martes, 19 de septiembre de 2017

Mariquinhas Alfredo Marceneiro

A Casa Da Mariquinha
Alfredo Marceneiro

É numa rua bizarra
A casa da mariquinhas
Tem na sala uma guitarra
E janelas com tabuinhas

Vive com muitas amigas
Aquela de quem vos falo
E não há maior regalo
Que a vida de raparigas

É doida pelas cantigas
Como no campo a cigarra
Canta o fado à guitarra
De comovida até chora
A casa alegre onde mora
É numa rua bizarra

Para se tornar notada
Usa coisas esquesitas
Muitas rendas, muitas fitas
Lenços de cor variada.
Pretendida, desejada
Altiva como as rainhas

Ri das muitas, coitadinhas
Que a censuram rudemente
Por verem cheia de gente
A casa da mariquinhas

É de aparência singela
Mas muito mal mobilada
E no fundo não vale nada
O tudo da casa dela

No vão de cada janela
Sobre coluna, uma jarra
Colchas de chita com barra
Quadros de gosto magano
Em vez de ter um piano
Tem na sala uma guitarra

P'ra guardar o parco espólio
Um cofre forte comprou
E como o gaz acabou
Ilumina-se a petróleo.

Limpa as mobílias com óleo
De amêndoa doce e mesquinhas
Passam defronte as vizinhas
P'ra ver o que lá se passa
Mas ela tem por pirraça
Janelas com tabuinhas


La Casa De La Mariquita
Alfredo Marceneiro


En una calle bizarra
la casa de Mariquita
tiene en la sala una guitarra
y ventanas con tablitas.

Vive con muchas amigas
aquella de quien hablo
y no hay mayor regalo
que la vida de las niñas
es enloquecida por las canciones
como en el campo la cigarra.

Se canta el fado con la guitarra
de conmovida hasta llora
la casa alegre donde vive
es una calle bizarra.

Para hacerse notar
usa cosas exquisitas
muchos encajes, muchas cintas,
lienzos de variados colores.

Pretendida, deseada
altiva como las reinas
ríe mucho de las pobres
que la rudamente censuran
por verla llena de gente
la casa de Mariquita.

Es de apariencia sencilla
Pero muy mal amueblada
Y en el fondo no vale nada
Todo de su casa

En el vano de cada ventana,
Sobre la columna, una jarra
Colchas de guepardo con rayas
Cuadros de mal gusto
En lugar de tener un piano
Tiene en la sala una guitarra.

Para guardar el exiguo botín
un cofre fuerte compró
y como el gas se acabó,
se ilumina a petróleo.

Limpia los muebles con aceite
De dulces almendras mezquinas
Pasan en frente las vecinas
Para ver lo que allí pasa
Pero ella tiene para su rabia
Las ventanas con tablitas.





O Leilão Da Mariquinhas
Alfredo Marceneiro


Ninguém sabe dizer nada
Da famosa Mariquinhas
A casa foi leiloada
Venderam-lhe as tabuinhas

Ainda fresca e com gagé
Encontrei na Mouraria
A antiga Rosa Maria
E o Chico do Cachené

Fui-lhes falar, já se vê
E perguntei-lhes, de entrada
P'la Mariquinhas coitada?
Respondeu-me o Chico: e vê-la
Tenho querido saber dela
Ninguém sabe dizer nada.

¿E as outras suas amigas
A Clotilde, a Júlia, a Alda
A Inês, a Berta e Mafalda
E as outras mais raparigas?

Aprendiam-lhe as cantigas
As mais ternas, coitadinhas
Formosas como andorinhas
Olhos e peitos em brasa
Que pena tenho da casa
Da formosa mariquinhas

Então o Chico apertado
Com perguntas, explicou-se
A vizinhança zangou-se
Fez um abaixo assinado,
Diziam que havia fado
Ali até madrugada

E a pobre foi intimada,
A sair, foi posta fora
E por more duma penhora
A casa foi leiloada.

O Chico foi ao leilão
Arrematou a guitarra
O espelho a colcha com barra
O cofre forte e o fogão,
Como não houve gambão
Porque eram coisas mesquinhas

Trouxe um par de chinelinhas
O alvará e as bambinelas
E até das próprias janelas
Venderam-lhe as tabuinhas.


