viernes, 17 de mayo de 2013

Ignacio Asúnsolo: el Escultor Durangueño de la Revolución Por Alberto Espinosa



   Ha dicho Héctor Palencia Alonso con razón que el escultor durangueño Ignacio Asúnsolo esculpió la historia contemporánea de México. El juicio es cierto y es exacto, pues a través de más de 50 años de trabajo el escultor durangueño realizo los conjuntos escultóricos mas imponentes y significativos de la patria, participando estrechamente del humanismo y universalismo difundido por José Vasconcelos en su programa de reconstrucción cultural de la nación. 
   Ignacio Asúnsolo nació en el municipio de Hidalgo en Durango el 15 de marzo de 1890 en la Hacienda de san Juan Bautista, en los límites norteños de este estado con Chihuahua.
   Hijo de Fernando Asúnsolo y Carmen Masón Bustamante, pronto fue trasladado con su familia a Hidalgo del Parral, cursando posteriormente sus estudios elementales en la capital chihuahuense. Niño prodigio, Asúnsolo comenzó a modelar a los seis años de edad imitando a su madre quien lo enseña con destreza y placer a realizar pajaritos y otras figuras modeladas en parafina y cera de Campeche, las cuales salían de sus manos con rara perfección. Frecuentemente escapaba de la escuela para observar los trabajos de los mineros en las minas de Parral, obsequiando a los trabajadores pequeñas figuras de Cristo hechas con el barro de los tiros de las minas.
   Ingresa al seminario conciliar por consejo del obispo de chihuahua Nicolás Pérez Gavilán, escuela de la que fue expulsado cuando realizaba una pulida cerámica popular policromada discutió con un discípulo de nombre Ontiveros al punto de cortarle la oreja con una regla. Se inscribe entonces en el instituto científico y literario de la Ciudad de Chihuahua donde tomo clases de escultura en el Instituto Científico y Literario con el maestro italiano Pellegrini, autor de esculturas muy visitadas en el palacio de justicia pero tan bien en la catedral de Chihuahua. El gobernador del estado le otorga una pensión de $10.00.- para su estadía en la Ciudad de México, donde en 1908 ingresa a la Escuela Nacional de Bellas Artes. En 1910 se encarga a Ignacio Asúnsolo la obra en altorrelieve para el medallón de Porfirio Días, a quien el escultor conoció en casa de su amigo Alejandro Redó. En 1913 concluye sus estudios ganando el concurso de oposición para la cátedra de dibujo y luego de la huelga de estudiantes pintores y escultores se reincorpora a la reorganización de la ENBA en la Unión de Alumnos Pintores y Escultores, luchando por la división de la escuela en secciones, logrando que se nombre como director de la sección de escultura a Arnulfo Rodríguez Bello. En el año de 1914 gana la medalla al 1er lugar en la Exposición Nacional de Bellas Artes por su obra “Ídolo Roto”. 
   En 1915 participa activamente con David Alfaro Siquieros en la famosa huelga de la Escuela Nacional de Bellas Artes, trasladándose a vivir a Chihuahua de 1916 a 1918, dando clases de escultura en el Instituto Científico y Literario. En 1918 regresa como maestro a la ENBA, de la cual llegaría a ser director. Becado por el gobierno viaja a Europa y luego de un vistazo a Madrid se instala en Paris en 1919, ingresando a la L´Ecole de Beaux Arts para estudiar la escultura contemporánea a través de los maestros Aristide Maillol, quien influenciaría también a Guillermo Ruiz, y sobre todo de August Rodin. También conoce a Mireille Marthe Barnay, atractiva joven de 16 años, con quien se casa el 23 de julio de 1921. La pareja procreó un hijo de nombre Enrique quien murió trágicamente en un accidente aéreo. 
