miércoles, 2 de octubre de 2013

José Vasconcelos y el Arranque del Movimiento Muralista Por Alberto Espinosa Orozco

José Vasconcelos y el Arranque del Movimiento Muralista
Por Alberto Espinosa Orozco


I.- El Retorno de los Viajeros
   Al enfrentarse al proyecto del muralismo planeado por José Vasconcelos algunos de ellos repetían mecánicamente el desdén de los críticos franceses por una pintura puesta humildemente a servir de complemento a la arquitectura de un edificio. Ello se debía, en opinión de Vasconcelos, a que su criterio se había corrompido por acomodarse a los gustos del marchand, que pedía telas aceptables para el mercado de Londres o de Nueva York, cuadros para decorar las salas de los potentados del dinero, dando así a colación cuadros sin religión, por faltos de luz y color, también arte sin perfil, ni perspectiva, ni armonía: arte cerebral destinado a fin de cuentas primero al especulador y luego a los sótanos y covachas del oscuro mercader de antiguallas.
  Diego Rivera toca tierras de Veracruz en1921 y llega a la ciudad de México en junio del mismo año. Se liga inmediatamente con el héroe del momento, José Vasconcelos quien acaba de recibir el encargo del gobierno de Álvaro Obregón de organizar la cultura en México como Ministro de Educación Pública desde el primero  de octubre de 1921. De hecho, el arquitecto Mario Pani había servido de intermediario entre Rivera y Vasconcelos, quien siendo Jefe del Departamento Universitario envía una misiva al pintor con su primera encomienda universitaria con fecha del 2 de noviembre de 1920. Vasconcelos asume la dirección de la SEP el 2 de octubre de 1921 y Rivera firma el primer boceto para el mural La Creación en noviembre del mismo año.
   La mayoría de los pensionados regresaron de París y Europa de la postguerra con experiencia acumulada y una irreprochable técnica pictórica, ilusionados por el rumor de que en México se operaba un renacimiento. La revolución cubista y la revolución fauve que atrajo por un momento como un astro a los grandes pintores vanguardistas del momento iba a ser pronto barrida por la revolución muralista que pregonando un arte al servicio de la educación lo lleva a la realidad cotidiana, contorsionada por la revuelta armada, donde los símbolos, las expresiones lo equilibrios y hasta las leyes de la perspectiva se rigen por criterios inéditos.



   En contraste profundo con la era actual, dominada por el desencanto de la globalización del pensamiento único y la pobreza cultural en aumento a favor de la fuga hacia lo riesgosos paraísos artificiales del tráfico clandestino y la convivencia promiscua de los picaderos, México en la década de1923 a 1933 estaba un entrando en torbellino de ideas y acciones que inflama colectivamente a la sociedad. Época febril donde parece que todo está por inventarse para la nación y el entusiasmo por una nueva era que lega se apodera de todo el país. Los muralistas aparecen como un grupo cuyo arte predica ayudar al pueblo y los maestros de escuela, apegando al plan de Vasconcelos, fundan escuelas de indígenas y academias de maya, de yaqui, editando periódicos, léxicos y recopilaciones de leyendas –llegando a los pueblos más aislados, desde el desierto de Sonora pasando por el valle de Toluca hasta llegar a las estepas de Yucatán.
   Sin embargo, en medio de ese entusiasmo de cambiarlo todo, de sacar todo a la luz, de devolver su pureza a la cultura mediante la acción educativa  y estética, en la arena política la estética grecorromana va creando uno delos periodos más caóticos de la historia de México, donde se aferran los caducos rituales medievales del porfiriato con las vicisitudes políticas de Obregón, De la Huerta y Calles. La Revolución Mexicana, nacida del espiritualismo de Madero y de la indignación popular, se corrompe y muere en el transcurso de los años 20s por casa del caudillismo revolucionario donde se suceden los remedos de césares y los asesinatos reales. Muertos Francisco Villa, Felipe Carrillo Puerto y Emiliano Zapata poderes y contrapoderes buscan heredar la edad de oro de la Revolución: Venustiano Carranza, quien había confiscado la Revolución Mexicana en provecho delos grandes propietarios, es ejecutado en una casucha de Tlaxcalaltongo por una facción favorable a Obregón; Obregón es asesinado por fanático religioso Toral un día después de su reelección, y; Calles apegándose al poder central, ateo y antirreligioso, hunde al México occidental en la más cruel guerra de castas contra los católicos de Michoacán, Nayarit, Jalisco y Durango.   

II.- José Vasconcelos y la Rectoría de la Universidad
 El escritor, político y filósofo José Vasconcelos Calderón (1882-1959) nace el 27 de febrero de 1882 en la ciudad de Oaxaca  del matrimonio formado por  Ignacio Vasconcelos Varela y Carmen Calderón Conde. Vive en Piedras Negras, Coahuila, frontera con Eagle Pass, Texas, en donde estudia la primaria. Los estudios de secundaria los realiza en el Instituto Científico de Toluca, Estado de México, para luego continuarlos, cuando se muda a vivir con su familia a San Francisco de Campeche, en Campeche.
   De joven estudia en la Escuela Nacional Preparatoria y luego en la Escuela Nacional de Jurisprudencia donde se titula de Licenciado en 1907. Con el grupo del Ateneo de la Juventud destaca por las certeras críticas a los excesos de la educación positivista que iban de la mano con los excesos del porfiriato, siendo los ecos situacionalizados de las filosofías de Comte y Spencer. Básicamente ponían en cuestión el determinismo biológico de las razas y la loa del  mecanicismo con sus grandes cambios: la industrialización y la concentración urbana. Abogaban por una visión más amplia del mundo, defendiendo por ello la libertad de cátedra y la libertad de pensamiento, también luchando por reafirmar los valores culturales, éticos y estéticos latinoamericanos como equilibrios y contrapesos para un progreso sostenido en la recuperación de lo nacional mexicano y latinoamericano contra el desdén porfirista por lo nacional mexicano y la fascinación progresista por lo europeo.
