sábado, 5 de octubre de 2013

Fermín Revueltas: el Muralista no Mirado Por Alberto Espinosa Orozco

Fermín Revueltas: el Muralista no Mirado
Por Alberto Espinosa Orozco


“Lo que sirve de alimento y tónico
a una clase de hombres superiores,
es casi inevitablemente un veneno
para una clase diferente e inferior.”
Federico Nietzsche







I
  En los estados de Oaxaca y de Durango hay extrañas correspondencias e intrincados lazos de simpatía interna. Sus ritmos mágicos vibraron alguna vez en la armonía del alba prometida al aportar a la sinfonía mexicana de la pintura mural, esa gran polifonía de la imagen de la zaga de la cultura de México, dos de sus mejores y más claros pinceles. Se habrá adivinado. Me refiero a dos de los brazos, acaso los más visionarios y puros, del frondoso árbol sembrado por los tres gigantes, por los tres colosos de la pintura mural mexicana. En efecto, a la sombra de José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, y paralelamente al desterrado Jean Charlot, florecieron los claros mundos utópico-pictóricos, preñados de luz y cargados de futuro, de Rufino Tamayo y de Fermín Revueltas. Antes siquiera de intentar la exploración de los entretejidos vasos comunicantes en las obras de esos atlantes, caminemos un momento por la galería de Fermín Revueltas, cuya bóveda ha permanecido, misteriosa y secreta, exclusiva y cordial, murmurando sus diáfanas sílabas de agua y aire transparente, construyendo las lentas estalactitas que habrán de tocar algún día a las pacientes estalagmitas, para besarlas como la palabra besaría el pilar de la boca para quien se acuña, fortaleciendo con los años su delicada arquería para, al margen del manoseo del mercado, irrigar el espíritu de los hombres del futuro: nosotros, los hombres del Siglo XXI, sus dilatados herederos.






II
    El admirable pintor durangueño Fermín Revueltas Sánchez murió el 9 de septiembre de 1935, cuando llegaban los años de creación más fecundos. Tenía treinta y tres años de edad -los mismos que tuviera el bate jerezano Ramón López Velarde, muerto en el año de 1921 y nacido en la provincia zacatecana de 1888. Sin embargo, hay litigio respecto del año exacto del natalicio de Fermín Revueltas Sánchez. Mientras que Lozolla Cigarroa asienta en su vademécum durangueño, lo mismo que Carla Zurian en su exhaustiva reconstrucción, el año de 1901, la Casa Colorada de Santiago Papasquiaro retiene en placa de bronce el año de 1903. Otras pistas de su genealogía, así como diversos catálogos y publicaciones, señalan en cambio 1902, el 7 de julio, como la fecha de su nacimiento.
   Mejor habría que decir, sin detenerse en disputas menores, que Fermín Revueltas es el único muralista que nació tres veces. La primera de ellas corresponde al origen familiar –y a las vicisitudes de su vertiginosa orografía personal, digamos al tiempo inmanente y a la perspectiva con que le fue dado vivirlo. Otra vez nació para la pintura, la que sólo se da en el tiempo trascendente, en la historia del drama espiritual del pintor y la cultura, ocupando el artista santiaguero en ese reino un lugar universal de privilegio por sus aportaciones a la gesta educativa de la cultura mexicana. Una tercera vez Fermín Revueltas, el benjamín de los abuelos muralistas, ha de nacer a la mirada del pueblo que lo vio nacer y de la República entera por la que forjó sus hierros: ha de nacer para ser reconocido en el espíritu de su arte, a de nacer de nuevo para que nosotros también aprendamos de su espíritu y nos reconozcamos.
   Porque la obra del pintor con el tiempo ha condensado su ingrávida luz atemperada hasta lograr hacer escuchar su grito transparente, hasta poder materializar sus imágenes de luz evanescente, que son las de nuestros rostros, para que todos las veamos y nos reconozcamos en ellas, puesto que ellas son nuestra luz y nuestro espejo. A una década de la fecha de su nacimiento su obra nos invita así a una relectura de sus composiciones y a una revaloración de su mirada.



