miércoles, 17 de abril de 2013

Del Café y la Eternidad (Cuentos) Por Alberto Espinosa y Juan Manuel Almonte




Del Café y la Eternidad I


“Quiero escribir
pero me sale espuma
-algunas veces biliar.” 
A.E.

   Hay en Durango una mesa de café donde día con día se reúnen las víboras locales, por lo que se le conoce en los corrillos como el "serpentario". Hombres, algunos de ellos de vocación democrática, que invitan a su cotidiana tertulia de diatribas a algún bicho rastrero que haga alardes de orfandad, dando sitio esporádicamente también a los animales ponzoñosos desbalagados, los cuales son sobreabundantes en la región. Uno de los asiduos participantes recuerda vivamente a un ángel, caído naturalmente, el cual aparece, no sin desdicha, en el Libro Eterno, pues tiene como oficio acusar todo el tiempo y delate de todos a todos sus hermanos: anhelo de absoluto resulto en oficina de Satanás. Prueba contundente, en un juicio sumario, de la omnipresencia de lo Eterno –que se encuentra siempre ahí, rodeándonos, en medio de nosotros, aunque le demos la espalda, tomando a sorbos nuestro café entre las risas nerviosas, la vulgaridad profunda, las puyas innobles y las miradas esquivas.








Del Café y la Eternidad II

- Así que usted no es de aquí, que llegó hace 12 años? -me dijo de pronto uno de ellos. 
   Era de noche. Luego de recorrer calles y calles de entre salteados arbotantes ponchados, sin luminarias, por un camino como enlutado que había perdido realidad y consistencia, entramos a un hotel cuya puerta es protegida por una férrea cancelería de elaborado diseño, ya astrosa y pintada malamente de blanco. En la gerencia había 3 o 4 hombres hablando a medio tono. 
   En un momento dado de la conversación el hombre esmirriado agregó, con tono seco, sordo, casi lapidario:
- En este pueblo lo que ha triunfado es la confusión, el gobierno, la Iglesia. Triunfó la debilidad, el vicio, la explotación, la traición, la corrupción. Triunfó el abuso, la prostitución, la ambición, el hambre, la mentira, la irreligiosidad, el robo: la necesidad y el mal...


- Triunfó la sífilis, y triunfó la sed –agregó luego de una pausa, mascusando las palabras como un bocado amargo entre los apretados dientes. 
- Aquí, si alguien se aplica a la justicia, es tenido por criminal. Aquí ha triunfado la envidia y la animosidad. 
   La atmósfera era lúgubre, pesada, mortecina: funesta. Parecía que aquellos hombres se reunían para conspirar, llamados quien sabe para qué fin, en ese foso, que con certeza no era de Dios.
- Que usted llegó hace doce años por aquí? Pos haga de cuenta que se murió, y que ahora anda aquí, entre nosotros, los muertos, en el limbo… o en el meritito infierno. (1)



17-IV-2013





[1] Notas y Cimplementos: La rulfiangueñeidad a que obedece el estilo de la presente publicación no es sino una variante de la meritoria doctrina de la durangueñeidad, la cual expresa las notas sobresalientes de nuestra cotidiana forma de ser durangueños, lo que persiste, la manera inequívocamente regional de ser, gozar y sentir de una comunidad. La rulfiangueñidad no es así sino una de sus refracciones: la de su región sombría, pues igual que el más alto templo proyecta la más alta sombra, el más soleado día provoca las más oscuras sombras de los cuerpos en la tierra detrás de su abrasión, como en el más humilde petate o la más fina alfombra persa guarda debajo de sí el más fino polvo que resta de las cosas y se filtra, imperativo, por entre la piedra pómez de las horas que son, nadie lo ignora, porosas para el olvido. Ver Alonso Catarino Buendía, artículo "El amargo destilar de mis querencias". contenido en el libro "Memorial de la Angustia". Editorial El Pago Jubiloso. Guatemala, 2012 1/2. Pág. 125 y sig.


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