     El licenciado José Vasconcelos se había unido en el año de 1908 al movimiento antirreleccionista, antidictatorial, espiritualista y demócrata de Francisco Ignacio Madero y en 1909 participa en la fundación del Ateneo de la Juventud, cenáculo de amantes de la cultura que bajo el estigma de una vida económica precaria y en humildes sesiones reaccionaban contra los excesos de la filosofía positivista entronizada en México durante el porfiriato.  Se une a la campaña presidencial de Ignacio Madero y vicepresidencial de José María Pino Suárez representado al Club Antirreleccionista, luego Partido Antirreleccionista en 1910 y el 22 de mayo es nombrado representante ante el gobierno de Estados Unidos. En el año de 1910 en Partido Nacional Antirreleccionista (PNA)  postula como candidatos al gobierno de la república a Francisco I. Madero y José María Pino Suarez, quienes luchan contra la perpetuación de Porfirio Díaz en el poder público. Se enfrentan a Porfirio Díaz y Ramón Corral en la fraudulenta elección de 1910  que detona la Revolución Mexicana, pues ante el escandaloso fraude electoral que da la victoria a Díaz se suscita el alzamiento político militar respaldado por el Plan de San Luís -en el que toma parte activa el poeta zacatecano Ramón López Velarde. Inicia la Revolución Mexicana. Se convoca a nuevas elecciones y en 1911 resulta Ignacio Madero electo por votación el primer presidente democrático de la República Mexicana –nombrando en su primer año de gobierno a José Vasconcelos director de la Escuela Nacional Preparatoria.
  Cuenta Vasconcelos en su libro Ulises Criollo que los amigos del Ateneo de la Juventud lo nombran entonces su presidente del grupo para el primer año maderista, menos por hacerle honor que por hacer provecho al club y aliviar su situación económica. El licenciado Vasconcelos suspendió entonces sus ponencias en las sesiones de los viernes sustituyéndolas con una invitación al grupo a cenar a un restorán de lujo;  también incorporando al nuevo régimen político nacional a casi todos sus miembros. Así, el grupo derivó de un cenáculo de amantes de la cultura a un círculo de amigos animados por la acción política -salvo Antonio Caso, quien escéptico en materia de política colaboró sin embargo en todo lo que fuese esfuerzo cultural. Se ampliaba así el radio de los trabajos del grupo, creándose la primera Universidad Popular, la cual fue ocasión para otros de acercarse al mundo de la política oficial, como fue el caso del joven Vicente Lombardo Toledano. Magnífica generación estando presidida por las presencias de Antonio Caso, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Martín Luís Guzmán, Julio Torri y el propio Vasconcelos. El grupo de amigos tenían en vistas no sólo la acción política que reclamaba la situación, sino que también se esfuerzan por rehabilitar el “pensamiento de la raza”, invitando como conferencistas extranjeros a pensadores iberoamericanos, como José Santos Chocano –pues anteriormente la Universidad invitaba solamente a profesores norteamericanos, para hacer acorde con el pensamiento de Porfirio Díaz: “Un buen embajador en Washington, lo demás del servicio diplomático sale sobrando”.
   En el año de 1913, luego de la Decena Trágica en la que muere el general Bernardo Reyes, padre de Alfonso Reyes, y del golpe de estado perpetrado por el chacal de Victoriano Huerta y el petimetre de Feliz Díaz, que en siniestra mancuerna obligan a renunciar a Francisco I. Madero y a José María Pino Suarez para luego cobardemente asesinarlos. El beodo y lamentable general Victoriano Huerta queda entonces como presidente interno y Feliz Díaz, sobrino del dictador, se presenta como candidato a elecciones a verificarse meses después. El educador mexicano tiene entonces que salir exiliado del país, viajando primero a Estados Unidos y luego a Canadá. El gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza,  lo convence entonces de buscar apoyo político de las potencias europeas para la cusa revolucionaria, pero la ineptitud de Carranza motivó que desde le principio la Revolución no tuviera un programa fijo y que cada quien interpretara la revolución a su manera.
   El licenciado José Vasconcelos estuvo durante la Revolución en la antesala del poder ejecutivo. Una célebre fotografía lo muestra con  junto con el presidente provisional, General Eulalio Gutiérrez, acompañado de los  generales Pancho Villa (a su izquierda) y Emiliano Zapata (a su derecha). El licenciado José Vasconcelos, se encuentra a la izquierda de Pancho Villa y cruzando una tensa mirada con Zapata durante el banquete ofrecido en Palacio Nacional después de la entrada triunfal de las fuerzas convencionistas a la ciudad de México. Vasconcelos era carrancista convencido por aquel entonces, cosa de la que amargamente se arrepentiría toda su vida
   De hecho Vasconcelos había estado en el extranjero desde 1913, primero como representante de Francisco Ignacio Madero en Washington, luego como gente confidencial del gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, en misión en Europa, en Francia y Alemania, y luego en Estados Unidos, para que fuera reconocido por las potencias extranjeras como presidente de facto -siendo posteriormente un severo crítico del máximo “Jefe Constitucionalista” de la Revolución debido tanto a sus injustificables proyecciones “reaccionarias” de viejo hacendado como a la ruina económica y moral en que había sumido a la nación.  





