domingo, 27 de octubre de 2013

Germán Valles Fernández: la Fascinación y los Fantasmas Por Alberto Espinosa

Germán Valles Fernández: la Fascinación y los Fantasmas


“Pero entre los chacales, las panteras, los linces,
los monos, los escorpiones, los buitres, las serpientes,
los monstruos chillones, aulladores, gruñidores, rastreros,
en la infame casa de fieras de vuestros vicios,

hay uno más feo, más malvado, más inmundo!
Aunque no hace aspavientos ni lanza agudos gritos
convertiría con gusto la tierra en un despojo
y en un bostezo se tragaría el mundo;

es el tedio!, con los ojos inundados de un llanto involuntario
sueña con cadalsos mientras fuma su pipa.
¡Tu conoces, lector, a ese monstruo delicado,
hipócrita lector, mi semejante, mi hermano!”
Al Lector de Charles Baudelaire






I.- Los Ángeles Caídos
   La obra de Germán Valles Fernández se caracteriza por su decisión de ir de frente a los problemas más angustiantes y dolorosos de nuestra circunstancia, decantando sus materiales plásticos y herramientas lumínicas hasta poder retratar en toda su desnudez la zozobra , desde la experiencia de su propia perspectiva, de uno de los escorzos características de la época contemporánea –que si en su anverso se muestra como un era secular y meramente inmanentista, se revela en su reverso como un mundo cancino, agotado por el desgaste de sus fiebres y su hastío, agobiado también por su carrera -que bien a bien no puede llegar a ningún sitio. Porque el tema del artista durangueño no es otro que el del mundo de los cuerpos encallados que, a medio camino del incendio, de la parálisis o del estancamiento, dejan traslucir, al través de sus vicisitudes y extremas contingencias, la imantación del mundo de abajo, del submundo, revelando así también las zonas más lúgubres del inconsciente.
   Puede decirse que el tema de su obra es, más que el erótico, el de la erosión de los cuerpos –pasando de la exploración del instante del placer y de la descripción de la mera escena disonante o espectacular, a la búsqueda de la imagen prístina, del símbolo y el mito. Porque su objeto no es otro, sin embargo, que el misterio del mal y de la caída del hombre. Tema religioso también, que es el del hombre arrojado por su desobediencia fuera del paraíso terrenal al barro, a las ciénagas y marismas del mundo, por haber probado el fruto prohibido del árbol del conocimiento del bien y del mal. La desgarradora visión del artista contribuye al tema al pasar revista a las figuras de cómplices o víctimas de la caída, dando a la vez una idea final de tal desplome al estudiar la anatomía y el desamparo de los cuerpos, sujetos a toda suerte de presiones y deformidades, de vejaciones y degradaciones, de descargas y perturbaciones, donde cada cual, ante la angustia de la presencia del abismo, se aferra a la peña de otro cuerpo como el erizo se aferra a su roca en el turbio agitar de la marea.
   Retratos del cuerpo del ser humano contemporáneo sujeto a las tentaciones de la voluptuosidad y del inconsciente, que tras la exhibición más de su impudicia que de su desnudes tiembla sin embargo por dentro, ante el temor de lo indefinido o lo infundado, por la angustia y el terror pánico de caer cada vez más hondo, succionado por el abismo de la oscuridad, de lo que no tiende fondo, para perderse finalmente en la nada. Retratos del mundo del deseo y de la carne amotinada, pues, aguijada por las agudas depresiones y las contorsiones psíquicas, acorralada por la miseria de la materia, por el polvo, por el barro y el salitre. Procesión también del río vertiginoso de los cuerpos réprobos, que alternativamente emergen de las sombras o se vuelven a hundir en las tinieblas de sus deseos inversos, tocando simultáneamente los extremos helados de la humedad y de la desecación por el fuego, pasando también de la cómoda tentación de la pereza a la ignorante asebia del tedio.
   Recorrido, pues, por una época y una región del ser atenazada por la nada; relato también de una vergonzosa historia que en medio de la decadencia de las formas y de la decrepitud de sus contenidos muestra la posible participación del hombre en los niveles más bajos de la creación, lindantes con la materia en bruto. Mirada a las zonas oscuras de la existencia humana que se atreve a presentar los fenómenos del alma inferior del ser humano tal como se le presentan, iluminándolos bajo una perspectiva personal, para así poder someterlos a la objetividad de la conciencia y a los ácidos corrosivos de la crítica. Mirada cáustica, es verdad, que con los cloros purificadores de la ironía descarnada llega a calar en el hueso y en el tuétano del problema de nuestro tiempo, en  la cuestión del hombre moderno, que en estado carnal y de naturaleza, se ha dado a la tarea de intentar explicar al ser humano por lo más bajo: por sus instintos, por su animalidad, por lo meramente genético o por la materia, por la evolución, por la historicidad, por la temporalidad o por su mera y llana existencia, extirpado de él toda sobrernaturaleza e incluso toda esencia y todo espíritu, soslayando los relatos su parentesco con lo divino o su relación con los ancestros y los  héroes, con el simbolismo y el mito. Explicaciones risibles, pero que han dado pie asimismo a lo terrible: transformar la sobrenaturaleza humana en lo infranatural, en lo desviado, en lo invertido, en lo infrahumano e inhumano -que acaban por precipitarse con más fuerza en la caída, para participar finalmente del demonio o de la bestia.



