viernes, 6 de septiembre de 2013

IV.- Don Héctor Palencia Alonso: la Luz y la Herida (4ª de 9 Partes) Por Alberto Espinosa

IV.- Don Héctor Palencia Alonso: la Luz y la Herida
 (4ª de 9 Partes)

IV
   Todos los que conocimos al maestro Palencia Alonso hemos quedado marcados por su personalidad, por su ejemplo generoso o por sus sabios escritos singulares. Porque en el maestro durangueño se daba, como en una evidencia deslumbrante, la presencia del sentido común, de la alta cultura y del buen gusto, acompasado por un armónico sentido del arte y de la vida. Podría decirse que toda su enseñanza se funda en esa evidencia. Ahora que los días y fatigas de Héctor Palencia se han apagado para remontarse con su luz siempre optimista y certera a otras esferas, se perfila la trayectoria de su vida como la de un alto surtidor de sentido, como un faro inalcanzable: como un horizonte orientador.
   No buscó poder ni metal, empero en su vida fue una procesión de méritos semejante a una marcha triunfal. Porque el Maestro Palencia siempre tubo para los otros la palabra edificante en los belfos y en la pluma el comentario generoso del reconocimiento donde se distingue la acción meritoria y que alienta al espíritu. Como promotor de la cultura, su labor que se extendió durante varias décadas de esfuerzos ininterrumpidos, a juzgar por sus resultados, debe haber promovido millares de eventos culturales, intervenido de viva voz en innumerables presentaciones, de haber promovido millares de eventos culturales, la edición de centenares de libros y cientos de exposiciones –además de haber labrado miríadas de líneas tejidas con sencillas expresiones de mercurio o de argento en las que siempre ponderó y estimuló el trabajo de sus coterráneos, reconociendo siempre, sin ningún dejo de insidia, el talento ajeno.
   Los frutos con que el alto surtidor de verdura que fue su fecunda vida se coronó  fueron sin duda las difíciles virtudes de la prudencia y la paciencia, de la concordia y la orientación, no menos que la más entrañable acaso de todas: la fraternidad. Porque el dulcísimo y comprensivo padre, no obstante su excepcionalidad moral e intelectual, aparecía ante la mirada de la comunidad cultural siempre en actitud de servicio, en cuya humildad y sencillez podía uno descansar como se hace con el mejor de los hermanos. Nadie ignora que a tal universo axiológico puede reducirse a en una expresión cardinal, cuyo nombre es el de humanismo.



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