lunes, 21 de octubre de 2013

La Epopeya Cultural de Vasconcelos en la Secretaría de Educación Pública Por Alberto Espinosa Orozco

 La Epopeya  Cultural de Vasconcelos 
en la Secretaría de Educación Pública
                                                 Por Alberto Espinosa Orozco 



I.- La Cruzada de Vasconcelos en la Secretaría de Educación
   Durante el periodo de Venustiano Carranza se había suprimido completamente la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes. Sus ideas acerca de la autonomía municipal, plasmadas en la Constitución de 1917, contrariaban abiertamente el espíritu democrático de Madero,  siendo suspendida la tarea educativa con excepción del Distrito Federal y los territorios federales. Los municipios, en efecto, fueron totalmente incapaces de afrontar la problemática educativa. Para 1919 la educación pública se encontraba seriamente minada, pues sólo en el Distrito Federal quedaban solamente 148 escuelas abiertas de las 344 escuelas existentes en 1917.
  Con la llegada de Adolfo de la Huerta a la presidencia dela República se inician de inmediato los cambios para poner freno a tal barbarie, otorgándole de inmediato al Departamento Universitario la función educativa hasta entonces en manos del Distrito Federal. Se nombra al Lic. José Vasconcelos Calderón como titular del Departamento Universitario, quien se había revelado como uno de los grandes defensores de dar a la educación un carácter federal. Al poco tiempo Vasconcelos asume la rectoría de la Universidad Nacional, avocándose desde ella a la tarea de reformar la Constitución para poder crear una Secretaría de Educación Pública de carácter federal. Inicia la formulación práctica del proyecto con el objetivo de dar coherencia y reunir a los diferentes niveles educativos.


   Siendo titular del Departamento Universitario Vasconcelos crea el 1o de marzo de 1921 el Departamento de Educación Técnica, dirección general que se avoca a crear: la Escuela de Ferrocarriles, la escuela de Industrias Textiles, la Escuela Nacional de Maestros Constructores, la escuela Tecnológica para Maestros, la Escuela Técnica de Artes y Oficios, la Escuela Nacional de Artes Gráficas, la escuela Técnica de Taquimecanógrafos, y la Escuela Hogar para Señoritas “Gabriela Mistral”. Tales escuelas estaban diseñadas para aumentar la capacidad productiva de cada mano que trabaja y cada cerebro que piensa. El propósito de Vasconcelos era así el de potenciar el trabajo útil, el trabajo productivo, visto como una acción noble y desinteresada comandado por el alto pensamiento. La idea era así enseñar al trabajador a centuplicar el monto de su producción mediante el empleo de mejores útiles y mejores métodos.  Las escuelas oficiales de tipo técnico ascienden en ese entonces a 71, teniendo 17 escuelas más el carácter de particular. Las escuelas mineras, industriales, comerciales y de artes y oficios llegan así a sumar 88, todas ellas bajo una política oficial que se propuso la ampliación de la infraestructura, la extensión de la educación, así como la elevación de la calidad y de la especialización.
   Luego de una intensa campaña de convencimiento José Vasconcelos y su equipo logran que se expida a ley, logrando que se creara la Secretaría de Educación Pública el 25 de septiembre de 1921, publicándose el decreto correspondiente el 29 de septiembre en el diario oficial. El 12 de octubre el Lic. José Vasconcelos recibe la titularidad de la naciente Secretaría.



