domingo, 8 de septiembre de 2013

V.- Don Héctor Palencia Alonso: la Luz y la Herida (5ª de 9 Partes) Por Alberto Espinosa

V.- Don Héctor Palencia Alonso: la Luz y la Herida 
(5ª de 9 Partes)
V
   La posición política del maestro Héctor Palencia Alonso rendía homenaje a las Escuela Libre de Derecho en la que se tituló con honores, pues no era otra que la del liberalismo en sus concepciones más avanzadas. En su anverso, el maestro asumía el liberalismo por haber entre el liberalismo y su temperamento moral una especie de armonía preestablecida; por su reverso debido a su exaltado patriotismo, por su emoción social, patria, cívica: por sentir y pensar que nuestros pueblos hispanoamericanos sólo regímenes liberales pueden levantarlos a la grandeza futura.
   El medio para establecer en nuestras regiones, aún hoy en día parcialmente colonizadas o sujetas a ideologías de dominio, ha sido históricamente el camino sinuoso de la democracia: es decir, la asociación  política compuesta por voluntades autónomas, libres para decidir su plan de vida, cuyo fin es el que la libertad de cada uno de sus miembros pueda realizarse. Se trata de una asociación, en efecto, de carácter moral, en que se privilegian los dos sentidos de la dignidad fundamental de la persona: a) el principio de igualdad, de acuerdo al cual la sociedad asuma la obligación o responsabilidad moral de asegurar que las acciones de cada uno (todos) se rijan por principios válidos para todos (cada uno), y; b) el principio de distinción, de acuerdo al que la sociedad asuma la responsabilidad de reconocer que dentro de ese esquema el sujeto pueda elegir la vía que lo conduzca a su mayor perfección singular posible. Estos dos principios así han de conciliarse por los grupos, las comunidades culturales y sus instituciones si queremos hablar de una sociedad libre y justa, es decir, de una sociedad moral, pues ambos valores por ser comunes a cada uno de los miembros del grupo social deben ser asumidos por todos. Porque el principio de igualdad garantiza el imperativo de la universalizabilidad –sin el cual no hay propiamente acción moral posible-; mientras que el principio de distinción asegura por su parte el respeto a las diferencias. De no cumplirse el primer principio la sociedad deviene injusta, de no apegarse al segundo la sociedad cae en la barbarie de la exclusión o en la manifiesta intolerancia. Sólo recociendo tanto el anverso cuanto el reverso de la dignidad de la persona puede tratarse a ésta como un fin en si mismo y no sólo como un medio, como un instrumento o utensilio de los otros –factores que son la clave kantiana que garantizan el verdadero comportamiento moral (Fernando Salmerón).
   Puesto en la perspectiva de los valores cívicos, se trata del modelo de asociación social regido por la noción de justicia, el cual reúne las dos exigencias básicas para el desenvolvimiento autónomo de la persona, es también el modelo que garantizaría la realización de los derechos humanos y sus obligaciones. Ellos son, básicamente, siete: 1) el derecho a la vida, es decir, contar con los medios de subsistencia de acuerdo a los niveles de escasez de una sociedad –y la obligación correlativa de contribuir a la subsistencia de los demás de acuerdo a las posibilidades de cada quien: 2) el derecho a la seguridad contra la agresión –cuyo correlato es la obligación de contribuir al mantenimiento de la paz interna y a la defensa común contra la agresión externa: 3) el derecho a la pertenencia, el cual es la condición de posibilidad de una asociación, implicando la no exclusión o la aceptación de todos sus sujetos, aunque la posición acordada sea diferente, siendo este principio la base de la integración a una cultura determinada y el fundamento de la autodeterminación de las distintas comunidades culturales –cuyo correspondiente es la obligación de los miembros de contribuir al bien común de las comunidades culturales a las que se pertenece: 4) el derecho a la libertad de acción, el cual comprende las libertades individuales: de conciencia, de opinión, de asociación, de desplazamiento, de propiedad sobre los bienes de uso, etc. – cuya obligación correspondiente es el respeto por las libertades del otro o su no interferencia, es decir la obligación de la tolerancia: 5) el derecho a la libertad de decidir en el ámbito privado o de la autonomía de la voluntad en la vida personal o el derecho a las libertades privadas. A estos cinco derechos del agente moral, constituyentes de su núcleo mínimo de acción, abría que sumar: 6) el derecho a decidir en el ámbito público, o la capacidad de autodeterminación en la vida colectiva en tanto es la libertad de elección y prosecución de fines comunes en las asociaciones a las que se pertenece –y cuyo reverso es la obligación de reconocer para todo miembro de la sociedad la misma autonomía que una persona quiere para si, reconociéndolos como agentes morales capaces de decidir sobre su vida sin imponerles nuestra voluntad o utilizarlas para nuestros fines o la abolición del autoritarismo reduccionista inmoral, y: 7) el derecho a la libertad de realización, de ofrecer las mismas oportunidades a todos para realizar sus planes de vida: es decir, el derecho social de la justicia de no dañar la oportunidad de otro por el obstáculo interpuesto por hombres mejor situados (Luis Villoro).
   En su acción práctica me tocó ver infinidad de casos en que el Maestro Palencia, asumiendo responsablemente sus obligaciones, puso en juego tales valores –añadiendo algunos otros, de carácter ya no digamos liberal, sino de espíritu piadoso y francamente, escandalosamente diríamos modernamente hoy, caritativo, cristiano. Porque el maestro igual guardaba en el fondo frugal de su menguada faltriquera unos centavos para la práctica expedición regional de un alumno de derecho, que para abonar una guitarra para una ejecutante vocada, que para adquirir uno más de los ensayos del dibujante marginado, que para los cigarrillos del soñador poemático, quienes nos le acercábamos siempre confiados de recibir su ayuda o incluso éramos sorprendidos gratamente por su infalible e inagotable don de generosidad –el cual, hay que añadir, era acompañado de una expresión a la vez de exhaustiva entrega  y de emoción regocijada (en cuya paradójica conformación puede medirse su inalcanzable altura moral y la satisfacción de su empresa, oximoron en que se concilian los opuestos creando el ejemplo sintético, que es inequívoco emblema del levantamiento anímico, que es la dimensión del espíritu).
   Por todos los medios del diálogo y la conversación, de la persuasión y el ejemplo, el maestro Palencia intentó dar cohesión a la comunidad cultural que tan honradamente presidía evitando así la desavenencia entre sus grupos constituyentes. No por ello limitó las diferencias en el campo del espíritu y del gusto, defendiendo siempre la libertad de enseñanza y de comunicación, promoviendo siempre la difusión sin restricciones de conocimientos y resultados, pues la tarea de la cultura es un conjunto natural cuyas partes sirven de apoyo recíproco. Sin embargo, lo que más acendradamente defendió el maestro fue la posición del “liberalismo cultural”, fundamento de la libertad interna o libertad de espíritu, consistente en pensar con independencia a los estereotipos y prejuicios sociales, de la publicidad o la propaganda o de los hábitos embrutecedores reveladores de la decadencia interna de la civilización actual. Se trata del valor de la “tolerancia generalizada”, que sin perder de vista la actitud crítica frente a costumbres y tradiciones inauténticas, se realiza en el esfuerzo de adopción de los usos, hábitos, creencias y perspectivas que más convienen a la felicidad humana.




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