    José Vasconcelos regresa a México luego de cinco años en 1918 y Carranza, que había sido nombrado presidente constitucional, le asigna el cargo de director de la Escuela Nacional Preparatoria. Sin embargo, Carranza afectado por algunas críticas de Vasconcelos reacciona violentamente y ordena el arresto del filósofo, quien tiene que huir precipitadamente a Estados Unidos. El presidente dela Convención Nacional de Aguascalientes Eulalio Gutiérrez Ortiz ofrece a Vasconcelos la cartera de Instrucción Pública pero las pugnas internas vuelven imposible cualquier ejercicio publico, por lo que desde el exilio Vasconcelos apoya el plan obregonista de “Agua Prieta” y ese mismo año regresa a México para ser nombrado por el presidente interino Adolfo de la Huerta como rector de la Universidad Nacional, permaneciendo en el cargo 16 meses, del 9 de junio de 1920 al 12 de octubre de 1921, cuanto pasa a tomar el cargo de Ministro de Educación Pública, estando ya el país bajo la dirección de Álvaro Obregón. Para el año de 1920 su obra filosófica publicada comprende los libros: Pitágoras: una teoría del ritmo (1916); El monismo estético: ensayos, (1918); Artículos Libros que leo sentado y libros que leo de pié, recuerdos de Lima, el fusilado, visiones californianas (1920); Prometeo vencedor (1920); Estudios indostánicos (1920).[1]
   Al regresar a México, después de nueve años de intermitentes encomiendas diplomáticas y ausencias forzadas, luego de ser ratificado como Rector de la Universidad por el recién electo presidente Álvaro Obregón, en un discurso notable pide a la inteligencia académica y a los artistas que trabajen por el pueblo, sirviendo a los intereses de los desvalidos, proponiendo formar para ello un ejército de educadores enmarcados en una enorme obra de redención nacional.[2]
   Para ello el gobierno pone a disposición de la Universidad Nacional los Talleres Gráficos de la Nación en enero de 1921, situación que permite a José Vasconcelos y a su grupo afín desarrollar un proyecto editorial y cultural sin precedentes en México: la espectacular edición de los autores clásicos de la literatura universal, incluyendo dos gruesos e imponentes volúmenes que compilaban mitos y leyendas de todos los tiempos para ser leídos por los niños. Al regresar de los Estados Unidos José Clemente Orozco encontraría trabajo como dibujante en el Departamento de la Universidad, donde realizó diseño tipográfico así como viñetas para la famosa serie de los clásicos.
   Vasconcelos actúa con celeridad y junto con Ezequiel A. Chávez. Alfonso Caso, Manuel Gómez Morín, Alberto Vázquez del Mercado, Enrique Aragón y Mariano Silva, redactan el proyecto de ley para reinstaurar la Secretaría de Instrucción Pública, suprimida en la Constitución de 1917. Fue así que desde la Rectoría de la Universidad, acompañado por el grupo más granado de intelectuales mexicanos de la época, redactó la ley de Educación con el propósito de crear un Ministerio Federal que establecería tres departamentos: Escuelas, Bibliotecas y Bellas Artes, más dos auxiliares: Desanalfabetización y Enseñanza Indígena. Vasconcelos empezó a actuar de hecho desde la rectoría como Secretario del ramo, haciendo giras por toda la república para que la nueva ley entrara en vigor, haciéndose acompañar por destacados artistas, tales como Roberto Montenegro, Gabriel Fernández Ledesma, Jorge Enciso y Julián Carrillo. La ley es sancionada el 2 de marzo de 1921, decretándose la creación de Secretaría de Educación el 29 de septiembre de 1921.







   El presidente Álvaro Obregón pone a José Vasconcelos a la cabeza de la flamante Secretaría de Educación Publica a partir del 2 de octubre de ese año, al rector de la Universidad Nacional, el mismo Vasconcelos, quien de inmediato inicia un ambicioso plan de salvación y regeneración de México por medio de la cultura. Regeneración espiritual, pues, cuyo medio y fin último era la instauración de la fase estética como etapa superior y definitiva de la humanidad, cuya punta de lanza era la vanguardia artística nacional que uniría al pueblo con los intelectuales, ahondado en las raíces tradicionales de México y contando con las referencias indispensables a la grandeza alcanzada por el imperio autóctono precortesiano.
   El Ministerio de Educación ocupó un lugar preponderante en el gobierno de Obregón, destinándole la mayor parte del presupuesto federal. Se iniciaba así la reconstrucción del país con la creación de las Escuelas de Artes y Oficios y la modernización y construcción de edificios públicos y centros educativos. Con todo ello se iniciaba un poderoso movimiento por la independencia espiritual de México, impulsando una obra cultural que transformó el ambiente intelectual de México, movimiento que trascendió a Latinoamérica e irradió en todo el mundo.
   Desde la planeación de la creación de la  Secretario de Educación José Vasconcelos, “Maestro de América”,  invitó a muchos desterrados en Estados Unidos y Europa para formar parte del equipo que en base al trabajo común empezó a tomar un poderoso impuso. Roberto Montenegro desembarca en Veracruz llegado en 1920 de España para ponerse bajo las órdenes de Venustiano Carranza poco antes de su trágico accidente; Diego Rivera llega a México en junio de 1921, a los 34 años de edad y luego de una ausencia por Europa de 14 años, e inmediatamente se liga al grupo de Vasconcelos, quien llama también de Roma a David Alfaro Siqueiros. Vasconcelos confesaría, años más tarde, la impresión que le causaron los pintores:
   “Habían ido a Europa pensionados, como van de toda América, y volvían con el prejuicio de los ismos parisienses, y participaban del desdén de no pocos críticos parisienses para la pintura que se acomoda, humilde, a servir de complemento a la arquitectura de una edificio. Traían su criterio corrompido por el marchand, que quiere telas adaptables a marcos puntosos o aceptables para el mercado de Londres o el mercado de Nueva York. Cuadros para decorar la casa del potentado del dinero, y acomodarlos a sus gustos. Arte sin religión y, a falta de luz y color, también arte sin perfil, ni perspectiva, ni armonía; arte cerebral lo han llamado, y a pesar del bombo comercial que lo exalta, se refugia hoy en los sótanos del judío covachuelista”.