    La primera acción fue la de depurar las direcciones de los diferentes planteles, generalmente en manos de taimados y vividores; como medida de urgencia inició también el reparto de desayunos escolares. Se empezó entonces la planeación de la nueva Secretaría de Educación, articulando la idea de Vasconcelos de estructurarla de acuerdo a una organización departamental. La primera estructura contaba con tres departamentos: el Departamento Escolar, el cual tenía la misión de integrar todos los niveles educativos, desde el jardín de niños a la Universidad; el Departamento de Bibliotecas, cuyo objetivo era el de garantizar los materiales de lectura para apoyar la educación a todos los niveles, y; el Departamento de Bellas Artes, cuya misión era el de coordinar las actividades artísticas vistas como un complemento de la educación. A estos departamentos se sumarían con el tiempo otros cuya función sería la de combatir problemas más específicos, creándose así posteriormente el departamento de educación indígena y el departamento de alfabetización.
   El flamante Ministerio de Educación necesitaba casa, utilizándose para ello el Antiguo Colegio de Santa Teresa, siendo el Patio de Arcadas la base para la nueva edificación que en todo respetó el estilo renacentista español de las partes originales que no habían sido destruidas para construir la Escuela Nacional para Mujeres.  La obra fue encargada al ingeniero Federico Méndez Rivas, y la concepción funcional de la decoración fue capitaneada por el propio Vasconcelos impregnándolo de un fuerte sentido simbólico y filosófico, pues tenía que reflejar la obra “moral, vasta y compleja” de la naciente institución. 
  El edificio de la SEP se inauguró el 9 de julio de 1922. En el discurso inaugural José Vasconcelos terminaba diciendo: “En estos instantes solemnes en que la nación mexicana, en medio de su pobreza dedica un palacio a las labores de educación del  pueblo, hagamos votos por la prosperidad de un Ministerio que ya es sagrado por el esfuerzo creador y que tiene el deber de convertirse en fuente que mana, en polo que irradia. Y finalmente que la luz de estos claros muros sea como la aurora de un México nuevo, de un México espléndido”.[1] 



   El proyecto del edificio del Ministerio de Educación Pública fue tomando cuerpo paralelamente a su cristalización en leyes y reformas constitucionales. Parta ello, Vasconcelos eligió el gran lote un gran lote en que durante diez años se encontró derruido el antiguo edificio de la Escuela Nacional de Mujeres. En efecto, la montaña de escombres llenaba el lote formado por la 4ª calle de República de Argentina (antigua calle del Reloj), de la República de Venezuela (antes 9ª de la Perpetua) y parte de la calle de San Ildefonso. En el fondo de un gran patio inconcluso se alojaba la Escuela de Maestros sobre la antigua Escuela de Jurisprudencia, oculta entre el hacinamiento de los muros derruidos. La extensión del sitio hizo pensar a Vasconcelos en una gran casa, como en los tiempos de Tolsá, de amplias puertas señoriales, de vasto corredor español y pasillo de columnas, de altas arquerías y anchas galerías. Pensó construir con amplitud y solidez un edificio de salas muy amplias para discurrir libremente y techos muy altos para que las ideas puedan expandirse sin estorbo.




   Si el porfirismo con todo y sus riquezas sólo pudo dar a la Secretaría de Educación un mísero entresuelo en una casa señorial, y Venustiano Carranza arrojó de ahí a los educadores al no juzgarlos dignos ni de ese entresuelo, José Vasconcelos y su equipo en cambio rompió con esa tradición funesta y electrizado por el entusiasmo que colinda con el odio, estimulado en su confianza en la revolución, habló de edificar un palacio al Jefe del Ejecutivo, el presidente Álvaro Obregón, a quien le pareció el proyecto viable y sencillo, poniendo con optimismo a las órdenes del educador veinticinco mil pesos semanales para materiales y rayas por conducto de la Secretaría de Hacienda –teniendo que emprender la obra violando la ley carrancista que mandaba que todas las obras federales las hiciera la Secretaría de Comunicaciones y reformando a la Contraloría para que actuase con diligencia y honra. La obra la llevó a cabo el ingeniero Don Federico Méndez Rivas trabajando todos con ímpetu ordenado y certero al frente de seiscientos hombres. Así, no sólo se construyó una casa nueva, sino que se reparó y mejoró la antigua adyacente. Los trabajos formales de la construcción comenzaron el 15 de junio de 1921, concluyéndose al año casi de comenzados, siendo todo obra exclusiva de ingenieros, artistas y operarios mexicanos, empresa genuinamente nacional pues la SEP debía de abrigar una obra espiritual con los caracteres de una cultura autóctona hispanoamericana. En la inauguración miles de voces de coros infantiles cantaron sones ingenuos del canto popular y la Orquesta Sinfónica alternó con profundas melodías de música clásica, uniéndose lo clásico y lo popular sin pasar así por el puente de lo mediocre.






