sábado, 21 de septiembre de 2013

José Manuel González: Donde Hubo Fuego Por Alberto Espinosa

José Manuel González: Donde Hubo Fuego




   José Manuel González, nació en la ciudad de Durango, México, en el año de 1953, de padre árabe y madre aborigen mexicana Se asomó al Instituto Juárez, al que propiamente no entró, donde sin embargo estudió anatomía y cirugía, conoció y fue amigo y discípulo del pintor Femando Mijares* de quien es su único discípulo descollante entre la generación de los artistas que están arribando a la madurez. 



     El arte de González empezó por encordarse al través del recuerdo y la interpretación de la música, la guitarra y el canto. Ha desembocado inevitablemente en ese oscuro paraíso en donde sólo cintila el esplendor plateado de la imagen. Para el novel dibujante, el camino del arte ha sido también, un campo nocturno, roído de nihilismo y amenazado de desesperanza, donde, sin embargo, ha sabido tramar redes traslúcidas para atrapar en la reminiscencia del humo y la ceniza, luminosas mariposas de regeneración y de nueva vida Como para el poeta romántico alemán Enrique Heme, como para Rubén Darío, él nicaragüense modernista y audaz cosmopolita, el arte ha sido para Jasé Manuel González, un lúcido experimento, pero también una forma de terapia y de medicina, de consuelo y de alegría Porque acaso el motivo profundo de la creación es la    enfermedad, la hiperestesia,   la desgarradura, la constante insatisfacción ante una visión del mundo escindida, y confusa. Por  pereza  reflexiva y  narcisismo, por hipocresía, ignorante, olvidadiza maquinismo, por la orfandad poética. Por comediante y moralista,  por irracional y gregarista. El arte termina provisionalmente con esos horrores, amargos y acres., al dar la miel de llevar lo inanimado a la vida; pero también  al comunicar   dementes   al   parecer,    muy distantes entre sí. Con el fértil terreno de la unidad de toda la creación, José Manuel ha empezado a convalecer y en el camino ha empezado a sanar.
   Porque González ha intentado, como tantos otros artistas de la Escuela Mexicana a partir de José Clemente Orozco, quizás de José María Velas», desentelar de la oscura y nutriente tierra el humus de nuestras más amañadas figuri­llas folklóricas, tradicionales y circunstanciales mexicanas. Pero también humanas en general, en la distinción de geografía. Su tarea ha sido así la de recuperar Ídolos, imágenes, admirables y dolientes que hay que mirar una y otra vez, para atacar su drama y su hondura, su suprema excelsitud caída, aprendiendo con ella la serena alegría de aceptar la tristeza.
      Practicar esa exhumación, acaso sólo podría realizarlo un hombre que, como González, es en parte el otro; el extranjero, el nómada, el vagabundo solitaria Sin embargo, el árabe, el castizo y el mexicano se funden en la situacionalidad durangueña hasta hacer de la raza un cultivo propia Ya no el mestizo, sino el indio urbano sofisticadísimo –que sin vivir la vida, más bien filosofa y que felizmente se desdice de la filosofía para vivir mejor la vida.
   De su trabajo reflexivo el artista crítico ha extraído una visión meticulosa de la fisonomía humana, encontrando en ella toda su extrañes a y maravilla, también todo lo que tiene de resistencia a quienes, contaminados de progreso, y novedad, han optado por dividir y marginar con el invisible horror del desprecio a los que no encajan en la uniformidad rígida de sus gustos y costumbres, de sus modas y sus abusivos placebos. En el marasmo de escultura, asfixiante por inauténtica, el dibujante ha sabido navegar basta llegar a la invención de una técnica, en donde sus frutos monocromos crean la playa sólida de lo respirable, al modelar sus tristes ídolos ingrávidos con el nerviosismo ordenado de las manos, hasta llegar a sus modelos interiores.
   La técnica tejida por el hacedor, tan auténtica como inexplorada, ha sido deducida rigurosamente de la pobreza y sus materiales exhaustos, centonándoles con el experimento de la mancha y del acaso. Partiendo de una nube sugestiva dada por el “azar objetivo” (Anáré Bretón, Test de Rochard, David Aliara Siqueiros), al arrojar la ceniza de tabaco sobre un papel algodonado, desdeñado de plano el academicismo, va palpando sus figuras interiores para regresar atrás. Dado el sombreado caótico y primigenio, el artista traza las luces promovidas por la masa del pan más tierno de la goma, definiendo los perfiles con el dibujante lápiz. Herramientas que llegan a ser blancas navajas y cinceles de hierra para abrir la claridad y la definición en la noche del cuerpo. Por un lado, el polvo de la dorada semilla aglutinado en cubo para limpiar ambiguas vaguedades; por el otro, los rescoldos de lo que por un momento luminoso y tenue fue humo y brasa, luz y co­lumna de seda, cifra y dispersión, incendio y calma.. En medio, la recuperación de la figura corporal, pero sobre todo la mueca de la mascara, de la fisonomía del físico.
