jueves, 8 de agosto de 2013

Paty Aguirre (Fragmentarium) IX.- Oscurantismo y Tenebrismo; las Místicas Inferiores Por Alberto Espinosa

(Fragmentarium) 
IX.- Oscurantismo y Tenebrismo; las Místicas Inferiores



   Para poner en foco y armonizar las imágenes brillantes del retablo, la artista pone algunas notas negras en su pentagrama colorístico, las cuales dan realce al conjunto al crear una especie de telón fondo donde descansa el conjunto entero la serie. Descanso no menos angustiante, sin embargo, por tratarse de un descenso axiológico hacia las zonas del derrumbamiento y de la caída en la decadencia explícita de la cultura, que si bien introducen las notas de la elegancia, el poder y lo misterioso, van con ellas acompasadas las del miedo, el dolor y la pena. Imágenes de la soledad, del aislamiento, del constreñimiento y de la vida interior que, sin  embargo, evocan la presencia de las fuerzas inferiores desatadas, mudas ante lo infinito, encargadas de impedir el crecimiento y el cambio.
   Presidiendo este apartado se encuentra el complejo símbolo del perro,  apareciendo en un par de ocasiones en el intrincado laberinto, ya bajo la forma del dobermann con bozal, ya en la efigie del chato y arrugado perillo chihuahueño, subrayando de tal manera la dualidad simbólica de su figura –como de todos los símbolos en general. Porque el perro es, por un lado, emblema de la nobleza, de la amistad y de la fidelidad, un mensajero intercesor que destruye a los enemigos de la luz cuyos poderes adivinatorios se derivan de sus ligas con lo invisible, siendo guía en la noche de las regiones bajas, donde imperan las tinieblas o  el infierno, conduciendo a los hombres a través de la noche y de la muerte.  Sin embargo, por otro lado, es símbolo de avidez desenfrenada y de la erecta cólera sexual, como también de los celos, de la vileza y del apego a las cosas efímeras del mundo, emparentándose por tal costado con los animales maléficos, como el lobo, o satánicos, como el chacal, siendo por ello portador de las enfermedades. El perro negro adopta entonces los atributos de la vileza, de la glotonería, de lo impuro y lo despreciable, siendo imagen de la traición y responsable en este sentido de la caída del hombre, al permitir al demonio profanar las imágenes de Dios, y por ello emblema del caos: es entonces el enorme perro negro que tiene nervios, pero no vive, ojos pero no ve, orejas pero no escucha -ominosa presencia que en la clave onírica se refiere a la presencia de enemigos encubiertos.
   Paisaje gris, nublado, cada vez más oscurecido, el cual nos habla del aumento constante de la entropía en los sistemas filosóficos y espirituales de nuestra era o mundo, detonada por la neutralización de la cristiandad y por el aumento geométrico de lo convencional numérico, pues mientras todos los hombres se dicen ser cristianos se incuba las entrañas de la comunidad el fariseísmo sordo, en cuyo fono lo que reina en realidad es un soterrado paganismo. Proceso de secularización del siglo, pues, que bajo el manto de la modernidad y sus hazañas técnicas cientificistas ha superpuesto al estrato espiritual de lo religioso del hombre medieval la pesada capa tectónica el del hombre de la técnica, del homo faber dominado por las neurosis de la voluntad de dominio, desgastado ya por sus movimientos obsesivos y mecánicos. Todo lo cual ha ido acuñando una imperfección humana más, condicionándola socialmente: la del vertiginoso movimiento dialéctico de aparejarse a aquello que anhela por medio de su contrario: así, el disoluto desarrolla un agudísimo sentido moral al cual degrada; el voluptuoso comprende lo más idílico sin poder participar realmente en ello;  y el escéptico desarrolla su sentido religioso solo para inmediatamente crear una metafísica inferior; para, finalmente, convertirse las tendencias compulsivas del hombre moderno hacia la mecanización y la automatización de las tareas no en una forma de la creación y la inventiva, sino de la compulsión desarticulada.