   En 1924 era ya el escultor mas brillante del fecundo periodo cultural encabezado por Vasconcelos, por encargo de quien realizo el conjunto estatuario de sor Juana Inés de la Cruz, Amado Nervo, Justo Sierra y Rubén Darío para el propio edificio de la SEP, cuatro esculturas destinadas al patio principal las cuales fueron inauguradas el día 3 de abril de 1924 por el mismo Vasconcelos en su programa de política cultural congruente y de aliento continental. Ignacio Asúnsolo comienza el Monumento a los Niños Héroes luego de haber ganado el concurso de oposición para la realización de dicha obra. La primera piedra se coloco en el patio del Antiguo Colegio Militar en septiembre de 1923 y el monumento quedo concluido en 1924, íntegramente tallado en piedra de chilapa. Rematan al monumento las esculturas de la patria adolorida al frente cubierta por las alas del águila con nopales a los lados y en siete grandes pedestales se representan la figuración de los adolecentes matados por el invasor, el símbolo de sacrificio supremo, la desesperación en la defensa y la epopeya. Obra extraordinaria puesto que fue realizada de hecho en solo tres meses debido a las presiones por terminarla antes que concluyera el periodo presidencial de Álvaro Obregón.
   En 1924 por un jurado formado por los arquitectos Roberto Alvares Espinoza, Luis Magregor Cevallos, Nicolás Mariscal, Manuel Ituarte, y José Gómez Echeverría, sobre un proyecto arquitectónico previo, otorgan el primer premio de $18 mil pesos a Ignacio Asúnsolo quien gana el concurso cerrado, realizando la obra Monumento de Chapultepec a los Cadetes de 1847 en la Terraza Poniente del Castillo de Chapultepec en el Patio Juan de la Barrera del Antiguo Colegio Militar y teniendo como ayudante a Manuel Centurión.
   La obra de Ignacio Asúnsolo se inscribe así en la cúspide del nacionalismo cultural, pues no solo logró captar la visión del drama contemporáneo de México en si mismo sino que también supo escribir en el espíritu del alma nacional la visón futura. Sus valores son entonces los del calor de su tiempo revolucionario ligado con el amor a la vida y la solidaridad profunda con los seres humanos por ser su arte de carácter esencialmente educativo y de significación histórica. Arte despojado o sobrio en grandes obras destacadas por la armonía de sus proporciones y el equilibrio de sus partes, la obra monumental de Asúnsolo es también la de las piedras fundamentales en la historia de América latina dado que aportan los elementos del encanto y de la delicada emoción discreta pero agregando a la vez el ingrediente mexicanísimo del aspecto vivas. A todo ello hay que sumar las gamas etnográficas y folklóricas del verdadero pasado mexicano descubiertas por el gran escultor como si de placas tectónicas se tratara, y conjugando todo ello en una grandiosa forma universal moderna.
En la capital de la república realizo además las esculturas: Monumento a la Paternidad (Ciudad de México, Museo Nacional de Historia), el Monumento a Álvaro Obregón (México, 1933, Avenida Insurgentes Sur), el Monumento a la Madre Proletaria (IPN, 1934), el Monumento al Soldado (en la Secretaria de la Defensa Nacional), el Monumento al Trabajo (1937), el Monumento a Fray Juan de Zumárraga (uno de ellos para la Villa de Guadalupe, el otro para España) y en Chihuahua el Monumento al Minero, el Monumento a la División del Norte (1956) y el Monumento a Francisco Villa (Chihuahua, 1957). Es muy conocido el monumento a Miguel Alemán (1954, Ciudad Universitaria). En más de 15 ciudades de la República hay algún monumento de importancia debido a los cinceles de Ignacio Asúnsolo. 