La Subasta de la Casa de Mariquinhas
Alfredo Marceneiro


Nadie sabe decir nada
De la famosa Mariquinha
La casa fue subastada
Se le vendieron las tablas

Todavía fresca y con gagé
He encontrado en la Mouraria
A la antigua Rosa María
Y el Chico del Cachené

Los he hablado, ya se ve
Y les pregunté, de entrada
¿Por qué?
Me respondió el Chico: y verla
Quisiera saber de ella
Nadie sabe decir nada.

¿Y las otras amigas?
A Clotilde, a Julia, a Alda
¿Inés, Berta y Mafalda?
¿Y las otras más chicas?

Aprendían las cantigas
Las más tiernas, coitaditas
Cosas como golondrinas
Ojos y pechos en brasa
Qué pena tengo de la casa
De la hermosa mariquita

Entonces el Chico apretado
Con preguntas, se explicó
La vecindad se enfadó
Hizo un abajo firmado,
Dice que había fado
Hasta la madrugada

Y la pobre fue intimada,
A salir, fue puesta fuera
Y por más de un embargo
La casa fue subastada.

El chico fue a la subasta
Se retiró la guitarra
El espejo, la colcha con barras,
La caja fuerte y la cocina
¿Cómo no hubo jugo de naranja?
Porque eran cosas mezquinas

Trae un par de chinelas
El alvará y los bambinelas
Y hasta de las propias ventanas
Le vendieron las tablas.



Quando se gosta de Alguém Amalia Rodriguez

Quando se gosta de Alguém
Amalia Rodriguez

Quando se gosta de alguém
Sente-se dentro da gente
Ainda não percebi bem
Ao certo o que é que se sente

Quando se gosta de alguém
É de nós que não gostamos
Perde-se o sono por quem
Perdidos de amor andamos

Quando se gosta de alguém
Anda assim como ando eu
Que não ando nada bem
Com este mal que me deu

Quando se gosta de alguém
É como estar-se doente
Quanto mais amor se tem
Pior a gente se sente

Quando se gosta de alguém
Como eu gosto de quem gosto
O desgosto que se tem
É desgosto que dá gosto


Cuando se gusta de Alguien
Amalia Rodriguez

Cuando te gusta alguien
Se siente dentro de la gente
No he notado bien
¿Qué es lo que se siente?

Cuando te gusta alguien
Es de nosotros que no nos gusta
Se pierde el sueño por quien
Perdidos de amor andamos

Cuando alguien le gusta a alguien
Anda así como ando yo
Que no ando nada bien
Con este mal que me dio

Cuando te gusta alguien
Es como estar enfermo
Cuanto más amor se tiene
Lo peor de la gente se siente

Cuando te gusta alguien
Cómo me gusta a quien me gusta
El disgusto que se tiene

Es disgusto que da gusto.



Eu Queria Cantar-te Um Fado Amália Rodrigues

Eu Queria Cantar-te Um Fado
Amália Rodrigues

Eu queria cantar-te um fado
Que toda a gente ao ouvi-lo
Visse que o fado era teu
Fado estranho e magoado
Mas que pudesse senti-lo
Tão na alma como eu

E seria tão diferente
Que ao ouvi-lo toda gente
Dissesse quem o cantava
Quem o escreveu não importa
Que eu andei de porta em porta
Para ver se te encontrava

Eu hei-de por-lhe alguns versos
No fado que há nos teus olhos,
O fado da tua voz.
Nossos fados são diversos
Tu tens um fado, eu tenho outro
Triste fado temos nós.


Cantarte un Fado
Amalia Rodrigues

Yo quería cantar un fado
Que todo el mundo al oírlo
Viese que el fado era tuyo
Fado extraño y herido
Pero que pudiera sentirlo
Tan en el alma como yo

Y sería tan diferente
Que al oírlo todo el mundo
Dijere quién lo cantaba
Quien lo escribió no importa
Que yo caminé de puerta en puerta
Para ver si te encontraba

Yo le he dado algunos versos
En el fado que hay en tus ojos,
El fado de tu voz.
Nuestros hados son diversos
Tú tienes un fado, tengo otro,
Triste fado tenemos nosotros.



