sábado, 9 de noviembre de 2013

Ángel Zárraga: Cubismo, Futbolismo y Nuevo Clacicismo Por Alberto Espinosa


Ángel Zárraga: Cubismo, Futbolismo y Nuevo Clacicismo
Por Alberto Espinosa



I
   El movimiento cubista lo iniciaron los pintores olvidados Meztinger y Alberto Gleizes, acompañados por el parco pintor español Juan Gris, por el rudo y voluntarioso francés Fernando Léger y  el astuto italiano sin imaginación plástica Severini; Diego Rivera, Pablo Picasso, el poeta Guillaume Apolinaire y Ángel Zárraga completaban la baraja.
   En efecto, el hoy abuelo y tatarabuelo del arte  durangueño Ángel Zárraga, encabezó marginalmente junto con un puñado de inmigrantes latinos y un cuarteto de francés, el movimiento más importante que sacudió la estética contemporánea, cerrando con broche y oro los límites extremos del arte de la representación y la figura –por lo que no es de extrañar que la imagen de México con todo su exotismo se repitiera con frecuencia ente los grupos cubistas.
   En efecto, junto con George Braque y los españoles Pablo Picasso, Juan Gris y el mexicano Diego Rivera, experimentó una especie de geometrismo extremo de feroz facetismo, diríamos ahora de-constructivo, en cierto modo derivado de Paul Cézanne (1839-1906) y Heri Matisse (1869-1954), para crear el cubismo sintético, grupo que por tal aportación al arte universal es conocido como la Escuela de París, en cuyo núcleo, el Centro de Arte Vanguardista, se investigó las formas adaptables a la geometrización angular y la concepción sintética del movimiento -taller y tertulia en la que giraban  Jaques Villón, Marcel Duchamp, André Lothe, Robert Delaunay y Francis Picabia. El artista mexicano formó parte también de la Asociación de la Sección de Oro de Léger, Picabia, Gleizes, Metzinger, Duchamp y Juan Gris, donde Ángel Zárraga aportaba a la discusión teórica del grupo los exquisitos conocimientos sobre la proporción aurea o la divina mesura, secreto  de secretos aprendidos en la Academia de San Carlos gracias a las lecciones del maestro Alberto Lanndesio,  Santiago  Reboul y Germán Gedovius[1] Difícil hoy no aquilatar la grandeza y magnitud de su hazaña.



   Porque la experimentación vanguardista es la consecuencia última en el plano estético de los movimientos revolucionarios de inicios del siglo XX.  Empero, la verdad es que el cubismo no fue sino una reacción antiimpresionsita, un formalismo o mera búsqueda de la forma surgido del fauvismo y su especulación del color por parte de “las Fieras”. La raíz del dogma cubista vino de la sentencia de Cézanne: “¡Todo es cilindros, conos, esferas!” –y de la arquitectura moderna, habría que agregar, naval, aérea. Sin embargo, el principio de la fisura ocurrió cuando Zárraga agrega a la intersección de los planos  las relaciones complementarias de las formas y los contrastes simultáneos de las formas mismas... y el conflicto terminó en desastre. Porque la consecuencia del movimiento revolucionario cubista fue su pronta osificación en ortodoxia, en donde todo se estropeó, desgarrándose entre equipos rivales. Y es que sumados al equipo teórico entraron en escena los poetas Jean Cocteau, el viajero suizo Blaise Cendrars y Pierre Reverdy, siendo éste último quien termina por imponer una dictadura puritana que prohibía pintar retratos y paisajes, admitiendo sólo las naturalezas muertes de mesas de cafés y guitarras –intento, pues, de reducir sintéticamente a los Picasso, Rivera  y Zárraga a meros epígono del limitado Juan Gris.



   Desde temprano Zárraga presintió el peligro latente en una abstracción excesiva, limitando el intelectualismo abstracto de los franceses en una reconciliación con el neoclasicismo –operando empero en su pintura la experiencia cubista una revolución de fórmulas emancipadas y el rigor sereno en el uso del color. Para Ángel Zárraga l´avant garde fue, en su conjunto, un error, una experiencia equivocada, un movimiento frustráneo que llevaba en si los gérmenes de su propia ruina, pues acarreaba como consecuencia una dolorosa enajenación mental, producto de la abstracción de los otros, de sí mismo y de Dios. Porque en el fondo las ideas de Gustave Couvert sobre la pintura por la pintura, implicaban tácitamente la negación de la tradición –particularmente del ideal cristiano, cimiento profundo en la historia del arte occidental.[2]
   De ahí vino el desastre que acarreó todos los desastres, pues se puso en evidencia ser hijos de una época sin fe, sin otro anhelo que resolver insolubles problemas técnicos, donde se olvida que la vida no se resuelve en pinturas, sino que las pinturas son sólo un medio de dar testimonio de un valor espiritual. Zárraga responde a la mexicana con radicalismo religioso… y con radicalismo francés: vuelve primero a los principios estéticos del renacimiento, a las bellas líneas y los bellos colores en la celebración dinámica del cuerpo humano, para remachar luego en el mismo clavo neoclásico, con el propósito de reconfigurar el arte humanista y religioso contemporáneo.[3]