   Por esas vías vamos entonces penetrando a las galerías subterráneas del horror, al mundo donde magos viscosos, obtusos, posesos, alienígenas y fanáticos reclaman, para recuperar su bizarro equilibrio interno, experiencias cada vez más fuertes, densas y perturbadoras. Ámbito de lo irrealidad y de la esclavitud del mal, donde asistimos a la presentación de las hirientes fantasías empeñadas en falsificar la realidad, ya al amordazarla o humillarla, ya al mutilarla u ocultar su verdadero signo. Exhibición de la tragedia de la condición humana, que consiste no tanto en no tener, o tener, aquello que se desea, sino en el descenso a las formas inferiores de la mística. 
   Místicas inferiores, en efecto, que ponen en juego el miedo y la fascinación que lo oculto y lo desconocido ejercen sobre el alma humana. Jugueteo con el “misterio terríbilis”, presente en las manifestaciones de fuerza y poder en la naturaleza y en el hombre (kratofanías), en las que se mescla el éxtasis con la humillación de la condición humana y que son una fuente inagotable de supersticiones. Uno de los grandes esfuerzos del arte contemporáneo has sido el describir las realidades demetéricas y dionisiacas, para examinar su ritmo y los niveles de confusión en el alma humana. Penetrar en las profundidades de la inconsciencia, descifrar las místicas de las tinieblas con sus extremos de posesión y humillación, investigar los nocturnos abismos subterráneos del ser humano, para encontrar los ritmos y las normas del caos y de la neurosis. 
   Se trata entonces del retrato de la gente equivocada, de los mediocres y de los miserables, que soterrada o abiertamente y movidos por el error practican la magia negra, luchando contra las normas y contra lo concreto para irrealizar así la realidad –a precio de volverla cada vez más artificial y fantasmagórica. Asamblea de los horrores, pues, de los hombres succionados y empujados por el oscuro instinto cuya dirección es perderse, por la vía de degradarse y diluirse finalmente. Porque cuando ya no puede más o cuando ya no cree se detona en el ser humano el oscuro instinto a disiparse en la fuga, a huir fuera de si en la orgía, en los rituales o en el frenesí de los sentidos y de las imágenes: sed de olvidarse de todo, de perderse en un absoluto de esencia tóxica. Cuando se pierde a Dios, cuando ya no se puede vivir conforme con las normas del espíritu, entonces el hombre se pierde en el alcohol, en el opio, en la cocaína o en la histeria colectiva. Se trata de un instinto humano poderoso, que empuja a hombre a entregarse, a extraviarse, buscando su salvación en el gregarismo larvario o en la degradación de y extinción de la propia personalidad –pues su fin es el de anularse el sujeto como ente separado y afligido, sacrificándose así y en vano al entregarse de lleno al sin sentido, al olvido, o al abandonarse a una pasión esterilizante, no controlada ni creativa.
   La composición de la artista Patricia Aguirre retrata así los rostros y las indumentarias de los seres marcados por los actos demoniacos de la dislocación de las fronteras, de la disolución de las formas, de la autoanulación, de la humillación y de la descomposición social, todas ellas técnicas de lo irreal que usan a la vez para atacar con violencia al mundo de las normas y las leyes. Desfile de las existencias luciferinas, pues, que se oponen a Dios no en sí, sino indirectamente, al imitar vulgarmente su obra, para destejer con ello el minucioso tejido de la creación, siendo sin embargo sus estigmas la imitación y la fachada, mientras marchan a las aguas estancadas y en descomposición, yéndose a fondo, a pique, a morir.  Mediocridad espiritual y opacidad metafísica sobre cuyo fondo surgen las formas idiotizantes del desprecio a la vida y al prójimo, que en venganza y abierta rebeldía degradan al misterio por medio de metafísicas inferiores, de la pseudotranza o de la confesa vulgaridad profunda –reduciendo al hombre finalmente a un escenario donde a media luz se proyecta el carrusel de sus fantasmas.