   No se traía, empero, de la recuperación de la figura pura, digamos universalizable. No. Más bien es la figura inspirada, por una situación y el momento de captarla la descripción fiel de la travesía o el trayecto que hay en su búsqueda y en su encuentro. Un poco también la figura misma de la inspiración y la espontánea ganga que hay en el momento de la gracia, que recuerda añeja libertad prometida en la inocencia.
   Sus imágenes tienen alga de figurillas de barro negro cocido por la cultura oaxaqueña, algo también de su brillante sequedad., de la húmeda resonancia de su | plata y de su música. Así, la exploración del claroscuro llevada a cabo entre las sombras carbonosas por el dibujante, conduce al descubrimiento volumétrico de lo que antes fue sólo una huella. Aparecen así las formas indígenas mexicanas, desde el tarahumara, pasando por el tepehuano y el zapoteco, llegando hasta el incaico y mapuche, y más allá aún en su búsqueda de lo original absoluto y del origen. No k vacua originalidad novedosa y su caducable capricho, sino la más ardua búsqueda de la originalidad del gesto que, dictado por las leyes de los muertos y extraviado en la oscuridad de los tiempos, nos hace por siempre pertenecer a la tribu de lo humano.
   Ídolos, formas humanas inteligibles (ideas) que pudieron ser de carne o de barro, pero que prefirieron el humo, el algodón y la ceniza, surgen entones como pequeñas hormigas y fabulosas luciérnagas desde un fondo primigenio marcado por la reducción del despojamiento, en cierto sentido de la pureza Fisonomías estáticas, concentradas y permanentes en las que el mundo pérfido .se desvanece. En efecto, la fijeza que hay en sus formas es la del sitio de la solidez, lugar donde el arquetipo empieza a reposar en la estructura estética del mundo sublunar para curarse del cansancio y la fatiga.
   De tal suerte, su tarea estética, la misión que belleza le encomienda, pareciera  ser la  de revelar el  dolor miserable de la humanidad en purga. Es cierto. Son formas que no son sino las de la desdicha encarnada en el cuerpo del hombre. Pero visualizadas de tal manera, que dejan ver toda su dignidad o grandeza, moviéndonos a conmiseración; a la inflamación cordial que llama a la piedad ante la desventura.
   ¿Sentimiento acaso religioso? Pudiera ser. Emo­ción cuya hermana gemela es la caridad activa de la buena voluntad. Visión que hace del artista que es González, ser también el otro, el lego de convento. Persona que pasa por insignificante, pero que lejos de enredarse en el muñeco de las pasiones espejeantes del placer efímero, es más bien el anacoreta único, el solitario que sube a las cimas frías y soleadas del vidente.
   No queda entonces sino meditar en sus imágenes; en el niño tristísimo de grandes ojos de esperanzada madreperla; en la india paupérrima e hinchada de anemia, inca desposeída quizás hasta de memoria con su niño oprimido al vientre como un bebé de subdesarrollo cierto. Pensar en el rostro inmaculado del egipcio, azorado de brillantez ante los mil colores fríos de la luz del rey de los diamantes; tesoro ajeno escarbado de la tierra, a la vez hiriente y miserable. En el hombre afilado con sombrero; en el señor enmohecido y desolado. Pero también en el monje .en o en el budista, de extraordinaria melancolía y de sosiego. O en el querubín negro, donde compensatoriamente la imagen del bebé asesinado, asado y muerto, se revierte en el genio que atrasara a los criminales a la región de Dite, como nos canta Dante. O el Blusita, inolvidablemente abandonado, que sueña bailando con sus dedos mejor en su silla vieja de hamaca, trenzando la ondulación del aire en las seis cuerdas de la pequeña mandolina, de su instrumento humilde, hecho de color y de fiesta, de tierra y tambor.





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