   Aquella experiencia frustrada dejo, no obstante, cuadros memorables -acaso el mejor de todo el cubismo, el lienzo del poeta español  El Lector Juan Ramón Jiménez.[4] Obra revolucionaria de pureza mística y perfección áurea, que pasó con sus jugos nutricios por nuestras narices como un fruto maduro sin que muchos ni siquiera se acercaran a olerlo. El pintor durangueño, que desde un principio derrotó en Europa todo escepticismo sobre sus subidos méritos, especialmente en el arte del retrato, aporta así a la tradición del arte una imagen perfectamente cubista... pero viva - pues junto al esquematismo y fragmentación que le es propio al estilo, junto con la desecación de la forma, el desmenuzar de los volúmenes y la descomposición del color, hay en la estructura geométrica buscada no sólo el peso y la densidad de los volúmenes sólidos con sus efectos lumínicos, sino algo más: el encuentro con una especie de aura en calma, cuya fija firmeza, por decirlo así, nos da en un hojear de su presencia estructural la representación del poeta (del más alto poeta intelectual español de la primera mitad de siglo), en gélidos términos de rigurosa arquitectura, es cierto,  más mágicamente compensada por la calidez conmovedora del color.



II
   Sin embargo, la experiencia vanguardista fue una experiencia generacional fallida, incapaz de trascender el positivismo impreso en la luz amarga tras la inocente sonrisa auroral del impresionismo (Retrato de Auguste Renoir, 1919). En efecto, de la claridad de la mera impresión sensible se derivó una cruda calamidad: la de un arte sin excelsitud y hasta mezquino, vacío de trascendencia. Al ver y vivir las consecuencias arrojadas por el movimiento, Ángel Zárraga queda enfermo y horrorizado y vuelve entonces a los principios clásicos y neoclásicos del dibujo de la anatomía humana y el denudo femenino, encontrando en una pintura deportiva formidable la esencia del hombre genérico.
   ¡Volver a las fuentes!, es entonces su divisa: ¡al estudio del hombre! –que para él se resolvió como una vuelta lúdica al estadio y una vuelta lucida a la Iglesia. En efecto, en medio de la más profunda de las crisis que le tocó vivir, el pintor vio como nadie que nuestro tiempo ofrece dos expresiones diferentes de la vida: una física y otra espiritual. La física tiene su esencia en los grandes estadios deportivos: la espiritual en los templos. Así, en el estadio estudia la celebración dinámica del cuerpo humano y la comunión con la colectividad. Es precisamente en ese periodo que Zárraga sale del cubismo para recuperar de nuevo el sentido de la mecánica humana, sus movimientos armoniosos expresados mediante el culto deportivo al cuerpo humano y a la precisión de los juegos, ejercitando su naturaleza en el vigor corporal –explorando nuevamente así  la maravillosa mecánica del cuerpo humano que aprendió de niño cuando acompañaba a su padre el Dr. Fernando Zárraga realizar la anatomía de los cadáveres.
   En efecto, en La bañista sus pinceles se empapan de color, de mar, de aire y de oro viejo. Porque si sus figuras guardan siempre algo del hieratismo hindú, propio también de nuestra cultura, en la frugalidad del color, en la paleta restringida y en la inmaterialidad de las tinturas hay algo de la elegancia añeja, de la decadente inercia ajada española, algo también de la frugalidad franciscana propia al principio de belleza ascética y cristiana, lo que da a la pincelada esa alquimia de gran finura y de prodigioso naturalista sintético.