  Confesión desviada y secrecía mal entendida ligada al poder oscuro también, porque si el pecado es una cosa grave, de no confiesa se convierte en algo terrible, debido a que entones las fuerzas mágicas negativas aumentan, por el poder del secreto, llegando incluso a amenazar a la comunidad entera, incluso llegando a desestabilizar a las fuerzas y ritmos de la naturaleza en inundaciones o sequías. Es por ello que, cuando una comunidad de estructura tradicional es amenazada por la derrota o por la sequía, sus miembros se reúnen apresurándose a contarse sus pecados. En las sociedades agrarias las mujeres descubren entre ellas sus faltas también cuando es puesto en riesgo el esfuerzo de los hombres. Esfuerzo del cristianismo primitivo fue  también la abolición de los secretos particulares, para que así los hombres fueran trasparentes, única base firme para establecerse como iglesia ecuménica y hermandad universal.
   Sin embargo, la mentalidad de las sociedades modernas invierte tal esquema, al estar fundadas en la opacidad de la libertad contractual individual, que resulta no más que un permiso de libre circulación, una libertad exterior y automática, que no compromete al sujeto ni moral ni socialmente: libertad de los derechos que siendo otorgados por otro no comprometen la propia vida. Libertad absoluta y contradictoria que es la mayor matriz que hay engendrado civilización alguna de hombres fracasados, no creativos, ni fértiles, ni responsables, irresponsables ante sus propias vidas. Liberad contractual, superficial, consistente en exclusiva en la posibilidad de cumplir con actos que no pueden ser sancionados –lo que bien visto, no puede significar ser libre al terminar por reducir al individuo a un mero átomo, autónomo, es cierto, pero desgarrado en su conciencia al estar ontológicamente  separado y desligado esencialmente de la comunidad. Así, cada uno de los eventos personales, las aventuras y desventuras del sujeto y sus pecados, es cuidadosamente ocultado, silenciado, estableciéndose como virtudes efímeras la discreción y la reserva.
   Porque si en las sociedades tradicionales el secreto propiamente se refiere sólo a las realidades trascendentes (secreto es dogmático, pues se refiere a las realidades sagradas cuyos misterios sólo unos cuantos iniciados son capaces de comprender), en la sociedad moderna el secreto es tan individual como profano, en cierto sentido intocable, precipitándose por ello con frecuencia en as zonas amorfas del morbo, del fetichismo o de la idolatría, al atribuir a lo profano un valor simbólico que propiamente pertenece sólo a lo sagrado –forma de sacrilegio paralélela al tratar de manera profana las realidades sagradas (heterodoxias modernas y herejías consistentes en la profanación de lo santo, pues, al poner todo dogma y todo misterio expuesto a la vista pública y donde el propio cuerpo deja de ser templo de Dios).
   Para el hombre moderno, en efecto, los secretos personales resultan a la vez particulares, sus episodios y sus pecados, que pertenecen a la vida profana del individuo, no son hechos públicos mediante la confesión, quedando confinados en celoso secreto, al precio de dejar al individuo solo debatido en la incomprensión social e individual más absoluta. En una de sus perores derivaciones, la continua pérdida de espíritu y de conciencia que ello significa, lleva a la conformidad de las convenciones sociales del statu quo, o a la mera ambición de perseguir objetos –llegando el sujeto, al agotar la energía positiva, a vivir en los sótanos del mundo inferior, animado sólo por la emoción pura de la caída que se desbarranca por los bajos caminos, donde gobierna en realidad la opacidad y la negatividad pura. Espíritus distraídos por una presencias que se apega (nostalgia, melancolía), que son llevados de aquí para allá en una búsqueda incontinente de signos mágicos o abstractos, o que son roídos por la negligencia cuando el alma inferior y biológica a asumido todo el control, no pudiendo sino vivir así en los niveles más profanos de la existencia, carentes de valor metafísico, siendo paulatinamente engullidos por la nada del devenir universal.