II.- Filosofía del Cuerpo
      Así, en las poderosas imágenes plásticas de Germán Valles podemos leer una especie de filosofía del cuerpo, pues junto con las expresiones mímicas del cuerpo humano, expresante de suyo de su animación, se registran también los indicadores contemporáneos de una vitalidad convulsionada y en decadencia, que anuncia su caducidad, o al menos su agostamiento, tanto en la creciente pérdida de sus contornos y de sus determinaciones como de su lozanía –a lo que hay que añadir tanto los azares y contingencias a que se ve sometido el cuerpo humano, las tensiones y hábitos de vida, pero también las enormes presiones contemporáneas, que lo llevan con frecuencia tan pronto al debilitamiento de su fuerza que a la depresión devastadora, dando lugar así a la expresión mímica de cuerpos de piel desbordante, enjuta o flácida, achicados, abombados o achatados, marcados tanto por las tensiones que por las distensiones de sus excesos, significando la carne cruda una animación meramente material y mórbida (Bacon, Freud).
    La carne avara que sólo sabe acumula la grasa para sí, que desea colmarse con más que aquello que la colma, en el intento frustráneo de retener sólo para sí una alegría que no quiere brindarse sino a sí misma, en un deseo onanista y desbordado proveniente del maleamiento de la s sociedad, cifrado en que unos pocos reclaman de sus congéneres mucho más del servicio que están dispuestos a brindarles, acaparando después para ellos solos todos los privilegios de la puta alegría (“Doña Avaricia”).  Almas blandengues y obesas que incurren en el pecado del relativismo moral, dejándose convencer, para salirse siempre con la suya, de que el bien el mal no son sino funciones de ella misma –desprendiéndose como conclusión, tarde o temprano, que cuando la gente actúa movida sólo por sus mezquinos intereses egoístas no puede sino producirse un estado de ansiedad y de miseria común.
   Retrato contrastante también de la existencia concreta del hombre moderno, donde desfilan los extremos de un mundo profundamente desequilibrado, el que la legión de los egoístas, con todos sus excesos y pecados, no abonan en su manga ancha sino al recrudecimiento de la miseria moral y material, creando de tal forma una especie de espejo inverso de su desmesura de placeres e ilimitación de poder. Región periférica de la existencia en la que se siente más crudamente el fenómeno sólito del desconocimiento de la persona, en el sentido estimativo y práctico, al grado de amenazar el cuerpo mismo de la humanidad, al excluir a bastas zonas de la población del mundo del trabajo, de la educación y de la cultura,  arrojándolo luego sin piedad a los inmensos pudrideros de la mendicidad o a la indigencia de la grey astrosa. Cuerpo desamparado, desollado vivo, pelado, donde pulula lo cuasi-modal, las qusicosas de la pseudovida, que no pueden dar lugar sino al surgimiento de lo infrahumano. Cuerpos sujetos a las contingencias de la enfermedad y los accidentes del azar, capaces de frustrar ya no digamos el desarrollo de etéreas esencias, sino incluso de aniquilar a las mismas existencias.
   Pintura directa, pero que al ser al mismo tiempo crítica y corrosiva igualmente detecta severos trastornos en el tejido de la sociedad, trastocada por  un circo de sustituciones y dislocamientos, donde los que fueran claros órganos y centros directores encargados de llevar equidad, salud y justicia a la especie, tanto material como espiritualmente, se han desviado de su misión o se encuentran totalmente enajenados y desfiguradas por otras potencias. Fenómeno de corrupción, en efecto, donde la figura de la Justicia aparece con antifaz y ciega, como si se negara a la visión no por mor de la imparcialidad de sus juicios, sino en un acto de concupiscencia, de impudicia y de exhibicionismo hiriente.



