilo que no sea un “ismo” más, que se aleje en definitiva del vulgarismo y de la mala fe, con lo cual Horacio Rentería colaboró con su grano de sal a resolver la aguda problemática que tanto afligió a los pinceles revolucionarios de la generación anterior y de la suya propia –no siendo ajeno por ello ni a temas centrales que tanto afligieran a las grandes figuras del arte contemporáneo nacional, ni a los inaplazables reclamos de la justicia social.

IV
   A últimas fechas se han ido descubriendo interesantísimas obras  del pintor oriundo de Analco. Sobresalen entre ellas dos cuadros sobre los “Virreyes de la Nueva España” y una copia de un cuadro de Sor Juana Inés de la Cruz. Tanto “Los Virreyes de la Nueva España. 1525-1821. De Don Fernando a Juan Ruiz de Apodaca”, como “Los Virreyes. De Hernán Cortez a Juan de O´Donojú”, son retablos inspirados en las obras pertenecientes a la época colonial que se encuentran en el Museo del Virreinato de Tepozotlan, en las cuales, a partir de un estilo sobrecargado y barroco, van desfilando los gobernadores novohispanos, siguiendo una trayectoria de 300 años de colonia española, en que México fue absorbiendo una sabia y modelándose hasta alcanzar en el Siglo XVIII su época de esplendor, sobresaliente por sus palacios no menos que por su arte y sus refinadísimos ingenios.





  El pintor Horacio Rentería Rocha, quien fuera humilde profesor por muchos años, fue ahondando en su conocimiento de la historia de México tanto como su sensibilidad estética, halló en el arte de la copia un estilo propio,  personal, de gran fantasía creadora. Siguiendo la obra de José María Estrada y de Agustín Arrieta parafraseó el estilo de la pintura barroca en una versión a la vez sintética y personal,  superando de tal suerte la mera calca mecánica de sus modelos para alcanzar una versión muy original de aquella época y estilo, ya despojados de sus excesos sobredorados y tenebristas.
   Así, la época en que se desenvuelven sus figuras resulta incierta, pues nos hablan de un tiempo un poco inventado y de un siglo o mundo ya caduco, pero visto a la vez con ojos nuevos, activando, fertilizando sus obras por el descubrimiento del secreto elixir de vida que rejuvenece la historia. El realismo profundo de su arte estriba entonces en ese amor desprejuiciado a la tradición, que da esa especie de sobrevida que encierran sus obras, potentes para despertar los ideales dormidos que alimentaron a toda una cultura -ya purgada del lastre que implica su encarnación en el tiempo, ya purificada de las adherencias hirientes, amargas o corrosivas, con que todo lo espiritual se impregna y mancha en su tránsito por establecerse en el mundo. En este sentido son dignas de mención sus obras sobre las “Niñas y Monjas Coronadas”, pero también su impecable lienzo “Sor Juana Inés de la Cruz. Siglo  XVIII”.[5]


   Obra sobre todo lírica y viva, pero que no por ello desatiende la severidad de las normas, las pinturas de Horacio Rentería exploran un territorio prácticamente virgen en la creación estética, pues a la vez que quieren ser estrictamente modernas sin por ello guardar ningún temor en dar continuidad a la tradición y recurrir a las técnicas de los pinotes antiguos –iniciativa que ha logrado acuñar continuidad en la tradición mexicana. Obra tendida hacia el futuro y que a la vez se alimenta del pasado, absorbiendo el estilo novohispano -como muestra de ello podría citarse el retrato del Marqués de Jaral de Berrio, montado en su caballo "El Tambor", temple sobre lámina de marfil, obra mexicana de hacia 1800.[6] Rentería realizó así interesantísimas copias del arte novohispano, barroco y colonial, absorbiendo el espíritu de aquella época, despreciado por jacobinos e ignorantes de toda laya, pero cuyo legado es, sin embargo, uno de los grandes tesoros del arte y la cultura mexicana de todos los tiempos.
   Visión poética y profética de México, es verdad, que inquiere persistentemente sobre nuestra identidad, sobre el ser que íntima e históricamente nos constituye, que nos dará al cabo madurez y acento propio; también reflexión sobre las preocupaciones esenciales que permean toda una época del México contemporáneo, vertida en obras de gran carácter, a medio camino de la copia y de la invención, cuyo esmerado trabajo y humildad artesanal ha dado a Horacio Rentería una especie de autoridad en la historia del arte mexicano, ganada a pulso por la incuestionable maestría de sus realizaciones.