   Filosofías negativas que, en sus variadas deformaciones psicológicas, sólo alcanzan a ver la bienaventuranza a través del cristal de aumento del pecado –sumando con ello a su pecado un pecado más: el de la envidia infinita de la murmuración. Los sociópatas, que expresan sus instintos reprimidos como una imperiosa necesidad de satisfacer sus propias necesidades, convirtiéndose en proyecciones de una imagen, que es “la sombra” de la inconsciencia, ven así lo secreto, más no como aquello que resulta innombrable debido a la altura  insondable de su infinitud, sino como aquello que tiene un nombre prohibido. Luz negra, que es más luz que la luz del mediodía por revelar la parte escondida, la sombra del alma que conduce al antro de fieras inmundo  en que consiste el inconsciente.
   Metamorfosis humana, precipitada por el imperio de la novedad a solidarse con los movimientos y los eventos históricos, los cuales se consuman como algo amorfo, irracional o debido al azar, que ha llegado a la confusión generalizada acerca de la idea que nos hacemos de la naturaleza auténtica del hombre mismo y del tipo humano que damos por aceptable, quedado el ser humano, como antes de su intrépida aventura histórica, funesto y sin esperanza. Hombres con el corazón gangrenado y la mente entenebrecida que al perder los principios metafísicos han adoptado mansamente y en manada los sistemas de consolación que apelan al misterio como clave para explicar la realidad en su totalidad, reduciéndose a formulas inexpugnables adoptadas por cualquiera, sea ésta la raza, la pseudotranza, el Lingam, la cabra de Amaltea, la Diosa Madre, el culto a la serpiente, la lucha de clases o la Atlántida. 



   Ante tal espectáculo no queda más que, renunciando en cierto modo al mundo, hacerse un criterio de contemplación seguro, quedándose exclusivamente con las significaciones morales y los símbolos vivos de nuestro tiempo, en que la metafísica y la mística ascendente han sido atacadas, han triunfado el espiritismo y la mistagogía, el mesmerismo y la francmasonería. Apenas empezamos a salir de tales supersticiones, productos indirectos del positivismo y los sistemas de comunicación masiva, al atender a la autonomía y eficacia espiritual del símbolo (Mircea Eliade, Karl Gustav Jung, Jean Chevalier, Tomás Segovia), descubriendo en la sed de dogmas, de signos y de alegorías lo que el simbolismo y la metafísica tienen, no sólo de sentido tradicional,  sino incluso de profundidad racional.
     Cierra este ciclo la imagen del sacerdote, el cual se presenta enfundando en una cofia negra que es una especie de cripta, dejando asomar en su barbilla hendida al ideal propio de la belleza clásica, que es el de la mera proporción de las partes, el de la armonía apariencia física de la exterioridad  -ignorante por tanto de la verdadera belleza romántica, que es toda ella belleza de interioridad espiritual infinita (Cristo). Hombre enlutado, desindividualizado por la convención social de un burocratismo ritualista, aparece el prelado entones como un mero maniquí sin rostro, encerrado en la tumba del cuerpo, amortajado en su sotana, y en cuya fe sin vida se presienten las notas dominantes del existencialismo ateo: el ser sólo de hecho y sin razón de ser. Reverberan empero también en la imagen las asociaciones monacales imantadas por la historia: el moho de las abadías tenebrosas, el sadismo de sus normas, la maldad de los frailes abusando de vírgenes inocentes, las sombras de las catedrales, los escenarios de horror y de torpeza que a través de los siglos emiten signos y siguen resonando con ecos lúgubres  las notas patéticas de una época oscura ligada férreamente a las monarquías.