domingo, 17 de septiembre de 2017

De Cucarachas y Moscas Por Alberto Espinosa Orozco

De Cucarachas y Moscas
Por Alberto Espinosa Orozco




La Cucaracha

“La cucaracha, la cucaracha
Ya no puede caminar
Porque no tiene, porque le falta
Mariguana que fumar”
La Cucaracha

   No podía caminar. Por eso es que se abrazaba de ella. Es lo que pude ver cuando abrí luego de que tocaron a la puerta. La cucaracha movía sus largas antenas velludas, intermitentemente en acompasados giros, como si olfateara algo, de una manera más que mecánica podría decirse que satelital.
   Con dos de sus largas patas derechas abrazaba a la mujer por la cintura y el cuello y daba la impresión, a juzgar por la sonrisa ebria de ella, de que no se daba cuenta de quien iba acompañada.
   La cucaracha no podía caminar y se apoyaba en la mujer para poder mantenerse en pie y mostrar su abultado abdomen amarillento y estriado. De pronto perdió el equilibro y como por instinto se agacho hasta casi tocar el suelo, empujando hacia a un lado a la mujer. Fue entonces cuando pude ver el duro dermatoesqueleto que le cubría la espalda con una concha brillante marrón que se partía por la mitad dejando asomar algo que parecían como dos alas.
   Retrocedí entonces un par de pasos y extendiéndole la mano le di a ella unas monedas, mientras la cucaracha hacia inútiles esfuerzos torpemente infrahumanos para incorporarse, moviendo unos como bigotes velludos que rodeaban sus verticales quijadas, destilando con fruición una especie de espesa baba blanca. Cerré la puerta luego de empujarlos con un poco de fuerza  hacia afuera y me quede de pie por un momento, horrorizado.
   Desde entonces lucho con asiduidad contra un ejército de pequeños bichos oscuros, marrones, negros, que se esconden en los rincones de las bigas del techo, detrás del refrigerador y entre los tabiques de adobe de la húmeda habitación o entre los papeles ajados de la biblioteca en ruinas.


La Mosca
   A mosca heroica conocí el día de hoy mientras orinaba. Volando al lado de otra, realizaba subidos divertimentos de pulida audacia aeronáutica, realizando dibujos tridimensionales en el aire –no igualables por el mejor espirógrafo, que ahora imagino en sus transparencias como los pétalos de una flor fantástica. Movimientos que, por mi desconocimiento de la literatura científica sobre ese nimio reino, apenas logro describir con vaguedad. De pronto la mosca realizó un movimiento sorprendente, dejándose caer desde lo alto en caída, con una línea sorprendente vertical, rayando el aire como si fuese un vidrio con punta de diamante. El vuelo más que temerario terminó suspendido en su caída libre en medio de burbujas de espuma de anilina, hasta dejarse enredar por la fuerza en estrógiro del remolino y la catarata fatal que se hundía en el recipiente  cónico y blanquísimo de la gran taza, hasta perderse finalmente en el turbio remolino por la oscuridad de la cloaca.
   Quedé por un momento suspenso y admirado luego de jalar de la cadena, y luego, reflexionando, interpreté aquel acto como de heroico suicidio, asombrado, al contemplar a una ínfima, a una nimia porcíncula de vida, nacida en medio de no sé qué deyecciones y frutas pútridas, cuyo único don es la suprema gracia de dos o tres días de increíbles vuelos por el aire, y la suerte contingente de inesperados reglaos culinarios, amotinarse de pronto contra su no pedida suerte ontológica, contra su abyecto ser de mosca. Como si a la luz de una intuición ignota, captada por los sensores de alguna antena distraída hubiese mejor optado por el arcano de una posible nueva vida, más alta para la esfera de la conciencia, a la que tal vez después renacería.


