miércoles, 4 de septiembre de 2013

II.- Don Héctor Palencia Alonso: la Luz y la Herida Por Alberto Espinosa

II.- Don Héctor Palencia Alonso: la Luz y la Herida
(2ª de 9 Partes)

II
   Erasmo de Rótterdam escribió alguna vez en letras áureas que no hay nobleza sin virtud. Es verdad. Las virtudes que adornaban la augusta personalidad del Maestro Palencia se estructuraban como una constelación de valores, como una pléyade de estrellas imantadas alrededor de una actitud fundamental ante la vida cuyo carácter, nadie lo ignora, llevaba el sello del cristianismo: de la humildad, la caridad y la esperanza. En efecto, Don Héctor Palencia Alonso se aferró a su solar nativo para mejor servir a la comunidad original a la que pertenecía y cuya identidad no se cansó nunca de exaltar -salvándola frecuentemente de las insidias circunstanciales del olvido o de los peligros acechantes de la ceniza o de la indolencia del polvo.
   Nada más ajeno a su espíritu que la voluntad impositiva perseguida por el poder o el adoctrinamiento. Por lo contrario, Héctor Palencia cultivó pacientemente las viejas virtudes del liberalismo a las que le es aneja la mera voluntad expositiva de los valores. Nunca el imperativo de la imposición con su duro tridente autoritario, sino el valor de la propuesta, de lo que se sugiere al espectador para que le tome el relevo real en el tiempo. Tal actitud, es cierto, se estructura como una ética artística –quiero decir, como una ética de la seducción, como una poética. A diferencia de lo que podría pensarse tal actitud conlleva una carga mucho más grave de deberes morales de los que se suelen pensar, entre los que hay que destacar sobre todos el respeto absoluto por el libre albedrío, por la libre determinación de la persona. Porque la filosofía de la vida cultivada por el maestro fue siempre la del personismo, la cual antes de perderse en abstracciones sin cuento y categorías supraindividuales donde se escenifica el soberbio espectáculo de la razón como desprecio del individuo (hegelianismo-idealismo), opta mejor por el menos común de todos los sentidos, por el sentido común, que parte de la persona, de lo dado irreductible, para desarrollar en ella sus predisposiciones o aptitudes de carácter o para articular alegres situaciones de convivencia formativa.
   Algunas veces, para el observador inexperto, podía dar la impresión de debilidad de carácter. No es verdad. Por lo contrario, su obediencia y sumisión a la jerarquía instituida, su liberalismo y tolerancia ante las manifestaciones, muchas veces exasperantes, de la libertad ajena (algunas veces anárquicas o francamente descendentes) revelaban una enorme fuerza interior y de carácter, hacha de voluntad interior y de determinación implacable y sorprendente, especialmente cuando algún principio de la equidad, la libertad o la justicia se encontraban en juego. Ajeno tanto a los atavismos del inconsciente colectivo como a las convenciones sociales de doble fondo o a la inanidad de los tabúes, su compañía fue siempre un surtidor de inquietudes o de revelaciones, de atisbos o de confirmaciones, de profunda comprensión y frecuentemente de verdadera dicha.
   Quiero decir con ello que el querido maestro fue un singular y ejemplar educador de su comunidad y de aquellos que tuvieron la fortuna de coincidir con él o en algún momento de sus vidas lo rodearon. Porque en Héctor Palencia se daba de manera natural como en nadie el gusto por generar, por sembrar inquietudes cordiales e intelectuales en sus escuchas, por cultivar las vocaciones con la firme suavidad del verdadero iniciador y la precisa óptica del discriminador de talentos. La humanidad del padre, por no hablar de la santidad del maestro, radicaba efectivamente en esa generosidad, que es gusto por engendrar y formar a los hijos espirituales. Su pasión y entusiasmo por el reino de la filosofía, el arte y la religión, por el área grande de la cultura en tanto territorio de lo extraordinario y trascendente del quehacer humano, lo llevó a cultivar también las plantas amables del humor y de la ironía, atendiendo con ello no a posiciones intelectuales sino vitales –repelentes para las almas agostadas de los apáticos y hastiados de la vida, de los abúlicos y desidiosos o de los estetas aprácticos (frecuentemente refugiados en las insidiosas pociones intelectuales del dogmatismo autoritario o del escepticismo disolvente).
    Todo hombre lleva en potencia un maestro que es la exclusiva del hombre en donde se magnifica y realiza plenamente lo que en todo hombre hay de espíritu generador o de padre. En Don Héctor Palencia esa potencia se actualizó circunstancialmente hasta los extremos de la esencia plenamente acabada. Ello acaso se debió a que el maestro durangueño se asomó a los hontanares de la historia y de la cultura donde se genera lo distintivo del hombre, sacando de esa experiencia regulativa un patrón o medida de lo humano con que medir y formar, guiar y aquilatar la vida de sus congéneres y la suya propia. Su magisterio, nadie lo ignora, estuvo fundado en los robustos pilares del espíritu de libertad y el espíritu de caridad. El entusiasmo de esa vocación hecha de servicio y libertad hallaba en su pasión por lo acendradamente humano la forma de expresión más contagiosa y formativa, más positiva y fecunda que quepa imaginar. Porque la vida es promesa de su propio cumplimiento y anuncio de lo que en lenta y tortuosa germinación bajo la forma de una pléyade de artistas y humanistas, que asombran tanto por su granel como por lo granado de sus subidos méritos  debiendo todos ellos una parte de sí al Maestro Palencia, cuyo trabajo en pro de la cultura supo estimular la misión de cada artista y letrado, no menos ennobleciendo al lugareño que arrebatando de admiración al peregrino. 






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