jueves, 15 de agosto de 2013

Paty Aguirre (Fragmentarium) X.- Metafísica de la Luz Por Alberto Espinosa

(Fragmentarium) X.- Metafísica de la Luz




   Los peces representan un complejo símbolo, pues por un lado, al sumergirse en las aguas inferiores y vivir en el mundo subterráneo, representa lo impuro y la confusión de los elementos, donde  queda identificada la cabeza con el cuerpo, siendo por lo demás la morfología cilíndrica del pez semejante al falo. Sin embargo, el pez es también símbolo de vida y fecundidad, de prosperidad y suerte, relacionándose en este sentido con  Cristo y sus apóstoles, que son pescadores, fuerza salvadora e instrumento de revelación, refiriéndose entonces el pez a la restauración cíclica del nuevo nacimiento y a la manifestación que se produce en la superficie de las aguas -apareciendo así el pez en el sacramento de la eucaristía al lado del pan y el vino. Los tres pescados pareciera así hablarnos del misterio de la eucaristía, pues si son el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo los que dan testimonio del cielo, en la tierra la unidad es conformada por el pan del Espíritu, por el pez del agua y por el vino de la sangre, pues los tres elementos conjugados posibilitan la comunicación  Dios si pedimos una cosa de acuerdo a su voluntad.
   Imagen reforzada por el símbolo del león, el cual si empezó por representar la imagen de la fuerza despótica e incontrolada, encuentra sin embargo en este contexto su contraparte iconográfica: es el león de la tribu de Judá, que salvará en los tiempos finales al pueblo elegido, siendo entonces emblema de Cristo como Doctor y como terrible Juez, que es portador de conocimiento, pero también de la justicia y la resurrección. Se trata entonces del aspecto solar del león, asociado al rejuvenecimiento de las energías cósmicas y biológicas periódicas, siendo en el plano iniciático guardián del castillo misterioso o de un umbral de difícil acceso.
   En contraste con la serie de imágenes que hacen alusión al psiquismo aquejado por debilidad o la soberbia, aparece ahora en la obra la figura central y redentora de Cristo, tocado ya con la corona de espinas en el momento de tomar la cruz. La imagen resalta de entre las demás por su claro colorido, por su belleza de trazo y evidente luminosidad y pureza, incorporando la figura una serie de emblemas que lo caracterizan en su pasión, poniendo la artista de manifiesto en la mirada del santo tanto la tristeza de Cristo como su pertenencia a un orden trascendente que nos rebaza por todas partes, al ser hijo del Altísimo. Tristeza por la gran desgracia humana, consistente en que el mundo y su propio pueblo no lo haya reconocido, que se hayan incluso escandalizado por su venida y por su doctrina, haciendo que la fe, y no del pecado, sea motivo de persecución. Que sea motivo, pues, de señalamiento la creencia de la pertenencia de Cristo a un orden trascendente, de que el hijo de Dios se haya hecho hombre, de que haya  encarnado en medio de la historia para llevar su mensaje de amor infinito y de misericordia a la humanidad; de que Dios se haya hecho hombre por amor, que haya sufrido, que haya sido pobre, insignificante y abandonado. Escándalo, es verdad, de que haya sido su misión el despertar al hombre, que cada uno se examinara a sí mismo, reconociendo que Dios que es el creador y que decide de todo lo existente, para que el hombre siguiera su camino apoyándose por virtud de la fe y  lucidamente en el poder que lo fundamenta queriendo ser uno mismo al atender al fenómeno central del cristianismo: el de la conversión del hombre a una vida espiritual.




   La imagen se presenta en la obra entonces como un punto a la vez de inflexión y de equilibrio para la psique humana, pues el hombre esencialmente es una síntesis de cuerpo y alma dispuesta naturalmente para ser espíritu. Así, orillados al extremo de las preguntas últimas por el pentagrama convulso de nuestra época, el retablo apunta a una respuesta que no pude tener sino una dimensión espiritual: la promesa de Cristo de la salvación y la revelación de las verdades  arcanas del más allá, del camino que lleva al hombre a bienaventuranza de la eternidad en la gloria de Dios –todo lo cual constituye la real liberación humana. Porque el bien supremo para el alma humana no puede ser otro que el de relacionarse directamente con la verdad y desarrollar así, en la contemplación de su verticalidad o de sus bóvedas altísimas, su espíritu singular, para alcanzar con ello la dignidad espiritual que radica en cada uno de nosotros. Porque el espíritu, en efecto, es un grado ascensorial de la conciencia, cuyo concepto, propiamente ético-religioso, tiende a universalizar al yo por virtud de la aceptación de la verdad, ligando por tanto al hombre fraternalmente con los demás hombres cuando el alma se fundamenta transparentemente en Dios. La salida del laberinto estrecho de la angustia y de la desesperación existencial, sea causada por debilidad u obstinación, radica entonces esencialmente en relacionarse sin rebelión y humildemente con Dios, siguiendo el ejemplo de Cristo y obedeciendo los mandatos del Padre eterno, que es la salvación cuando el hombre mientras más conozca más se conozca a sí mismo –desarrollando así la comunión con la voluntad infinita, regresando a sí mismo con un vigor esclarecido en sus tareas y en la aceptación de su finitud. Verdad, sin embargo, que entraña un riesgo constitutivo, porque no es sólo índice de sí misma, sino también de lo falso (Veritas est index sui ot falsi).
    Luminosidad y transparencia de la imagen, porque Dios es luz y en Él no hay ningunas tinieblas, siendo posible tener comunión y andar con Él cuando habitamos en la luz y guardamos sus mandamientos, estando en el amor del Padre eterno, en el amor del bien, que es estar en la luz –alejados por tanto del amor al mundo y de las cosas que están en el mundo, de la concupiscencia de la carne o de los ojos, de la soberbia y de la iniquidad del pecado, de las tinieblas que ciegan los ojos y llevan a aborrecer al hermano.[1] Porque no hacer justicia, ni amar al hermano, no es de Dios, sino del maligno, del diablo que ha hecho pecado desde el principio y que con el mundo desconoce a Dios y aborrece a los hijos de Dios, viviendo así en la muerte, siendo del mundo y hablando del mundo, que es la instancia desesperada que oye  los desesperados. La esperanza, por lo contrario, está en Dios, en quien no hay pecado, por lo que quien cree en Él cree se purifica a sí mismo -mientras quien no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor.