   Esculpió estatuas de Emiliano Zapata, José Martí. El Monumento Cuitlahuac, de cuatro toneladas de bronce, se encuentra en la Segunda Glorieta de la Prolongación de Paseo de la Reforma, el cual descansa sobre una base piramidal de basalto y chiluca y un pedestal de recinto (obra del arquitecto Jesús Aguirre). Fue inaugurado en 1964 por el presidente Adolfo López Mateos. Cuenta una leyenda que en realidad tal obra se encuentra en Perú, y que el indio guerrero en actitud arrogante que se exhibe en México es en realidad el Inca Manco Capac, pues Asúnsolo realizó las dos esculturas simultáneamente. También trabajó en madera y en bronce con referencias al arte precolombino, desnudos femeninos y retratos, como los de Germán Cueto (1923), Guadalupe Marín (1930), Alberto J. Pani (1933), Enrique González Martínez (1936) y Ana María Artigas (1941), pero también de Francisco Goitia, Gabriel Bouneau y Jules Romain. En Aguascalientes realizó los bustos e Carranza, Villa, Obregón y Zapata, los máximos líderes de la revuelta armada de 1910.
   Pese a ser considerado como un tradicionalista por la crítica extranjera, hizo numerosos bustos y retratos de Lázaro Cárdenas y de los políticos descollantes de la época postrevolucionaria. También son suyas las mascarillas mortuorias de Frida Kalho, Alfonso Reyes y José Vasconcelos. En 1957 a la muerte de Diego Rivera, Ignacio Asúnsolo toma la mascarilla de su rostro y copia sus manos, componiendo a su amigo de antaño un corrido con la música de “El Hijo Desobediente”. 
   Asúnsolo además de su gran talento y de sus notables dotes de escultor fue además un extraordinario maestro que asentó el punto de partida académico a la escultura mexicana moderna. De 1949 a 1953 es nombrado director de la Escuela Nacional de Bellas Artes, escuela en la que ejerció la docencia por más de medio siglo. En 1958 funda con otros escultores la Asociación de Escultores Mexicanos, siendo nombrado secretario general. Extraordinario maestro, forjador de varias generaciones de escultores en las que sentó escuela, Asúnsolo recibió en 1964 las “Palmas Académicas” otorgada por el gobierno francés, distinción concedida a muy pocos mexicanos. Su ultima obra fue la estatua de Plutarco Elías Calles, creador del PNR, partido aglutinador de los revolucionarios que dieron muerte al porfirismo y a la postre a la revolución misma. Dejó en proyecto una figura de Dante Aligieri, destinada idealmente para exhibirse en la Alameda Central frente al Palacio de Bellas Artes. Murió en la Ciudad de México el 21 de diciembre de 1965 en plena actividad creativa.
   De todos los escultores de su época, entre los que hay que mencionar a Guillermo Ruiz “El Corcito”, a Manuel Centurión, a Luís Ortiz Monasterio, a Carlos Bracho y Alfredo Zalce, tocó a Ignacio Asúnsolo coronar una especie de naturalismo académico de inspiración nacionalista que ya para 1937 era aclamado en Francia e Italia por su excelencia. Aunque considerado por unos como un tradicionalista inteligente y brillante, en realidad el espíritu clásico del escultor mexicano adquiere su vitalidad de haber entendido el concepto de monumentalidad de lo modelos prehispánicos, tomando también la huella de la tradición popular, fuentes entre las que destacan los alfareros de Tlaquepaque y del resto del país, lo mismo que las enseñanzas centenariamente atesoradas por los canteros y talladores de madera, así como por los jugueteros populares. En definitiva el sentido de monumentalidad es el legado del arte prehispánico que da esa fuerza expresiva inigualada en la obra del artista durangueño. Sus valores plásticos encuentran en efecto en sus grandes formatos los valores de pureza de estilo, de equilibrio de masas, de volumen, de movimiento, línea y fuerza expresiva y esa especie de sencillez primitiva y elemental que nos sumerge en un mundo a la vez adánico y singularmente contemporáneo, pues supo extraer de sus estudios en Paris las ideas más importantes de las corrientes renovadoras de la escultura moderna vertidas en obras imponentes por su grandeza monumental y por su delicado y sincero amor a los trabajos, historia y sufrimientos de la raza mexicana.

Ignacio Asúnsolo
(1890-1965)






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