    En su primera estancia en París vivió durante años con una maestra de gimnasia y deportista, llamada  Junnette Ivanoff, quien fuera además su modelo y protectora de 1919 a 1924 –otro paralelismo con Diego Rivera, quien además de iniciar sus estudios europeos practicando el costumbrismo español y de participar activamente en el movimiento cubista, vivió asimismo de joven con una mujer eslava: la pintora Angelina Beloff, su primera esposa.[5]
   En efecto, la crisis de angustia profunda que deja como herencia la guerra danzando en el fondo de París y las delirantes discusiones teóricas del movimiento estético por él encabezadas, lo hacen  caer enfermo en el año de 1918. Durante su enfermedad decide organizar su vida, casándose con una bella y atlética joven cuyo verdadero nombre Zárraga intentaba mantener oculto. Hay quien afirma que no era rusa en realidad, ni se llamaba Jannete Ivanoff, sino polaca, cuyo verdadero nombre era Jeanne Moots. Lo cierto es que se trata de una fuerte personalidad, de gran porte, maestra de danza rítmica e interesada en los problemas de estética. Se ocupa del pintor quien recupera la salud física y se casa con ella en 1919, viajan a California para luego vivir juntos en el # 9 de los Chaletres Talleres de la Cité des Artistes, en el boulevard Argo. Son de esa época los cuados que nos visitaron: Estudio de Mujer, 1917; Las Futbolistas, 1922; Mujer de Rosa, 1922; Naturaleza Muerta, 1922; Paisaje S/F. Jannette Ivanoff fue también una futbolista de fama y renombre, llegando a ser la capitana del equipo Les Sportivs de París, que gana el campeonato de 1922, por lo que es retratada por el pintor junto con las estrellas coequiperas Hennrriete Comte y Thérese Renault.
   En 1924 pinta una serie de grandes lienzos sobre el fútbol, los cuales son comprados de inmediato por el periódico Excelsior de París –y así como fuese el Fray Angélico del cubismo se convirtió más tarde en el Ingres del Fútbol.
   En efecto, en los cuadros deportivos y del futbolismo Zárraga quiso expresar la mística de la acción y de los deportes, donde desarrollar el valor de la voluntad y la fuerza moral aportada por la disciplina. En realidad se trata de un empeño del artista por volver al estudio del hombre y de su inalienable esencia. Así, el pintor continúa su reflexión sobre la exterioridad expresiva del cuerpo humano, en especial de la figura femenina, trasportando el lenguaje de la expresión mímica humana en términos de un formalismo absoluto, aunque ciertamente amable y aún  decorativo, con el cual logra profundizar en la sicología y profunda complejidad del hombre moderno-contemporáneo, alcanzando figuras no exentas de perfección y angélica monumentalidad.



    Se le ha reprochado que en tal obra lo que se expresa no es más que el  culto a la figura, al hedonismo del cuerpo, más que los valores clásicos de pureza y serenidad. Algunos incluso han ido más allá, apuntando a la “transexualidad” de los deportistas, a la visión de los sexos en una sola constitución humana. No es verdad. Sin necesidad de ir tan lejos, lo que se puede decir más bien, como no ha dejado la ciencia médica de denunciar, es el reconocimiento por parte del pintor del fondo meramente biológico en las actividades deportivas. Época efectivamente de hedonismo del cuerpo y de culto a la figura, la cual captó el artista en un retrato a su primo coterráneo, el actor Ramón Novarro (1919-1920).
   A la búsqueda de valores clásicos de pureza inmanente, el futbolismo de Zárraga añade empero una tesis de carácter social, cuyo ideal es el de devolverle al pueblo pauperizado su bloqueado volumen de voluntad y de fuerza moral mediante las disciplinas deportivas. Se trata, en efecto, de una mística de la acción traspuesta popularmente a términos deportivos, para enseñarla en México, donde abundan los soñadores, a perfeccionar la molicie del cuerpo por el deporte.
   A lo largo de su extensa obra el pintor durangueño  desarrolló efectivamente toda una filosofía del cuerpo, refinando en ese tiempo su visón del movimiento, ya que fue un gran aficionado a los estadios y a las competencias atléticas, a las carreras de a pie, al fútbol, al básquetbol, a la natación, al rugby, al tenis. A su prodigioso instinto de pintor se sumó el más cultivado talento hecho de afinamientos sucesivos y aureolados siempre por el buen gusto, un poco seco, y la elegancia de un paradójico espíritu: sereno y a la vez ardientemente cultivado.
    Torpemente se ha querido retrasar el triunfo de los modernos, y de Ángel Zárraga en particular, por su cultura francesa y su espíritu religioso –porque la actitud característica de la reacción ha sido siempre la de fingir ignorancia para no comprender la vida radical y desinteresada del espíritu, ya sea en política, literatura, religión o arte. Empero, México ha querido ser un país original y eso sólo puede hacerlo siendo radicalmente moderno –y una de sus visiones más potentes es, sin duda alguna, la legada a su patria por los experimentos franceses aportados por el atlético y culto pintor cubista durangueño Ángel Zárraga Argüelles.