II.- José Vasconcelos y la Decoración de la SEP
   Las ideas que constituirían la filosofía de la raza cósmica, antes de ser bien definidas, encontraron su primera germinación bajo la forma de una serie de signos que José Vasconcelos hizo implementar en el Nuevo Palacio de Educación Pública de México, levantado sobre una construcción renacentista española de dos patios con arquerías y pasarelas.[2]







   En los tableros de los cuatro ángulos del patio interior Vasconcelos hizo que se labraran alegorías de España, México, Grecia y la India, debido a que el filósofo pensaba que eran las cuatro civilizaciones particulares que más tenían que contribuir a la formación de América Latina. Debajo de esas cuatro alegorías Vasconcelos pensó en primera instancia que se labraran cuatro esculturas en piedra de las cuatro grandes razas contemporáneas: blanca, roja, negra y amarilla, para indicar con ello que América es el hogar de todas ellas, pues de todas necesita. En el centro del patio debía erigirse  un monumento que de alguna forma simbolizara la “ley de los tres estados” por él diseñada: el material, el intelectual y el estético –ley que al ejercerse en plenitud daría a América la creación de la quinta raza, de la raza cósmica, de la raza final que, hecha con el tesoro de todas las anteriores, iluminaría al mundo como un Quinto Sol. Lo cierto es que por aquel entonces Vasconcelos se encontraba cercano a las ideas del poeta y educador hindú Rabindanat Tagore, quien en su escuela experimental en Shantimi kefan atribuía al espíritu religioso una importancia capital. Intuición absolutamente correcta y fundamental, pues si el hombre es por naturaleza homo religiosus en los niveles superiores de la educación tiene que darse una especie de perfeccionamiento de la forma humana, inasequible sin una correcta mística y un cumplido conocimiento de la religión (la filosofía como entusiasmo, como divinización o pleno desarrollo de tal exclusiva humana). Todo el sistema educativo debe, así, estar enderezado en ese sentido y sólo puede culminar satisfactoriamente en tal dirección.[3] Para Vasconcelos, en efecto, es preciso asentar nuestro desarrollo en las viejas raíces del hispanismo y la catolicidad.[4]







[1] “Discurso pronunciado en el Acto de Inauguración del Nuevo Edificio de la Secretaría”, Boletín de la Secretaría de Educación Pública, tomo I, núm. 2, septiembre 1º. De 1922, pp.5-9.; en José Vasconcelos, Discursos 1920-1950. Editorial Trillas, abril de 2009, págs. 36 a 42.
[2] José Vasconcelos, La Raza Cósmica (   ). Editorial de la Universidad Juárez del estado de Durango, 2a ed. 2008. Durango, México, 2008. Pág. 50.
[3] Puede afirmarse que los sistemas filosóficos y educativos de corte ateológico (positivismo, marxismo)  al negar y reprimir tal exclusiva humana se exponen todo el tiempo a una peligrosísima vuelta de lo reprimido, cuyas faces van de una lamentable confusión de las religiones al vano intento de autodivinización personal que utiliza como medio de poder al aparato del estado dando pie a la licencia moral y desembocando entonces la cultura en un oscuro paganismo.
[4] José Vasconcelos, De Robinson a Odiseo (Pedagogía estructurativa) (1939). Editorial Constancia, México D.F., 1952. Pág. 3. Paralelamente a la obra del pensamiento contemporáneo, Vasconcelos intentaba ponernos en guardia contra los partidarios de la ideología imperialista masónica, que condujo al coloniaje espiritual que hemos padecido y que en su tiempo empezaba ya a desquiciarse. 






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