   Y en seguida agrega, refiriéndose veladamente a la obra de Rivera:
   “Regresaban a su tierra los pensionados con la fatiga y la pobreza del París de la postguerra, ilusionados también por el rumor de que en el país se operaba un renacimiento. Por fortuna llegaban sin telas; no había, pues, el problema de qué hacer con ellas después de comprarlas. No habían pintado gran cosa, pero traían acumulada experiencia y varios de ellos una técnica irreprochable”.[3]
   Diego Rivera, quien desembarcaba de Europa donde había permanecido por once años, alerto sobre los peligros del subimpresionismo de la escuela de Ramos Martínez, que i bien había sido útil para desterrar la “mugre académica” resultaba a s vez peligroso pues inducia a no distinguir entre pintura y fotografía, alentando una precoz y fala madurez. Los pintores más audaces del momento que se habían esforzado por encontrar su propia corriente se ligaron inmediatamente a Rivera dándose a estudiar lo que el maestro guanajuatense traía de Europa, figurando entre ellos principalmente Fermín Revueltas, Fernando Leal y Emilio García Chaero. Se llenaron de ardor y entusiasmo por la pintura del fresco de los grandes italianos y por el esfuerzo moderno de Picasso y de la escuela de París –recordando rivera su viaje por Italia en 1920 en los que estudió los murales bizantinos y los frescos del cuatrochento, percibiendo también la esencia del arte etrusco y celtíbero. A la llegada de Rivera los pintores más independientes del momento se agruparon entorno a él y se dieron a estudiar todo lo que el pintor traía de Europa. Fue así que junto con Diego Rivera los pintores Fermín Revueltas, Fernando Leal y Emilio García Chaero empezaron a concebir una nueva forma de arte, a la vez monumental y de contenido social y revolucionario.
   En México se vivía un renacimiento institucional el cual quedó plasmado en singulares edificios que reflejaban la novedad del espíritu nacional. Por todas partes empiezan a levantarse escuelas, estadios, bibliotecas. En la tarea de reconstrucción los artistas ocupan un lugar central, animados por la idea de ayudar al relacionar a los hombres entre sí en una esfera superior de cultura, cuya comunidad pretendía empujar los nuevos esfuerzos del país, reconciliando al pueblo con la esperanza. Gracias a esa labor, por primera vez se empieza a valorar colectivamente el sentido de la belleza del pueblo mexicano, valorando sus profundos sentimientos estéticos y sentido plástico, su arte superior, a la vez simple y refinado.
   Los artistas van más allá, aceptando algunos de ellos volverse “obreros”, misioneros  de la cultura, para poder sondear en lo más profundo del alma nacional y entrar en comunicación íntima con el pueblo para poder expresar en los muros públicos sus luchas y sus ideales. Así, cuenta José Clemente Orozco en su autobiografía, los pintores se encontraron de pronto con una oportunidad que no se les había presentado en siglos al darse la feliz coincidencia entre un gobernante revolucionario y un grupo de artistas experimentados que comprendieron el papel que les correspondía en un mismo campo de acción, ya que por su preparación y capacidad crítica estaban en posibilidad de ver el problema del momento y saber cual era el camino que se debía seguir.

III.- Vasconcelos y el Movimiento Muralista Mexicano

   El filósofo José Vasconcelos junto con sus compañeros del ateneo de la juventud alentaba entre los pintores un arte espiritualista, idealista, destinado a enterrar el positivismo y el materialismo que habían sido la ideología oficial del régimen porfirista. El grupo germinal del movimiento muralista mexicano concibió así la figura arquetípica del artista revolucionario como un hombre de acción: fuerte, sano, instruido, dispuesto a trabajar durante ocho horas seguidas como un buen obrero y a la vez anhelante de la luz del espíritu, ávido de saber y de entenderlo todo. Los pintores, en efecto, entraban a los talleres, a las bibliotecas, a las universidades, a los cuarteles y a las escuelas para absorber las imágenes y el ritmo de la patria, para con ello ocupar su lugar de honor en el nuevo mundo que ellos habrían de inaugurar.
   Vasconcelos suma a Diego Rivera a la comitiva que visitaría en Yucatán al gobernador anti maderista Felipe Carrillo Puerto, sumándose así al equipo más cercano al educador: Roberto Montenegro y Adolfo Best Maugard entre los artistas, siendo los escritores Pedro Henríquez Ureña, Carlos Pellicer y Jaime Torres Bodet.[4] Luego de estar en Mérida y visitan Campeche, Uxmal y especialmente las ruinas prehispánicas de Chichen Itzá -de las que Jean Charlot quedaría prendado y sería uno de sus primeros grandes estudiosos. Los valores defendidos colectivamente por el grupo de artistas e intelectuales son entonces los que se manifiestan con mayor fuerza y evidencia: el ate popular y el arte prehispánico de las ruinas y templos de nuestros asombrosos antepasados. Iniciaba un fecundo momento para la independencia espiritual de nuestro país que rápidamente se extendía debido entusiasmo revolucionario.  Un grupo de artistas de la Escuela Nacional de Bellas Artes, compuesto por el osado pintor y capaz Fermín Revueltas, el impresionista precursor de la revolución estética mexicana Joaquín Caucel, Rufino Tamayo quien con sensibilidad dominaba la notación y la comprensión de los planos en el dibujo y la sensibilidad en el color. Ramón Alva de la Canal, Emilio García Chaero, Francisco Román Guillemín, Rosario Cabrera y Mateos Bolaños, empezaban a pugnar en su obra y con sus exposiciones por una “plástica pura” –entendida ésta postura como una fórmula para definir al arte que recupera lo más profundo de nuestra alma: aquella que comulga comunicándose así íntimamente con el pueblo mexicano que tiene desarrollado a un grado increíble el sentido plástico, pues todo lo producido por él tiene e sello de un arte superior, a la vez simple y refinado. En octubre del 1921 la pianola de Diego Rivera publica un artículo en la revista Azulejos de carácter didáctico, orientando sobre el carácter popular y al desarrollado sentido de la belleza de las masas trabajadoras, captado también por los artistas revolucionarios, a quienes de plano exhortaba el dialéctico Rivera a identificarse con los obreros y las aspiraciones de las masas –no así por esa gente que sólo sabe remedar lastimosamente lo de ultramar produciendo abortos inanimados.[5]  
   Ideal de arte puro del muralismo, entendido como un arte derecho, recto, enderezado en el sentido de estar comprometido con las causas sociales, arte desinteresado también del uso particular y por ello mismo de trascendencia social, encargado de al retratar heroicamente la penosa situación de los humildes, desposeídos y de los indígenas de la nación, dotando a la vez a la patria de los símbolos a la vez más tradicionalistas y más realistas de el México contemporáneo –teniendo tal ideal su arquetipo o realización más cabal en la obra del genio mutilado José Clemente Orozco.