III
   Pintura soberbia fue el cubismo, experimento de abstracción de la vida concreta que exigía por su excentricidad una reacción: el retorno, pues, a la verdad humana.  La historia puede verse como una sucesión de mutaciones y de reacciones, de excesos y de retorno a lo tradicionalmente asentado. Así a la revolución cubista se sucedió el imperio y vuelta de lo clásico: de Rafael, de Ingres. Porque el hombre, ese animal, esa máquina de huesos, está también permeado por un sentido que sólo a él pertenece, siendo en la constitución humana los polos equilibradores, centradores de la vida y de la salud, la armonización de los planos físicos y espirituales –teniendo la grandeza física su escenario en los grandes estadios deportivos, la espiritual su mejor representación en los templos  Su idea: la purificación del templo del cuerpo por el deporte y del cuerpo del templo por un retorno a una renovada comunidad de fe trascendente.



   La primera incursión de Ángel Zárraga en la pintura de gran formato la realizó en el año de 1917, en los estertores finales de la Primera Guerra Mundial, en la escenografía para la puesta en escena de Antonio y Cleopatra de William Schaquespeare, montada en el Teatro Antonie de París, llevando a cabo un plan que rebasó toda expectativa. De la escenografita saltó al espacio mural, realizando su primera composición en la casa parisina de uno de sus coleccionistas particulares, el Dr. Van der Hernst. Su segunda obra mural tardó siete años en concluirla, ocupándose en ella de 1922 a 1929, en el Castillo Vert-Coeur, en Chevrease, cerca del Palacio de Versalles, perteneciente al conde René Phillipon, pintando al fresco los espacios del Oratorio, la biblioteca, el corredor, los muros de la escalera central y el salón familiar. Por aquella época desatendió el llamado del Secretario de Educación con Obregón, el filósofo José Vasconcelos, puesto que sus compromisos de trabajo parisinos le impidieron su regreso.
   Así, para 1924 inicia los murales a la encáustica en la Cripta de Nuestra Señora de la Salette, en Suresnes.[6] Su cuarta obra mural la realizó en la Iglesia de los Mínimos, en Réthel: se trata de un fresco en el que desarrolla el simbolismo de los cuatro evangelistas a manera de bestiario simbólico: Águila, León, Cordero, Hombre.
   Es invitado por su amigo Alberto J. Pani, en 1927 para decorar  la Legación Mexicana de París, realizando 18 paneles de intención mural para el Salón de Fiestas y la Sala de Estar, añadiendo a su lenguaje un tratamiento en  estilo Art Decó. El mejor conocido de ellos, “Amaos los Unos a los Otros”, tiene por tema el de la reivindicación de  las clases trabajadoras, obreras y campesinas oprimidas, bajo las figuras de trece mujeres vistiendo atavíos populares, siendo la figura principal inspirada en la actriz Dolores del Río. En un estilo moderno y decorativo logra una síntesis de laicismo y religiosidad con el tema de la fraternidad universal entre las naciones y el de la integración de México al progreso de las naciones civilizadas –ideal de una modernidad revolucionaria, rectamente entendida, inscrito también en los vitrales de Fermín Revueltas. También expresa las diferencias entre el mero inmanentismo anejo al culto pagano y el contraste trascendente inscrito en la civilización cristiana propia y acaso exclusiva de la mexicanidad. Una imagen de Cuauhtémoc y otros dos paneles representando las cuatro virtudes morales y las tres teologales cierran el conjunto.[7] 