Las Cucarachas
   Nos abrieron la puerta. Habíamos llegado al templo luego de caminar por una pequeña plaza, alrededor de cuya fuente reseca, decorada con pintura de aceite de color azul turquesa, unos hombres con sombrero se disponían a matar las horas, las horas muertas, volteando apenas en su entorno con complacientes miradas, como si sus ojos apenas resbalaran por aquella nimia arboleda, sin asir ninguna rama, sin poderse anclar en las tenues nubes del cielo o en el disminuido estanque, casi seco, de la fuente aquella.
   Un hombre viejo, enjuto, salió a recibirnos entreabriendo como aletargado el portón, enfundado en una maltratada sotana de un vino pardusco que, como al paso, se había superpuesto a sus ropas civiles. Nos indicó que entráramos después de unas palabras. Caminamos por un corredor sin luz. Fue cuando pudimos entrever las escaleras que conducían a una habitación en la planta alta, la cual  emitía el tenue destello luminoso de un televisor y un apagado zumbido electrónico y en la que se adivinaba una especie de desorden de sábanas y ropa revuelta, pudiéndose apreciar a la distancia una cómoda repleta de documentos y papeles.
   El hombrecillo tosía, como si algo le aguijara la garganta, a la vez de forma angustiosa y rutinaria. Luego de pasar por un pequeño jardín interior cuyos corredores estaban tapizados por una ajada celosía roja llegamos a la oficina, donde nos indicó en con un reseco lenguaje administrativo, el cual modulaba como si se tratara de una letanía, que había que hacer un trámite, que el acta de bautismo y la ceremonia tenían un costo, que si disponíamos de flores para la iglesia costaría 500 pesos más, diciendo todo aquello en un tono a la vez amargo e impersonal, lo que le daba el inequívoco carácter de un mero procedimiento técnico burocrático, de una especie de transacción comercial cuyas normas habían sepultado completamente cualquier vestigio de religiosidad.
   Había en aquel hombre una punzante expresión de incomodidad, que en un primer momento juzgamos debida a una enfermedad crónica. Nos acompañó entonces a la salida y pasamos nuevamente por el jardín el cual, a pesar de contar con algunas flores de botones agostados -me pareció ver también unos rosales y unas macetas sobre los canceles-, se encontraba completamente marchito. Pudimos apreciar que todo el espacio estaba como hollado por una especie de vacío, carcomido por el olvido, y que todo en ese lugar se encontraba como detenido en el tiempo, como si estuviese pesadamente paralizado.
   El hombre entonces se detuvo y volvió a toser llevándose esta vez las manos al cuello como si algo le escaldara la garganta y haciendo una genuflexión, en la que había un no sé qué de extraña liturgia, espetó en varias ocasiones acercándose extraordinariamente al suelo, cuando en el lugar donde debieron de haber caído los verdosos escupitajos, que arrojaba de la boca acompañados con una especie de pujido ronco, aparecieron algunas alimañas, un par de ellas que en el acto se desprendió del grupo: eran dos repelentes cucarachas, que se dieron inmediatamente a la fuga. Con una mirada oblicua el hombre, caminando jorobado por el acceso, nos condujo de prisa a la salida. Sin darnos cuenta estábamos de pronto fuera de la sacristía, en la calle, mirándonos atónitos a los ojos, como queriendo dar razón de aquello, pero volteamos para otra parte las miradas sin saber que decir, regresando cabizbajos por otro sendero.





Las Moscas
   Vivo en mi pequeña suite durangueña regularmente acompañado por algunas moscas de hábitos insomnes. He optado por convivir en paz con ellas, movido a que los esfuerzos emprendidos en otro sentido no tuvieron más efecto que capotear inútilmente al aire.
   Vivo, mejor sería decir que me dejo vivir, sitiado consuetudinariamente por dos o tres de ellas. La convivencia, sin embargo, ha tiempo que dejó atrás las mutuas hostilidades, que antes francamente nos desvivían, para dar lugar a una especie de armónica tolerancia mutua, aunque no se pueda hablar de franca amistad, sin por ello dejar de reconocer lo que tal sociedad ha traído de modestos frutos venturosos para ambas partes.
    Por caso he de citar lo que apenas hace unos días me sucedió para rubricar nuestro protocolo de cese de hostilidades: era la tarde, me encontraba profundamente dormido, descansando a pierna suelta en la siesta vespertina, cuando uno de esos regordetes zancudos me afligió decididamente la nariz, hasta que con insistentes mordiscos me hizo despertar de mi aletargado descanso, justo a tiempo para llegar a la cita que tenía concertada a esas horas con el optometrista.
   La anécdota, aunque trivial, pone de relieve el agradecimiento que les guardo, el cual aun siendo distante en cuanto a la profundidad, resulta sincero, manifestándose ahora en tenues sonrisas de simpatía -acaso observadas a la distancia, más bien creo que con sorda indiferencia, por sus miradas de ojos verdi-negros y escarlatas.