   Desde que José Vasconcelos iniciara sus giras y misiones culturales por diversas partes de la República para apresurar a los legisladores estatales a aprobar la nueva ley que habría de crear la Secretaría de Educación Pública, suprimida por la Constitución de 1917, sancionada por el congreso desde el 2 de marzo de 1921, fue acompañado por los pintores Roberto Montenegro, Jorge Enciso, Gabriel Fernández Ledesma y Diego Rivera, a quienes se unió el músico Julián Carrillo. En la cruzada político cultural en pro de la naciente Secretaría se deban conciertos y conferencias, se organizaban mítines. Antonio Caso hablaba solemnemente de filosofía y otros más de patriotismo.  Luego de las conferencias Fernández Ledesma dio los primeros pasos para la creación de una escuela de cerámica, empezando a sistematizar la tarea de recoger y organizar las piezas tradicionales manufacturadas por los operarios locales que recogían una vieja tradición derivada de la colonia.
   De hecho Gabriel Fernández Ledesma, nativo de Aguascalientes, quien trabajaba en el Departamento  de Etnografía del Museo Nacional, ubicado en la calle de Monada y dirigido por Luis Castillo León,  había sido llamado por Vasconcelos para integrarse a la cruzada político-cultural y educativa. Fernández Ledesma había tenido una precoz curiosidad por la artesanía de su región, particularmente por los textiles y la alfarería que se hacía por ese entonces en Aguascalientes, llegando a intervenir en 1917, antes de trasladarse a México, en el diseño de piezas de alfarería en el conocido taller “El Caballo Blanco”, donde trabó amistad con los artesanos locales, parte de los cuales integrarían la prestigiosa escuela de cerámica de Aguascalientes.



   Por su parte el renacimiento de la cerámica nacional se inició a partir del viaje que hicieran Jorge Enciso y Roberto Montenegro a Oaxaca, pues luego de crear unos platos decorados dieron las bases para impulsar su manufactura en los talleres locales, dando con ello los primeros pasos de lo que luego fuera una boyante industria artística.
   Desde un principio los artistas hicieron ver al futuro ministro las ventajas que obtendría cada localidad mediante la colaboración de los maestros federales de modelado y pintura con los artesanos de todos los géneros. A partir de ese entonces José Vasconcelos afirmó la idea de que la industria y las artes no salen espontáneamente del pueblo, sino que constantemente hace falta la intervención del artista culto para resucitar o iniciar la producción artística útil. Por su parte el artista, lejos de ser abandonado a sus propios recursos y de extraviarse en busca de sí mismo, necesita del Estado para cumplir su propia función social, presentándose como mecenas y director que sistematiza las actividades menores no menos que las superiores del arte y la industria popular –precisando así que las funciones del Estado recaigan en reduciéndolas a las clases generales  personas sensibles, bien preparadas e inteligentes.[6]
   Mientras tanto Vasconcelos avanzaba a grandes pasos en la empresa educativa y cultural que emprendiera tomando como modelo a Anatoly Lunacharsky, quien fuera el Comisario del Pueblo para Educación el la República Soviética, aunque resultando el plan de Vasconcelos más simple y orgánico. La reestructuración del Departamento de Bellas Artes consistió en primero que nada tomar a su cargo todos los institutos de educación artística superior, desde la Antigua Academia de Bellas Artes hasta el Conservatorio Nacional pasando por el Museo Nacional. El plan comenzó a ponerse en práctica y a concretarse partiendo de la enseñanza del canto, el dibujo y la gimnasia en las escuelas.[7]
   Al asumir el filósofo la dirección de Bellas Artes cargó con la responsabilidad de la enseñanza de las artes gráficas en las escuelas, tomado como primera medida sustituir a los maestros normalistas a quienes redujo a las clases de temas generales por un sinnúmero de pintores sin trabajo pero graduados anualmente por la Academia de Bellas Artes. Todo ese nuevo personal se guiaba por un programa uniforme que seguía básicamente dos sistemas. Por una parte, el primer sistema era el del dibujo y pintura directos según un modelo tomado del natural, instrumentado por un grupo de maestros repartidos entre las escuelas, del cual destacaba notoriamente el grupo de Coyoacán, y que además formaron las Escuelas al Aire Libre, de las que salieron generaciones enteras de artistas infantiles por el interés que despertara entre la población en general, pero también artistas adultos que repartiéndose por todo el país cultivaron una escuela de paisaje, dejando plasmado desde la noble arquitectura hasta el celo, el mar, el río, la montaña de nuestro territorio nacional. Por la otra, el sistema de dibujo decorativo inventado por el pintor mexicano Adolfo Best Maugard, el cual consiste en siete elementos tomados del arte de todos los tiempos y combinados según las múltiples ocurrencias de la fantasía. Por primera vez la clase de dibujo en la escuela primaria fue algo vivo y ordenado, sustituyendo así la calca de rígidos trazos, constituyéndose así como un programa adaptable a los países de América. Tal sistema fue posteriormente adoptado por algunas escuelas norteamericanas y el libro de Best Maugard fue editado en Nueva York.[8] Con los cuadros pintados en las escuelas con el sistema Best se hicieron exposiciones cuyo éxito trascendió al extranjero, sirviendo además, hay que agregar, para estimular a los jóvenes con predisposiciones de carácter y aptitudes innatas para dedicarse con talento al desarrollo de la disciplina.

   Una innovación revolucionario de Vasconcelos al frente de la SEP resultó también ser la de comprar las telas de todo género de los futuros maestros pintores de la Academia de Bellas Artes par repartirlas en las escuelas y bibliotecas del interior de la República, sustituyendo el viejo sistema de pensiones porfirista por el de adquirir cuadros a los pintores y proporcionarles trabajos de índole artística. La idea era que el artista ilustrado enseñara y produjera al entrar n programas organizados y planes de la Dirección de Bellas Artes. Las artes plásticas no son asuntos, sino maneras de expresarlos, no es el ser, sino una ve las voces del ser. La idea de Vasconcelos era así alejar a los maestros de la inepcia del arte por el arte y de las puerilidades vanguardistas de la época, dándole al artista no sólo trabajo, sino también tema y plan.   
