martes, 23 de julio de 2013

Las Siete Ciudades de Cibola III Francisco Hernández de Córdoba: la Península de Yucatán y el Puerto de Campeche Por Alberto Espinosa Orozco

Las Siete Ciudades de Cibola III
Francisco Hernández de Córdoba: 
la Península de Yucatán y el Puerto de Campeche
Por Alberto Espinosa Orozco







I.- Las Islas y la Tierra Firme
      Antes del 4º y último viaje de Cristóbal Colón, cuando éste había sido encadenado y obligado ignominiosamente a subir a un navío para regresar a España, el almirante había asegurado a sus majestades Isabel y Fernando Católicos que había encontrado el paraíso Terrenal en Venezuela, única manera a que pudo explicar el gran flujo de agua que arrojaba al mar el gran río Orinoco, lo que demostraba la existencia de tierras continentales. Teniendo que explicar a los reyes el fracaso de sus promesas de entregarles grandísima riquezas acceden a darle una última oportunidad, aunque despojándolo de toda jurisdicción política y administrativa  y nombrando como nuevo gobernador de las Indias del Mar Océano a Nicolás de Ovando, quien llegó a La Española a principios de 1502 con una magnífica flota compuesta por más de dos mil quinientas personas, entre las que se encontraban Juan Ponce de León y Fray Bartolomé de las Casas. Bajo su mandato la colonia prosperó, aunque sofocando las rebeliones de los nativos a punta de fuego y sangre en lo que se llamó “campañas de pacificación” –corriendo como la pólvora entre los indios la fama de crueldad de los conquistadores españoles desde el inicio.
   En el año de 1505 la Corona española concedió la primera autorización para colonizar la Tierra Firme de Darién (en la frontera sur de la actual Panamá), otorgando la licencia a Alonso de Ojeda, cortesano metido a aventurero en cuya flota embarcó Francisco Pizarro, futuro conquistador de Perú. Ojeda murió al poco tiempo tomando su lugar el bachiller Martín Fernández de Enciso que llegó a Darién llevando como polizonte a Vasco Núñez de Balboa.
   La expansión española continúo a paso lento. En el año de 1508 Juan Ponce de León tomó posesión de Puerto Rico. Hace exactamente cuatrocientos años, en 1509 Nicolás de Ovando es sustituido como gobernador de las islas por Diego Colón, hijo del viejo almirante, quien concede licencia  a Juan de Esquivel para conquistar Jamaica y a Diego Velásquez de Cuellar para toma posesión de Cuba, teniendo éste como lugarteniente a Pánfilo de Narváez y siendo acompañado de trescientos hombres, entre los que destacarían Fray Bartolomé de las Casas, Hernán Cortés, Pedro de Alvarado y sus hermanos, originarios de Badajoz. Diego Velásquez de Cuellar había participado en el segundo viaje de Cristóbal Colón estableciéndose en La Española donde labró una fortuna considerable. Así, cuando es nombrado gobernador de Cuba la colonia establecida bajo su mando pronto prosperó mediante el cultivo de caña de azúcar y el lavado de oro de los ríos.
  El 26 de septiembre de 1513 Vasco Núñez de Balboa, atravesando la selva,  descubrió las costas del océano Pacífico, al que llamó Mar del Sur, de incalculable inmensidad, tomando posesión de las tierras a nombre de la Corona española. Sus habitantes le relataron entonces más historias fabulosas sobre un rico reino en las costas del sur regado por ríos de oro. Sin embargo, para el año de 1514 la Corona española nombra gobernador de Tierra Firme a Pedro Árias Dávila, conocido como Pedrarías, quien llega a Santa María la Antigua en ese año con una grandiosa flota, compuesta por veintidós  naves, en la que venían más de dos mil hombres con rumbo a Darién, entre ellos Hernando de Soto, Bernal Díaz del Castillo, Diego de Almagro, Francisco Vázquez de Coronado y Fernando González de Oviedo. Pedrarías, quien era un personaje tiránico, colérico y cruel, sabía de los informes perjudiciales llegados a la corte sobre Núñez de Balboa por haberse autonombrado gobernador de Tierra Firme. Manda encarcelar entonces a Núñez de Balboa y tras un juicio sumario ordena su ejecución, haciendo rodar la cabeza del descubridor del Pacifico por la arenosa plaza de Santa María la Antigua.



