jueves, 24 de octubre de 2013

La Batalla del Caballito III.- Los Dos Sentidos de la Modernidad Por Alberto Espinosa Orozco

Los Dos Sentidos de la Modernidad 
Por Alberto Espinosa Orozco 

   Lo post-moderno mejor se debería llamar lo re-moderno... porque no es sino una insistencia exacerbada en los rasgos más cuestionables de la modernidad. Su rasgo distintivo es el temible fenómeno de la aceleración de la historia, puesto que si algo define lo moderno es la invención de máquinas, artefactos y procedimientos (técnicos-administrativos, etc.), los cuales permiten una mayor eficiencia y aceleración de las acciones humanas, siendo por ello el moderno mundo el de los aparatos que nos rodena por todas partes... con un sentido de hacer más cosas en el menor tiempo posible -médula a su vez del inmanentismo contemporáneo, del hombre para el que al no haber ni Dios ni trascendencia posible en el otro mundo, ni espectativa alguna de poblar la dichosa Isla de Bienaventurados, se precipita así a realizar sus caprichos y deseos en este mundo, apresuradamente, angustiosamente, sin tiempo que perder de por medio, puesto que ve que le queda poco tiempo de vida..., pues, como repito, para ese tipo humano, materialista, ciencista, o llanamente existencialista, no hay otro mundo.
   Así, lo más característico del inmanentismo contemporáneo es su angustia estructural, básica, constitutiva, debida a la falta de tiempo, a sentir el hombre que el tiempo no le alcanzará para hacer todas las cosas a que le impulsan sus pasiones, sus tendencias, sus instintos... su irracionalidad. Ligada a esa angustia está también la aceleración en la producción, propia del mundo fabril, que impulsa a hacer las cosas en serie, multiplicadas mágicamente por la técnica, por la automatización mecánica de las labores, y por el engranaje de la fuerza del aparato productivo, que pueblan, que inundan el mundo de maravillas obsoletas aptas para el consumo y el desecho; lo que a su vez conlleva el abierto desdén de las cosas hechas a mano, a conciencia, despacio, con el alma, es decir, bien hechas, artesanalmente, y que por lo tanto no están hechas sólo o únicamente ofrecidas para el consumo, sino para ser miradas, porque tienen ellas misma una mirada, y para amarlas.
   Es por ello otro rasgo de lo moderno, de lo reteque-recontra-super-archi-ultra-mega-moderno, la llamada tradición de la ruptura... es decir, la ruptura con la memoria colectiva, con la tradición de fe trascendente, en lo esencial, pero también con la artesanía, el arte y la literatura que buscan la identidad del ser humano, su pertenencia quiero decir, en los niveles espirituales de la conciencia, o en el alma superior, en la participación con el Nous del espíritu... que nos purifica y nos lava de las culpas, de la hybris fáustica, de las herrumbres del pecado y de las pasiones... y así nos redime y nos reconcilia con un mundo espiritual, que a su vez resulta a la postre el más bello, justo, verdadero y el más humano de todos. Mundo cuyas recreaciones pueden llamarse también modernas en su primitivo sentido, por estar vivas, por su relativa novedad, pero que habla de principios, mitos, misterios y tradiciones perennes... pues, después de todo, en materia de espíritu, no hay nada nuevo bajo el sol.





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