sábado, 19 de octubre de 2013

La Batalla de El Caballito II La Infalible Sordera Por Alberto Espinosa Orozco

La Batalla del Caballito II

La Infalible Sordera
Por Alberto Espinosa Orozco 

    En las reacciones de las autoridades gubernamentales del “Red Set” pueden leerse una serie de actitudes que saltando a la vista cual chapulines, no dejan de llamar la atención por ser en el fondo bastante escandalosas, destacando entre ellas: la sordera y la consecuente mudez, el servilismo e incluso la soberbia (el pecado capital por excelencia). Porque si en algo se caracteriza la soberbia es el no poder reconocer las propias faltas; falta de humildad que no puede ser entonces sino una falta de verdad y un compromiso con la ocultación, con la opacidad de la conciencia (la mala fe). A pasos contados, se detecta también ese rasgo de carácter tan sólito de los cínicos de la modernidad, de esas inocentes bestias que huyendo de la gracia del cielo se refugian en una razón dogmática, en una certidumbre doctrinaria, para adoptar la actitud de la cerrazón, que es la sordera, apareciendo entonces como figuras duras, compactas, sin fisuras, que en todo se niegan a dar explicaciones, a dar razones de ser, volviendo así tanto sus juicios como sus actos inapelables –habiendo en ellos algo de la infalibilidad pontificia (urbet et orbit), algo de la pretensión a la cesaría deificación en vida, pero también algo de la inexorabilidad saturnina patente en la monstruosa petrificación de sus juicios. Personalidades tan fuertes como amuralladas y ampulosas que negándose a escuchar cualquier razón de ser, también se niegan a explicarse, como decía, dejando al destinatario (al representado) sujeto a cualquier arbitrariedad.

Todo lo cual, sobre reposar en una falta de verdad, puede verse más bien como llana necedad: como una obstinación en la falta, en el propio error, como un ciego empecinamiento que los lleva a la condena, pues es ya el hacer el mal a sabiendas, resultando así tales representantes sobre sordomudos, ciegos: como las piedras, sin verdadera vida interior, como resistencia pura, como pura opacidad sin contenido propio; carotas, carduras, cuyas místicas inferiores los llevan a identificarse con el ídolo de roca, ante el cual cualquier interlocutor termina reducido a cascajo. Es decir, se trata de una libertad irresponsable, decidida efectivamente a no dar la cara, a ocultarse, a no responder, guiada por el principio de apropiación y de la dominación a toda costa, blindada por el principio de la sordera, de la mudes y del desamor, que termina por erigir su reino en la rampante impunidad –fantástico complejo propio de las culturas históricas, de las culturas no universales, amorfas, escépticas, que niegan y reniegan de la verdad, teniéndose que inventar con ello unan razón histórica, sospechosa de todo y tan movible como el tiempo y la caprichosa historia (Hegel-Marx). Razón subjetiva, pues, absolutamente reacia a la objetividad del juicio, tendiente a unificarse en la razón particular de la persona (no de la filosofía de la persona, ni de la persona única, sino del jerarca, de la cúpula, del politburó), fincando esa fortaleza en el desconocimiento absoluto de la persona (los representados). Modelo de la razón muy ligado al existencialismo contemporáneo también, que no cree en el fondo en la razón, que no le importa que razones dar, que no le importa en el fondo no tener razón y por lo tanto desdeñan olímpicamente todo proceso de justificación (dejándose en cambio llevar por el miedo, que para todo formula un código y un filtro tramado por las reglas) o postulan que de entrada están ya justificados. Así, cuando se fisura su esquema historicista, sienten la necesidad de pedir refuerzos para cerrar filas entre su clientela o entre sus contratistas (Sebastián), ya sea para cobrar facturas, ya sea para tapar con una ambigüedad más su catarata de ambigüedades. Todo lo cual, al manifestar un inmenso temor por la libertad y por la responsabilidad, condimenta el caldo gordo del burocratismo, el caldo de cabezas de la locura del convencionalismo, en una razón cada vez más despótica, más absolutista, y a la vez paradójicamente más adelgazada y servil, más gregaria, más triste, más decadente y más dogmática –cerrándose de tal modo el círculo... aunque se presente tal modelo de lo humano ante la razón natural como algo perfectamente irracional, cumplidamente inhumano, no teniendo por ello ningún derecho a la existencia.


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