martes, 23 de julio de 2013

Patricia Aguirre: los Símbolos Giratorios (Fragmentarium) II.- Imágenes Prístinas y Talismanes Por Alberto Espinosa

 Patricia Aguirre: los Símbolos Giratorios
(Fragmentarium)







II.- Imágenes Prístinas y Talismanes
  Laberinto de símbolos, es cierto, cuyo recorrido se abre con un autorretrato fragmentado, el cual se ocupa solo de espejear la boca de la artista, destacándose en tal descripción un par de síntomas fisiológicos: un leve estiramiento en la comisura de los labios, una tensión de las mandíbulas que se refleja en la retracción de la mordida, y la expresión de un gesto de molestia y adversidad, de rechazo y repugnancia, acaso incluso de asco. Porque el miedo es una emoción primaria desagradable, un sentimiento intenso de aversión hacia algo que se presenta como amenazante y que avisa por tanto de la presencia cercana de un peligro el cual, de der duradero, llega a causar los sentimientos de ansiedad y angustia más estables o permanentes. Emociones que se establecen como mecanismos biológicos de adaptación o de defensa en consideración a evitar el dolor o asegurar la propia supervivencia y que se debaten entre las reacciones de la entrega, la huida y la lucha –pues afectan directamente el sistema límbico primario, asociados a la amígdala y el lóbulo temporal.
   Así, a partir de esa imagen se van asomando los emblemas de todo un discurso plástico coherente, que es también la bitácora de un viaje iniciático y nocturno, en donde sobresalen  inmediatamente las figuras zoológicas, de significados simbólicos ancestrales, las cuales aparecen como señales y marcas para guiar al transeúnte al marchar por entre las dificultades del camino que, como una delgada vereda, bordea los riscos abismados y sin fondo de catadura  apocalíptica, pues en su fondo se adivinan los ríos encrespados que irrigan al antro de fieras del inconsciente. Visión en la que se combina la aceleración de la historia con el estancamiento cenagoso de la aldea; arena en la que el vértigo contradictorio de las figuras humanas, lastradas por las convenciones y los dogmas, las lleva de lleno al laberinto donde se escenifica la lucha feroz del conformismo y sus locuras cronológicas que quisieran sostenerse en el vacio, dejando sin interioridad al ser humano por  carente de asunto metafísico.
   Contra tales tensiones y tendencias que se van angostando hasta convertirse en un verdadero embudo que se decanta en un callejón sin salida, la estrategia artística de Patricia Aguirre ha sido entonces la de enfrentar a los fantasmas de su tiempo para no temerles, para que no se conviertan a su vez en imágenes espectrales de nuestras propias ansiedades. Así, la obra inicia su recorrido pasando revista a una serie de símbolos zoológicos que surgen en el camino, pasando luego o alternativamente a un recuento entreverado de revisión de las figuras dominantes de nuestro siglo o mundo que salen a su encuentro, para de tal forma medir tanto las asechanzas del enemigo oculto como sus posibles paliativos o contravenenos, realizando parejamente una pequeño tratado caracterológico, en cuyo interior anida una especie de heráldica fantástica.
   A partir del glifo de la boca empieza la secuencia narrativa del discurso plástico, el cual comienza por hablarnos de dos símbolos zoológicos, el león y el tiburón, como si de un bestiario antiguo se tratara. Así, aparece en colores de altísimo contraste la desértica figura del león, el cual representa en primer lugar el simbolismo solar de la nobleza y la fuerza, del valor y el poderío, pero también de la energía divina que en su viaje nocturno destruye el mal y la ignorancia mediante la santa inteligencia y la sabiduría superior, pudiendo sin embargo cambiar su signo y mostrar su lado oscuro, actuando contra las debilidades del viajero como un dragón, dejando entonces ver su fas de desconfianza y egoísmo, de agresión e intimidación, de hostilidad y avidez. La fiera entonces nos advierte la presencia de una caverna, de un lugar secreto y escondido que guarda algo valioso equiparable a un tesoro.
   La imagen del león, empero, evoca directamente bajo tal escorzo al apetito insaciable, advirtiéndonos la imagen respecto de la fuerza intuitiva incontrolable, también sobre de la pulsión social pervertida que induce a la dominación del grupo por el déspota, cifrándose con ello la tendencia social de imponerse brutalmente a los otros echando mano de la pura autoridad o del poder directo. El león, ligado a la idea de la rabiosa hambre incontenible, remite entonces al déspota ilustrado que, aliándose con hienas,  chacales y demás carroñeros de la más baja estofa, instaura mediante la compra de conciencias la represión y la parálisis cultural,  recordando por ello la imagen tradicional de la idolatría babilónica, de la fuerza incontenible que destruye a las naciones con gran crueldad por la desmedida ambición mezclada con el orgullo –siendo por ello una evocación del poder imperial, matriz de la ideología de la clase dominante. 
   Junto a la imagen del árido león aparece el la figura del tiburón. Símbolo del poder específicamente masculino, pero también  de la depredación, el fabuloso escualo ha sido propuesto por la fábrica para el imaginario colectivo como un monstruo devorador, creador de los terrores colectivos asociados al egoísmo ciego y al sordo consumismo del mercado (Jalws), cuyas fauces tienen algo del bostezo que engulle al mundo entero para sumirlo en el caos -estando asociada su imagen a las actividades nocturnas y clandestinas donde se conecta la tierra con el mar. La imagen del tiburón apunta asimismo a las agresiones e intimidaciones, a la avidez incontrolada y a la hostilidad, como tendencias dominantes  que pululan en el medio ambiente social, lo cual indica también la existencia de grandes enemigos que se deslizan con el propósito de dañar debido a los celos y a las envidias –pues, hay que recordar, el tiburón ataca y mata sin provocación, olfateando la muerte como si fuera un buitre del mar.  Así, si por un lado la imagen infunde el temor a ser devorado, por el otro, hay que reconocer en el simbolismo del tiburón una ambigüedad, guardando uno de sus registros semánticos un aspecto luminoso y de poder, al ser también su efigie un talismán que protege contra los enemigos, porque el devorador de las aguas es también un secreto cazador, fuerte y habilidoso para sobrevivir y un aliado en tiempos de injustica.
   El retablo de Patricia Aguirre nos advierte así de redoblados peligros en el camino, en razón directa a nuestra altura histórica, caminando entonces con cautela y registrando con minucia el pulso de las modulaciones culturales que su tiempo y nuestra edad han dado a los temores sociales y colectivos, encontrando en rostros y vestimentas las variadas gradaciones del miedo que cifran el irracionalismo contemporáneo, cuyo escapismo de la racionalidad se revela también en la rebeldía desaforada de las pulsiones y en el descontrol de los instintos. El escenario del miedo, emoción básica que marcha paralela con los afectos, sube entones a la palestra para ser caracterizado en sus variopintos atuendos  en lo que tiene de rechazo al dolor, físico y psíquico, siendo tres sus posibles respuestas, que van de la fuga y la huida a la paralización, o bien al enfrentamiento. La obra se impregna así del sentimiento de que algo nocivo ataca a sus personajes, y en general de que se corre peligro, volviendo a detonar así de alguna manera las alarmas fisiológicas que ponen en alerta a la conciencia y al instinto de conservación, tanto individual cuanto a nivel  de especie, para dar respuestas eficaces y rápidas a las situaciones amenazantes o riesgosas.

