sábado, 6 de julio de 2013

Las Cucarachas Por Alberto Espinosa


Las Cucarachas
Por Alberto Espinosa 


   Nos abrieron la puerta. Habíamos llegado al templo luego de caminar por una pequeña plaza, alrededor de cuya fuente reseca, decorada con pintura de aceite de color azul turquesa, unos hombres con sombrero se disponían a matar las horas, las horas muertas, volteando apenas en su entorno con complacientes miradas, como si sus ojos apenas resbalaran por aquella nimia arboleda, sin asir ninguna rama, sin poderse anclar en las tenues nubes del cielo o en el disminuido estanque, casi seco, de la fuente aquella.
   Un hombre viejo, enjuto, salió a recibirnos entreabriendo como aletargado el portón, enfundado en una maltratada sotana de un vino pardusco que, como al paso, se había superpuesto a sus ropas civiles. Nos indicó que entráramos después de unas palabras. Caminamos por un corredor sin luz. Fue cuando pudimos entrever las escaleras que conducían a una habitación en la planta alta, la cual  emitía el tenue destello luminoso de un televisor y un apagado zumbido electrónico y en la que se adivinaba una especie de desorden de sábanas y ropa revuelta, pudiéndose apreciar a la distancia una cómoda repleta de documentos y papeles.
   El hombrecillo tosía, como si algo le aguijara la garganta, a la vez de forma angustiosa y rutinaria. Luego de pasar por un pequeño jardín interior cuyos corredores estaban tapizados por una ajada celosía roja llegamos a la oficina, donde nos indicó en con un lenguaje administrativo, el cual modulaba como si se tratara de una letanía, que había que hacer un trámite, que el acta de bautismo y la ceremonia tenían un costo, que si disponíamos de flores para la iglesia costaría 500 pesos más, diciendo todo aquello en un tono a la vez amargo e impersonal, lo que le daba el inequívoco carácter de un mero procedimiento técnico burocrático, de una especie de transacción comercial cuyas normas habían sepultado completamente cualquier vestigio de religiosidad.
   Había en aquel hombre una punzante expresión de incomodidad, que en un primer momento juzgamos debida a una enfermedad crónica. Nos acompañó entonces a la salida y pasamos nuevamente por el jardín el cual, a pesar de contar con algunas flores de botones agostados -me pareció ver también unos rosales y unas macetas sobre los canceles-, se encontraba completamente marchito. Pudimos apreciar que todo el espacio estaba como hollado por una especie de vacío, carcomido por el olvido, y que todo en ese lugar se encontraba como detenido en el tiempo, como si estuviese pesadamente paralizado.
   El hombre entonces se detuvo y volvió a toser llevándose esta vez las manos al cuello como si algo le escaldara la garganta y haciendo una gemuflexión, en la que había un no se qué de extraña liturgia, espetó en varias ocasiones acercándose extraordinariamente al suelo, cuando en el lugar donde debieron de haber caído los verdosos escupitajos, que arrojaba de la boca acompañados con una especie de pujido ronco, aparecieron algunas alimañas, un par de de ellas que se desprendió del grupo: eran sin duda dos repelentes cucarachas, las cuales se dieron inmediatamente a la fuga. Con una mirada oblicua el hombre caminó jorobado y nos condujo de prisa a la salida. Sin darnos cuenta nos encontramos de pronto fuera de la sacristía, en la calle, mirándonos a los ojos, como queriendo dar razón de aquello, pero volteamos para otra parte las miradas sin saber que decir, regresando cabizbajos por otro sendero.





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