III.- El Expresionismo
   Acorde con los grandes expresionistas alemanes, (James Ensor, Egon Schila, Eduard Munch, al los que habría que sumar a Oscar Kokoschka), pero también impactado por la obra de los realistas crudos más modernos (Francis Bacon, Lucian Freud), la obra de Germán Valles Fernández nos pone delate del espectáculo de la corrupción, de los excesos de la carne en el mundo contemporáneo, siendo su estilo sarcástico, irónico, incluso sarcástico, por lo que su registro emotivo hay que buscarlo en algunos hilos  del filón de José Clemente Orozco. A escala local pueden detectarse otras influencias sufridas o experimentadas por el artista, por haber recorrido ya antes una senda paralela, donde destaca notablemente la obra de de Elizabeth Linden Bracho, pero también la de Manuel Soria y, más recientemente, la de Alma Santillán.
   De Linden Bracho, pero también de la escuela de Francisco Montoya de la Cruz, el artista hereda la maestría en el trato con la materia, cuya sabía espátula luminosa transforma incluso las superficies más pesadas y densas,  absorbidas por la humedad del barro y la esterilidad de la ceniza rayana con el vacío y con la nada muerta, o reducidas a toscos pedruscos pedregosos, en cristales tornasolados e incluso diamantinos,  dando con ello entrada a una especie de inversión de los valores, transformando las cosas podridas del mundo en focos de luz.
   Acto de conciencia que, al explorar la “bella convulsiva” de la tradición de la ruptura, visita también un extremo posible de la condición humana, donde pareciera que se yuxtaponen y empastan hasta confundirse del todo las categorías estéticas cardinales de la belleza y la fealdad, hasta el grado de trocarse y volverse finalmente indistinguibles, trastocando el gusto por una perversión que tuerce verdad para engendrar engaño, dando por fruto por consecuencia la perturbación,  la desarmonía e incluso el choque, entre los mismos postulados del bien y del mal morales. De ahí la necesidad que hay en su paleta de caminar por ese tortuoso sendero a la vez con la luz del oleo, expresando a la vez la necesidad moderna de sentir la realidad dentro de sus aspectos más pesados y tectónicos. Así, la densidad de los materiales con los que trabajo sólo puede ser compensada mediante la utilización de colores cada vez más transparentes y puros, a semejanza de los meros ritmos musicales que combaten contra la pesada resistencia y simultaneidad orquestal de sus figuras, que por su propia naturaleza tienen horror de lo puro, o que repelen lo simple o lo angélico. Lucha contra las locuras cultivadas de la modernidad, que el artista contrarresta apelando directamente a los símbolos de la humanidad y a la restitución de las normas. Por ello su obra no resulta despiadada, sino más bien la de una visión pesimista de la condición humana, por ser un retrato de sus extravíos más punzantes, de su estulticia y de asevia, de su ignorancia respecto de las cosas del espíritu, especialmente de nuestra verdadera naturaleza sobrenatural- aunque no sobrehumana. 
   Pintura de realismo profundo, pues, que simultáneamente da cuenta de la caducidad del mundo viejo, arrastrado por ángeles pecadores, donde se muestra también el agotamiento de la creación, que pareciera caer cada vez más bajo por la caducidad de sus fuerzas regenerativas, por la degradación de las cosas dejadas al mero tiempo histórico, donde hay una constante pérdida de concentración y de energía positiva, para entrar en una especie de pausa  y de parálisis –desde donde se prepara la germinación de un nuevo nacimiento
    Pintura expresionista, pues, bajo cuyo registro se fijan las expresiones de la anarquía y de la miseria de una etapa histórica en franco declive y decadencia, roída por sus faltas y erosionada por sus desequilibrios respecto a la norma eterna, siendo por tanto su registro estético propiamente el de lo grotesco e incluso el del sarcasmo –ingredientes mediante los cual nos permite asomarnos a las bóvedas subterráneas de la vida, cuyos adornos caprichos y toscos  nos hablan a la vez tanto de lo extravagante y ridículo que hay en querer imitar la creación mediante su degradación, como de algo encriptado, que al ser un enigma requiere descifrarse.