   Su obra va internándose de tan manera en el campo semántico-emocional de las perturbaciones angustiosas del ánimo, disparadas por situaciones de riesgo, que van de la simple preocupación a la desconfianza, del susto a la alarma, del recelo a la aprensión, entrando a pasos contados  de lleno en las manifestaciones más propias del miedo relacionadas con lo inmundo: el temor, el espanto, el pavor, las fobias, el terror pánico y el horror. Mundo presidido por el arcaico dios romano Fobos, hijo de Ares y Afrodita Terrestre, donde se huele inmediatamente la ácida adrenalina que secretan los organismos vivos cuando se internan en su territorio, suscitado por el peligro de penetrar en el valle de tinieblas y seguir hacia adelante; donde la artista siente y nos hace sentir el riesgo de que nuestra embarcación pueda romper su casco, quedando escorados a la orilla de las islas de los muertos o de naufragar en el pavoroso ponto sin fondo de la perdición irremisible. Aprensión de tocar siquiera, de rosar apenas con la pura mirada, la profundidad de sus laderas y de rodar y desbarrancarse en ellas; espanto individual y pavor colectivo también ante los crujientes movimientos de la naturaleza y ventoleras del aire cuando Pan va recorriendo del bosque sus confines.



2 comentarios:

  1. Hazzel, Paty, David, Manuel y Alberto, felicidades, muy buen gusto.

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  2. Gracias Nadina por tu alagueño comentario

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