   En ese mismo año de 1927 es propuesto por André Honorat para ser nombrado Chavalier dans l Ódre Legión d´Honeur (Roseta de Oficial de la Legión de Honor), reconociendo el gobierno francés sus subidos méritos en sus 20 años al servicio del arte... a los 40 años de edad. Durante su estancia en Francia conoció el pintor todas las guerras y revoluciones que cada década sacudieron a Francia... conoció también las que en el mismo siglo sacudieron a su patria. Ante ello el artista mexicano respondió con un proyecto cultural de radicalismo y laicismo de inspiración francesa, que trasplanta en términos de la filosofía cristiana los ideales de la fraternidad universal entre los pueblos, la libertad del individuo y la igualdad de todos los seres humanos.
   En efecto, como vio Vicente Riva Palacio y a su zaga Jorge Cuesta, si se escruta en nuestra historia, México es un país de inspirado en la cultura francesa en todos sus órdenes, siendo Francia, la rosa de la civilización,  por su historia y cultura, la influencia esencial de nuestro desarrollo nacional en el ámbito espiritual y lo que le da su más profunda distinción y su carácter a nuestra patria, siendo también el humus que alimenta la raíces de nuestra libertad en todos los sectores de la sociedad. Es cierto, nuestra cultura encarna los ideales de la cultura francesa sin proponérselo artificialmente, sino de manera natural. Por doloroso que sea hay que reconocer que la nación mexicana no ha tenido una verdadera existencia propia, ni ha existido propiamente una voluntad y una conciencia nacional y las que ha tenido, las ideas gérmenes de una responsabilidad histórica, han sido influencia del pueblo francés.
   Vuelve a la pintura mural en el año de 1932, trasladándose al África, a Marruecos, donde pinta en la Iglesia de Fedhala a Santiago apóstol, patrono de los peregrinos y a Pedro y Pablo en su tarea evangelizadora que siguen a las conquistas militares en tierras de infieles. De regreso a Francia pinta un fresco más, esta vez en la Capilla de Cristo Redentor, en Guébrant, en la Alta Saboya, también de tema cristológico. Obra de gran belleza, plenitud y grandiosidad de la “Anunciación, Redención, Bienaventuranza y Vía Crucis”. Sigue a esta obra la decoración de la Maisón du Café de París, en la Plaza de la Ópera, que aunque posteriormente fue destruida -por reliquias fotográficas sabemos que trataba de los Atlantes y de Don Quijote de la Mancha. Sigue con otra obra en la Sala de Consejo del edificio de la Unión de Minas de París.
   Por último realiza tres obras murales más: en la Cúpula de Mal Paso, en Mégreve y en la Iglesia del Castillo de Meudon plasma temas de la mitología griega, para finalmente desarrollar en la Capilla de la Ciudad Universitaria de París el tema central del humanismo: la pasión de Cristo, sirviéndose de un planteamiento calificado de intelectual, en pleno bombardeo en Francia por los nacionalistas alemanes en junio de 1940. En el inicio de la Segunda Guerra Mundial alcanza todavía a realizar otro mural más, esta vez en la Iglesia de Saint Ferdinand des Ternes, sobre la vida y milagros de Santa Teresa de Jesús, apoyado por el filósofo Jaques Maritain.
   Se ha criticado a Zárraga de apoliticismo. No es verdad. De hecho su regreso a México precipitado por las hostilidades del espíritu guerrero, se debió más que nada al clima de frialdad creado en su contra en  el medio acomodado y artístico en el que se desenvolvía, debido a su participación en la Radio Francesa, donde difundió exhortaciones públicas a las naciones hispanoamericanas para condenar el socialismo totalitario que surgió como una amenaza de anti-humanidad, invadiendo como un cáncer a los países de eje, teniendo su cedes en Tokio, Roma y Berlín. Al finalizar el año de 1941 parte de Francia y al inicio de 1942 desembarca en el puerto de Veracruz con su esposa María Luisa y su hija Clarita, acompañando su menaje de viaje de un automóvil Renault del que no quiso ni pudo desprenderse.