III
   El mayor mérito de Fermín Revueltas estriba en haber logrado detectar algo muy dentro que sucede en las profundidades mismas leí pueblo mexicano. Algo que es a la vez inacumulable, como la miel de la verdadera riqueza de la vida, como el auténtico lujo del arte, y a la vez gratuito, como el pan de comunión.  Porque eso lo que fluye por su obra de luz temperada, por su cuerpo hecho a la medida del sol del trópico, impregnado de sal, de resistencia y bañado por el agua del espíritu, por la pertenencia al alma de la tierra, al primordial tiempo de la tierra.
   Porque con sus imágenes Fermín Revueltas reinstaura un sustrato de la historicidad de nuestra cultura bajo la especie de los diversos modos en que se transforma una sustancia única: el paisaje. Es claro, se trata del paisaje geográfico no menos que del humano, visto como lo salvador y firme, como la base de la realidad concreta: la imagen autóctona de la vida modificando al hombre y, conversamente, el tiempo de la tierra potenciado por la acción de la humanidad. Es en esa sustancia temporal hecha de espacio, en ese continum de la historia hecha de imágenes, donde se fragua la cultura como correspondencia bidireccional del hombre con la naturaleza y de la naturaleza con el hombre -y donde se da por momentos la fijeza para pensar la realidad desde adentro. Acaso porque la imagen, contra la idea tradicional, más que fenómeno psíquico, bien pudiera ser una clase sui generis de fenómeno físico, que enraíza penetrando la carne hasta llegar al tuétano -dejando sus huellas en la expresión mímica-, y que orienta los movimientos del hombre al asimilarlos a un espacio imaginario: a una memoria primigenia y mineral, donde simultáneamente se forjan la patria y el recuerdo.
   Así, las transformaciones modales de la visión que impregnan sus cuadros son, pues, el rescate de esa memoria. Se trata de un fantasma que empieza por presentarse como una tibieza pálida, lunar, cuya luz se antoja ingrávida, casi frívola de tan ligera -o, mejor dicho, de luz introvertida. Sin embargo, en esa evanescencia hay también una gravedad cálida, concreta y quemante; una gota de fuego tropical que es también una lucidez (La siembra, 1933). El fuego que hay en sus cuadros no es, sin embargo, un fuego líquido, sino un fuego bañado (Paisaje del trópico, 1927). No es la combustión que corre por las lentas arterias de la tierra para explotar en magma volcánico y petrificar su movimiento; no es el fuego de las emociones que desciende a trompicones y arroyando los obstáculos de su carrera para poder formar (Alfaro Siqueiros). Se trata, más bien, de una furia calma y combustible que es, a la vez, un ácido y una angustia, un elemento de tibieza quemante que es un horror al vacío, y que produce más que una explosión, un espasmo -cuyas raíces son del orden de lo metafísico, de lo que no es engullido por el río amorfo del devenir: del valor trascendente (Paisaje de Sonora, 1935).
   En lo hondo, en las profundidades de lo que queda simultáneamente adentro-hacia-atrás y entrando-hacia-adelante hay en Revueltas un elemento de tibieza quemante. O, mejor dicho, de la índole de la intensa temperatura baja de la compenetración en que se funden los espíritus. Y esa sensación, que no es la del temblor sino la de la profunda superficie trémula, tan pronto es redonda como un pan de comunión regado con agua de sal (Nadadores, 1933), que filosa como una astilla o un aguja húmeda con que perforar muros, desbrozar la densidad del paisaje y cruzar los abismos. Emoción compleja hecha de ternura y de servicio semejante a los vasos comunicantes (Puente de Ocotlán, 1933), pero trazada en un espacio de aventura donde emprender el viaje (Embarcadero de Ocotlán, 1933).
   Los diversos "Méxicos" son vistos, así, como una sedimentación encabalgada y sucesiva de actos humanos que la realidad geográfica transforma y concreta al adherirlos en un movimiento reversible. De tal forma, la imagen plástica se inventa como un platillo regional, trenzándose con el tiempo de la maceración en que se tejen los ritmos elementales de la danza cósmica en su comunión con el espacio. Se trata de esa vida sentimental de la psique que sinestésicamente hace de la escucha un olfato y de las percusiones una repercusión emocional a la que los pies no resisten: un baile. Por saltar a la vista las estridencias del guajolote, del ajonjolí, los chiles, la caña de piloncillo y el chocolate, el ojo estético pre-anuncia el gusto de la constitución íntima del paisaje natural al cocinarlo en la olla de barro, impulsando a seleccionar y sintetizarlo en un todo, a trabar los elementos bajo la mezcla que recrea al órgano de la convivencia (que es la expresión) en un sistema compositivo de situaciones comunes, restituidoras del parentesco. El paisaje se articula entonces como un manjar para los ojos, siendo es en sí mismo la expresión de una ceremonia y de una fiesta en íntima participación con la totalidad.