   Roberto Montenegro, artista interesado en nuestra identidad cultural, es nombrado a un año de su arribo a tierras mexicanas el prime director del Museo de Cultura Popular y a finales de 1921 inaugura la primera Exposición de Artes Populares organizada por él junto con Jorge Enciso, contando con la colaboración de Adolfo Best Maugard y Francisco Cornejo -festejando con ello la gala del Centenario de nuestra Independencia. Aparece el mismo año el gran trabajo del Dr. Atl: el  libro titulado Las Artes Plásticas de México, que es una monografía en dos tomos verdaderamente antológica, profusamente ilustrada al utilizar las calidades novedosas de la técnica de impresión por medio de los esténciles. La exposición fue así un éxito de completa apoteosis, pues con ello se llegaba a la culminación de un esfuerzo colectivo de reconocimiento a las artes populares, semilla de nuestra cultura autóctona, germen de toda nuestra verdadera identidad como mexicanos. 
   El importante libro en dos tomos, que para 1922 se publico con correcciones y aumentos, fue encargado al Dr. Atl por Alberto J. Pani, Ministro de Obregón en Relaciones Exteriores: “En homenaje de la República al ingenio y habilidad del pueblo de México”. Para confeccionar el monumental estudio Las Artes Plásticas en México el Dr. Atl contó con la ayuda de los fotógrafos Ramos y Arriaga y de los grabadores, Garduño, Vargas y Tostado. En esencia se trata de un catálogo etnográfico bien razonado sobre las artes manuales indígenas, amenazadas desde aquel tiempo de ser sustituidas por el maquinismo contemporáneo. El amplio trabajo sobre la riqueza artística, oculta en millares de pueblos de la provincia mexicana, estudia en los capítulos su primer tomo principalmente las manufacturas autóctonas en los ramos de la juguetería, orfebrería, cestería, plumería, mueblería, de la pintura religiosa, las lacas y la talabartería, realizando un estudio de la producción artesanal en los estados, estando a la cabeza México, seguido de Jalisco, Oaxaca, Michoacán, Puebla, Guanajuato, Hidalgo, Aguascalientes, Tlaxcala y Chihuahua. El segundo tomo Atl lo dedicó al estudio de las diversiones populares que, a excepción de la danza, recorren desde la música y las canciones populares a la arquitectura autóctona, pasando por el teatro, la comida y el lenguaje.
   Catálogo único en su género a nivel mundial cuya primera edición se agotó en seguida, la cual se reimprimió, corregida y aumentada, al año siguiente. En ellas se reconoció por vez primera el ingenio y la habilidad del pueblo mexicano en la elaboración artesanal, justipreciándose el valor de la alfarería, la cestería, de los textiles y del mobiliario, de la juguetería y de los exvotos. También se recuperaron algunas canciones populares e incluso se ensalzaron algunos platillos que dan identidad a las regiones y rumbo propio a la nación. Atl destacó en todo momento la vigorosa corriente del sentimiento popular, reconociendo que las artes populares tienen, además de la variedad de sus productos y la utilidad de satisfacer necesidades sociales, un hondo sentimiento estético, expresando tanto en sus formas y en sus colores, como en sus técnicas y en su espíritu decorativo. Algunos de sus productos pueden considerarse incluso de primer orden en cuanto a valor artístico, estando sus manifestaciones intelectuales, poderosamente subjetivas, impregnados de una profunda melancolía. 
   Aprovechando el éxito del libro y la exposición y ante la efervescencia favorable del momento el mismo Dr. Atl forma el Comité Nacional de Artes Populares, el cual promovió cooperativas y mercados de artesanos en diferentes estados del país, obteniendo el apoyo institucional del presidente Emilio Portes Gil en 1929. Se iniciaba así formalmente el impulso nacional de revaloración e indagación sobre las raíces de lo mexicano. La cultura mexicana debe al Dr. Atl la primera revaloración del arte popular, acción de justipreciación a la que se sumaron José Clemente Orozco, Roberto Montenegro y el caricaturista Miguel Covarrubias “El Chamaco”.
   Para el año de 1924 inicia la publicación de los seis tomos de Iglesias de México, escritos e ilustrados con esténcil por el Dr. Atl e ilustrados con fotografías de Guillermo Kalho; obra portentosa en la que Murillo analiza la arquitectura colonial, en especial la del siglo XVIII, como muestra de un arte con características propias, siendo la primera sistematización del patrimonio religioso nacional.
   El fotógrafo alemán nacionalizado mexicano Guillermo Kalho Kaufmann, quien llegó a México en 1891 a la edad de 19 años, había conseguido para 1904 ser comisionado por el Ministro de Hacienda porfirista José Ives Limantour para realizar un registro fotográfico de las iglesias coloniales y de los edificios civiles a partir de 1898. Guillermo Kalho, quien trabajaba como fotorreportero en el Semanario Ilustrado El Mundo, se había encargado con anterioridad de hacer registros fotográficos de las construcciones con estructuras de acero en la ciudad de México: la Casa Boker, en nuevo Teatro Nacional, el Edificio de Correos así como otros edificios del periodo porfiriano, siendo sus trabajos acuciosos y sus tomas veraces, de gran calidad y bellas. A Limantour le gusto el trabajo del fotógrafo y también encargó a Kalho fotografías de los edificios novohispanos, en particular de coloniales en un esfuerzo por ponerse al día, pues en el año de 1901 se había publicado en Estados Unidos la obra Sapanish Colonial Architecture in México, con un ensayo de Silvestre Bexter, el gran promotor de la arquitectura novohispana de cuya fuente manó el estilo colonial californiano, y fotografías de Henry Greenwood Peabody, quien en 1899 había viajado a México para fotografiar los más importantes edificios del periodo colonial. El libro se publicó acompañado de nueve portafolios que reproducían 150 fotografías de notable valor documental y estético.