   La tradición metafísica misma se ve entonces opacada y nimbada de grisura, para ser luego almidonada por la parálisis de su propia esterilidad –para luego ser manchada por las excrecencias de la terca desobediencia, de la andrajosa mentira, de la superstición fantasmal o de la espejeante hipocresía. Su resultado no puede sino conducir a la chusca bancarrota del pecador vulgar, cuya patética manifestación se pronuncia en arengas de púlpito sin pasión, sin alegría y sin vida, absorbidas por completo por un burocratismo de salón, sin participación ninguna con lo numinoso en lo que tiene de fascinante misterio. Decadencia de la vida religiosa y sacerdotal, pues, cuya institución reniega incluso del Dios lejano, sustituyendo la plenitud del ser y de su presencia por un hueco mordaz en la conciencia.  Porque reducir el cristianismo hasta hacerlo susceptible de ser adoptado en masa y por cualquiera, al convertir indulgentemente sus normas de vida y sus misterios en un fácil convencionalismo, no puede tener como resultado sino la vaciedad de la vida interior –roída en el fondo por una secreta desesperación por lo infinito o ante la idea de lo eterno.
   Los pastores, en parte responsables de extraviar al rebaño al anclarlos a la cómoda acidia muelle del confort o en la mecánica inconsciente y repetitiva de traer de aquí para allá el “Jesús en la boca”, presiden así a la cristiandad contemporánea, que en bloque deja propiamente y estrictamente de serlo. Maniquís de papel de roca que tiemblan con temor por dentro, erizados de espanto por aquello en lo que en realidad se ha convertido: paganos que no marchan en la dirección del espíritu, reducidos al menos a un mínimo común denominador, consagrando con ello una de las tendencias más opacas de la sociedad humana, consistente en suplantar al individuo y a la verdad subjetiva por una cifra numérica y una convención arbitraria. Sin embargo, más allá del confort contemporáneo, en realidad sólo hay una forma de ser cristiano: esa forma es difícil –porque el camino que lleva la vida es angosto y son pocos los que lo encuentran. Tradición, pues, que por la vía institucionalizada muestra, junto con sus ensombrecidos lastres característicos, la imposibilidad de renovarse, de hacer latir los signos de la herencia cultural, como de lograr hacer nacer al hombre nuevo. Porque cuando la cultura deja de estar viva en el decaer de la interioridad espiritual, paulatinamente endurece sus formas hasta convertirse en rígido dermatoesqueleto y en sombrío ritualismo. Dermatoesqueleto de la religión, muerta, sin vida, cuya influencia social ha quedado segmentada en sectas, reducidas a su vez a la fidelidad convencional entre sus miembros. Tal declinación espiritual afecta directamente a la Iglesia, la cual se petrifica en la liturgia del dogma religioso o en el almidonado traje de la ruindad y sus rutinas.  Falsos pastores, que al ir desorientados dejaron que el rebaño se dispersara, dejando que cada oveja tome su propio camino y perdiéndose todas.
   Es el pecado, esa corrupción y herrumbre de la voluntad, que tiene su punto más álgido en la obstinación de no querer arrepentirse: nuevo pecado que rechaza todo lo procede de la fe a la vez que incorpora el vértigo de todos los pecados anteriores, aumentando con ello la velocidad de la caída –siendo todo ello, más allá del error, propiamente el pecado que se afianza, por decirlo así, en el mal, apegándose  a una consecuencia dentro de sí mismo y engendrando así una mayor fuerza descendente.  Negadores de Dios que sólo se alejan para luchar más cerca del yo negativo que quisiera, por decirlo así, tragarse  a Dios. Ofensiva contra Dios, guerra declarada entre el hombre y Dios, el pecado profundizado al grado de intentar pero medio de un dogma portentoso: el parentesco entre Dios y el hombre, que intenta acercarse a Dios sólo para derribarlo –sin reconocer que la separación entre ambos s infinita y de una naturaleza infinitamente cualitativa, siendo por ello en realidad naturalezas separadas. Sociedad  moderna donde se ha eliminado la moral y no se oye hablar ni una palabra de ética, ni del deber, ni de la relación con Dios.