II.- Las Tierras Continentales de México
 Francisco Hernández, originario de Córdoba, rico hidalgo y encomendero de Cuba, pretendiendo descubrir nuevas tierras, organiza la expedición marítima en el año de 1516 junto otros dos ricos propietarios, Cristóbal Morantes y Lope Ochoa de Caicedo. Francisco Hernández de Córdoba fue nombrado capitán “por ser hombre muy suelto y cuerdo, harto hábil y dispuesto para prender y matar indios” dice Fray Bartolomé de las Casas. Se establece en la villa de Saint Spíritus para ultimar los detalles de la expedición hasta que la flota zarpa el 8 d febrero de 1517 del puerto de Avaruco de La Habana hacia el cabo de San Antón en el extremo occidental de Cuba. El día 20 de febrero se hizo a alta mar llevando como piloto mayor a Antón de Alaminos con 110 hombres, entre ellos Bernal Díaz del Castillo.    .
   Hasta esos momentos lo conquistado y poblado por los españoles se reducía cuatro islas: La Española, Cuba, Puerto Rico y Jamaica, más una pequeña porción de tierra firme en Darién –aunque habían explorado muchas otras islas y una buena parte del litoral atlántico sudamericano en expediciones que en su mayoría se reducían a la búsqueda de perlas y esclavos de la llamada Costa de las Perlas, entre Venezuela y Colombia. Entre los dos puntos más cercanos entre las costas de Cuba y Yucatán, el Cabo Corrientes y el Cabo Catoche, sólo hay 190 kilómetros de mar, unos seis días de viaje en canoa. Sin embargo el contacto entre los indios tainos y los mayas fue prácticamente nulo debido a la fuerte corriente norte-sur que divide las penínsulas al dificultar la navegación entre sendos cabos.
   La primera navegación conocida a tierras mexicanas comandada por el capitán Hernández de Córdoba fue de gran riesgo según cuenta Bernal Díaz del Castillo. Alaminos convenció a Hernández de Córdoba de dirigirse al oeste, pues le recordó que Cristóbal Colón en su 4º y último viaje había visto en la proximidades de la costa de los que hoy es Honduras una gran canoa que transportaba objetos refinados, indicio de una cultura superior: espadas de madera con filos de obsidiana, vestidos teñidos y de algodón, crisoles para fundir cobre y granos de cacao. También que en la expedición de Juan Ponce de León a la Florida, en una breve escala que hicieron en tierra, había encontrado indígenas que parecían venir de un lugar más civilizado Empero las desconocidas aguas les depararon una tormenta, más al fin divisaron tierra en costas bajas y desprovistas de montañas, probablemente Isla Mujeres, abriéndose para Occidente los horizontes de la cultura maya.
   De inmediato se dirigieron hacia costas de Yucatán, visible desde la isla hasta encontrarse con diez pirguas de remo y vela que los esperaba a su llegada. Los indios mayas se acercaron a las naves españolas y a señas les hicieron entender que venían en paz. Subieron a bordo varios de ellos asombrándose entonces mayas y españoles unos de otros, los unos por los vestidos de algodón teñido, por los aretes y collares de los indios, los otros por los rostros tan blancos y las grandes barbas de los españoles. Intercambiaron entonces bolitas de oro y pequeñas joyas admirablemente trabajadas por objetos baratos de quincallería, cuantas verdes de cristal y cascabeles de cobre, tijeras, agujas y espejos. Los hombres autóctonos iban vestidos con mantos o maxtles y calzaban sandalias de piel, mientras que las mujeres llevaban faldas y se cubrían con algodones el pecho, teniéndolos por ello por hombres de más razón que los indios de Cuba que iban desnudos por la vida. Bajaron a tierra y se encontraron con un pueblo de unas mil casase, construidas con tal arte no inferior al de los españoles.  Inspeccionaron entonces su templo encontrando ídolos de barro, unas caras como de demonios y otros de otras malas figuras, por lo que les pareció que estaban haciendo sodomías los unos indios con los otros pareciéndoles aquello “pecado nefando” y considerando como una de las peores manifestaciones de las torpezas a que el demonio había inducido a los nativos –condena a la homosexualidad de los indios mesoamericanos que sería repetida innumerables veces por los conquistadores.
   Los exploradores llamaron a ese pueblo el Gran Cairo. Empero los indios mayas cambiaron súbitamente de humor y los enfrentaron, resultando dieciséis españoles heridos y quince nativos muertos, quedando los españoles sorprendidos por la organización de los guerreros que hasta entonces no se había visto; armados con arcos y lechas, protegiendo el cuerpo con una armadura acolchada de algodón y con penachos y elaborados adornos guerreros. Reembarcaron entonces llevándose algunos prisioneros para enseñarles como traductores y guías. Entre los cautivos dos se prestaron a ello, “trastabados de los ojos” o bizcos, que fueron bautizados como Julianillo y Melchorejo.
