sábado, 8 de junio de 2013

Sobre la Crítica de Cine I y II Por Alberto Espinosa



I.- Diálogo Dramático (Corto) 

Afuera del Teatro: 

-Viste el corto?
-Si guey; completo, desde el principio guey.
-Ah... pues ya vas guey.
-El sonido está chafa guey.
-Órale cabrón, ya vas.
- Mañana es la fiesta guey, no se les olvide.
(Aparte, en voz alta: Bueno chavos, vamos a entrar, si fueron al baño
por favor,sean educados, lávense las manos, y luego entran).
-Pues órale cabrón, por ahí nos vemos luego, porque mejor me voy a estudiar al hotel.
-Felicítame a tu vieja, otra vez. guey, por la peli guey,
-...Otra vez, cabrón? Pues cuantas van... ???
-Pues yo voy a entrar guey, ahí nos vemos...
Dice uno, poniendo tierra de por medio, mientras el otro, un tanto confundido, sin saber para donde moverse, por otra puerta, también entra a la sala.
Afuera empieza a caer un chipi-chipi... 








II.- Qué es el Cine?


Preguntar por el ser del Cine es preguntar por su esencia, por su naturaleza específica, por aquello que lo distingue de todo lo demás, habido o por haber, dándole su identidad propia, su irreductibilidad cabal; es preguntar entonces por su definición. 
Sin embargo, hay una idea, oriunda de la filosofía misma, según la cual no todas las cosas son definibles sino solo... historiables... Para está tesis, dominante hoy en día sospecho que por influencia del marxismo y su concepción materialista de la historia (economicista claro está), hay cosas en el mundo indefinibles, es decir que no tienen propiamente una naturaleza, una esencia, las cuales sin embargo son, como quiera que sea, historiables -entre esas cosas estaría nada menos que el hombre mismo -y redundantemente, reduplicadamente, asombrosamente, la historia, la historiografía, la narración del hombre y sus obras con toda su creciente, su superlativa, su acumulada y creciente historicidad. 
Tesis del existencialismo de Heidegger, de un Ortega (el hombre no tiene esencia sino historia, siendo ésta, hasta donde se puede hablar de esencia, su naturaleza propia) que como en sordina se repite sin saberlo en los más disímbolos contextos. Hace ya muchos años un literato, modesto cacique regional de las letras duranguenses y de los enmohecidos volúmenes intactos, aspirante a corbata de pajarita y monumento fúnebre en su pago natal, afirmaba categórico en una conferencia monopólica que el amor es indefinible. Se trata en el fondo de la misma tesis ya puesta en términos hiperbólicos: todo lo humano es indefinible; nada de lo humano tiene esencia, naturaleza ninguna. En aquella olvidable velada defendí no sin parquedad la tesis de que, momento, del amor se han dado definiciones y de que si se han dado es porque es definible, que tiene una esencia, un núcleo común que nos permite usar la palabra, sin equívocos, a pesar de las mil y una formas que hay de amar, de las millones de historias de amor que se puedan citar o venir a mientes: porque el amor es: deseo de presencia -y de presencia infinita, indefinida, indeterminada en el tiempo, habría que agregar. 
El día de antier, muy recientemente me encontré con otra modulación de la misma tesis al parecer, de la misma tesis existencial, con el director de cine Juan Antonio de la Riva, el cual desesperaba al intentar yo darle una definición del cine, con suavidad, apenas oyéndome, me interrumpió y me dijo con un tono más que suficiente, que algo había de so, escéptico, pero escéptico convencido, que es una de las formas del dogmatismo: nada, me dijo pues sin decir nada con un gesto, es que el cine es: es muchas cosas. Otra vez la modulación, ahora filmográfica, de la tesis existencialista susomentada: del hombre y de las cosas humanas, entre ellas el cine, no cabe definición sino... historia. El Cine sería así la sucesión de películas, las obras cinematográficas, donde cabe igual el Ciudadano Kane que la Novicia Rebelde; lo mismo Rarotonga con Isela Vega que el Jardín de las Mil Vírgenes; lo mismo churros mexicanos que westernes y Óscares Hollywoodenses; lo mismo la sal que la pimienta. 
Asamblea de las artes, en el cine entendido como séptimo arte, ciertamente caben muchas cosas, pero no tantas como el mar y sus pescaditos, prueba de ello es que nos desvivimos criticando las películas de nuestro aborrecimiento o de nuestra predilección, de que hay, por vago que sea, un ideal del "cine", una idea del "cine" implícito en todas nuestras críticas, que las si ordenan cuando menos las guían, como un telón de fondo hacia el cual tienden para aclarar los nubarrones y las brumas mentales como para encender una antorcha de luz en la borrasca -idea justamente que impide reducir el cine al tiempo vivido en la butaca de la sala, mientras consumimos por una cierta cantidad de dinero, digamos 6 dólares, la butaca, el combo de palomitas y la malteada junto con un gasnate de bien batido merengue y a lo cual no puede reducirse.
Porque el cine, además de ser una industria millonaria, quien no los sabe, tiene una esencia, ligada a su ser una asamblea de las artes, una naturaleza propia, una esencia ideal, porque la tiene, me atrevo ahora a dar mi definición del género: arte fílmico y sonoro que encuentra su poesía, su esencia, no tanto en la acción, fotografía en movimiento, que hay está en programa de Chepina Peralta, o en el movimiento, que de ser perpetuo como en los acelerados filmes de acción resultan bólidos arrojados al espacio, sino en crear situaciones humanas significativas o que signifiquen algo profundamente humano, por lo que tampoco llegan a la esencia del cine, a su poesía, las películas que se distraen en los cuadros, por hieráticos que sean, de sus figuras, ni las que vagabundean por el tiempo como Sísifo, levantando una piedra hasta la cumbre del minuto para dejarla rodar luego y sin sentido, precipitadamente, para comerse unos segundos. Insisto por último en las dos ideas: ser asamblea de las artes y ser creación de situaciones humanas significativas; agregaré otro más, sin el cual tampoco habría poesía; establecer todo aquello, que no deja de tener un mucho de gran aparato orquestal, aunque sea música de cámara, sobre el gran manto de fondo de una concepción metafísica del universo, que es el trasfondo sobre el cual, siempre y solo, la acción del hombre pude adquirir sentido, marche ésta en el sentido de un falsamente ferviente o apagado inmanteismo contemporáneo, marche su acción sobre el sendero, siempre más congruente y dichoso, de la trascendencia. Asuntos sobre los que se puede discrepar y discutir, sobre los que discreparemos, por lo que volveré a la crítica... pero hasta la siguiente entrada en escena...!!!




No hay comentarios:

Publicar un comentario