V
   Pintura costumbrista, un poco inventada, idealizada quiero decir, de un México ensoñado donde la naturaleza muerta florece y el paisaje, tanto bucólico como urbano y arquitectónico, se ahonda, crece o se expande obedeciendo a los ritmos de su propia libertad creadora. Pequeños y detenidos alephs, donde reposan las cifras de un mundo de estabilidad y de bonanza contenido en pequeñas nueces arrojadas al río del tiempo, y donde navega un orbe de valores nacionales capaces de meter en un frijol todo un palacio -sin caer por ello, empero, en los extremos de las pulgas vestidas. Eclecticismo alimentado por diversos estilos, escuelas y épocas que sin embargo se resuelve en una especie de muy atemperado refinamiento barroco, cuyo horror vacui queda colmado en un caldo primordial saturado de con los elementos de la vida.  
   Pintura ecléctica, es verdad, desarrollada por un artista sui gneris, poseedor de una gran fantasía creativa no menos que de una gran profundidad de visión -profundidad de campo, quiero decir, cuya hondura es más que nada cronológica, pero que a la vez se desenvuelve sobre la línea horizontal y geográfica de la distancia para darnos una especie de oriente, un punto cardinal donde se abrazan en el horizonte del sentido una definida constelación de valores propios, concretos, sin disputa mexicanos por su ejemplaridad, que van más allá del folklore o de lo meramente típico, potentes para guiarnos por entre los escoyos y abruptos precipicios de los tiempos revueltos que azotan a la modernidad.
   No es de extrañar que ese dilatado universo axiológico detenido en los cuadros de Horacio Rentería, este firmemente vinculado con el arte de la juguetería tradicional mexicana, por encontrarse en ella un mundo en potencia, a la vez diáfano e íntimo, que a su manera recrea también desde el mito hasta las faenas diarias y futuras de la vida. Mundo no ajeno a la complejidad de la fantasía y aún de la utopía, pero que simultáneamente se hermana con la alegría de las recreaciones íntimas y de las horas compartidas. Pues desde los escudos de armas municipales pintados en el Palacio de Zambrano con singular originalidad por el artista, puede detectarse, post factum, en toda la obra del artista, el imperativo de encontrar la identidad regional y nacional, y de valorar  el modo específico de nuestra particular idiosincrasia como toda una manera de ser y de estar en el mundo.




VI
   El valor de la firma es el valor de ese gesto con el que el autor rubrica y da cima a una obra; gesto que representanta también un carácter, un genio, sintetizando en él los valores propuestos por el artista. Condensación de toda una personalidad y de un estilo, de un hombre, la firma es la señal inequívoca de su originalidad, es decir, de su autenticidad. Se trata, así, otra vez, del valor de la identidad, pero esta vez de la historia personal –pues la firma auténtica es aquella que vale oponiéndose a la falsificación.
   El valor de la firma, asociado a la originalidad de la obra y a su validez estética como producto cultural, encierra en sí misma las dos coordenadas de la existencia de cada esencia humana, cuya cifra no es otra que la de su universalidad y la de su autenticidad. Se ha dicho que el estilo es el hombre; es cierto, porque en el estilo condensado en el gesto con que se rubrica una obra, en su firma, deben latir al unísono la universalidad de ciertos valores compartibles, de un ideal de belleza, de una norma resistente al devenir y al diente roedor del tiempo, y la validez de una técnica, cuyos modos sean la activación de un recto y cuidado procedimiento -pero que a su vez tanto ideal, norma y procedimiento sean conformes a una sensibilidad, particular, concreta, amoldados a una existencia limitada, singular, para volverla auténtica, original y fértil.