IV
   En efecto, Fermín Revueltas cocina el paisaje obedeciendo a la naturaleza -pero no para dominarla, sino para poder seguirla en sus hiatos incomprensibles, según el orden más del arte que del artista, para poder contemplarla poéticamente. Así, en su tarea armonía la razón poética vuelve a su mano un hálito que es también una bocanada de luz oxigenante, para poder modelar así los ingredientes ingrávidos, impregnados de las más remotas y arcaicas sutilezas: aire y tiempo, atmósfera y luz -sazonadas con una pizca de fuego y una braza de sal. A ello se debe que su densidad no sea la de las grandes masas, sino la gravedad de los sucesivos velos del tiempo envolviendo al gran cuerpo del paisaje con la conciencia del hombre.
    El viento que ronda y bruñe sus imágenes no es así el que sopla en las vastas regiones de las atmósferas superiores. Quiero decir que no es el viento neutral, de congelada grandeza metafísica y trascendente, el viento mítico y sin tiempo de Velásquez. Tampoco es el tiempo de la ardua lucha por alcanzar una cumbre, cuyo viento lo envuelve todo para posarse en el reflejo que se asoma por la boca del volcán y su estanque congelado, como en el Dr. Atl. Se trata, por lo contrario, de una plasticidad aérea trascendente pero a la vez más cercana a la inmanencia, a lo que toca al hombre en el pequeño y privilegiado espacio vertical y en el horizonte temporal de la condición humana: el aire inhalado y exhalado por ancestros y antepasados, que desciende simpatizando con la dimensión del hombre. Aire que pasea por la hamaca, por la palapa y la choza, mimetizando y armonizando la industria con los frutos, el oro en las palmas del tejaban con la bruñida cabellera (Las barcas, 1927, Pareja en la selva, 1933). Se trata también del aire de los espacios flotantes, que aceptan sustentar al hombre por su técnica, por su comprensión física del plástico elemento resistente, para suspender la mirada del hombre a la mitad del aire y en el medio mismo del espacio (La barranca de Oblatos, 1933).
   ¿No hay acaso también en ese elemento ingrávido, el empuje de una fuerza abrasiva o maniática y vertiginosa; no hay también el peso quemante de la aceleración y la presión del sensualismo paralítico que se deja arrastrar por las aguas que viajan hacia abajo? Quizá si, cuando sus cuadros se empapan contagiándose de óxido y de limo, anegándose de presión histórica (Paisaje de Tehuaníepec, 1932, Paisaje de Pátzcuaro, 1932). Sin embargo, la mayoría de las veces es un viento calmo, a veces delgadísimo, pero siempre salubre y respirable (Paisaje de Pátzcuaro, 1932). Se trata, en efecto, de una atmósfera donde lo que se comunica no es una acústica, pero tampoco un silencio -sino una escucha. Y lo que entonces dejan oír sus cuadros es una querencia: el amor misterioso de la tierra, donde el amor al paisaje vincula al hombre con los próximos y con lo más distante -con la humanidad entera.
   A diferencia de Seurat y Cezanne, para Fermín Revueltas, como para Manet, el fenómeno de la luz no es interpretado como masas corpusculares, sino esencialmente como ondulación -no en un espacio abstracto, sino envolviendo y modelando un espacio relativo a la particularidad del tiempo y de su experiencia viva. Su sentido del color, más que ser el de las texturas, es el de la gravedad  -expresiones de la evidencia sopesables por el sentido interno del tacto. A la vez se trata de algo íntimo y ondulante, como el agua interior del origen o como el aire iluminante en que se expande el espíritu -expresiones a distancia aprehensibles sólo por la vista, el oído y la respiración. Así, la luz se aleja, se difunde o se ensancha o bien se funde lenta y morosamente en aguas que manan de un Nilo primordial para subir por el Jordán. Y todo se confunde en el fondo de una indecidible brisa bebible y transparente, en un venero claro que es a la vez concreto, actual, inverificable, situado en una circunstancia personal, tocado desde la experiencia vívida que lanza alegremente su red interpretativa hacia un relevo de sentido, donde es posible aceptar su promesa de luz sin necesidad de tomarle la palabra en la transitividad de la vivencia.