Se trata en efecto de un retrato del mundo de la aceleración de la historia, donde el imperio de la técnica y sus procedimientos acaba con la diversidad de las culturas, uniformándolas sin unirlas, empobreciendo los estilos y aplanando las diferencias; mundo de la condensación de las formas y de condenación de las ideas, donde las figuras estéticas dejan de ser realidades espirituales, intelectuales y sensibles, para consagrar el objeto único que niega el sentido, el cual a su vez es negado por una abstracción, por un concepto -que resulta vacío. Retrato del mundo contemporáneo, absorbido y degradado por los vacuos rituales de la vida pública y por la publicidad. Mundo eviscerado y sin distinción ninguna, donde para volverse acepto hay que adoptar todo un sistema de convenciones arbitrarias, de imposturas y de lugares comunes asociados, recayendo de tal modo en el gregarismo de la irracionalidad humana. Mundo de artefactos y de producción en serie también, cuya estética de la utilidad y el rendimiento arroja al arte a la esfera de la entropía histórica y de la aldea global, cuyo muladar de signos  resulta infectado por el chancro estético de las vanguardias que carcome sus detritus, arrojando a la palestra, confundida con sus convulsiones, la imagen cada vez más desarticulada de la belleza. Pintura, pues, que pone ante los ojos los símbolos una vida condenada a la instantaneidad fugaz de las imágenes, que dejan sólo un vacio succionador donde se ha retirado el espíritu de la humanidad y junto con él  el alma del mundo, en un remolino que no deja huella de su paso al filtrar su polvareda  entre las piedras erosionadas del olvido, dejando así a la belleza inerme y a su desnudez envilecida.



   Sendas imágenes nos hablan así del oscurantismo de nuestro tiempo, del declinar de la educación espiritual que bajo el disfraz del sacerdote o de ese otro sacerdote de la modernidad, el artista de vanguardia, orquestan en realidad, ya en la petrificación que adelgaza la liturgia, ya en la frivolidad de la moda y de la novedad, la instrumentación del caos. Imágenes que nos advierten de los peligros engañosos de una cultura que, revestida de ropajes llamativos, seduce y fascina con imágenes inconscientes deformadoras de la realidad, las cuales empero en realidad no conducen sino a la muerte. El gran error de la modernidad ha sido doble: por un lado, pretender que es posible para el hombre vivir ausente del espíritu; por el otro, intentar poner el acento de lo infinito de lo eterno en potencias que marchan en dirección contrarias al espíritu, como si hubiésemos nacido antes del bautismo –precipitándose el hombre por las ajadas vías del cinismo, del epicureísmo o de la voluntad de poderío. En ambos casos los resultados han sido desastrosos, reflejándose en una serie de síntomas de crisis, insatisfacción y excentricidad en la humanidad que la han ido empujando, poco a poco, al borde de los enrarecidos abismos psíquicos y culturales de nuestro tiempo.[1]
   Experimento plástico, pues, que nos habla de la experiencia cardinal del hombre contemporáneo, quien lejos de contentarse con las ideas edificantes o el hábito de la religiosidad instituida, ciertamente en declive, ha querido probar por cuenta propia y riesgo las tensiones y contorsiones del alma escindida y desgarrada de la modernidad para, ya al borde de la desesperación y de la estridente psicodelia inane o de la irrealidad, verse acorralado al planteamiento de las preguntas últimas, filosóficas, religiosas y metafísicas, para encontrar como único refugio y última salida el recalar de nuevo en las poderosas tradiciones que han dado continuidad a la cultura y a la nobleza del ser humano a lo largo de las edades.