   Sensibilidad cuidadosa de la universalidad de la manera y del estilo, pero ni atenazada por dogmas ni desordenada por las mecánicas automatizadas o por las exigencias desmedidas del mercado, o de lo pomposo, de lo hinchado o de la pasión por lo ilimitado, es la obra de Horacio Rentería también un símbolo, insólito por lo demás, en el desarrollo de la historia del arte mexicano -justamente por situase más allá de la idea hipnótica del progreso o del historicismo, dándose por ello en ella una feliz yuxtaposición de épocas y estilos. Sus obras, efectivamente, tienen algo de emblemas, por rescatar una serie de valores que, refractarios al tiempo, fueron imantados por sus pinceles.
   No es por tanto de extrañar que su obra sea hoy en día muy buscada por los grandes coleccionistas, ni que se encuentren sus pinturas en las galerías de las grandes ciudades y en las casas de los hombres más acaudalados del planeta, así como en las más renombradas colecciones privadas, siendo atesoradas por personajes de la talla del director de orquesta Leopoldo Stokowsky, la familia Vanderbilt, el actor Henry Fonda, el modista Cristian Dior, la viuda del presidente de EU Johnson, Laydy Bird Johnson, el expresidente de esa misma nación, William Delano Roosevelt, de Solan Simpson, ex esposa de William O. Dwyer, el ex embajador norteamericano, quien posee una de las mayores colecciones de su obra, la señora Carmen Landa de Beistegui, el español Marques de Cuevas, el coleccionista mexicano Salvador Junco, y también por algunas instituciones como el Instituto Mexicano-Norteamericano de Relaciones Culturales.
   A pesar de que la vida del artista estuvo llena de necesidades y de dificultades, saturada de privaciones, de dolorosas rupturas, separaciones y conflictos, de luchas contra las capillas, de abusos y mentiras,  Horacio Rentería supo atinar en su arte con esa especie de sobresignificación de la vida, que mantiene fresco a su arte, disfrutando así de su trabajo, que realizaba de manera a la vez infatigable y metódicamente, viviendo muy modestamente y luchando siempre por vencer la adversidad de un medio hostil.[7]
   El abogado, mecenas de la cultura y mentor de los más altos ingenios durangueños, el querido maestro Don Héctor Palencia Alonso, gran conocedor y difusor de la obra de Horacio Rentería, encontró la palabra justa cuando escribió refiriéndose al pintor: “No importa ser pobre ni vivir de modo inseguro, si al fin se consigue dar  con la sobrevida que encierra la obra de arte.”[8] Palabra justa, porque tarea de la cultura es también mantener viva en la memoria la figura de aquellos hombres que han explorado y habitado un mundo espiritual, que no perece con la desaparición física de la persona, y con cuyas cenizas se fecunda la historia. Horacio Rentería Rocha así entregó su vida a su obra, depositando su alma poética en cada pincelada, dando testimonio de su sensibilidad y fantasía creadora como también de una visión inédita de lo mexicano, tanto de su encantadora intimidad como de su ser geográfico y urbano externo, recordando ahora su genio y figura, a manera de pequeño tributo, con el verso del bate jerezano Ramón López Velarde que reza:

Vengan a ver cómo es 
que se despilfarra todo el ser”.








[1] Horacio Rentería (Catálogo). Ed. ICED y Editorial Tiempo de Durango, Durango, México, 2001.  Existe un libro sobre el pintor escrito por su segunda esposa, Elisa Coronado de Rentería, el cual se presentó el 25 de septiembre de 1975 en la Galería  Nabor Carrillo (Hamburgo 115) de la Zona Rosa, en la exposición organizada por el Instituto Mexicano Norteamericano de Relaciones Culturales. Ver el artículo periodístico de Rodrigo Ávalos aparecido el 4 de mayo de 1972 en el diario La Voz de Durango.
[2] La Escuela 18 de Marzo de la ciudad de Gómez Palacio cambió de nombre en el año de 1940, durante el gobierno de Enrique Caderón, funcionado desde esa fecha como Instituto Industrial 18 de Marzo.
[3] Agapito Engels Cifuentes (1898-1996) nació en Pachuca, Hidalgo, estando lejanamente relacionado con el famoso socialista alemán Federico Engels. Estuvo en prisión por algún tiempo debido a los crímenes derivados de la revuelta armada anejos a la Revolución. Teniendo alguna habilidad para el dibujo cuando salió en libertad realizó una pintura para la hija del alcalde de Pachuca, descubriendo en las copias del arte novohispano mexicano un mercado extraordinario para ese tipo de pintura entre los turistas norteamericanos. Fue así que comenzó a vender los retratos de Horacio Rentería, los cuales en un principio intentó hacer pasar por obras coloniales, por lo que el artista se fue adaptando a tales requerimientos, agregando a ellos  inusitados ingredientes de fantasía. Al poco tiempo Agapito Engels se hiso de su propio local en el mercado de la Lagunilla, donde abrió una tienda de antigüedades y en la que se empezaron a hacer conocidos los “Horacios”, que ya con firma eran buscados con avidez por los turistas extranjeros, llegando a formar parte de la colección privada de figuras como la de Katerin Hepburn. Para entonces el comerciante se había cambiado el nombre al de Agapito Labios, siendo luego de su muerte sucedido por su hijo, quien heredando su negocio también incursionó en la composición artística y continuó en la venta de antigüedades.
[4] Héctor Palencia Alonso. Héctor Palencia Alonso y la Cultura (Selección de Textos). Ed. ICED y  Artes Gráficas “La Impresora. Durango, México, 2006.  Págs. 43 a 45. 
[5] Cuadro expuesto recientemente como pieza maestra en el Centro Cultural Mexiquense Bicentenario, en el año de 2010.
[6] El Marqués del Jaral de Berrio, Conde de San Mateo de Valparaíso, erigió su hacienda de mezcal hace 240 años. Tenía mucho orgullo de su tierra, del agave del que extraía su delicioso mezcal Jaral de Berrio. Incluso existe un coctel "El Gran Berrio" en honor del Marqués. Guillermo Tovar de Teresa nos relata que ese caballo fue el que sirvió de modelo para el “Caballito” de Manuel Tolsá, la escultura ecuestre de Carlos IV. El retrato es una obra mexicana realizada al temple sobre lámina de marfil,  hacia 1800. 
[7] Cabe mencionar dos exposiciones de la obra autor: la realizada en el Instituto México Norteamericano de Relaciones Culturales, a manera de homenaje, en 1975; y la exposición en su tierra natal, Durango, auspiciada por FONAPAS, con obras de la colección de su amigo y discípulo el pintor Rodrigo Ávalos, en 1985.
[8] Héctor Palencia Alonso, Apuntes de Cultura Durangueña. Ed. Impresoras Gráficas. UJED. Dirección de Comunicación Social. 1991. Pág. 72.