   La obra de Guillermo Kalho consistió en realizar más de 1 300 fotografías de los extraordinarios monumentos novohispanos, muchos de los cuales se han perdido en el río del tiempo, realizando a la vez un catálogo arquitectónico, un ensayo de composición, muestra a la vez de destreza y de profunda sensibilidad estética. El minucioso registro fotográfico de Kalho de los grandes monumentos coloniales de México, hoy en día muy transformados por el tiempo o desaparecidos, inspiró  al Dr. Atl para la composición de un prolijo ensayo, el cual fue publicado acompañado con las imágenes del fotógrafo  realizando viaje por diferentes regiones del país. Hay que agregar que Guillermo Kalho, hombre frágil y de pocas palabras, además de fotógrafo y calígrafo, fue también un finísimo acuarelista y que todas las noches acostumbraba tocar el piano, del que no pudo desprenderse  luego de las crisis económicas suscitadas por la Revolución armada. 
   Desde sus inicios el movimiento de la pintura mural rompió las rutinas académicas y el anquilosado mal gusto paralítico de bodegones y modelos edulcorados, demoliendo prejuicios inveterados y sirviendo para ver los problemas sociales desde nuevos puntos de visa –liquidando con ello toda una época de bohemia embrutecedora y de mixtificadores que vivían una vida de zánganos en tugurios infectos y alcoholizados, fingiendo un idealismo absurdo cual parásitos de una sociedad podrida y en trance de desaparecer.
   De hecho Diego Rivera había coqueteado con Alberto J. Pani, quien era ministro del carrancismo en Francia, sobre la conveniencia de regresar a México, posibilidad que se agravó cuando Pani fue perseguido por la policía nacional por órdenes de Venustiano Carranza par regresarlo por la fuerza a México siendo ayudado por Rivera a escapar con el propio oro de don Venus. A su regreso Alberto J. Pani,  quien se convirtió primero en Ministro de Hacienda de Obregón y luego de Relaciones Exteriores, se había inventado un proyecto poco realista de trenes educacionales, para los que destinaría un presupuesto de 350 mil pesos. El proyecto le pareció a Vasconcelos poco viable, dejándose convencer por Rivera y Siqueiros de mejor echar a andar con ese monto el viejo proyecto de la pintura mural. Cuando Rivera fue a desayunar al Palacio Nacional, y habló con Obregón, éste quedo entusiasmado con la idea, dándole a Rivera el rango de general y un salario de 20 pesos diarios pagados en oro, extendiéndole a la vez un pase de ferrocarril  para que el artista se pusiera al día al recorrer y conocer todo el país par a que tuviera una imagen clara de la nación.









[1] Pitágoras: una teoría del ritmo, Cuba Contemporánea 1916. 2ª ed.: Editorial Cultura (Colección Cultura, tomo 13, nº 2), México 1921, VIII + 148 págs.; El monismo estético: ensayos, Editorial Cultura (Colección Cultura, tomo 9, nº 1), México 1918, 105 págs.; Artículos (Libros que leo sentado y libros que leo de pié, recuerdos de Lima, el fusilado, visiones californianas), García Monge y Cía. Editores, San José de Costa Rica 1920, 56 págs.; Prometeo vencedor, Edit. América, Madrid 1920, 236 págs. ; Estudios indostánicos, Saturnino Calleja (Biblioteca Calleja. Primera Serie), Madrid 1920, 445 págs. México Moderno (Biblioteca de Autores mexicanos modernos), México 1920, 373 págs. 3ª ed.: Botas, Méjico 1938.
[2] Discurso notable.
[3] José Vasconcelos, De Robinson a Odiseo. Pedagogía Estructurativa (1935).  Editorial Constancia, México, 1952. Pág. 212.
[4] Felipe Carrillo Puerto fue gobernador de Yucatán. Es asesinado el 3 de enero de 1924 por los golpistas adictos a Adolfo de la Huerta. Su gabnete fue revolucionario y renovador, reconociendo a la mujer yucateca como elemento de organización, procreadora conscientede su pael  dueña de su voluntad, reonociendo los derechos políticos y las encmiendas de las campesinas.  En 1920 se realiza en Mérida el Congreso de Obrerras y Campesinas presidido por Elvira Carrillo Puerto y Florinda Lagos Léon. Durante su administraci´`on se cncedió el votofemenino, laprotecciòn a lastrabajadoras doésticas, elcierre de protíbulos, la unificaci´n en la moral en asuntos sexuales, la igualdadde derechos en l trabajo y se logró la instauración de los comedores fabriles. .
[5] Raquel Tibol, Diego Rivera. Luces y Sombras. Pág. 59.
[6] Raquel Tibol, Diego Rivera:  Luces y Sombras. (Narración Documental). Ed. Lumen, México, 2007. Pág. 52 y 53.