IV.- Creación y contemplación
   La creación por principio significa equilibrio, organización, fertilidad, estilo. En un sentido más radical significa luz: concentrarse en un objeto para darle vida, hacer que viva un lenguaje, que las cosas comuniquen, que podamos dialogar con ellas. Es entonces entrar a un estado de apertura donde se pueda vivir  de forma trasparente. Cuando una persona vive así, cuando esa persona es creadora, entonces comunica, y al hablar nos obliga a dejar atrás nuestros disfraces –porque también nos revela, nos hace verdad, obligándonos a decir quien somos. Acto de despojamiento del mundo de las ilusiones que equivale también a un acto de desnudamiento; pero de una desnudez que no nos petrifica, sino que por el contrario nos desentume de los hielos, que entibia el pecho sin caldear a la mirada y que por ello convierte todo en creación y en vida –que puede curar con la enfermedad y aliviar con el dolor, que puede también, como el amor, dar lo que no tiene.
   El artista Germán Valles Fernández es de esa estirpe. Porque su contemplación es la de la energía luminosa y clara, es la de la concentración del espíritu, de donde nace la vida. Su tarea así desde el principio ha sido la de restaurar la luz para inflamar el fuego del espíritu y hacer correr el agua de la vitalidad; también la de refrenar el alma inferior y oscura, que desprecia la vida y de donde proviene toda sensualidad que afecta el temperamento, para disolver sus tinieblas y transformarla su humedad en agua clara -tomando para ello como base la tierra de la atención, el sentimiento de respeto a la ley moral y la energía luminosa y clara del alma superior que aprecia la vida.
   Sin embargo su labor tiene que marchar forzosamente a contrapelo, porque en la edad contemporánea nuestra nadie se preocupa por su alma y nadie le interesa su propio misterio (su puesto y lugar en el cosmos). Sed de absoluto, pues, que no se ha de saciar en las fuentes corruptas de los misterios degradados, ni en el sensualismo contingentista,  o en el pasado oscuro de la historia de la humanidad, menos aún en las locuras de los convencionalismos, en la mediocridad espiritual, en la opacidad metafísica o en el agnosticismo perturbado. Hambre de totalidad y de reconciliación, pues, que sólo puede alcanzarse por medio de una visión del mundo sub especie aeterniti, como aquel sentimiento para los obras de arte que establece una norma, un criterio de contemplación a la manera de un principio de validez, por tanto más metafísico que estético. El arte es entonces concebido como una labor que debe conducir al espíritu –subiendo paso a paso por las escaleras del conocimiento trascedente, restableciendo por tanto las normas de la condición humana –las cuales apenas apelan de lejos a la individualidad, concentrando su atención en la luz, en el símbolo, en el canon, en la armonía y en la ley eterna. 
   Esfuerzo sostenido de detenerse, de pararse en sitio, de resistir, deseando simultáneamente la liberación de todos los seres, para hacer volver a la vida a las cosas putrefactas. Parada en sitio, pues, visión, que se extenúa por perseverar en el camino para asegurar la permanencia de la nobleza humana y el desarrollo del espíritu –a pesar de tener que enfrentar el espectáculo de los ojos ciegos, de los hombres que esclavos de sus propias concupiscencias caen y caen cada vez más bajo. Visión que no por ello deja de comunicarnos las cosas elevadas en su esfuerzo por sublimar la mente; que nos hace comprender también la idea de la unidad de la vida -que no somos seres independiente como los átomos separados, que somos uno con el cosmos, pues así como el universo afecta nuestras vidas, las acciones del hombre no resultan indiferentes a la totalidad. Visión, pues, que nos recuerda también la verdad antropológica de que a cada hombre toca volver a recorrer el camino, compensando el equilibrio perdido en cada era con sus acciones, equilibrando con ello su mundo al solidarizarse con los niveles existencia que participan de la vida haciendo que los ojos sean las ventanas del alma –porque aunque pequeño y sin poder el ojo humano no es menos que un espejo donde se reflejan los espacios estrellados.






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