viernes, 25 de octubre de 2013

José Vasconcelos y el Laicismo Por Alberto Espinosa Orozco

José Vasconcelos y el Laicismo
Por Alberto Espinosa Orozco




   El laicismo mexicano, torcido hasta el extremo de convertirse en una agresión apasionada a todos los valores religiosos, ha evolucionado de la neutralidad fingida de sus orígenes hacia el protestantismo contemporáneo, que luego de enemistarse con la influencia religiosa familiar cae en el culto extranjero cuya única religión es la del éxito individual –siervos del oro extranjero que se adaptan paulatinamente y  poco a poco a los despotismos más denigrantes. Así, la escuela oficial, desamparada de Cristo, cae de bruces en el culto de los dioses de la fortuna y de la fuerza -auspiciado todo ello por banqueros y políticos, los nuevos sacerdotes de Baal.
   Otro de los dogmas del laicismo que padecemos, es, según certero diagnóstico de Vasconcelos, la negación de todo lo que es español. Con ello se abre paso a un “cesarismo de la decadencia”, que no es en el fondo sino una idolatría del dinero y el poder y un indocto tribalismo. Así, el tipo del gran hombre no sólo toma los perfiles de los capitanes de industria y los magnates del dinero, sino que ingiere al verdugo en turno. Tradición mentirosa cuyo propósito es hacer olvidar las monstruosidades de la realidad, y que iniciada en la escuela rebaja el tipo de gran hombre y de modelo a imitar, influyendo directamente en la decadencia moral de nuestro tiempo.
   La idea de Vasconcelos de regresar a la tradición española tiene en cuenta dos escoyos a salvar: por un lado la idolatría bonapartista del éxito, por la otra, el “mito patriótico” cuyo “altar de la patria” resulta a fin de cuentas un paganismo deslucido de tintes vagamente aztecas saturado de episodios confusos y derrotas oscuras. La “religión de la patria” resulta así mediocre en el mejor de los casos, una provincia mental fundada experiencias locales que se postulan como agresivas y lejanas del resto de la humanidad. El plan patriótico de Vasconcelos, por el contrario, se asentaba en dos grandes fuerzas supranacionales: la lengua y la sangre. La tradición española sirve así para superar nuestra condición de provincia inconfesa del yanqui y para devolvernos a un continente homogéneo que va desde el río Bravo hasta la Plata donde las proporciones crecen y el futuro enraíza en una vieja civilización organizada. No la hermandad fingida del internacionalismo y sus hueras y charras pretensiones cosmopolitas, sino un parentesco vigoroso y auténtico que tiene en el hispanoamericanismo la vadera de un patriotismo mayor.
   Todo ello sin pretender hacer del patriotismo y del racismo una religión –pues de Comte se puede sacar la lección que al hacer del humanismo una religión se hace antipática la humanidad y las mismas humanidades. El laicismo, cuya neutralidad esconde, en la interpretación mexicana, en realidad un sinnúmero de negaciones, debería tener entre nosotros una actitud favorable y consecuente con el catolicismo, que es la religión tradicional de nuestra gente y la sangre azul de nuestro linaje espiritual. De hecho sólo la universidad mexicana ha interpretado el laicismo como negación rabiosa del hecho religioso -en todo el mundo, en las universidad internacionales, por lo contrario,  a pesar de que prevalecen las sectas más ricas y poderosas del orbe, no  se impone, pero si se profesa alguna religión y siempre existen capillas. Porque a fin de cuentas, el sentimiento religioso no puede sofocarse con prohibiciones. En México, en cambio, se excomulga la religión de la universidad,  al grado que cuando una capilla ha formado parte de alguna escuela religiosa colonial, y se le divide y rampantemente se le ignora -mientras se impone la religión de Lenin, se adoctrina en la lucha de clases con cargo al erario del estado, y se sacraliza la revolución del proudctivismo, haciendo caso omiso a cualquier formación verdaderamente religiosa, confundiendo lo sagrado con lo profano en el moderno y universal culto o al personalismo del líder o del dinero,   Pero el laicismo, negativamente, debe querer decir sólo tolerancia a los alumnos de religión diferente, en países poblados por distintas razas. Positivamente no quiere decir sino la capacidad que tiene la sociedad de darse a sí misma un sentido. Por lo que resulta tan acorde con un laicismo bien entendido como urgente para la escuela nacional es que desde la más temprana edad el niño se entere del mensaje cristiano.[1]
   Cuando se inauguró la Secretaría de Educación, Vasconcelos anunció que sus corredores serían decorados con las faenas del pueblo mexicano en el antepatio y con la representación pictórica de sus fiestas en el patio mayor. La obra la obtuvo Diego Rivera –según Vasconcelos debido a que fue él quien presento los primeros cartones para su proyecto. Abandonó la técnica del estuco empleada en el paraninfo de San Ildefonso, debido a los problemas prácticos que había presentado, y se acogió al fresco, siguiendo el viejo método italiano redescubierto por Revueltas y Enciso.  En los primeros pisos del primer patio del Ministerio de Educación quedaron las primeras grandes obras que le dieron fama a Rivera: “El registro del minero”, “La Molienda de la caña de azúcar”, “Los Tejedores”, “La maestra rural que enseña a leer”. A juicio de José Vasconcelos, Diego Rivera fracasó en la representación de los festejos, a pesar de haber captado el colorido del escenario popular mexicano.[2]




[1] José Vasconcelos, La Raza Cósmica (   ). Editorial de la Universidad Juárez del estado de Durango, 2a ed. 2008. Durango, México, 2008. Pág. 115 a 120.
[2] José Vasconcelos, De Robinson a Odiseo (Pedagogía estructurativa) (19339). Editorial Constancia, México D.F., 1952.



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