miércoles, 11 de septiembre de 2013

IX.- Don Héctor Palencia Alonso: la Luz y la Herida (9º de 9 y último) Por Alberto Espinosa

IX.-  Don Héctor Palencia Alonso: la Luz y la Herida
(9º de 9 y último)
   El hombre es el animal que ríe... y que llora. El hombre, en efecto, es el animal que ríe. El hombre ríe cuando se da una situación en la que un valor se pone en riesgo pero es inmediatamente recuperado –ríe ante el hombre que tropieza y se levanta, ante del dislate del sabio que recobra la cordura, ante la torpeza momentánea del bailarín que recupera el compás. Es también el animal que llora cuando un valor puesto en peligro cae definitivamente y es totalmente anonadado. Su emblema es la guerra o la muerte, que asola pueblos y naciones, que aniquila la presencia humana. La ausencia de Héctor Palencia duele ahora como algo que nos hubieran arrancado. Pues en el recuerdo su presencia se proyecta como una constelación de valores -aunque sean las actitudes sustantivas básicas del humanismo despreciadas por nuestro mundo, por la era histórica que nos tocó vivir. Porque el ameno conversador y sabio iniciador, fortificador de vocaciones, hombre siempre sencillo pero nunca simple, combatió la estulticia no menos que a las furias serpentinas con las armas del humor y del afecto, del consejo y la concordia.
   Se ha apagado la tea que iluminaron los días, ¡y con que brillo!, del gran animador de la Cultura Durangueña. La tristeza por tan incalculable merma hace estremecer ahora las fibras más hondas e íntimas de toda una comunidad de mexicanos amigos, en cuyo seno se encuentran y hay que contar a las personalidades más conspicuas del mundo de la música, de las letras, del arte, de la filosofía y de la religión. Tan inconcebible evento, empero, va acompañado inexplicablemente de una serena resignación: porque al hombre que exploró la escalada a los altísimos huertos, que de manera tan atingente cultivo los más dorados frutos de la voluntad y la creatividad humana, no le serán dadas las tinieblas reservadas al impulso inmanentista, sino que con certeza le espera la revelación última de los arquetipos y esplendores reservados para él en su trascendencia a este mundo sublunar, especialmente las imágenes del escurridizo pez sediento del pescador de almas, y  la serpiente y prudente y sabia que todo lo origina.
   El Durango de ayer no volverá a ser el Durango de ahora. Porque la semilla esparcida generosamente por el maestro Héctor Palencia Alonso dará a su tiempo sus mejores flores y sus más sazonados frutos. Porque los maestros llegan a ser también lo que les hacen ser los discípulos, a los que ahora toca corresponder a generosidad con gratitud. Porque a pesar de que nuestros ojos de carne no volverán a ver en la tierra la figura del singular maestro, del padre dulcísimo, del genio lírico y metafísico consumado, porque no obstante ha concluido su peregrinaje entre nosotros, porque aunque su magisterio no volverá a reconfortar los mortales oídos tanto del sabio como las del necio, quedará su imborrable lección de vida, de vivir con secreto como prescribe el arte de la vida. En virtud del recuerdo y de la palabra escrita no dejará de fluir, a pesar de la ausencia carnal, su incomparable fuente de virtud ni su incorruptible timbre cantarino. Lloren entonces durangueños ilustres, mexicanos todos, si son hombres. Lloremos, porque se ha apagado el faro marino en la tierra adentro de su solar nativo.





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