jueves, 5 de septiembre de 2013

III.- Don Héctor Palencia Alonso: la Luz y la Herida (3ª de 9 Partes) Por Alberto Espinosa

III.- Don Héctor Palencia Alonso: la Luz y la Herida
(3ª de 9 Partes)
III
   Don Héctor Palencia Alonso era consciente de que ser una personalidad absolutamente fuera de lo corriente, lo cual a veces intentaba demostrar elevándose a alturas insospechadas o viajando a las profundidades más hondas del tiempo y de la memoria, formando así, y muchas veces también, apabullando a su público – mostrando simultáneamente con ello no sólo la buena opinión que de sí mismo tenía y la grandeza de su persona, su amor propio digamos, sino también porque sabía que tal actitud era la única fuente capaz ante la razón de concebirse inmortal, de concebir por tanto el infinito o a Dios, dando con ello una inmejorable lección tanto moral como metafísica.
   Empero para la moral al uso, el amor propio, el aprecio por la dignidad de la persona, frecuentemente es mal interpretado por estar reñido con una supuesta humildad. Es mentira. Imposible amar a los otros si antes no se ama uno mismo en lo que tiene de verdaderamente valioso. Por lo contrario, quien se odia o se reprueba a sí mismo, fácilmente proyectará ese desprecio, esa falta de valor personal, sobre el prójimo, en el cercano, el coetáneo o coterráneo –justificándose frívolamente acaso ya en un supuesto amor platónico o admiración esteticista por el lejano y disetaneo o en un envilecedor sentido del sufrimiento personal (nihilismo activo). Pero lo que resulta realmente grave y de la máxima importancia es que sólo quien se ama suficientemente a sí mismo anhela la vida en su total intemporalidad, en su eternidad. El amor propio fundado en razones y valores permite al hombre, en efecto, concebir la inmortalidad del alma -como un reflejo feliz del deseo perpetuo de perseverar en el ser. No es otra la facultad de la razón potente para concebir lo infinito. Y es justamente la concepción no sólo del alma infinita, sino del ser infinito carente de accidentalidad, contingencia, azar y falibilidad, ajeno a la decrepitud y a la disolución o corrupción, lo que permite empezar a concebir con plenitud al ser infinito de infinitos atributos o a Dios –tocando con ello el ápice último de la razón humana. 
   De acuerdo al principio intelectualista según el cual hay una armonía preestablecida entre nuestra manera de pensar y nuestro comportamiento en la vida, podemos rastrear en el pensamiento del Maestro Héctor Palencia la razón que propulsó su benéfica acción en la tierra. Porque la humanidad se revelaba en Don Héctor Palencia en lo que había en él de hombre valiente y divertido, capaz de arrobarse como un niño ante el juguete artesanal o el obsequio simbólico y de enorgullece como un caballero medieval o un lírico franciscano por lo vetusto de una sencilla prenda de vestir que había resistido no menos de cuatro o cinco lustros. También en su ser afectuoso y siempre protector, cuya humilde misión fue la de entusiasmar a sus oyentes para que ellos a su vez expresaran y dieran forma a su verdad interior. Con ello el Maestro Palencia Alonso mostraba una actitud de acercamiento y afecto hacia su próximo cuyo valor de amor al hombre ha sido consagrada con el nombre de fraternidad –ese atractivo de aceptación entre los hombres que sirve como el mejor aglutinante del mundo social. El socialismo de su amistad se fundaba, en efecto, en el valor de la fraternidad, sitio del espíritu donde los hombres se identifican por su pertenecía a una misma patria espiritual, por su participación en una misma constelación de valores.





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