lunes, 20 de mayo de 2013

La Tarde casi Cansina Por Alberto Espinosa





Atardece: declinan las horas mustias,
la luz del sol envejece, sus llamas 
no son las mismas; exhaustas,
en resplandor iluminan las nubes
que van marchando en escuadras,
sedientas, sobre el silente celaje.

El bochorno de las horas pasa, se extingue;
la caballera del día, que era trigo en la mañana,
se seca entre las crueles grisuras  de la tarde
que se apaga, marchando  con solemne amargura
a recostar su cien fatigada en las honduras del agua.

Más allá del horizonte el héroe rubio
también se va y se apaga, se va el lucero
apenas iluminando, a lo lejos, las horas mustias,
que van, que caminan, pero que ya van
andando yertas, como las sombras que andan,
desiertas, sin poder ya ser ellas, las mismas.

El polvo en torbellino levanta al tiempo,
exánime, que ahora es presa del viento
levantándose entre el polvo para luego
dejarse caer fatigado, entre las cenizas
que, sin rescoldos, empiezan a volverse
nada: el segundo, el minuto, la hora

pasan, de un tiempo ya desgastado
cubriendo bajo su manto de ocres
colores la bastedad del poblado
que poco en poco va recordando,
sin remedio, la obra del tiempo fugaz 
que, sin durar, la devora el cruel gusano.

La tarde se agota, silenciosamente
se apaga, todo muere,  todo declina,
como si fuera una ruina se desploma
bajo su peso cargada por el tiempo
que el tiempo ha sumando a los días
hundiéndose en un óxido ajado.  

La tarde es polvo quemado, el calor
que la encendía se va, los átomos
ya no giran ni le prestan más su vida,
se va, se precipita, hacia la sombra
del cieno, haciendo de barro seco
al olvido en ruda y terca guarida.

Se abre tras las montañas un ulular
extraño: son las compuertas nocturnas;
el dulce sol ya declina, la luz se ha ido
volviendo opaca; en un último suspiro
se ven las chispas del día; nubes naranjas,
luego moradas, luego de gris... y luego nada.   

20.V.2013



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