    Así, el nombre santo del Señor, clemente, misericordiosos, raíz y origen del bien universal y de todo deseo honesto, que encierra también el atributo de la eternidad y capaz de superar todo obstáculo imposible al ser Todopoderoso, lleva la gracia donde abundó el pecado –dándonos así la posibilidad de la redención, a nosotros, viles pecadores, cautivos del mal y desviados de la antigua senda por el mundo o por los espíritus malignos. La verdad de Cristo, del verbo hecho carne, lleno de gracia y plenitud, no puede ser otra que la de enderezar el camino hacia le Señor –pues Dios, por quien fueron creadas todas las cosas, es la vida y la luz de los hombres.
     El retablo consagra  un nicho también para la imagen de la Virgen María en su pasión dolorosa. Porque si Dios es amor, y el amor es sufrido, paciente y no se vanagloria, la Madre de Cristo no puede sino estar movida por la piedad, siendo por ello elevada por la gracia de Dios por encima de los ángeles y de todos los hombres, amada por Dios más que todas las criaturas, -concediéndole por ello como grandioso misterio milagroso la asunción corporal en vida al cielo. La veneración mariana tiene su raíz teológica en ser ella intercesora y mediadora entre los hombres y la divina trinidad. Su alma, en efecto, fue engrandecida ante el Señor y se llenó de gozo porque miró a su sierva María eligiéndola como madre del Redentor, siendo su concepción inmaculada, exceptuada del pecado original, es decir, libre del pecado hereditario y por tanto de la presión generacional. La figura de María, quien sufrió por su hijo y a través de él por la humanidad entera, se yergue majestuosa por tener un papel trascendente en la labor de redención del ser humano. Modelo de mujer por la excelsitud de sus virtudes, por su pureza, sencillez y por su humildad, quien tiene un lugar privilegiado en la historia del arte y en las postales populares, que la eligen preferentemente como la Madre Doliente, es María el símbolo supremo del amor materno, siendo así la abogada y mediadora entre el hombre y lo divino.



   Sin embargo, su culto, estratificado en las oraciones marianas del Avemaría, la Magnífica (Lucas I, 46 a 55) y el Rosario, ha sido relegado en la modernidad, siendo absorbido por el estancamiento cultural, que hace decaer la vida espiritual en el ritualismo y el habito de la costumbre vaciada de fe viva y carente de toda significación profunda. La artista por ello agrega en el colorido de la imagen una especie de ácido fuego combustible a la imagen, que a la vez que la incendia la patina de un oro añejo, como subrayando con ello el fondo del fondo la crisis de la modernidad: el hecho que los valores tradicionales han dejado de ser efectivamente operantes en las conciencias, sin que se vislumbre un esfuerzo cultural conjunto ni por volver a ponerlos en actividad, ni por creer nuevos valores que puedan alcanzar a sustituir los anteriores.




[1] Amar a Dios se traduce así en términos existenciales en amar al hermano, al prójimo, como a uno mismo –doctrina opacada por la completa desorientación contemporánea y nuestra, que oculta aquello que más se precisa y que más importa. Idea de Dios, pues, que no exige ser comprendida, pues en su eternidad e infinitud escapa a la comprensión humana, sino creída con fe y esperanza: creer en Dios siguiendo el ejemplo de Cristo en las obras, en el amor al hermano que deja a tras al hombre viejo, endurecido de corazón, idólatra y curtido como un cuero por haber abandonado toda moralidad humana, para regresar al seno jubiloso del bien y la alegría. Esperanza, porque el Padre envió al mundo a su Hijo para ser la salvación del hombre, por lo que quien mora en el amor mora en Dios –amor en el que no hay temor, porqué el temor tiene castigo, por lo que quien teme no es perfecto en el amor. En cambio quien ama a Dios guarda sus mandamientos y ama también a su hermano –vence al mundo por la victoria de la fe, que es el espíritu e la verdad: que Dios nos ha dado vida eterna, y que esa vida está en su Hijo, por lo que quien tiene el espíritu del Hijo tiene la vida, mientras que el que no tiene en su espíritu al Hijo de Dios no tiene la vida, pues Jesucristo es el Dios verdadero y es la vida eterna. Primera Epístola de San Juan. 






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