   La pequeña flota de Francisco Hernández de Córdoba siguió costeando hacia el oeste viendo constantemente nativos en la costa, no saliendo de su asombro al ver tantas poblaciones y templos. Hasta que llegaron a una población de un tres mil casas; se trataba de la bahía de Campeche (originalmente Akimpech o lugar de garrapatas), llamando a tal lugar Lázaro, por ser un 22 de marzo. Desembarcaron en busca de agua dulce presentándose cincuenta nativos en son de paz e intercambiaron objetos, pero luego les indicaron que se fueran y lanzaron grandes silbidos y tocaron sus tambores y soplaron en sus caracolas, por lo que los hispanos tomaron las de villadiego.
  A los pocos días de travesía llegaron a Champotón (originalmente Potochán) encontrando a la tribu maya couoh, la cual resulto en extremo belicosa. La leyenda cuenta que desde esas orillas el rey tolteca Quetzalcoatl se adentró en el mar para no ser visto jamás. Abrasados de sed pronto se abastecieron de agua pues no fueron recibidos de forma amistosa por los naturales. Pasaron la noche en tierra escuchando ominosos sonidos de tambores, caracolas y gritos provenientes de la aldea. Los guerreros mayas los atacaron por la mañana y sólo gracias a sus armas de acero pudieron retroceder hasta sus navíos; cincuenta hombres murieron e hirieron al resto, resultado gravemente lesionado Hernández de Córdoba, por lo que llamaron al lugar Costa de la Mala Pelea.
   Siguieron costeando hasta llegar a la laguna de Términos, al sur de Campeche, cuando decidieron iniciar el retorno a Cuba. Alamitos propuso regresar por Florida a donde llegaron en cuatro días. Empero los guerreros nativos cubiertos con pieles de venado se llevaron vivo a un español y obligaron la retirada. Llegaron a La Habana luego de dos meses de viaje y días después falleció Hernández de Córdoba presa del enfurecimiento al enterarse que Diego de Velásquez preparaba ya la segunda expedición al mando de Juan de Grijalva y Cuellar.  






III.- Los Horizontes  de  dos Culturas
   Pronto cundió por toda Cuba el rumor sobe las tierras descubiertas y sobre sus extraordinarias riquezas. Apunta Torquemada que toda la plática de aquellos tiempos y gentes no era otra, qu casi se parecía al rey Midas, que todo su deleite era el oro y la plata y no trataban más que de riquezas. También en Castilla hubo una gran fama de ello y decían qu no se habían descubierto otras tierras en el mundo mejor que aquellas. Bernal Díaz del Castillo, miembro de la expedición, subraya que los castellano creyeron que se trataba de gentiles, por sus ídolos de barro y sus maneras, y otros más decían que eran los judíos desterrados por Tito y Vespasiano  de Jerusalén.
   La sentencia de Las Casas para el encomendero y rico explorador Francisco Hernández de Córdoba reza: “Dios dispuso levarlo al otro mundo a que le diese cuenta de otros mayores agravios  que el hizo a los indios de Cuba de quien se servía y chupaba la sangre y con ella iba a los inocentes que estaban seguros en sus casas”.
  Por su parte Diego de Velásquez, hombre gran estatura y de obesa complexión, oscilante en su carácter por ser tiránico a veces y luego amable, pronto organizó dos expediciones más con ricos encomenderos de Cuba. La segunda exploración zarpó el 1 de mayo d 1518 rumbo a Yucatán, estando a cargo de Juan de Grijalva, capitán de 28 años, llevando consigo a Alonso de Ávila, Francisco de Montejo, el futuro conquistador de Yucatán, Pedro de Alvarado, siendo el piloto mayor Antón de Alamitos, el alférez general Bernardino Vásquez de Tiana, los interpretes y guías mayas Melchorejo y Julianillo, todos ellos a bordo de tres carabelas, un bergantín y acompañados por perros.
   La tercera exploración organizada por el ambicioso gobernador Diego de Velásquez absorbió una gran parte de su fortuna siendo la de mayor calado y estando al frente un tal Hernán Cortés, hidalgo de Extremadura y primo de Francisco Pizarro, el cual zarpó de Santiago el 18 de noviembre de 1518 hallándose entre los expedicionarios los hermanos Alvarado, Francisco de Montejo, Diego de Ordaz, Bernal Díaz del Castillo, Alonso Hernández Portocarrero, Bernardino Vázquez de Tapia, Gonzalo de Sandoval. Juan Velásquez de León. Alonso de Ávila además de Cristóbal de Olid junto con otros muchos. La flota se recompuso en Cabo San Antón o Guaniguanico y cruzó hacia Yucatán el 10 de febrero de 1519 estando compuesta por once navíos con quinientos cincuenta hombres, treinta y dos de los cuales eran ballesteros y trece escopeteros, mujeres, negros y religiosos y dieciséis caballos y yeguas y una dotación gruesa de perros; equipada con diez piezas de artillería de bronce, cuatro falconetes, una buena cantidad de pólvora y de pelotas proyectiles para los cañones; llevaban también como cinco mil tocinos, seis mil cargas de maíz y otras tantas de pan cazabe, gran cantidad de gallinas, azúcar, garbanzo, vino, aceite y legumbres, objetos de quincallería para el “rescate” o trueque: cascabeles, espejos, sartenes, cuentas de vidrio, agujas, alfileres, bolsas, agujetas, cintas, hebillas, cuchillos, tijeras, tenazas, martillos, hachas, camisas, turbantes y cofias, gorgueras y zaragüelles de lienzo, sayos, capotes, calzones y caperuzas de paño.