    Una antigua leyenda mexicana cuenta que el perro robó el fuego a la rata para dárselo a los hombres, apareciendo así el perro amarillo como un héroe ancestral ligado al ciclo agrario el cual, a pesar de ser considerado libidinoso por haber robado a la serpiente el fuego civilizador mediante el acto sexual, es el guardián de los lugares sagrados, el compañero que guía al sol en su carrera subterránea en el país de los hielos y las tinieblas, encargado también de destruir a los enemigos de la luz quien, familiarizado con lo invisible, protege contra las hechicerías al aportar el antídoto, anunciando así la guerra contra el búho demoniaco, siendo por ello efigie de la iniciación espiritual y la renovación periódica. El perro entonces, incoherente, juguetón, seductor y desbordante de vitalidad, asocia los principios tierra-agua-luna, siendo su significación oculta más bien la de los poderes de la hembra, del alma sexual y vegetativa, pero también adivinatoria, el cual se deja devorar finalmente por el lobo (el oro consumido por el antimonio), o se sacrifica para purificarse al devorarse a sí mismo.
   Dando paso más lejos, el abigarrado retablo insinúa, en la vertiginosa permutación de sus combinatorias giratorias, otra interpretación: la idea del profético galgo futurista, del lebrel que entrevió proféticamente Dante en su Comedia, que no se alimenta de tierra (poder) o de peltre (dinero), sino de amor, sabiduría y de virtud. Si el lebrel es en la heráldica emblema del fiel vasallo del señor, caracterizado por su ardor y coraje en los peligros, símbolos de la bizarría de espíritu y de la veracidad, Virgilio, el inmortal poeta, le explicará su significado profético: el lebrel que aparece luego de la visión de las tres bestias que circundan la entrada a los infiernos se refiere a una figura que vendrá en el futuro y hará morir a la escuálida loba demacrada, cuya avidez, codicia, envidia y acciones fraudulentas empuja a muchos a la selva del pecado, haciéndolos vivir miserablemente. Símbolo efectivamente enigmático, el lebrel que no duerme representa una figura mesiánica enviada por Dios para arruinar al dragón colosal (el enemigo exterior), ya que al alimentarse sólo de espíritu resulta inmune al poder de la codicia y el materialismo que amenaza a la humanidad. Situación paradójica también la de éste símbolo, pues al ver el lebrel cerrados todos los caminos temporales descubre en la vía contemplativa y la renuncia al mundo una solución trascendente a los problemas humanos, radicados en la salvación del alma inmortal, poniendo con ello fin a la mundana avidez temporal, persiguiendo y cazando a la loba cargada de deseos por su instinto cruel y insaciable, hasta hacerla morir entre dolores y encerrarla finalmente en el infierno, creando con ello un reinado de justicia y de paz fundado en valores reales y universales. El lebrel entonces iría amordazado con un bozal de represión -por ser la verdad indicio de sí misma -y de lo falso.[2]




[1] Para Pablo (Epístola a los Romanos 1. 18 a 32) tal crisis desembocará en la ira de Dios –escrito bíblico que, entre otros, suma una presión más, esta bimilenaria,  a nuestra tiempo. Porque la ira de Dios se manifiesta desde el cielo, dice el escrito, contra toda impiedad que detiene la verdad con injustica –porque las cosas que de Dios se pueden conocer Dios se los ha manifestado y son entendidas desde la creación del mundo y se ven claramente, que son su eterno poder y dignidad; por lo que no tienen excusa los que han conocido a Dios al no glorificarle y darle gracias, antes desvaneciéndose en sus discursos que no tienen a Dios en su entendimiento, siendo por ello entenebrecido su corazón, trocando así la gloria de Dios incorruptible y mudando la verdad en mentira, al honrar y servir a la creatura antes que al Creador, idolatrando imágenes del hombre corruptible, de aves, de animales de cuatro pies y de reptiles, por lo cual Dios lo entregó a un perverso entendimiento, a la inmundicia y a sus afectos vergonzosos, según las concupiscencias de sus corazones, para que haciendo lo que no conviene deshonrasen sus cuerpos entre sí, cometiendo torpezas contra natura los unos con los otros.  
[2] Alighieri Dante, La Divina Comedia. Capítulo I. Ver también Jeremías… y Apocalipsis 18, 3-6. 








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