IV
   A su llega a México pinta los murales en Los Laboratorios Abbot sobre el tema de la salud y la enfermedad. Por instancias de Arturo J. Pani es contratado para un mural en el bar del Club de Banqueros, en el edificio Guardiola, donde pinta  la Alegoría de la Riqueza y la Abundancia, La Miseria y el Placer y El mito de Dannae y Perseo. Por instancias de su antiguo condiscípulo en la Escuela Anexa a la Normal,  Jaime Torres Bodet, se integra entre los miembros fundadores al Seminario de Cultura Mexicana.
   Concluye la ábside de la Catedral de Monterrey, donde pinta las ocho bienaventuranzas, separadas por unas filacterias que contiene textos de los evangelios, terminándola, por cábala del destino, el mismo día de la victoria aliada sobre la Alemania Nazi, por lo que la firma con la leyenda “Aleluya. 6/X/45”.
   Finalmente realiza uno de los cuatro murales ideados para de la “Sala de lectura José Vasconcelos” en los Talleres Gráficos de la Nación, hoy Biblioteca México, en la Ciudadela, los cuales había sido encargada por el Secretario de Educación, el ensayista y poeta del grupo Contemporáneos Jaime Torres Bodet. Alcanza a concluir La Voluntad de Construir -dejando en proyecto El Triunfo del Entendimiento, El Cuerpo Humano y La Imaginación. Se trata, en efecto, de una serie en donde el autor quiso representar, de modo edificante, el poder del hombre para transformar la naturaleza en cultura y el tiempo en historia, por virtud de sus obras y sus creaciones. Tema de la técnica moderna proveyendo al hombre del conocimiento material para transformar la materia y su entorno, y de la cultura que presta el conocimiento simbólico que precisa el ser humano como el otro medio para desplegar plenamente su voluntad, siendo estos elementos los principios de un mundo superior en una síntesis entre el mundo secular y el religioso y cultural.
   Obra de gran refinamiento que aspira a la modernización constructiva de la patria, anquilosada por soñadores burócratas y por legiones masificadas aletargadas, que exige además la  madurez de las costumbres el despertar del sentido común –reminiscencias también de la cultura tolteca o viejo toltecayotl bajo la figura emblemática de la serpiente alada de Quetzalcóatl, lucero de la mañana que dio los fundamentos clásicos de la grandeza de los antiguos mexicanos bajo la especie de una cultura laboriosa coronada de plumas y de cantos. 
   Al igual que el genial compositor durangueño Silvestre Revueltas, Ángel Zárraga muere de una pulmonía mal atendida el 23 de septiembre de 1946, a los 60 años de edad. Hay que señalar que el resto de la comitiva, integrada por las máximas figuras de la Escuela Mexicana, sólo supo guardar un lamentable silencio.
    Debido a la moda estética populista derivada del movimiento revolucionario estratificado en institución, perpetrada hasta nuestros días por la crítica de arte, se ha intentado restar méritos a su trabajo, calificándolo de cursi, veleidoso, amanerado y hasta de elitista, concediendo al vulgo parasitario de la burocracia oficial el aplauso a las tendencias mundanas de Rivera y Siqueiros, rodeadas de elementos existencialistas y decadentes que celebraban la muerte de Dios y de la conciencia religiosa, para dar así rienda suelta a un paganismo permisivo y moralmente lábil, cuya cuada desacralizadora nos aqueja hasta la fecha, poniéndonos así de hinojos ante la presión de pueblos improvisados que quisieran subsumirnos bajo su bandera y para adorar a su sus ídolos menores.