   Los que han querido desmoralizarnos han insistido en los actos de brutalidad y crueldad perpetrados por los españoles y sobre su opinión despectiva de los indios americanos, también en la codicia y la ambición de los conquistadores, que era la enfermedad de la época. No se trataba empero, como en nuestro mundo, de una ambición mezquina y sorda o de ciega dominación, sino de pasiones de gloria que inflamaban la imaginación de fábulas y sucesos extraordinarios. Porque luego de la reconquista de su territorio, los españoles vinieron  al Nuevo Mundo con un río a cuyo ímpetu destructivo supero el genio creador. Cono vio mejor que nadie Vasconcelos, luego de cada victoria los conquistadores trazaron los planos de las nuevas ciudades y redactaron los estatutos de su fundación, como sucedió con Cortés, Alvarado, Pizarro y Francisco de Ibarra. Se ha querido demeritar a los conquistadores para encubrir a los cortesanos, en cuyas manos quedó la nueva organización, siendo aquellos palaciegos sumisos al poder real quienes oprimieron y humillaron al nativo, echando con ello a perder la obra de genio de conquistadores y la obra de evangelización no menos portentosa consumada por sabios y abnegados misioneros. Por parte de los indios fray Bernardino de Sahún pronto se dio cuenta que si bien los indios adoraban a Satán bajo la forma del Negro Tezcatlipoca, al convertirlos a la verdadera fe podía con ello recuperarse las muchas almas por entonces perdidas en Europa.
    Hay que agregar que la colonización del Nuevo Mundo constituyo en si misma una grandiosa epopeya, en base a la cual nos constituimos como nación. El mismo Vasconcelos ha indicado al hablar de Campeche y de sus gloriosas fortificaciones - cuyos ruinosos fragmentos la elevaron empero a patrimonio de la humanidad desde 1999-, que como en ella en ningún lugar se ejemplifica mejor la aptitud de los españoles para triunfar allí donde los europeos fracasan. En  Campeche no construyeron  techos de paja como el indígena, ni bungalós provisionales como el ingles de Jamaica o de Panamá, sino que inauguró con los españoles la barroca fiesta de las arcadas y los campanarios, floreciendo la ciudad a orillas del mar con su convento y aulas de cantera y viejos libros, dando los creadores de la ciudad el palo de Campeche en trueque por una porción de los tesoros de toda la tierra. Y Campeche tuvo astilleros, construyó navíos y creó marinería, levantando murallas para defender sus tesoros, afirmando así nuestro imperio sobre el mar -siendo por un tiempo el acento campechano la norma en todo el Golfo, de Florida a Yucatán, reflejando con ello el equilibrio de un trato noble, franco, afable y generoso.
   El mexicano, hecho de dos razas serias, ha tomado la fuerza interior del indígena y la gravedad del español para constituirse. Nos ha faltado, sin embargo, la sonrisa, volviéndose así nuestra seriedad severidad sombría, un ácido que nos corre la voluntad o un agrio dolor que nos consume en la debilidad. El esteta ateneísta al vislumbrar en Campeche al futuro paraíso, dispuesto para ser el Canaán de todas las naciones, encuentra también un remedio para nuestro rictus de dolor hierático: prodigar en el paisaje la sonrisa componiendo al seguir las pautas de naturaleza sus paisajes a gran escala, haciendo del campechano trópico un jardín de la ilusión dotándolo de acuarios con peces raros, baños de mar con aguas ricas en yodo y algas con cabelleras de sirenas; calzadas de palmeras reales, palacios de descanso y fuegos de artificio y carnavales de danzarinas, para los habitantes y los amigos de afuera. Así, soñó el filósofo un mañana de justicia y libertad en que sobre las piedras del Golfo de Campeche y de un futuro Mazatlán pacífico, se levantará el cuerpo rejuvenecido de la patria, pues del mar llegó nuestro destino y otra vez necesitaremos del mar para ensancharlo.




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