   Sus expresiones estéticas, en efecto, nos proyectan a un espacio abierto para que las leamos, para convivir con nosotros, en algo que es más que una lectura solamente, la articulación de una situación formativa, de recreación de los más claros contenidos de una cultura –lugar constituyente pero no constituido, pues, parecido al vacío y al abismo, pero en esencia familiar del vuelo, en que se asienta y se modela una atmósfera.
   Los artistas constituyen, intuitivamente, pequeños o grandes sistemas de antropología filosófica; diminuta como la hoja de la fabulosa hormiga o vasta y dilatada como los paisajes de las gestas históricas. La humildad contradictoria de Revultas, tejida en la imbricación de la desmesura, los viajes, los trabajos, los grupos dispersos y la soledad reflexiva, se cifra entera en una mirada que quiso y supo traspasar todas las capas de las asociaciones humanas y sujetos colectivos para dar cuenta del valor absoluto de la singularidad individual al entrar en comunión con un espíritu enraizado en una dimensión, en una atmósfera espacial, geográfica -y así fraternizar, contemporizando con el indecidible tono histórico de un pueblo: con el núcleo más preciado de su tradición. Su melancolía cruzada de dinamismo, encontró el justo medio armonizador al salvarse por la razón de la belleza. No es la nostalgia del ideal inalcanzable e incumplible lo que lo salva, sino la contemplación vívida por el juicio poético, amalgamado de acción y revelación. No es así su obra la de un perpetuo volver, trasmutado luego en misticismo o en narcisismo estéril; sino un estar en el ser y en la memoria: un existir en la esencia -para no volver ya más, sino para siempre estar en el sitio del comienzo: en el llamado del agua del espíritu, en el fuego que lava la llama de la existencia para, por fin, admirar los arquetipos de lo eterno que traspiran simultáneamente más acá y más allá de lo existente.
   Su expresión artística nos proyecta así a un espacio abierto que nos invita de tal forma no a volver, sino a comenzar desde el origen, para ver nacer en cada día el paisaje encantador de nuestra patria, sembrada de luz y es posible la cosecha de alegría.
   Frecuentar la obra de Fermín Revueltas no es así una exhumación, sino un rescate: un ascenso a la tierra de las atmósferas superiores donde anida la memoria, y un descenso a los valles tropicales donde el viento se serena para hacer a la vida respirable. La prueba de la vitalidad de sus obras radica efectivamente en la posibilidad de dialogar, de conversar con ellas. Por la situación de convivencia a que lleva ese diálogo, no sólo se trata de una obra moderna, sino plenamente contemporánea en todos sus matices -incluso en aquel que se interroga por el tiempo de la antigüedad mesoamericana, y por el tiempo vivido, por el lugar de la técnica y de la historia en la sociedad o por el problema del sueño y de la verdad personal, también  por el lugar que ocupa el hombre en la sociedad, en la naturaleza y en su participación con el todo. ©





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