  Dentro de su obra de intención mural, destaca uno de los cuatro grandes oleos de composición circular, pintados en 1914, que se titula El Cielo de la Acción. En ellos el artista vuelve a probar su maestría armonizando sus composiciones en la difícil dinámica circular de sus figuras. En el San Jorge, el pintor lo muestra uno de los héroes míticos paradigmas de la historia de la humanidad, especialmente  para nuestra cultura patria y muy especialmente para Durango, por tratarse de su Santo Patrono. La tétrada es completada por Mctezuma Ilhuicamnina, el flechador del cielo, David, y El Aviador o El Cielo de la Acción.[8]
V
   Por último, hay que señalar que el retorno al hombre implicaba un retorno a los orígenes y a la esencia de la naturaleza humana, lo cual se tradujo para el pintor en una vuelta espiritual y geográfica a México. El desarrollo de la conciencia íntima y personal de la patria lo vertió el pintor entonces en términos de piedad, de simpatía y compasión por los dolores y miserias del pueblo mexicano. En uno de  sus cuadros más significativos, La niña de la Lima (1942), se respira toda una inspiración de concentración humanista, de reconocimiento a la paciente humildad, de poderosa sencillez y resistencia, y a la discreta actitud frugal propia del alma mexicana. Lienzo de luminosa y  dulce frugalidad y de sutil pudor y analogía, que muestra en el desnudo un tratamiento de respeto profundo a la intimidad de la persona.[9]
   Ángel Zárraga descubrió así en el radicalismo francés las raíces del laicismo mexicano y de la conciencia social, intentando con el dinamismo y modernidad de su pintura contrarrestar el enquistamiento de nuestra raza, tendiente a la moribundez,  amando la salud y la vida. También encontró en él la liberación de la conciencia individual, encontrando en las imágenes de los templos lo más mexicano de nosotros mimos y de nuestra conciencia individual, pues en las figuras sacras de las iglesias pueblerinas y regionales está depositado el sentimiento más íntimo del alma nacional y la expresión visible de nuestra especial manera de sentir la vida, cuyos hábitos religiosos y anhelos de reconciliación y redención divina se trasminan en el arte popular, haciéndolo así inigualable por su carga de interés trascendente, factor que da cuenta del refinamiento en su elaboración.
   Empero, en el medio académico ha sido sólito propalar un falso laicismo también, que lo vulgariza al desviar su significado, interpretándolo como falta de religión -equívoco que hay que disolver, pues ha causado, sobre todo en la escuela misma, la depravación de los espíritus. Porque el concepto “laico” se opone a “clerical”, no a “religioso”. El laicismo, en efecto, es un concepto sobre la naturaleza de la sociedad, que se deslinda por tanto de la religión, por ser ésta un asunto de conciencia personal, justamente –por considerar que la conciencia social no debe supeditarse a doctrinas o sentimientos reaccionarios o ser esclavizada por doctrinas y sentimientos oscurantistas de la conciencia individual. En la sociedad laica la doctrina religiosa, en efecto, deja de ser el fundamento de la sociedad, la cual admite así que no se funda en ninguna doctrina, sino directamente en su propia experiencia histórica y en su tradición. Principio de realidad y de libertad, pues, que desencadena las almas de su grillete a círculos sociedades detentadores del poder o de la  organización social. Así, es el primer deber de la sociedad laica es imponer la obligación de liberar la cultura de la sociedad de grilletes impuestos por sociedades cerradas, para que ella se realice tal y cual se da en su despliegue como cultura positiva y concreta. Así, el laicismo no es sino la conciencia positiva de que la cultura y su contenido (de arte, ciencia, técnicas, ideas e instrumentos de producción) pertenecen de modo radical a la nación al través de la sociedad –y no de modo histórico o tradicional a una clase, sea clerical, capitalista o proletaria.
   Es así como la nación encuentra su fundación en el laicismo, que es la sociedad fundada radicalmente en sí misma, que se da ella misma el sentido que va tomando en su despliegue. No es entonces la estructura o el predominio histórico o natural de una iglesia o clase privilegiada o favorecida históricamente lo que le da el laicismo su estatuto, sino precisamente lo contrario: la experiencia de la sociedad como libre fundándose a sí misma. El laicismo es, en efecto, la expresión de la libertad social, aneja a la responsabilidad: de liberar a la cultura positiva y concreta de la sociedad de sus grilletes o ataduras convencionales, siendo por ello el objeto de la conciencia social  –no de la conciencia individual, no del dogma clerical o del dogma marxista. Porque lo revolucionario de un tiempo que evoluciona a otro no es un conjunto reumático de normas individuales elevadas a categoría de aplicabilidad universal, mucho menos una ortodoxia o un canon eclesiástico o una doctrina sagrada, sino la experiencia revolucionaria o reformista de la sociedad como libre, producida en el seno de la nación y fundada radicalmente en sí misma. Tal es la responsabilidad verdaderamente revolucionaria: la de identificar a la nación con la sociedad fundada radicalmente en sí misma. De la cultura francesa heredamos las ideas republicanas del estado laico, siendo en el fondo  laicismo y radicalismo una misma actitud de espíritu.
   Es por ello que la doctrina viviente de la revolución mexicana está presente de forma silente, enclaustrada en la profundidad de su cultura y en mucho está codificada en su pintura. Así, lo verdaderamente revolucionario sería aceptar esa dimensión del arte nacional –pero también la idea de la salvación de las culturas nacionales por la cultura, de donde se desprende el programa de estudio de estas realidades para la potenciación de los valores propios, como una salvación de las circunstancias en donde se de una síntesis ponderada de mexicanismo y universalismo, de civilización y humanismo.