10 comentarios:

  1. Buen día. Soy nieto de Horacio Renteria, estamos leyendo este artículos con 5 de sus hijos y gran parte de la información no es cierta. Me puede indicar quien le dio esta información? De antemano agradezco su atención. Saludo s!

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    1. Del abogado y director del ICED Héctor Palencia Alonso; espero que si hay errores o algunos detalles o cuestiones de fondo equivocadas me ayude a corregir el texto, y a completarlo de ser posible...

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    2. Querido Alex, Querido Alberto, soy Fede LF, coleccionista y quisiera consultarlos acerca de esta información e imagenes de algunas obras, como podría comunicarme?

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  2. Del abogado y director del ICED Héctor Palencia Alonso; espero que si hay errores o algunos detalles o cuestiones de fondo equivocadas me ayude a corregir el texto, y a completarlo de ser posible...

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  3. Lic,Ana María Engel, Octubre 31, 2014, Soy hija de Dn, Agapito Engel Cifuentes (MEXICANO 100%) como en el comentario anterior su texto esta plagado de ofensas y mentiras. Yo conocí a HORACIO desde el día que fué a pedirle trabajo a mi papá. si quiere la historia real yo puedo decirsela y tambíen corroborarla.

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    1. Nada más lejano a mi intención que deformar, despreciar o reducir el nombre de una figura esencial de las antiguedqades mexicanas como lo fue Don Agapito Engel, figura de por si legendaria entre los coleccionistas de M´+exico y de lagunilla... pero la fiarme del relato del Maestro Héctor palencia Alonso no pude en verdad nperder el tono de dramatismo a la compasión sentida por un artista como Rentería Rocha sumido en la penuria al final de sus días... que mantenía a muchos hijos, pobre, en medio de Taxco sin el reconocimiento en vida debido a su fama mundial como artista... etc. etc.... tono que enfatiza el drama humano, pero como le repito Sra. Ana maría Engels, en modo alguna quiso ofender la memoria de ninguno de aquellos grandes artistas y joyeros mexicanos... su historia, el otro lado de la moneda, nos encantaría saberla, pue que los Engels es una familia de extremo prestigio, no se si efectivaemente asociada al de la famosa fabrica de textiles del acaudalado Federico Engels, inventor a cuenta y riesgo personal del llamado materialismo dieléctrico, no sólo histórico llevado al extremo e la dialéctica de la naturaleza misma hasta sus capas geológicas más profundas, cosa ya inaceptable... que empero no le reduce su responsabilidad como el otro gran filósofo que originaria el archiconocido movimiento social político conocido como marxismo, por lo que van mis sincetras disculpas con estas líneas, y la reiteración a que nos contara más de ese gran personaje que fue el genial anticuario, sintesis y urna del mundo judio y el más mexicano de los nombres como es el de ese gran personaje que ha sido Don Agapito Engel....

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  4. Buen dia.

    No encontraba esta página desde hace mucho tiempo.

    Claro que me pueden contactar. En estos momentos me encuentro con míos tíos (5 hijos directos de el Maestro Horacio Renteria) Victoria Renteria, Elisa Renteria, Salvador Renteria, Meliton Rentería y Jesús Renteria. Mi correo directo es alronces80@yahoo.com. con gusto los podemos atender y que se de una cita con ustedes. Saludos

    Alejandro Ronces

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  5. Alberto algún número telefónico o bien un contacto de Facebook en donde lo puedo contactar. Mi contacto es Alex Ronces

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  6. Tengo unas litografías de horacio renteria,me gustaría saber que valor tienen miden 50 x50 mas o menos.
    Fcogon16@yahoo.com.mx
    Atte francisco chavez
    Gracias

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