[7] La estructura de Departamento de  Bellas Artes perduró hasta 1946 cuando se crea el Instituto Nacional de Bellas Artes al asumir la presidencia de la República el Licenciado Miguel Alemán. El Departamento de Bellas Artes tenía así como tarea cumplir con una misión unificadora, complementando programas y ejercicios en base a una filosofía personista. Creada con el fin de organizar las actividades artísticas de la República, el nuevo plan general educativo insistía en el desarrollo jerárquico de las facultades inherentes de la persona: prácticas, éticas y estéticas. Las facultades prácticas se desarrollan con el empleo del útil, primera aplicación de la inteligencia que supone el ingenio, estando siempre orientada hacia el objeto.  Se trata del impulso activo que viene de nuestra voluntad y donde se inicia el libre arbitrio al superarse el instinto –no regido por la ley exterior, sino por una ley íntima que se desenvuelve buscando más valores que abstracciones. Por su parte al valor ético  le corresponde una validez sui géneris irreductible a términos ideológicos o lógicos, pues sin ser ni perseguir ideas  es acción regulada conforme al deber y al amor, persiguiendo los objetivos de dicha que corresponden a los fines supra zoológicos humanos de la conciencia. En tercer lugar la escuela ideada por Vasconcelos se ocupaba de organizar las apetencias artísticas de nuestra naturaleza para desarrollar lo que hay en ellas de sublime y desinteresado, al estar más allá de la utilidad y del querer. El riesgo de la vivencia estética y de su gozo está en su auto anulación al hacerse abstracta, intelectualizada o cuando el goce puro de la belleza se entorpece al cargase con deudas para con el deber.  Se trata de las normas platónicas del valor, de la Verdad, el Bien y la Hermosura, siendo necesario que el educador reconozca en la actividad estética algo más que un adorno o plusvalía en el trabajo, pues el arte es un valor específico más allá del pragmatismo, pues dota de una alta categoría en la vida de cada sujeto. Lejos del juego que marca la aparición del instinto poético en el niño, y que abandonado al instinto degenera en el “humor”, en un simple juego sensual que encuentra su límite en la adoración servil  a la fuerza, quedándose en simple cesarismo -mientras que la emoción estética esta diseñada para elevarnos más bien a las cosas del espíritu, siendo así que un pueblo de artistas acaba por ser un pueblo religioso que aborda enseguida el problema fundamental del más allá. Sólo cuando el adulto ama el juego logran jugar despreocupadamente los niños y sólo trabaja bien un pueblo que juega. Lo que proponía así Vasconcelos es la escala del arte como camino de la religión, como vía de cristianismo, siendo esta tarea lo que le queda al Estado allí donde rige el laicismo y siendo un supremo deber que se sepa llevar a plenitud tal valiosísima tarea. En cuanto al deporte Vasconcelos intentó José Vasconcelos, Un plan patriótico alejado de toda influencia bastarda y de toda dictadura atlética, organizó para ello la rutina escolar, reabrió gimnasios, canchas de pelota de mano y de pala, se inauguró formalmente la Escuela de Cultura Física, las tablas gimnásticas acompañadas de claves y música  ganaron fácilmente a la nación al ir acompañadas la, de canciones, de danzas de tipo popular, rematando no en concurso sino en espectáculo de belleza. El plan mixto educativo pretendía atender jerárquicamente a la vez al hombre físico y al hombre espíritu. La política deportista y artística de Vasconcelos fue precisada con el tiempo por él mismo: la influencia del atletismo en la formación del carácter que afirma las virtudes varoniles y la salud es útil en la medida que el duro ejercicio reprime los apetitos de la gula y del sexo; la exhibición al aire libre pide como complemento el aseo; la competencia física crea el hábito de la veracidad desacreditando la simulación. El uso de la fuerza, empero, debe estar enderezado todo el tiempo al servicio de los semejantes y para su alegría, no para su destrucción, que es la suma orientación en la ética del deporte, donde el deseo natural de sobresalir debe aliarse en la fraternidad cristiana de la lid de caballeros, engendrando por tanto alegría y dicha. El deporte es originalmente aspiración de salud, cordialidad y belleza, modelo del escultor y de la narración heroica –propenso a caer cuando vuelva al hombre máquina muscular eficacísima dominada por el objetivo del lucro, donde degenera el deportista cuando al alejarse de la estética gradualmente se va apartando de la ética, colaborando con el vasto sistema mercantil de comercialización de la alegría mediante su sacrificio o prostitución. José Vasconcelos, De Robinson a Odiseo. Págs., de la 199 a 2001, y de la 201 a la 206.
[8] El libro de Adolfo Best Maugard Tratado de Dibujo. Tradición, resurgimiento y evolución delas artes mexicnas fue editado por la SEP en Méxco, pero también en Nueva York, por la casa Knof. Ver José Vasconcelos, De Robinson a Odiseo. Op. Cit. Pág. 209.  Hay que recordar que Adolfo Best Maugard entre noviembre y diciembre de 1919 monto en a galería knoedlërs de Nueva York una celebre exposición de arte popular del occidente de México y en enero de 1920 en ARTS CLUV de Chicago , donde sumo unos diseños personales al temple copia del arte primitivo junto con la loza los  sarapes los huipiles las garras y los cantaros y los conocidos jarros mexicanos. 










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  1. Me ha dicho Don Alfonso Bulle Goyri unas palabras que por su aguda comprensión quisiera citar al calce de este artículo: " He pasado la tarde de este domingo leyendo su texto sobre José Vasconcelos y el momento histórico que vive el país en la década de los 20. No puede uno menos que conmoverse con su relato, con esa historia donde el verdadero líder jala la gran carreta de la nación con la ayuda de las dos grandes mulas que son la cultura y la educación. Para mover a este país no hay más que un gran líder que vele no por una nación idílica y hermosamente dibujada. Vasconcelos es un verdadero luchador, un hombre de visión política que entendió que la política cultural es producto de una energía vital arrolladora que dignifica la vida social y le imprime sentido. Es Vasconcelos el gran maestro que abre a golpe de cincel las puertas de las escuelas y las convierte en los centros que subvierten el orden imperante y construyen la idea de una nación fuerte y vigorosa, como sus obreros, como sus campesinos y sus combatientes al lado del los centauros Villa y Zapata. Vasconcelos se juega el pellejo como los grandes generales en el campo de batalla, al frente siempre e imponiendo la razón sobre cualquier cosa. Es un filósofo de a caballo, un filósofo que escribe sin cesar en medio de las turbulencias y es claro como el agua y rudo como la sangre derramada en la tierra abandonada. Es fuerte y al mismo tiempo un gran orientador, que con amable diligencia nos abre el sentido crítico de la vida. Estos son los hombres que hacen historia en México. Importante recordarlo ahora que México se encuentra tan devaluado, sin verdaderos orientadores y con una pandilla de petimetres que creen que la cultura es cosa de señoritas de buena sociedad. José Vasconcelos es el gran patriarca de la escuela, el hombre que supo interpretar las energías creativas de sus contemporáneos pintores y les abrió las puertas para que desplegaran su ingenio. José Vasconcelos es el adalid de la causas más nobles de un pueblo necesitado de verdaderso líderes, de dirigentes sensibles al arte y capaces políticamente, porque entiende que la ética en la política es el fermento para las grandes decisiones. José Vasconcelos es el gran hombre que nos escribe aún hoy y nos enseña, nos muestra el camino de la dignidad humana en el corazón del mexicano. Le agradezco mi querido Alberto que me haya recordado a nuestro maestro, a nuestro educador, al hombre que fundo la Paideia Moderna de México. Salud."

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