[1] Posteriormente tal corpus de conocimientos clasicistas fue vuelto a compilar por Santos Balmori Picasso en el libro Los Secretos de la Sección Áurea, publicado hace años por la UNAM.
[2] Ángel Zárraga practico la poesía continuando sus ejercicios en París donde, junto con su amigo Guillaume Apolinaire, desarrolló una especie de catolicismo modernista. Se publicaron en aquella ciudad sus libros de poesía: Oda a la Virgen de Guadalupe (1917), algunos de cuyos versos aparecieron en la revista mexicana de Contemporáneos; Tres Poemas (1934); Oda a Francia (1938) y; Oda a la Victoria (1939). La editorial de la Revista Ábside publica su libro Poemas 1917-1939 con prólogo de Alfonso Reyes.
[3] Como muestra de ello llegaron a Durango, tierra natal y de los primeros años del artista, dos soberbios cuadros clásicos de la vanguardia, donde lo marginal evoluciona para volverse verdadera mutación central: Niña con torta, 1917, El Lector Juan Ramón Jiménez, 1917, a los que hay que sumar el bodegón heterodoxo Naturaleza con Barco y Concha, de 1922.
[4] Ángel Zárraga fue también uno de los grandes retratistas del siglo, pintando desde Ramón del Valle Inclán y Juan Ramón  Jiménez a Ramón Novarro y Dolores del Río, pero también a lo mejor de la sociedad parisina, como Lucien Romier, Henrrí Beqhín o madame Charles Brousse, siendo memorable el fantasma tomado a su amigo, el mundano pintor Pierre Bonard, a los 46 años de edad, teniendo Zárraga 25 años, en 1912. Ello le permitió gozar en su carrera de  un modesto éxito económico, que le permite establecerse en la capital del arte, justamente cuando Ernest Heminguay la recuerda en su inolvidable novela de costumbres  Paris era una Fiesta. Es memorable también el retrato que realizó de Diego Rivera, en Toledo, en 1912. Obras a las que hay que sumar los retratos efectuados en su última estadía y arraigo final mexicano: los niños Carlos y Luis Prieto , la Señora Hilda Leal de Gómez y su hija Esther, la Niña María  Eugenia Souza y Beatriz Asúnsolo con vestido de primera comunión.
[5] Ángel Zárraga tuvo una hija, llamada Clara Bernadette y un hijo, Fernando, en México, de su segundo matrimonio con la suisa-alemana Maria Luisa Gysi.
[6] De esta obra desaparecida, por causa de los bombardeos alemanes, se conservan empero tres cuadros preparatorios de estilo cubista sintético, custodiados por la Cámara Nacional de la Industria de la Construcción de México. Se trata del tríptico “La Anunciación, La Asunción y La Coronación”.
[7] La cultura de Francia es representada por el impuso moderno de la aviación en las figuras de Nungesser y Coli, muertos en su aeronave al intentar cruzar el Océano Atlántico y el triunfo de Charles Lindberg. Esta obra se arrancó de sus bastidores y se arrumbó por años en los sótanos de la Legación, para ser rescatados y restaurados hasta el año de 1980.  
[8] El cuadro de San Jorge se presentó en la tierra natal del artista del año 2006  flanqueado por otras dos imágenes de cuño religioso: San Miguel (1939) y Juana de Arco, la Doncella de Orleáns (1939). Lienzos de carácter metafísico que ponen de manifiesto la realidad histórica actuante de la moral y de fe cristiana.
[9]    Sin embargo, hay que señalar que en la muestra de 2006 se ha querido hacer pasar alguna flor que no pertenece al plástico jardín del artista. En efecto, el cuadro titulado “Corazón” (1943), es un lienzo apócrifo y, hay que agregar que se trata de una pintura balín y  rascuache, pues no corresponde ni a la finura del pincel del artista ni a su visión del arte. Se trata, en efecto, de un burdo cahirúl, y de una imitación pintada además con mala fe  Cuadro de  gusto  charro colado  por aquellos que quisieran  fundar la vida cultural de la nación en el fraude y  la impostura, pues lejos de ser una obra del espíritu estético del artista, nos presenta a un ángel sí, pero pagano, a una joven autóctona  inexpresiva consagrada a Venus... pandémica, símbolo de los deseos terrestres y concupiscentes de la carne, para colmo edulcorada  con alas solferinas de algodón de feria, imagen de la verdad neurofisiológica de la especie y sus instintos más primarios, a la vez reducida al tipo de prietita despechugada enfurruñada y de bigote, levantando  un corazón de papier maché, más propio de los carnavales o desfiles de 20 de Noviembre. Cuadro, pues, que confirma la tesis de Jorge Cuesta, de que cuanto más nacionalista se ha querido ser es cuando se ha falsificado más. Porque difícilmente alguien puede ser buen mexicano si se es un mal hombre, si carece de gusto, si pervierte confundiendo la sensibilidad con la voluptuosidad y la pecaminosidad, si trastoca la poesía por el galanteo de alcoba o el socialismo de burdel. Obra en una palabra reaccionaria, pues es esa la verdadera naturaleza de la reacción: ignorar, no querer comprender, incluso pervertir  la vida radical y desinteresada del espíritu, ya se manifieste en política, literatura, religión o arte.



1 comentario:

  1. Mi nombre es Marcela Zárraga, soy sobrina de Angel Zárraga, crecí con la obra de mi tío, y el último cuadro cubista aquí presentado, realmente parece una pobre imitación de su obra, no tiene ni la calidad en el trazo, ni el colorido,

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